Dios es amor

1.- La definición más notable y diferenciada que hace el cristianismo sobre Dios es “Dios es amor”. Esa es la revelación de Jesús, el Hijo de Dios. Nos define a Dios como Padre ocupado y preocupado de sus criaturas. Él que había bajado del cielo, nos comunica algo inconmensurable. Y no es nada extraño que Benedicto XVI haya titulado su primera encíclica con ese título. Es la segunda lectura de la misa de este Quinto Domingo de Pascua, sacada de primera carta de San Juan donde se da el gran argumento del apóstol: “Dios es amor”. Y es el Dios humilde y amoroso del que habla –por ejemplo— Romano Guardini en su obra cumbre: “El Señor. Guardini fue el maestro preferido por Josep Ratzinger y, por tanto, puede entenderse mejor la predilección del Papa en la elección de tema y titulo de su primera encíclica. Luego, aparece en el Evangelio, con el simbolismo de la vid y de los sarmientos, San Juan habla de la unidad con Cristo y de la unión de todos los sarmientos en torno a la única vid que es el Señor. Y así recibimos esos dos mensajes fundamentales para nuestra vida de cristianos: el amor, y la cercanía a Jesús y a los hermanos.

2.- Pero la vida en la calle parece muy distinta. No vemos amor ninguno y cada uno anda a su aire. No es verdad. La vida moderna ha dado un aspecto exterior a las gentes que no se corresponde con la realidad. Por un lado, el hermetismo facial que impide cualquier contacto, por otro el aislamiento físico que trae –por ejemplo– que mucha gente se sienta nerviosa cuando sube en un ascensor y eso solamente porque tiene personas más cercanas de lo que puede soportar. Esas dos “figuras” lo que traen es una soledad más que evidente o, por lo menos, una lejanía moral de todo lo que nos rodea.

Si los hermanos nuestros que andan solos y tensos por la vida no comparten nuestra fe pues tendría una explicación más lógica, además de la obligación nuestra de comunicarles nuestras creencias. Pero si esas mismas personas son creyentes y cumplidoras de los caminos de seguimiento de Cristo ahí sí que se está entrando en una contradicción terrible. Es necesario meditar sobre la expresión continuada de nuestro amor y de nuestra solidaridad respecto a los otros. Y eso mucho antes de decidir si son correligionarios nuestros o si nos gustan sus modos y sus costumbres. Para evitarlo usemos más de la más eficaz arma secreta que disponemos: el amor a todos en la cercanía a Jesús y en el amor que Él nos tiene.

3.- Irrumpe la figura de San Pablo en la primera lectura de este domingo sacada del libro de los Hechos de los Apóstoles. Es una figura que sorprende profundamente a todo aquel que, desde una posición intelectual ya desarrollada, comienza leer sus escritos con sentido histórico y espiritual. Existe la tendencia, desde esa vertiente intelectualizada, a magnificar la importancia de Pablo y, tal vez, sacarle de contexto. La investigación sobre la realidad histórica de los Evangelios, dio durante mucho tiempo una existencia temprana a las cartas de San Pablo. Más tarde hay datos como para pensar que los Evangelios propiamente dichos –en sus primeras redacciones– son anteriores a los escritos de Pablo.

Esto viene a cuento porque una tendencia crítica contraria a la realidad de Cristo, a su muerte y resurrección, plantea a San Pablo como inventor del mensaje cristiano. La lectura continua y conjuntada de todo el Evangelio descubre una especie de graduación cronológica que culmina con la lectura del texto de San Juan, escrito mucho más tarde y con una serie de ingredientes necesarios para combatir las primeras herejías.

Pablo de Tarso tuvo que recibir una enseñanza basada en otros textos y ello con anterioridad a la “edición” de los Hechos de los Apóstoles. Datos sobre la Resurrección o el pasaje de la Primera Carta de los Corintios sobre la institución de la Eucaristía parecen un resumen de los otros textos evangélicos que citan esos momentos y, en ninguno de los casos, un origen de los mismos. De todas formas, y para los efectos que nosotros buscamos, poca importancia tiene esa disputa fundacional o cronológica. Jesús es Jesús y Pablo es Pablo. Jesús reina en Pablo de tal manera que no es extraño que el antiguo fariseo consiga esas cotas imponentes de concreción teológica, moral, doctrinal. Nunca, después, nadie ha superado ese nivel de interpretación de las verdades de nuestra fe.

5.- Existe, sin duda, la forma y el fondo. Este fondo es indiscutible y constituye la base para el descubrimiento armónico del paso de Jesús por la tierra y sus consiguientes efectos sobre la transcendencia espiritual de la Encarnación de Dios. La forma es, tal vez, el añadido de la importancia cultural del mundo grecolatino. El barniz de alta capacidad filosófica ayuda a Pablo, aunque fracasara ruidosamente en Atenas, centro de esa tendencia. Tal vez, esa capacidad de expresión habría que compararla también con la de San Agustín, hombre que era un prototipo del intelectual crecido en el Imperio Romano y que supo adaptar ese camino de conocimiento a la realidad de Cristo, combatiendo con eficacia situaciones absurdas como la de los maniqueos o arremetiendo contra los creadores de horóscopos, quienes, por cierto, deberían ser –entonces– más “científicos” que los individuos que hoy producen esas adivinanzas para las páginas de los periódicos.

6.- Jesús va a emplear –hoy también– un ejemplo muy propio de la sociedad agrícola y ganadera en la que vivía. La semana pasada se declaraba pastor bueno de todas las ovejas y hablaba de la puerta estrecha del redil. Hoy nos pone un ejemplo típico de la cultura de la vid. Él es la Vid y su Padre el Viñador. Y la unión de los discípulos se ha producir por la técnica del injerto. Unir nuevos sarmientos a la planta principal da, por un lado, vida a esos sarmientos, los cuales, a su vez, en contacto tan estrecho con el tronco darán fruto mucho fruto. Hoy, probablemente, los ejemplos más adecuados para nosotros serían informáticos y con la posibilidad de añadir potencia y memoria a un ordenador mediante el adosamiento de discos duros exteriores… En fin, pero resulta, sin duda, muy poético el ejemplo de la vid. Y, claro, los ordenadores no tienen vida. La Vid, sí; y los inertes esquejes necesitan de la savia de la Vid que vive.

Y como señalaba al principio la unión de estos conceptos que emergen de las lecturas del domingo –Dios es Amor, la conversión de Pablo y su trabajo en Jerusalén, y esa Vid que es realidad de vida y unión—nos ayuda a caminar en estos tiempos intermedios de la Pascua que nos conduce a Pentecostés, fiesta que esperamos porque, como buen dice Jesús de Nazaret, será el Espíritu Santo quien nos lo enseñará todo. Y la verdad es que falta nos hace aprender, a todos, a los pequeños y a los grandes, a los buenos y a los malos…

Ángel Gómez Escorial