La realidad es no-dual

Jn 15, 1-8

La no-dualidad no es algo novedoso. Se halla presente, de un modo u otro, en todas las grandes tradiciones sapienciales y espirituales. El término procede del sánscrito advaita (“a-dvaita” = no-dos) y su núcleo se halla presente en la sabiduría del vedanta, en el taoísmo, en el sufismo, en el budismo zen, en alguna corriente de la filosofía griega, en el misticismo cristiano…, incluso en la sabiduría de los pueblos originarios de América.

En la tradición cristiana, hallamos expresiones claramente no-duales en el evangelio de Juan -como en el texto que se lee al inicio de este comentario- y en otros textos apócrifos (“ocultos”) como el evangelio de Tomás. A lo largo de su historia, siempre ha habido una corriente mística que se ha movido en dicha comprensión.

Y, sin embargo, parece que en nuestro tiempo la comprensión no-dual se extiende en sectores cada vez más amplios de la población. Hasta el punto de que, según algunos estudiosos, podríamos hallarnos en el umbral de un salto de consciencia colectivo.

Tal salto de consciencia implica un cambio de “clave de lectura”, que supone una modificación radical en nuestro modo de ver. Ese es el motivo por el que podría decirse que la no-dualidad constituye la mayor revolución de la postmodernidad.

¿En qué consiste este “salto de consciencia”? Por decirlo brevemente, en la comprensión -o intuición- de que formamos parte de un Todo indivisible. La Realidad es una, inmanente y trascendente a la vez.

Esta comprensión implica la superación de dos creencias profundamente arraigadas en Occidente y claramente nefastas en sus consecuencias: el dualismo y el materialismo.

Nos hallaríamos, pues, en un momento histórico, caracterizado por el paso de un paradigma dualista y materialista a otro no-dual y postmaterialista.

Si tuviera que resumir el núcleo de la llamada comprensión no-dual, lo haría con las conocidas palabras de Antonio Blay: “Solo hay una Realidad. Pero no la vivimos directamente, sino a través de la mente, y la mente la fracciona: cuando la ve dentro, la llama «yo»; cuando la ve fuera, la llama «mundo»; cuando la ve arriba, la llama «Dios»”.

¿Qué es, para mí, la Realidad?

Enrique Martínez Lozano

Seguid conmigo, que yo seguiré con vosotros

La comunidad nos propone hoy el texto de Jn 15,1-8.

Leemos el texto y después tratamos de comprenderlo:

V 1: la vid es el símbolo de Israel como pueblo de Dios. Y es Dios quién ha plantado y cuida esta vid.

V2 y 3: no se produce fruto cuando no se comunica la vida que se recibe. Quien ama se incorpora en un proceso que se hace posible por la limpieza que hace el Padre: hay una limpieza inicial al hacer la opción por el mensaje de Jesús que ya nos plantea tomar decisiones y luego, una limpieza que se origina por el mismo proceso de seguir optando por el amor.

V4: la unión entre Jesús y los suyos es la condición para la existencia de la comunidad.

V5: entre él y los suyos existe una unión íntima, comparten la misma vida.

V6: el que no sigue con él es el que rechaza el amor, y como consecuencia se seca, se queda solo, muere.

Estrictamente hablando esta breve exégesis podría explicar, para el lector habitual, el significado del texto de hoy.

Haciendo Lectio* con el texto, esta parte sería la lectura y estudio de la Palabra.

Ahondando en el proceso me pregunto qué palabra o frase “emerge” de todo el texto de hoy: y para mí está claro “sigue conmigo que yo seguiré contigo”.

Leía que una mujer china cuenta como perdió el contacto con la tierra cuando empezó a usar zapatos, a los 20 años. Ahora se dedica a acompañar terapias en el bosque para personas que, como ella, por demasiado asfalto y consumismo o falta de información, nunca conectaron con la tierra, o se olvidaron de actualizar esa experiencia periódicamente.  Muchos de estas personas hoy se sienten vacías, sin espíritu o con poca vitalidad, incluso con adicciones para llenar vacíos, que deja el no estar conectados.

“Sigue conmigo que yo seguiré contigo” nos dice Jesús en el texto post-pascual de hoy. Sigue conmigo es fácil de comprender, nos lo han predicado: “Déjalo todo y síguele…” pero nos han dicho menos qué significa que él sigue con nosotros, que él nos sigue para que no cortemos el contacto.

El Jueves Santo veíamos cómo nos lavaba los pies, y nos preguntábamos, Señor ¿qué haces ahí? Hoy nos responde: sigo contigo, donde tú estás, te hago lo que necesitas, para que puedas ir y conectar con los hermanos, con la hermana y madre tierra, tan maltratados hoy.

También el espíritu creado nos dice Sigue con-migo, no me maltrates, somos a-migos, porque yo sigo contigo, mientras quieras.

Mantener la conexión y que fluya de ambas partes es el fundamento de todo. Sin ello nos des-conectamos, des-amigamos, y destruimos; explotamos, a personas y naturaleza.

La potente imagen de la vid y el sarmiento. La unión intrínseca, no-dual, profunda que produce el gozo del buen vino; el vino fruto de esa intimidad de la vid con el sarmiento, abrazados y enraizados en el mismo suelo-tierra.

Al beber un vino recuerda, es fruto de intimidad y de conexión. No sé si nos podía Jesús ofrecer una imagen más mediterránea.

¡Cuánta amistad, comunión de vida, alrededor de una mesa y de una copa de vino…!

No lo agüemos con nuestra miopía. Lavemos pies, y compartamos el vino de la conexión y el gozo del Espíritu se percibirá en nosotros.

Y esa intimidad nos lleva a descubrir nuestro origen, no sólo en la fe, sino también, como nos indica la espiritualidad de la Tierra, nuestro origen como materia y energía. Entendemos que ahí también revoloteaba la Ruah, el Espíritu, la fuerza del amor que ha hecho y sigue haciendo evolucionar todo, absolutamente todo en un dinamos/dinamismo imparable.

Hace unos días celebrábamos el Día Internacional de la Tierra, e invitábamos a los lectores y amigos de nuestra web/blog a contemplar el ciclo del amanecer hasta el atardecer y luego la despedida de la luz por unas horas y otra vez la maravilla del amanecer, imparable, radiante, iluminando todo.

Y para recordar el ciclo, a lo largo del día, encender una vela. Dicen los maestros de la espiritualidad de la Tierra que es importante que ritualicemos los ciclos, y que en ello incluyamos a nuestros pequeños educándoles desde este otro paradigma.

Estos niños tan íntimamente unidos a nosotros, padres/madres, educadores, médicos… ¿qué intimidad pueden ver de nosotros con la Tierra? Muchos vamos al monte y a la playa, pero aprovechar estos espacios para indicarles en su lenguaje y según la edad, la inter- conexión de todo ello con nosotros.

Tal vez sería más fácil explicar que es Jesús quien nos lava los pies de nuestro pisotón ecológico y desde ahí, encariñarles con un Jesús amante acérrimo de la naturaleza y de los niños, y llevarles a conocer una vid y contarles nuestra historia de hoy.

¿Quién no se encariña de alguien que habla así de Dios, poniendo estos ejemplos e imágenes? Con la tecnología de hoy podemos apoyar catequesis y formación de niños y adultos de otra manera más actualizada y que nos haga vibrar.

Nos dice Thomas Berry en “The Sacred Universe”: “Es un reto narrar la historia del nacimiento del humano de nuestra Madre Tierra. Una vez que la historia se ha contado, resulta obvio lo significativo que el título Madre Tierra es. Nuestro largo período sin madre del planeta Tierra ha terminado. Y si no termina es debido a las espiritualidades anteriores que han dominado nuestras mentes y acciones.

Un fuerte cambio se ha realizado en esta relación madre-hijo. Hasta hace poco, el hijo era cuidado por la madre. Ahora, sin lugar a dudas, la madre tiene que ser profundamente cuidada por el hijo. Este ha madurado, se ha convertido en adulto. La relación Tierra-humano necesita realizar un proceso de conversión, que primero será de reconciliación para ir entrando en una relación de intimidad e interdependencia. Estamos en este período…”

“Sígueme que yo seguiré contigo”.

Magda Bennásar Oliver, sfcc

II Vísperas – Domingo V de Pascua

II VÍSPERAS

DOMINGO V DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¿Qué ves en la noche,
dinos, centinela?

Dios como un almendro
con la flor despierta;
Dios que nunca duerme
busca quien no duerma,
y entre las diez vírgenes
sólo hay cinco en vela.

Gallos vigilantes
que la noche alertan.
Quien negó tres veces
otras tres confiesa,
y pregona el llanto
lo que el miedo niega.

Muerto le bajaban
a la tumba nueva.
Nunca tan adentro
tuvo al sol la tierra.
Daba el monte gritos,
piedra contra piedra.

Vi los cielos nuevos
y la tierra nueva.
Cristo entre los vivos
y la muerte muerta.
Dios en las criaturas,
¡y eran todas buenas! Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha de Dios. Aleluya.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Resucitó el Señor y está sentado a la derecha de Dios. Aleluya.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Nos ha sacado del dominio de las tinieblas, y nos ha trasladado al reino de su Hijo. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Aleluya. Reina nuestro Dios, gocemos y démosle gracias. Aleluya.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Aleluya. Reina nuestro Dios, gocemos y démosle gracias. Aleluya.

LECTURA: Hb 10, 12-14

Cristo ofreció por los pecados, para siempre jamás, un solo sacrificio; está sentado a la derecha de Dios y espera el tiempo que falta hasta que sus enemigos sean puestos como estrado de sus pies. Con una sola ofrenda ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados.

RESPONSORIO BREVE

R/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

R/ Y se ha aparecido a Simón.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Verdaderamente ha resucitado el Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que murió y resucitó por los hombres, y ahora intercede por nosotros, y digámosle:

Cristo, Rey victorioso, escucha nuestra oración.

Cristo, luz y salvación de todos los pueblos,
— derrama el fuego del Espíritu Santo sobre los que has querido fueran testigos de tu resurrección en el mundo.

Que el pueblo de Israel te reconozca como el Mesías de su esperanza
— y la tierra toda se llene del conocimiento de tu gloria.

Consérvanos, Señor, en la comunión de tu Iglesia
— y haz que esta Iglesia progrese cada día hacia la plenitud que tú le preparas.

Tú que has vencido la muerte, nuestro enemigo, destruye en nosotros el poder del mal, tu enemigo,
— para que vivamos siempre para ti, vencedor inmortal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Cristo Salvador, tú que te sometiste incluso a la muerte y has sido levantado a la derecha del Padre,
— recibe en tu reino glorioso a nuestros hermanos difuntos.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Señor, tú que te has dignado redimirnos y has querido hacernos hijos tuyos, míranos siempre con amor de padre y haz que cuantos creemos en Cristo, tu Hijo, alcancemos la libertad verdadera y la herencia eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lo esencial es la vida que atraviesa y unifica la raíz, la cepa y el sarmiento

Jn 15,1-8

Estamos en el comienzo del capítulo 15 del evangelio de Jn, incluido en el larguísimo discurso de despedida que Jn pone en boca de Jesús después de la cena. En esta parte del discurso se habla de la comunidad y su misión en el mundo. Se insiste en que la Vida de Dios debe atravesar a cada miembro para que sea posible el amor que se debe manifestar en obras. La división en partes de los organismos vivos siempre es inadecuada. Toda la vid es un único ser vivo. Para producir frutos necesita de los tres elementos: raíz, cepa y sarmientos.

El simbolismo de la viña es muy frecuente en el AT. Pero no es tan frecuente la imagen de la vid. Además, el sentido que le da Juan es completamente original. El doble aspecto, una misma vivencia individual y una proyección a los demás, es la clave de la experiencia pascual. La Vida de Dios, la de Jesús y la de los discípulos es la misma. Aunque no se nombra expresamente, la Vida sigue siendo el centro del discurso.

Hay que tener en cuenta que la vid es una de las plantas que no produce fruto de provecho si no se poda severamente. Su capacidad de echar follaje es tan grande que, si no se le aplican fuertes correctivos, se le va toda la fuerza en tallos y hojas. La poda se realiza en dos etapas. La primera se hace antes de que brote y consiste en eliminar casi todos los sarmientos del año anterior, dejando solo los más vigorosos, y de estos, una parte mínima (dos o tres nudos). La segunda se hace sobre los pámpanos, eliminado todos los tallos que no llevan fruto e incluso desmochando los que lo llevan.

Yo soy la vid verdadera. Detrás del símbolo de la vid se esconde todo un mundo de sugerencias. Se trata de un ser vivo que se manifiesta a través de elementos distintos, pero unificados por una realidad que los trasciende, la vida. Una vez más es la Vida el centro del discurso. Todo el que se adhiere a Jesús forma parte de la misma vid; forma una comunidad viva que fructifica. En el AT es frecuente que la viña sea improductiva.

Mi Padre es el labrador. Como en el AT, es el Padre quien la ha plantado y la cuida. Pero hay que tener cuidado a la hora de interpretar este aspecto. Jesús nunca se propone como centro de su mensaje. Él predica el Reino que es Dios. Nunca se interpone entre Dios y el ser humano. Jesús nos dice que lo que Dios es para él, lo es también para cada uno de los hombres. No pensemos que Jesús es más que el Padre. La alusión al Padre labrador expresa la preocupación y el interés porque que los sarmientos den fruto.

Todo sarmiento que en mí no lleva fruto, lo elimina, y a todo el que produce fruto, lo poda, para que dé más fruto. ¡Ojo a este párrafo! Tenemos un juego de palabras muy curioso: “airei” no significa cortar ni arrancar sino abolir, quitar. “kathairei” no significa podar sino limpiar, purificar. Ni uno ni otro verbo se suelen utilizar para designar tareas agrarias. Al emplearlos nos fuerza a ir más allá del primer significado. El versículo siguiente nos ayuda a salir del error de interpretación: Vosotros estáis ya limpios por el mensaje que os he comunicado. “Limpios” tampoco tiene nada que ver con la pureza legal que se consigue por rituales. Para Juan el único pecado es la opresión. Como ellos han salido de ese ámbito, se han liberado del pecado.

No debemos entender estos versículos como si Dios actuara en nosotros desde fuera y mecánicamente. Para Jesús, Dios es la savia, la Vida que se comunica a toda la vid. Jesús es el primer sarmiento que vivió plenamente de esa savia divina. No debemos confundir al hombre Jesús con el Dios cristiano, sino como el primer cristiano que, haciendo suya la misma Vida de Dios, nos ha indicado la manera de alcanzar la verdadera plenitud humana. El mensaje de Jesús consiste en que todos vivamos esa Vida divina.

Ni cada individuo ni la comunidad deben considerarse entes estáticos, tienen que dar fruto. Sarmiento improductivo es el que pertenece a la comunidad pero no responde al Espíritu. Incluso el que produce fruto tiene que seguir un proceso que no acaba nunca. Solo el don total de sí mismo permitiría alcanzar la meta. La posesión del Espíritu es un dinamismo que no se detiene nunca. El producir fruto no hace referencia a una moralidad.

El sarmiento no tiene vida propia, necesita recibir la savia de la cepa. La ausencia de fruto delata la falta de unión con Jesús. La presencia de fruto manifiesta que la savia-Vida está llegando al sarmiento. Ni la Vid sin sarmientos puede producir frutos, ni los sarmientos separados de la cepa. Los frutos se alcanzan por la unidad de ambos. Esa unión con Jesús no es algo automático, ni ritual, ni externo; exige la actualización constante por parte del discípulo. Cada individuo y cada comunidad tienen que estar constantemente eliminando todo aquello que le impida llegar a la identificación con Jesús.

Existe una fuerte tendencia a equiparar el “producir fruto” con las buenas obras. En Jn no se hace ninguna distinción entre ser y obrar. Adherirse a Jesús es inseparable de producir el fruto que esa adhesión conlleva, pero el fruto no son directamente las obras, sino la Vida-amor, que necesariamente se manifestará en obras. De esta manera queda erradicado el peligro de creer que son las obras las que me llevan a la identificación con Jesús. Solo la Vida-Amor nos hace ser uno con Jesús y nos capacita para obrar.

Porque sin mí, no podéis hacer nada. Por activa y por pasiva repite una y otra vez la misma idea. El sarmiento que es una sola vida con la cepa produce fruto y hace que la vid sea capaz de dar fruto. El que está separado, no sirve para nada porque no tiene vida. Se trata de participar de la misma Vida de Jesús, que es la del Padre. Recordad: “El Padre que vive me ha enviado y yo vivo por el padre; del mismo modo el que me coma vivirá por mí”. Estar unido, comer a Jesús es comprometerse con él y participar de su misma Vida. De la misma manera alejarse de Jesús es garantizarse la esterilidad y la muerte.

En esto se ha manifestado la gloria de mi Padre, en que hayáis comenzado a producir mucho fruto por haberos hecho discípulos míos. En este versículo queda claro que no pueden ser palabras pronunciadas por Jesús en la última cena. Los discípulos no comenzaron a dar frutos hasta después de la experiencia pascual. Solo entonces descubrieron al verdadero Jesús y lo vivieron de verdad. No son palabras de Jesús, sino palabras de la comunidad sobre Jesús. Si no hacemos esta composición de lugar, no habrá manera de dar un auténtico sentido al evangelio de Juan.

El domingo pasado se hablaba de un solo rebaño, hoy nos habla de una sola vid. Jesús y los discípulos constituyen una sola realidad viva. Ser vid significa estar unido no solo a Jesús y a Dios, sino a los demás sarmientos. Si me separo de otro sarmiento que está unido a la vid, me tengo que separar de la vid. Esa es la experiencia pascual que tiene que continuar hoy en nosotros. Todos participamos de la misma Vida de Dios que descubrimos gracias a Jesús. La Vida es una sola; al participar de ella tomamos conciencia de que formamos una unidad con todos los hombres, con todo el cosmos y con Dios.

Meditación

En el centro de mi ser esta la fuente de Vida.
En el orden del Espíritu, todo es Uno.
La aparente diversidad es una ficción de la mente.
Si consigo trascender el mundo de las apariencias,
me encontraré en la inmensidad del Ser.
En mi verdadero ser, la armonía y la unidad son absolutas.

Fray Marcos

El labrador, la vid y los sarmientos

El labrador, la vid y los sarmientos (Juan 15,1-8)

Para captar la originalidad del evangelio conviene recordar otras referencias a la vid en el Antiguo Testamento. Un salmo compara al pueblo de Israel con una vida pequeña, que Dios trasplanta a la tierra de Canaán, donde crece de manera espléndida y extiende sus pámpanos hasta el Gran Río (el Éufrates). Alude al imperio davídico. Pero llega un momento en que la vid se ve asaltada, pisoteada y destruida por los pueblos vecinos y los grandes imperios. ¿Por qué ha ocurrido esto? Una canción de Isaías ofrece la respuesta: la vid, que ha recibido inmensos cuidados por parte del labrador, en vez de dar uvas da agrazones. Pasando de la imagen a la realidad, Dios esperaba de su pueblo justicia y bondad y encontró malicia y maldad.

En el evangelio, la imagen cambia profundamente. La vid no es el pueblo, sino Jesús. Y adquieren un protagonismo inesperado los sarmientos, nosotros.

Este pasaje se conoce como «la parábola de la vid y los sarmientos». Título erróneo, porque no tiene en cuenta al protagonista principal, el labrador, que es quien poda, arranca y tira los sarmientos que no dan fruto. Y más bien que parábola es una fábula, donde los protagonistas son animales o plantas que pueden hablar y actuar. En este caso, los protagonistas secundarios, los sarmientos, no hablan, pero sí actúan. Algunos deciden mantenerse unidos a la vid, y dan fruto abundante. Otros deciden independizarse, cortar la relación con la vid, y dejan de dar fruto. (La imagen de unas ramas en movimiento, en este caso alejándose del tronco, recuerda la fábula de Yotán, que comienza: «Se pusieron en marcha los árboles para elegirse un rey»).

El enfoque del evangelio, insistiendo en la idea de permanecer en Jesús, se comprende recordando un episodio de Lucas. En la aparición a los discípulos de Emaús, estos terminan pidiéndole: «Quédate con nosotros, Señor». En Juan cambia la perspectiva. Es Jesús quien nos dice: «Permaneced en mí». Es muy distinto «quedarse con» y «permanecer en», aunque parezcan lo mismo. Lo segundo habla de mayor intimidad, como la de un niño en el seno de su madre.

El título habitual subraya la importancia de la vid. Y en parte lleva razón: de estar unidos a ella o separados de ella depende el futuro de los sarmientos. Pero la vid no hace nada. Simplemente está ahí. Todas las acciones las realizan el labrador o los sarmientos. Enfoque curioso, que nos obliga a reflexionar sobre la importancia de Dios Padre en la vida del cristiano; y el papel fundamental de Jesús, aunque a veces tengamos la impresión de que no hace nada en nuestra vida.

1ª lectura: la viña y la poda de Dios (Hechos de los Apóstoles 9, 26-31)

Aunque no tenga relación ninguna con el evangelio, el texto de los Hechos se puede leer como una concreción del mismo. El final nos dice cómo la vid, la comunidad cristiana, se extiende y fructifica. Y la primera parte, la que trata de Pablo, recuerda lo que dice la fábula a propósito del labrador: «a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto». Podar es cortar, herir al árbol, despojarlo de algo que le ha costado tiempo y esfuerzo producir. Pero el campesino lo hace para que esté más sano y fuerte. Eso es lo que hace Dios con Pablo.

Después de su conversión, Pablo podría esperar que lo recibieran muy bien en Jerusalén. Pero ocurre algo muy distinto: no se fían de él, lo rehúyen, hasta que Bernabé lo presenta a los apóstoles. Cuando comienza a predicar, los judíos de lengua griega intentan eliminarlo y debe huir a Tarso. En realidad, toda la vida de Pablo fue una gran poda, una vida llena de persecuciones y sufrimientos. Pero a través de ellos se convirtió en el mayor de los apóstoles. Dio mucho fruto. Una buena enseñanza para los que quisiéramos que todo nos fuera bien en la vida, sin ningún tipo de dificultades.

2ª lectura: cómo permanecer unidos a la vid (1ª carta de Juan 3,18-24)

El evangelio insiste en la necesidad de que el sarmiento esté unido a la vid. La segunda lectura nos indica el modo concreto de mantener la unión.

El texto, como es habitual en Juan, resulta complicado y mezcla diversos temas: el amor falso y el verdadero, el complejo de culpabilidad, la confianza en Dios, la observancia de los mandamientos, la fe en Jesús y el amor mutuo, la permanencia en Dios y el don del Espíritu. Siguiendo la metáfora del evangelio, es una vid demasiado frondosa que conviene podar. Bastaría recordar que amar de verdad y con obras equivale a creer en Jesús y amarnos unos a otros. Esa es la forma de permanecer unidos a la vid y la única garantía de que daremos fruto como cristianos.

José Luis Sicre

Comentario – Domingo V de Pascua

(Jn 15, 1-8)

Jesús se compara a una vid, una parra, y los discípulos son las ramas; ellos son los sarmientos, que reciben de él la savia, la vida, el alimento que los sostiene. Por eso Jesús nos invita a permanecer en él, de manera que no terminemos secos y muertos.

De él viene la vida espiritual, la vida sobrenatural. Pero en realidad la insistencia de este texto está en la invitación a dar frutos, a producir algo que valga la pena, y nos dice que sólo unidos al Señor podemos dar frutos.

Jesús toca con estas palabras una de las necesidades más profundas del ser humano, que es el deseo de sentirse fecundo, de ser útil, el anhelo de desarrollar las propias capacidades para producir algo bueno en este mundo, para que nuestros años no vayan pasando sin que podamos regalarle algo bueno a este mundo. Esta fecundidad da gloria al Padre (15, 8), porque él ama que la vida se difunda, se multiplique, se derrame cada vez más. Él nos quiere vivos produciendo fruto, no muertos y estériles.

Y este Padre que recibe gloria cuando damos frutos, es el viñador, el que poda las ramas para que produzcan más fruto. Y esa limpieza de las ramas se realiza a través de la palabra de Jesús (15, 3). Se trata de las purificaciones que debe recibir nuestro corazón cuando se está esclavizando, cuando se está apegando demasiado a las cosas y vanidades del mundo, y cuando al escuchar la palabra de Jesús descubre su miseria. Entonces puede entregar, dolorosamente, las cosas y los proyectos que lo esclavizaban. Pero ese dolor es liberador, y permitirá que la rama pueda ser fecunda, que pueda ofrecer fruto abundante de vida, de amor, de alegría para Dios y para los demás.

Oración:

“Señor, dame la gracia de dejarme purificar con tu Palabra, de permitir que tú me purifiques y me limpies para que mi vida sea fecunda, para que no me encierre en una búsqueda egoísta de placer y comodidad que no me permite dar fruto”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Fecundidad del matrimonio

50. El matrimonio y el amor conyugal están ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios padres. El mismo Dios, que dijo: “No es bueno que el hombre esté solo” (Gen 2,18), y que “desde el principio … hizo al hombre varón y mujer” (Mt 19,4), queriendo comunicarle una participación especial en su propia obra creadora, bendijo al varón y a la mujer diciendo: “Creced y multiplicaos” (Gen 1,28). De aquí que el cultivo auténtico del amor conyugal y toda la estructura de la vida familiar que de él deriva, sin dejar de lado los demás fines del matrimonio, tienden a capacitar a los esposos para cooperar con fortaleza de espíritu con el amor del Creador y del Salvador, quien por medio de ellos aumenta y enriquece diariamente a su propia familia.

En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuanta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente. En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, lo cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esta ley a la luz del Evangelio. Dicha ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a la perfección genuinamente humana del mismo. Así, los esposos cristianos, confiados en la divina Providencia cultivando el espíritu de sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente.

Pero el matrimonio no ha sido instituido solamente para la procreación, sino que la propia naturaleza del vínculo indisoluble entre las personas y el bien de la prole requieren que también el amor mutuo de los esposos mismos se manifieste, progrese y vaya madurando ordenadamente. Por eso, aunque la descendencia, tan deseada muchas veces, falte, sigue en pie el matrimonio como intimidad y comunión total de la vida y conserva su valor e indisolubilidad.

Lectio Divina – Domingo V de Pascua

INTRODUCCIÓN

Hay una estrecha vinculación entre la primavera y la Pascua. La primavera es como el “estallido de la vida”. Una vida que se derrama en miles de árboles y arbustos; en millones de capullos y flores. El que despertó esta vida no era un espíritu tacaño sino derrochador. Y de ese derroche, de esa sin medida, de ese despilfarro brota la belleza de la nueva vida. La Resurrección de Cristo es el estallido de la Vida. Una vida que estaba concentrada, aprisionada en el cuerpo de Cristo según la carne y que, en la Resurrección estalla y lo invade todo.  Cristo es “el que vive”. Alejarse de Él es alejarse de la vida, como el sarmiento que se separa de la vid.

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Hech. 9,26-31.        2ª Lectura: 1ª Jn. 3,18-24

EVANGELIO

Juan 15,1-8

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada. Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos.»

REFLEXIÓN

 1.– YO SOY LA VERDADERA VID. Si dice Jesús que Él es la vid “verdadera” es que ha habido antes otra vid que no era la auténtica. En efecto, ya Isaías nos habla de un canto de amor de Dios a su pueblo. Y ese pueblo estaba significado por la viña (Is. 5,1-7).  En el frontispicio del Templo de Jerusalén había una hermosa vid para significar a Israel. Este canto de gozo y de esperanza por parte de Dios, pronto se convirtió en canto de decepción. “esperó uvas y le dio agrazones” (v.2). Es la trágica historia de un pueblo elegido y mimado por Dios y, sin embargo, no supo responder con amor sino con ingratitud.  Ese pueblo no era la vid verdadera.  Ahora la vid no va a ser un pueblo sino una persona: la persona de Jesús, la verdadera Vid.  Y esta nueva Vid dará el fruto que al Padre le agrada. Ahora este Viñador sí que puede soñar y cantar y danzar. “Jesús es el Hijo en quien el Padre ha puesto todas sus complacencias” (Mt. 3,17). 

2.– SIN MI NO PODÉIS HACER NADA. Jesús es tajante. No dice: sin mí podéis hacer poco. Sin Jesús no podemos hacer nada. A veces los cristianos hemos convertido el evangelio en un compromiso ético. Hemos puesto la esencia de la vida cristiana en el trabajo, el esfuerzo, el mérito.  Los cristianos nos hemos atrevido a todo: hasta hacer un cristianismo sin Cristo. Es verdad que podemos sembrar, labrar, regar, recoger. Pero nunca debemos olvidar que las plantas crecen con la caricia del sol, de la lluvia, del aire. Es decir, con la caricia de Dios. Lo importante es estar unidos a Cristo como los sarmientos a la vid. Que corra por nuestras venas la savia divina y así podemos esperar frutos.  La gloria, el orgullo del Padre es que demos frutos, frutos de caridad. Cuando estamos unidos unos con otros y todos con la vid, que es Jesús, el mismo Padre se emociona y dice: ¡Pedid lo que queráis!

3.- UNIDOS A CRISTO, NUESTRA VERDADERA VID, CANTEMOS EL CANTO QUE AGRADA AL PADRE. “Voy a cantar” (Is. 5,1). Estamos acostumbrados a ver a un Dios hablando, predicando, caminando, llorando. Pero no nos imaginamos a un Dios “cantando”. Nos preguntamos: ¿quién canta? Es el mismo Dios. ¿Qué canta? Dios sólo sabe cantar un tipo de canciones: las canciones del amor. ¿A quien canta? A su pueblo. En el A.T. al pueblo de Israel. Ahora su pueblo es Jesús y los que están unidos a Él. ¿En qué tono canta? En tono mayor y en tono menor. En tono mayor cuando “permanecemos en Él” y estamos todos unidos como los sarmientos con la vid. Pero también canta en tono menor, cuando en vez de uvas damos agrazones. El agrazón es la uva que no ha madurado. Le duele a Dios que nos quedemos a la mitad del camino, que no lleguemos a la plenitud, que no cumplamos los sueños que, desde toda la eternidad, Él tenía sobre cada uno de nosotros.

PREGUNTAS

1.– Somos sarmientos. Pero, ¿en qué vid estamos implantados? ¿En la vid verdadera o en la falsa? ¿Permanezco fiel a Jesús?

2.- ¿Me creo que yo, sin Jesús, no soy nada? ¿Qué tengo que no haya recibido? ¿Entiendo la vida como un regalo? ¿Soy un don para los demás?

3.- ¿Vivo la vida como un bonito canto? ¿En qué tono estoy cantando? ¿Alabo a Dios en todo? ¿O me quejo de todo?

ESTE EVANGELIO, EN VERSO, SUENA ASÍ:

Nos dices, Señor, a todos:

“Yo soy la vid verdadera

y vosotros los sarmientos”,

en comunión con mi cepa.

Arrancados de tu vid,

nuestro corazón se seca.

Somos sarmientos inútiles,

destinados a la hoguera.

Permanecer en tu amor

es, Señor, nuestra tarea.

Tu savia es como la sangre

que corre por nuestras venas

Sólo viviendo contigo

en perfecta coherencia

podremos, Señor, llenar

de uvas dulces nuestra cesta.

Queremos, Señor, que el Padre

corte con su podadera

tanto follaje que crece

en la viña de su Iglesia.

Como Tú, Señor, haremos

de nuestra vida una ofrenda.

Tras la cruz, resucitada,

florece la primavera

Permanece con nosotros

Tú eres, Señor, nuestra fuerza.

Nada podemos sin Ti

y todo con tu presencia.

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Dios es amor

1.- La definición más notable y diferenciada que hace el cristianismo sobre Dios es “Dios es amor”. Esa es la revelación de Jesús, el Hijo de Dios. Nos define a Dios como Padre ocupado y preocupado de sus criaturas. Él que había bajado del cielo, nos comunica algo inconmensurable. Y no es nada extraño que Benedicto XVI haya titulado su primera encíclica con ese título. Es la segunda lectura de la misa de este Quinto Domingo de Pascua, sacada de primera carta de San Juan donde se da el gran argumento del apóstol: “Dios es amor”. Y es el Dios humilde y amoroso del que habla –por ejemplo— Romano Guardini en su obra cumbre: “El Señor. Guardini fue el maestro preferido por Josep Ratzinger y, por tanto, puede entenderse mejor la predilección del Papa en la elección de tema y titulo de su primera encíclica. Luego, aparece en el Evangelio, con el simbolismo de la vid y de los sarmientos, San Juan habla de la unidad con Cristo y de la unión de todos los sarmientos en torno a la única vid que es el Señor. Y así recibimos esos dos mensajes fundamentales para nuestra vida de cristianos: el amor, y la cercanía a Jesús y a los hermanos.

2.- Pero la vida en la calle parece muy distinta. No vemos amor ninguno y cada uno anda a su aire. No es verdad. La vida moderna ha dado un aspecto exterior a las gentes que no se corresponde con la realidad. Por un lado, el hermetismo facial que impide cualquier contacto, por otro el aislamiento físico que trae –por ejemplo– que mucha gente se sienta nerviosa cuando sube en un ascensor y eso solamente porque tiene personas más cercanas de lo que puede soportar. Esas dos “figuras” lo que traen es una soledad más que evidente o, por lo menos, una lejanía moral de todo lo que nos rodea.

Si los hermanos nuestros que andan solos y tensos por la vida no comparten nuestra fe pues tendría una explicación más lógica, además de la obligación nuestra de comunicarles nuestras creencias. Pero si esas mismas personas son creyentes y cumplidoras de los caminos de seguimiento de Cristo ahí sí que se está entrando en una contradicción terrible. Es necesario meditar sobre la expresión continuada de nuestro amor y de nuestra solidaridad respecto a los otros. Y eso mucho antes de decidir si son correligionarios nuestros o si nos gustan sus modos y sus costumbres. Para evitarlo usemos más de la más eficaz arma secreta que disponemos: el amor a todos en la cercanía a Jesús y en el amor que Él nos tiene.

3.- Irrumpe la figura de San Pablo en la primera lectura de este domingo sacada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Es una figura que sorprende profundamente a todo aquel que, desde una posición intelectual ya desarrollada, comienza leer sus escritos con sentido histórico y espiritual. Existe la tendencia, desde esa vertiente intelectualizada, a magnificar la importancia de Pablo y, tal vez, sacarle de contexto. La investigación sobre la realidad histórica de los Evangelios, dio durante mucho tiempo una existencia temprana a las cartas de San Pablo. Más tarde hay datos como para pensar que los Evangelios propiamente dichos –en sus primeras redacciones– son anteriores a los escritos de Pablo.

Esto viene a cuento porque una tendencia crítica contraria a la realidad de Cristo, a su muerte y resurrección, plantea a San Pablo como inventor del mensaje cristiano. La lectura continua y conjuntada de todo el Evangelio descubre una especie de graduación cronológica que culmina con la lectura del texto de San Juan, escrito mucho más tarde y con una serie de ingredientes necesarios para combatir las primeras herejías.

Pablo de Tarso tuvo que recibir una enseñanza basada en otros textos y ello con anterioridad a la “edición” de los Hechos de los Apóstoles. Datos sobre la Resurrección o el pasaje de la Primera Carta de los Corintios sobre la institución de la Eucaristía parecen un resumen de los otros textos evangélicos que citan esos momentos y, en ninguno de los casos, un origen de los mismos. De todas formas, y para los efectos que nosotros buscamos, poca importancia tiene esa disputa fundacional o cronológica. Jesús es Jesús y Pablo es Pablo. Jesús reina en Pablo de tal manera que no es extraño que el antiguo fariseo consiga esas cotas imponentes de concreción teológica, moral, doctrinal. Nunca, después, nadie ha superado ese nivel de interpretación de las verdades de nuestra fe.

5.- Existe, sin duda, la forma y el fondo. Este fondo es indiscutible y constituye la base para el descubrimiento armónico del paso de Jesús por la tierra y sus consiguientes efectos sobre la transcendencia espiritual de la Encarnación de Dios. La forma es, tal vez, el añadido de la importancia cultural del mundo grecolatino. El barniz de alta capacidad filosófica ayuda a Pablo, aunque fracasara ruidosamente en Atenas, centro de esa tendencia. Tal vez, esa capacidad de expresión habría que compararla también con la de San Agustín, hombre que era un prototipo del intelectual crecido en el Imperio Romano y que supo adaptar ese camino de conocimiento a la realidad de Cristo, combatiendo con eficacia situaciones absurdas como la de los maniqueos o arremetiendo contra los creadores de horóscopos, quienes, por cierto, deberían ser –entonces– más “científicos” que los individuos que hoy producen esas adivinanzas para las páginas de los periódicos.

6.- Jesús va a emplear –hoy también– un ejemplo muy propio de la sociedad agrícola y ganadera en la que vivía. La semana pasada se declaraba pastor bueno de todas las ovejas y hablaba de la puerta estrecha del redil. Hoy nos pone un ejemplo típico de la cultura de la vid. Él es la Vid y su Padre el Viñador. Y la unión de los discípulos se ha producir por la técnica del injerto. Unir nuevos sarmientos a la planta principal da, por un lado, vida a esos sarmientos, los cuales, a su vez, en contacto tan estrecho con el tronco darán fruto mucho fruto. Hoy, probablemente, los ejemplos más adecuados para nosotros serían informáticos y con la posibilidad de añadir potencia y memoria a un ordenador mediante el adosamiento de discos duros exteriores… En fin, pero resulta, sin duda, muy poético el ejemplo de la vid. Y, claro, los ordenadores no tienen vida. La Vid, sí; y los inertes esquejes necesitan de la savia de la Vid que vive.

Y como señalaba al principio la unión de estos conceptos que emergen de las lecturas del domingo –Dios es Amor, la conversión de Pablo y su trabajo en Jerusalén, y esa Vid que es realidad de vida y unión—nos ayuda a caminar en estos tiempos intermedios de la Pascua que nos conduce a Pentecostés, fiesta que esperamos porque, como buen dice Jesús de Nazaret, será el Espíritu Santo quien nos lo enseñará todo. Y la verdad es que falta nos hace aprender, a todos, a los pequeños y a los grandes, a los buenos y a los malos…

Ángel Gómez Escorial

La viña y los sarmientos

1.- Uno de los árboles más simpáticos que existen entre nosotros, es la vid, o el majuelo, o la parra, como quiera llamársele. Que se den en un país cultivos de esta planta caracteriza a una cultura. Los mediterráneos lo somos de la vid, como otros pueblos lo son del arroz o del maíz. En la antigüedad bíblica se definía la prosperidad como el tener una casa con una higuera y una parra a su vera. Quien no conoce la parra, se sorprende al verlo por primera vez, en invierno. Sus troncos retorcidos, a menudo de cortezas destrozadas, y nudosos ellos, dan la sensación de que se trata de un cadáver vegetal. No obstante la apariencia, es entonces cuando el que lo cultiva lo somete a inteligente poda. Llega la primavera y brotan las ramitas, los pámpanos y las flores, que no son vistosas, que casi ni se distinguen del conjunto. Al final del verano aparecen esplendorosos los racimos de uva. Es un espectáculo maravilloso, no es de extrañar que a la exuberancia de su fecundidad se la compare la mujer virtuosa en el Salmo(128,3). Es una exhibición de poderío y de riqueza. Sorprende al viajero y al hombre de ciudad, por muy acostumbrado que esté a aprovecharse de sus caldos.

2.- No, no trato de dar una lección de botánica ni de enología. Pretendo recordar imágenes, que entre nosotros no resultan lo familiares que eran para el primer auditorio de las palabras de Jesús. Por este motivo les era fácil aprender la lección. Habían visto en invierno los sarmientos cortados, yacer en el suelo, para dar paso a viñas que brotaban con vigor en primavera y ofrecer al final del verano suculentos racimos. Habían visto el majuelo no podado, exhibir innumerables y raquíticos racimos, que nadie aprovechaba. Recordar estos fenómenos de la naturaleza por parte de Jesús, les facilitaba la doctrina que Él quería que aprendieran. Que quiere ahora que sepamos nosotros.

Desde el bautismo formamos parte de la hermosa viña que es la Iglesia. Recibimos, a través de ella la savia vivificadora que es la Gracia. Se nos pide, se nos debe exigir, que demos en nuestra vida frutos de eternidad. No nos extrañe que nos llegue la prueba, la corrección. No nos deben intranquilizar las situaciones que nos parecen adversas, pero que en realidad pretenden mejorar la eficacia de nuestro trabajo. Cuando las cosas nos salen bien, pero con dificultad, es señal de que somos de los elegidos, no me canso de repetir desde hace años y la experiencia me lo confirma.

3.- Hay gente que irresponsablemente escoge la exuberancia de lo externo, que les gusta presumir, alardear de ser o creerse importantes, dar notoriedad y publicidad a cualquier cosa que hacen. Pero no dan fruto. Poco después de haber pasado, comprueba uno que no han dejado fruto ni semillas, que nada se conserva de sus trabajos, que mucho cacarear, pero que no fueron de provecho y por donde pasaron todo continúa yermo.

Hay que estar unidos a Jesús y recabar su Gracia. A partir de aquí, trabajar con generosidad. Será entonces cuando nuestra vida estará llena de realizaciones que perduren. Ante Dios, con humildad, nos sentiremos satisfechos de haber sido arquitectos de su Reino, albañiles o carpinteros, de su Casa. Pero quien quiere vivir en solitario pronto se seca y decepcionado abandona lo que emprende.

4.- Una buena práctica de este domingo podría ser salir al campo en busca de ramas secas, podridas, desgajadas del tronco, y, a su vista, meditar lo que seremos si nos alejamos de Dios, si rehusamos que circule su Gracia por nosotros.

Pedrojosé Ynaraja