La viña y los sarmientos

1.- Uno de los árboles más simpáticos que existen entre nosotros, es la vid, o el majuelo, o la parra, como quiera llamársele. Que se den en un país cultivos de esta planta caracteriza a una cultura. Los mediterráneos lo somos de la vid, como otros pueblos lo son del arroz o del maíz. En la antigüedad bíblica se definía la prosperidad como el tener una casa con una higuera y una parra a su vera. Quien no conoce la parra, se sorprende al verlo por primera vez, en invierno. Sus troncos retorcidos, a menudo de cortezas destrozadas, y nudosos ellos, dan la sensación de que se trata de un cadáver vegetal. No obstante la apariencia, es entonces cuando el que lo cultiva lo somete a inteligente poda. Llega la primavera y brotan las ramitas, los pámpanos y las flores, que no son vistosas, que casi ni se distinguen del conjunto. Al final del verano aparecen esplendorosos los racimos de uva. Es un espectáculo maravilloso, no es de extrañar que a la exuberancia de su fecundidad se la compare la mujer virtuosa en el Salmo(128,3). Es una exhibición de poderío y de riqueza. Sorprende al viajero y al hombre de ciudad, por muy acostumbrado que esté a aprovecharse de sus caldos.

2.- No, no trato de dar una lección de botánica ni de enología. Pretendo recordar imágenes, que entre nosotros no resultan lo familiares que eran para el primer auditorio de las palabras de Jesús. Por este motivo les era fácil aprender la lección. Habían visto en invierno los sarmientos cortados, yacer en el suelo, para dar paso a viñas que brotaban con vigor en primavera y ofrecer al final del verano suculentos racimos. Habían visto el majuelo no podado, exhibir innumerables y raquíticos racimos, que nadie aprovechaba. Recordar estos fenómenos de la naturaleza por parte de Jesús, les facilitaba la doctrina que Él quería que aprendieran. Que quiere ahora que sepamos nosotros.

Desde el bautismo formamos parte de la hermosa viña que es la Iglesia. Recibimos, a través de ella la savia vivificadora que es la Gracia. Se nos pide, se nos debe exigir, que demos en nuestra vida frutos de eternidad. No nos extrañe que nos llegue la prueba, la corrección. No nos deben intranquilizar las situaciones que nos parecen adversas, pero que en realidad pretenden mejorar la eficacia de nuestro trabajo. Cuando las cosas nos salen bien, pero con dificultad, es señal de que somos de los elegidos, no me canso de repetir desde hace años y la experiencia me lo confirma.

3.- Hay gente que irresponsablemente escoge la exuberancia de lo externo, que les gusta presumir, alardear de ser o creerse importantes, dar notoriedad y publicidad a cualquier cosa que hacen. Pero no dan fruto. Poco después de haber pasado, comprueba uno que no han dejado fruto ni semillas, que nada se conserva de sus trabajos, que mucho cacarear, pero que no fueron de provecho y por donde pasaron todo continúa yermo.

Hay que estar unidos a Jesús y recabar su Gracia. A partir de aquí, trabajar con generosidad. Será entonces cuando nuestra vida estará llena de realizaciones que perduren. Ante Dios, con humildad, nos sentiremos satisfechos de haber sido arquitectos de su Reino, albañiles o carpinteros, de su Casa. Pero quien quiere vivir en solitario pronto se seca y decepcionado abandona lo que emprende.

4.- Una buena práctica de este domingo podría ser salir al campo en busca de ramas secas, podridas, desgajadas del tronco, y, a su vista, meditar lo que seremos si nos alejamos de Dios, si rehusamos que circule su Gracia por nosotros.

Pedrojosé Ynaraja