Comentario – Domingo V de Pascua

(Jn 15, 1-8)

Jesús se compara a una vid, una parra, y los discípulos son las ramas; ellos son los sarmientos, que reciben de él la savia, la vida, el alimento que los sostiene. Por eso Jesús nos invita a permanecer en él, de manera que no terminemos secos y muertos.

De él viene la vida espiritual, la vida sobrenatural. Pero en realidad la insistencia de este texto está en la invitación a dar frutos, a producir algo que valga la pena, y nos dice que sólo unidos al Señor podemos dar frutos.

Jesús toca con estas palabras una de las necesidades más profundas del ser humano, que es el deseo de sentirse fecundo, de ser útil, el anhelo de desarrollar las propias capacidades para producir algo bueno en este mundo, para que nuestros años no vayan pasando sin que podamos regalarle algo bueno a este mundo. Esta fecundidad da gloria al Padre (15, 8), porque él ama que la vida se difunda, se multiplique, se derrame cada vez más. Él nos quiere vivos produciendo fruto, no muertos y estériles.

Y este Padre que recibe gloria cuando damos frutos, es el viñador, el que poda las ramas para que produzcan más fruto. Y esa limpieza de las ramas se realiza a través de la palabra de Jesús (15, 3). Se trata de las purificaciones que debe recibir nuestro corazón cuando se está esclavizando, cuando se está apegando demasiado a las cosas y vanidades del mundo, y cuando al escuchar la palabra de Jesús descubre su miseria. Entonces puede entregar, dolorosamente, las cosas y los proyectos que lo esclavizaban. Pero ese dolor es liberador, y permitirá que la rama pueda ser fecunda, que pueda ofrecer fruto abundante de vida, de amor, de alegría para Dios y para los demás.

Oración:

“Señor, dame la gracia de dejarme purificar con tu Palabra, de permitir que tú me purifiques y me limpies para que mi vida sea fecunda, para que no me encierre en una búsqueda egoísta de placer y comodidad que no me permite dar fruto”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día