Unidos a Cristo

1.- Lo importante no es llegar, sino mantenerse, suelen decir las personas famosas del mundo del espectáculo. Lo importante es mantenerse en el candelero (o el candelabro, como dijo en cierta ocasión una “famosa” de la prensa del corazón). Creo que a veces los cristianos somos como esos artistas que deslumbran durante un período corto de tiempo, pero en seguida se desvanecen y nadie se acuerda de ellos. Jesús quiere ponernos en guardia frente a esos “efluvios” místicos que tienen poca raíz y que desaparecen al mismo tiempo que llegan. Y lo hace en el contexto de la Ultima Cena, después de haber lavado los pies de los discípulos como gesto de amor y de servicio. Pronuncia entonces unos discursos de despedida, a modo de testamento espiritual.

En el primer discurso les había hablado del nuevo mandamiento del amor, se había presentado como “camino, verdad y vida”, les había entregado su paz, les había prometido la llegada del Espíritu Defensor. Ahora nos recuerda que sin El no podemos hacer nada. Nos pide que permanezcamos en El. El artista que quiere permanecer en el candelero tiene que cuidarse, al igual que el futbolista que no quiere ser flor de un día. El secreto está en el entrenamiento constante, la concentración y una pizca de suerte. Hace unas semanas nuestro amigo Juan Ramón López Caro, entrenador del real Madrid, declaraba en el periódico parroquial “EnBloque” (**) que lo que realmente importa en un futbolista y en un equipo de fútbol es el aspecto mental y la confianza. En el aspecto personal confesaba que la fe le había ayudado personal y profesionalmente, para él era lo más importante. Reconocía igualmente que en su escala de valores Cristo era lo más importante

2.- Jesús es la vid, nosotros los sarmientos y el Padre es el labrador. Quiere decirnos con estas palabras que no podemos subsistir como cristianos alejados de El, que es nuestra vida. Tenemos experiencia de momentos en los que hemos intentado vivir sin contar con Dios, hemos creído que podíamos conseguirlo todo con nuestras fuerzas, pero algo nos ha devuelto a la realidad. Sin El no somos nada…..Es el orgullo y la vanidad lo que nos lleva a pensar que estamos por encima de todo y no hay nada que se nos resista. Somos necios e insensatos…

Si cortamos el contacto con la fuente, nuestra vida de fe y nuestro entusiasmo se secan. Los sarmientos, es decir nosotros, necesitamos su presencia provechosa. Así lo constata San Agustín al comentar este evangelio: “En efecto, los sarmientos están en la vid de tal modo que, sin darle ellos nada a ella, reciben de ella la savia que les da vida; a su vez la vid está en los sarmientos proporcionándoles el alimento vital, sin recibir nada de ellos. De la misma manera, tener a Cristo y permanecer en Cristo es de provecho para los discípulos, no para Cristo; porque, arrancando un sarmiento, puede brotar otro de la raíz viva, mientras que el sarmiento cortado no puede tener vida sin la raíz”.

3.- Cuando estamos unidos a Cristo damos fruto de buenas obras. Es lo que nos pide la primera carta del apóstol San Juan: amar no de palabra o de boca, sino de verdad y con obras. ¿De qué obras está hablando? De guardar sus mandamientos y de amarnos unos a los otros, tal como nos lo mandó. Entonces experimentaremos que El permanece en nosotros. Por tanto, permanecer en Cristo no es sólo estar muchas horas en la capilla contemplándole. Es, sobre todo, contemplar el rostro de Dios en el hermano que sufre. Como dice San Agustín, “que cada uno examine su obra y vea si brota del manantial del amor y si los ramos de las buenas obras germinan de la raíz del amor”. Hay personas que sufren mucho en este mundo, padres que ven como sus hijos se tuercen, esposos traicionados, pobres que no tienen nada que comer, inmigrantes que no acaban de encontrar un trabajo digno, personas que sufren el aguijón de la enfermedad, pero sin embargo, mantienen siempre la confianza en Dios. ¿Cuál es su secreto?. Si examinamos su vida descubriremos la causa de su paz interior: están unidos a Dios.

4.- “Un rey oriental llamó a sus tres hijos para someterles a una prueba de su sabiduría. Colocó delante de ellos tres jarras selladas: una de oro, otra de ámbar y otra de barro. En una de ellas se guardaba el tesoro más valioso de todos y cada uno de sus tres hijos tenía que decidir por sí mismo cuál era aquella que lo contenía. El primero, movido por la codicia, escogió la de oro. Pero al abrir el sello y mirar hacia dentro vio con asco que estaba llena de sangre. Entre el rojo de la sangre vio refulgir la palabra “imperio”. El segundo escogió la de ámbar y al abrir el sello vio que estaba llena de ceniza. Entre la ceniza refulgía la palabra “gloria”. El tercer hijo, desposeído de todo egoísmo, se conformó con la que quedaba, la de barro. Al abrirla, sólo vio escrito en el fondo la palabra “Dios”. Los sabios de la corte declararon a una voz que su jarra valía más que todas, porque el solo nombre de Dios lo encerraba todo”. Como decía Santa Teresa, sólo Dios basta. Quien está unido a El tiene un tesoro que nadie le podrá arrebatar.

José María Martín OSA