Vísperas – San Felipe y Santiago

VÍSPERAS

SAN FELIPE Y SANTIAGO, APÓSTOLES

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Benditos son los pies de los que llegan
para anunciar la paz que el mundo espera,
apóstoles de Dios que Cristo envía,
voceros de su voz, grito del Verbo.

De pie en la encrucijada del camino
del hombre peregrino y de los pueblos,
es el fuego de Dios el que los lleva
como cristos vivientes a su encuentro.

Abrid pueblos, la puerta a su llamada,
la verdad y el amor son don que llevan;
no temáis, pecadores, acogedlos,
el perdón y la paz serán su gesto.

Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero,
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno. Amén.

 

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre. Aleluya.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Felipe, quien me ha visto a mí ha visto al Padre. Aleluya.

 

SALMO 125

Ant. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto. Aleluya.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
´”el Señor ha estado grande con ellos”.
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Si me conocierais a mí, conoceríais también a mi Padre. Ahora ya lo conocéis y lo habéis visto. Aleluya.

 

CÁNTICO de EFESIOS

Ant. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Si me amáis, guardaréis mis mandamientos. Aleluya.

 

LECTURA: Ef 4, 11-13

Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

 

RESPONSORIO BREVE

R/ Contad a los pueblos la gloria del Señor. Aleluya, aleluya.
V/ Contad a los pueblos la gloria del Señor. Aleluya, aleluya.

R/ Sus maravillas a todas las naciones.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Contad a los pueblos la gloria del Señor. Aleluya, aleluya.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará, Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pediréis lo que deseéis, y se realizará, Aleluya.

 

PRECES

Hermanos, edificados sobre el cimiento de los apóstoles, oremos al Padre por su pueblo santo, diciendo:

            Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.

Padre santo, que quisiste que tu Hijo, resucitado de entre los muertos, se manifestara en primer lugar a los apóstoles,
— haz que también nosotros seamos testigos de Cristo hasta los confines del mundo.

Padre santo, que enviaste a tu Hijo al mundo para dar la Buena Noticia a los pobres,
— haz que el evangelio sea proclamado a toda la creación.

Tú que enviaste a tu Hijo a sembrar la semilla de la palabra,
— danos también a nosotros sembrar tu semilla con nuestro trabajo, para que, alegres, demos fruto con nuestra perseverancia.

Tú que enviaste a tu Hijo para que reconciliara el mundo contigo,
— haz que también nosotros cooperemos a la reconciliación de los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que has sentado a tu Hijo a tu derecha, en el cielo,
— Admite a los difuntos en tu reino de felicidad.

 

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

 

ORACION

Señor, Dios nuestro, que nos alegras todos los años con la fiesta de los santos apóstoles Felipe y Santiago, concédenos, por su intercesión, participar en la muerte y resurrección de tu Hijo, para que merezcamos llegar a contemplar en el cielo el esplendor de tu gloria. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Santos Felipe y Santiago

1.- Introducción.

Señor, necesito un mayor y mejor conocimiento del Padre. Él es el principio de todo bien y será el término final de todo. Él es la causa y origen de nuestra felicidad y también la meta final hacia la que nos dirigimos. Pero este origen y esta meta necesitan un camino. Y ese camino eres Tú, Señor, el hijo amado del Padre. Enséñanos a amar al Padre, a descansar en el Padre, a poner también, como Tú, nuestra alma en sus manos antes de morir.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 14, 7-14

En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «Si ustedes me conocen a mí, conocen también a mi Padre. Ya desde ahora lo conocen y lo han visto». Le dijo Felipe: «Señor, muéstranos al Padre y eso nos basta». Jesús le replicó: «Felipe, tanto tiempo hace que estoy con ustedes, ¿y todavía no me conoces? Quien me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Entonces por qué dices: «muéstranos al Padre»” ¿O no crees que yo estoy en el Padre y que el Padre está en mí? Las palabras que yo les digo, no las digo por mi propia cuenta. Es el Padre, que permanece en mí, quien hace las obras. Créanme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí. Si no me dan fe a mí, créanlo por las obras. Yo les aseguro: el que crea en mí, hará las obras que yo hago y las hará aun mayores, porque yo me voy al Padre; y cualquier cosa que pidan en mi nombre, yo la haré para que el Padre sea glorificado en el Hijo. Yo haré cualquier cosa que me pidan en mi nombre».

3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Me entusiasman las palabras sencillas e ingenuas de Felipe: “Muéstranos al Padre y nos basta”. Para decir esto de una manera tan espontanea es que la palabra Padre no caía de los labios de Jesús. La gran lección que Jesús daba cada día a sus discípulos era sobre el Padre: El Padre-Dios es bondadoso, cercano, amigo de la vida, derrochador de amor. Con un Padre así, ya no cabe desear nada mejor.  Jesús acepta esta respuesta de Felipe. Lo que le reprocha es que no haya entendido que Jesús es Revelador del Padre. Le reprocha que, en los ojos de Jesús, no haya visto la mirada del Padre; que en las manos de Jesús, no haya sentido la caricia del Padre; que en el trato exquisito de Jesús con los enfermos y los pecadores, no haya intuido el amor desbordante del corazón del Padre. Ver a Jesús es ver al Padre. Escuchar a Jesús es escuchar al Padre. Palpar a Jesús es palpar al Padre. Se trata de que Dios, el Invisible (Jn, 1,18), se ha hecho “visible” en Jesús. Y esto es suficiente para llenar una vida de felicidad plena, rebosante, y contagiosa. Para disfrutar de esta experiencia hay que conocer a Jesús. Y en la biblia el verbo conocer es algo más que saber cosas. Es hacer experiencia de relación, de amistad, de intimidad. El que escribe estas cosas es el discípulo amado que ha descansado su cabeza sobre el pecho de Jesús.  Para ir al Padre solo hay un camino: JESÚS. Y como nunca podemos abarcar a Jesús, siempre estamos en camino, nunca podemos decir que ya hemos llegado. Debemos vivir en un conocimiento progresivo de desinstalación.   No hay un cristiano hecho sino que cada día se va haciendo. A los apóstoles les llamamos “discípulos” porque siempre estaban aprendiendo de Jesús.  

Palabra del Papa

«Felipe, casi ingenuamente, le pide: «Señor, muéstranos al Padre y nos basta». (…) Mientras que el Prólogo del evangelio de san Juan habla de una intervención explicativa de Jesús a través de las palabras de su enseñanza, en la respuesta a Felipe, Jesús hace referencia a su propia persona como tal, dando a entender que no sólo se le puede comprender a través de lo que dice, sino sobre todo a través de lo que él es. Para explicarlo desde la perspectiva de la paradoja de la Encarnación, podemos decir que Dios asumió un rostro humano, el de Jesús, y por consiguiente de ahora en adelante, si queremos conocer realmente el rostro de Dios, nos basta contemplar el rostro de Jesús. En su rostro vemos realmente quién es Dios y cómo es Dios. Benedicto XVI, 6 de septiembre de 2006

5.- Propósito.  Disfrutar en este día viviendo bajo la mirada cariñosa de Dios, mi Padre.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, sabía que me querías, pero no tanto. Nunca creía que tu amor me llevaba hasta el mismo corazón del Padre; que la felicidad que Tú has tenido junto al Padre me la has querido comunicar. Por eso me siento desbordado y ya no quiero seguir. Caigo de rodillas y ADORO.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Esto os mando: que os améis unos a otros

Pedro añadió: No se puede negar el agua del bautismo a quienes han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros

Estamoscontemplandouno de los episodios bien conocidos e importantes del libro de los Hechos de los Apóstoles: el Concilio de Jerusalén. Fue provocado por la libertad con la que actuaron Pablo y Bernabé en la misión evangelizadora de Antioquia. ¿Había necesidad de circuncidar a los paganos antes y para recibir el bautismo, como si fuera preciso hacerse judío para ser cristiano? ¿Admitir primero la Ley de Moisés y otras muchas tradiciones inherentes a su cultura y modo de vida? ¿Dónde quedaba la universalidad de la liberación realizada por Jesucristo? ¿Dónde estaba tal posibilidad? ¿En la Ley, o en Cristo?

La decisión fue tomada por el Concilio de Jerusalén: “Todavía, dice el texto, estaba Pedro exponiendo estos hechos, cuando bajó el Espíritu Santo sobre todos los que escuchaban la palabra, y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro; se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles, porque los oían hablar en lenguas extrañas y proclamar la grandeza de Dios”. Entonces Pedro añadió:  ¿Se puede negar el agua del bautismo a los que han recibido el Espíritu Santo igual que nosotros”. Y el Concilio mandó bautizarlos en el nombre de Jesucristo, y no imponerles más cargas de las necesarias. Entonces le rogaron que se quedaran unos días con ellos.

Dios no puede hacer muestras de su amor, cuando pedimos que lo haga a nuestro estilo. Se pide lo imposible, que despleguemos lo que es Dios. Tenemos la suerte de que Dios ya está en nosotros desde el principio; de ahí que el mismo Juan diga que el amor no consiste en que nosotros amemos a Dios, sino en que Él nos amó primero. Nos toca descubrirlo en la fe. La liturgia de este día dirá de forma taxativa, por boca de Jesús: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo. Este es mi mandamiento, que os améis unos a otros como yo os he amado”.

El maravilloso ser humano

Con este título grandilocuente queremos decir que es, (como todo el universo) un ser creado, único, verdadero, bueno y bello que en la persona humana adquiere gran complejidad, por su composición de alma y cuerpo, como “animal racional”, (varón y mujer) reyes de la creación, en el paraíso terrenal.

El diálogo afectivo y continuado de Dios con la humanidad desde la creación sufrió en el correr del tiempo diferentes críticas desde Adán y Eva hasta nuestros días. Todos los seres sometidos a una ley general de atracción/repulsa evolucionaron, se desarrollaron, hasta los grandes avances modernos. La inteligencia humana del paraíso no obedeció el mandato natural…. Y cada descubrimiento, lento, pero de millones de años, mantiene las discrepancias que la naturaleza creada ofrece de forma dura a la Naturaleza creadora.

La naturaleza creada inteligente es capaz de no resignarse a sus límites y cometer errores de forma continuada, y proporcionada en violencia, avaricia, poder y desmanes variados. Tanto amó Dios a la humanidad que envió al propio Hijo al mundo, no para condenarla sino para salvarla. En Jesucristo nazareno tenemos el modelo de humanidad liberadora desde Belén a la muerte en cruz, como cualquier mal-hechor.

Aquel episodio del Concilio de Jerusalén …. “No poner cargas” cumpliendo la Ley de Dios hasta la última tilde (como Jesús) lo había vaticinado en el discurso con Nicodemo al decir que necesitábamos nacer de nuevo, abandonando la Ley de Moisés, para aceptar su único mandato del amor. Por un lado, se dice que nuestra esencia (alma-espíritu) es el amor de Dios, y el enviado para la salvación del mundo resume todo diciendo “que os améis unos a otros como yo os he amado”. Un cambio de mentalidad inalcanzable a Nicodemo, y a cada uno de nosotros, si contásemos solo con nuestras fuerzas o energías.

El amor “ágape” necesita mucha gratitud, porque la tendencia natural del ser humano va con facilidad en otra dirección: tendemos a ser amados, a ser regalados, a ser servidos… cuando el amor de Dios, gratuito, requiere aprender a elegir para actuar bien; exige servir y no ser servido hasta convertirse en samaritano (de a pie) considerando prójimo al próximo necesitado de servicio. La verdadera amistad que hace intercambio (donación de sí) hasta hacerlo sacramento de “projimidad” en el matrimonio y caridad-ágape en todo bautizado.

Comenzaba el evangelio: “Como el Padre me amó así os he amado yo, permaneced en mi amor”. Quiere decirnos que Él nos amó primero y siempre a todos, sin más. Por nuestra parte, la energía ofrecida en Pentecostés nos recuerda la presencia del Espíritu Santo, que es abogado defensor certero en la evangelización a que somos enviados.

Fray Manuel González de la Fuente

Comentario – Lunes V de Pascua

(Jn 14, 21-26)

Estas preciosas promesas nos hablan de la intimidad de Dios en nuestros corazones. Los que aman a Dios se convierten en verdaderos templos de la presencia del Padre y de Jesús amándolos.

Sólo esa presencia de amor hace posible cumplir de verdad los mandamientos, vivir lo que el Señor nos pide.

Pero luego aparece alguien más haciéndose presente en la intimidad de los creyentes: el Padre enviará el Espíritu Santo. El es el que enseñará todo a los discípulos para que puedan comprender las enseñanzas de Jesús.

Y en realidad el Espíritu Santo no enseñará cosas que Jesús no haya dicho, sino que “recordará” y hará comprender en profundidad las palabras de Jesús.

El nombre “Paráclito” es una expresión griega que significa “llamado junto a”, es decir, el que uno invoca para que esté a su lado. Como cuando uno grita a un amigo para que lo ayude y acompañe.

Llamarle “consolador” puede reducir su función, ya que el Espíritu Santo viene a estar con nosotros no sólo para consolarnos en la aflicción, sino también para fortalecernos, enseñarnos, acompañarnos, renovarnos, y especialmente para hacer presente a Jesús y recordarnos el verdadero sentido de sus palabras.

El Paráclito es entonces el que viene a estar con nosotros para darnos lo que más necesitamos.

Oración:

‘Ten Espíritu Santo, porque necesito recordar las palabras de Jesús para iluminar mi vida de cada día. Ven a estar conmigo porque sin esa luz mi vida pierde sentido, y se apaga la verdadera alegría”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

El amor conyugal debe compaginarse
con el respeto a la vida humana

51. El Concilio sabe que los esposos, al ordenar armoniosamente su vida conyugal, con frecuencia se encuentran impedidos por algunas circunstancias actuales de la vida, y pueden hallarse en situaciones en las que el número de hijos, al manos por ciento tiempo, no puede aumentarse, y el cultivo del amor fiel y la plena intimidad de vida tienen sus dificultades para mantenerse. Cuando la intimidad conyugal se interrumpe, puede no raras veces correr riesgos la fidelidad y quedar comprometido el bien de la prole, porque entonces la educación de los hijos y la fortaleza necesaria para aceptar los que vengan quedan en peligro.

Hay quienes se atreven a dar soluciones inmorales a estos problemas; más aún, ni siquiera retroceden ante el homicidio; la Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal.

Pues Dios, Señor de la vida, ha confiado a los hombres la insigne misión de conservar la vida, misión que ha de llevarse a cabo de modo digno del hombre. Por tanto, la vida desde su concepción ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado; el aborto y el infanticidio son crímenes abominables. La índole sexual del hombre y la facultad generativa humana superan admirablemente lo que de esto existe en los grados inferiores de vida; por tanto, los mismos actos propios de la vida conyugal, ordenados según la genuina dignidad humana, deben ser respetados con gran reverencia. Cuando se trata, pues, de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos, sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina reprueba sobre la regulación de la natalidad.

Tengan todos entendido que la vida de los hombres y la misión de transmitirla no se limita a este mundo, ni puede ser conmensurada y entendida a este solo nivel, sino que siempre mira el destino eterno de los hombres.

Homilía – Domingo VI de Pascua

1

El mensaje central: el amor

Después de cinco semanas de Pascua, y cuando quedan dos para Pentecostés, parece como si la oración de este domingo quisiera asegurarse de que no decaiga el tono y el ritmo de la fiesta, porque pide a Dios que nos conceda “continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado”. Siete semanas son un período que se puede hacer largo para una fiesta. Pero es tan importante la Pascua, el corazón de todo el año, que vale la pena que la vivamos en plenitud.

Hoy aparece en las tres lecturas un mensaje insistente: el amor. El amor que nos tiene Dios. El amor que nos ha manifestado Cristo Jesús. El amor que hemos de tenernos los unos con los otros. Y además, un amor universal, sin fronteras.

También el recuerdo de la Virgen María, tan extendido durante el mes de mayo, puede ayudarnos a dar nuevo aliento a la Pascua y a nuestra espera del Espíritu. Ella, al igual que es nuestra mejor Maestra para celebrar y vivir el Adviento y la Navidad, lo es también para la Cuaresma, la Pasión, la Pascua y Pentecostés.

Como quiera que entre nosotros el domingo VII de Pascua, el próximo, se ha convertido en fiesta de la Ascensión, en lugar del jueves anterior, como se hacía antes, los textos del domingo VII se podrían adelantar a este domingo VI. Pero creemos que es mejor leer los que tocan a este mismo domingo VI, que son los que comentamos aquí.

 

Hechos 10, 25-26. 34-35. 44-48. El don del Espíritu Santo se derramó también sobre los gentiles

Esta vez el testimonio que Pedro da de Jesús sucede en casa de un pagano, del centurión Cornelio, lo cual tiene un sentido importante para la comunidad primitiva. Es un relato que ocupa los capítulos 10 y 11 de los hechos. Aquí leemos un resumen.

La “tesis” que formula Pedro es la universalidad de la salvación: “Dios no hace distinciones: acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”. Inmediatamente sucede la bajada del Espíritu sobre aquella casa, con síntomas parecidos a los del día de Pentecostés, lo cual sorprende en gran manera a los acompañantes de Pedro: “se sorprendieron de que el don del Espíritu Santo se derramara también sobre los gentiles”. Pedro, entonces, bautiza a toda la familia de Cornelio.

A una lectura así es lógico que le haga eco un salmo misionero: “el Señor revela a las naciones su salvación”, “los confines de la tierra han contemplado la victoria de nuestro Dios. Aclama al Señor, tierra entera”.

 

1 Juan 4, 7-10. Dios es amor

La palabra “amor” o sus derivados aparece nada menos que nueve veces en este pasaje de Juan.

La afirmación central es “Dios es amor”. Ese amor nos los ha mostrado enviándonos a su Hijo único, y tiene esta consecuencia: “amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios”. Además, Juan nos recuerda que todo es iniciativa de Dios y que ese amor suyo es gratuito: no es que “nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó y nos envió a su Hijo”.

 

Juan 15, 9-17. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos

El pasaje de hoy, también de la Última Cena, es continuación del domingo pasado, donde nos hablaba de Cristo como la vid y de nosotros como los sarmientos.

El tema de hoy vuelve a ser el del amor. Si en la carta que hemos leído aparecía nueve veces la palabra “amor”, en el pasaje evangélico vuelve a aparecer otras nueve veces. Además, tres veces el concepto de “amigos”.

En la entrañable conversación de despedida, Jesús les dice a los suyos que como el Padre le ama a él, y él al Padre, y como él les ha amado hasta llamarles amigos y dar la vida por ellos, el mandamiento que les deja como testamento es este: “que os améis unos a otros”.

 

2

La “lógica” del verdadero amor cristiano

La Pascua la celebramos bien si se nota que vamos entrando en el estilo de actuación de Cristo, el Resucitado. La Pascua tiene que notarse en nuestra conducta. En la oración de hoy le pedimos a Dios que “los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras”. En la poscomunión, de nuevo, pedimos que, ya que “en la resurrección de Jesucristo nos ha hecho renacer a la vida eterna”, Dios nos ayude a que se note en nuestra vida que estamos llenos de esa Pascua: “haz que los sacramentos pascuales den en nosotros fruto abundante y que el sacramento de salvación que acabamos de recibir fortalezca nuestras vidas”.

Sobre todo, según las lecturas de hoy, se tiene que notar que en nuestra vida hay más amor. La palabra “amor” está muy gastada. Es fácil “hablar” del amor, pero se tiene que demostrar en las obras. Tendríamos que evitar ese peligro, y aprovechar las razones que las lecturas de hoy nos dan para el amor de los cristianos.

Es interesante seguir la “lógica” del amor tal como nos lo presenta Jesús (y la carta de Juan).

a) Ante todo, el amor cristiano tiene su origen en Dios. Más aún, Juan se atreve a hacer de Dios una “definición” valiente y concisa: “Dios es amor”. La iniciativa la tiene él y su amor es totalmente gratuito. El nos ha amado antes: no es que “nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó”. Es bueno que se nos recuerde que nuestro amor no nace de nuestro buen corazón, sino que es como una chispa del amor que nos comunica Dios: “el amor es de Dios y todo el que ama ha nacido de Dios”.

Este amor se dirige en primer lugar a su Hijo: Dios ha amado a su Hijo y el Hijo ama a su Padre: “como el Padre me ha amado…”, “yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Luego a nosotros: “Dios envió al mundo a su Hijo único, para que vivamos por medio de él”, “nos envió a su Hijo como víctima de propiciación por nuestros pecados”.

b) El Hijo, Cristo Jesús, nos ha amado a nosotros con el mismo amor con que a él le ama el Padre: “como el Padre me ha amado, así os he amado yo”; “ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos”. También de este amor que nos tiene Cristo Jesús se afirma que es gratuito, anterior al que nosotros le podamos tener: “no sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido”. Más aún, Cristo nos ha amado del modo más verdadero y convincente, entregándose por nosotros: “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

c) ¿Cuál es la consecuencia de este amor que nos viene de Dios Padre y de Cristo? Uno esperaría que la “lógica” de esta argumentación de Jesús concluyera diciendo que también nosotros debemos corresponderles con nuestro amor. En efecto, también esa es una consecuencia: “permaneced en mi amor; si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor”. Pero la conclusión que más se subraya, tanto en la carta como en el evangelio, es que nos tenemos que amar unos a otros: “amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios”, “este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado”, “esto os mando: que os améis unos a otros”.

Un buen “examen” de hasta qué punto estamos asimilando la Pascua del Señor es medir con sinceridad si va creciendo en nosotros el amor al prójimo. La motivación más profunda de ese amor no es nuestro buen corazón, sino la fe: el que se siente amado por Dios y por Cristo, está más dispuesto a amar a los demás, que también son hijos, como nosotros, en la familia de Dios.

No valen las solas palabras. El “examen final”, según el final del evangelio de Mateo, es el que nos hará el Juez, preguntándonos si hemos dado de comer, si hemos vestido al desnudo, si hemos visitado al enfermo… Lo ha dicho Juan en su carta: “quien no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor”. ¿Amamos de veras? ¿somos capaces de entregarnos por los demás? ¿o termina nuestro amor apenas decrece el interés o empieza el sacrificio?

 

¿Es universal nuestro corazón?

Este amor que nos enseñan las lecturas de hoy debe ser, además, universal.

A Pedro le costó, en vida de Jesús, entender el verdadero sentido del mesianismo que este predicaba. Luego, en los primeros años de la comunidad, le costó también -a él y a los demás discípulos- madurar en su concepto de universalidad. ¿Tenían que admitir en la fe también a los paganos, o era sólo para los descendientes de Abrahán?

La lección que les dio el Espíritu Santo en casa del pagano Cornelio fue elocuente. Ante todo, no les estaba permitido a los judíos entrar en casa de un pagano, y no era tan sencillo de aceptar que se concediera el Bautismo a una familia pagana. Pero el Espíritu cortó radicalmente toda duda. Pedro supo captar el mensaje y obedeció el cambio de dirección a que era invitada la comunidad. A nosotros nos puede parecer que no era un problema importante, pero para ellos sí lo era. Se vio todavía en el llamado “Concilio de Jerusalén”, en que Pedro volvió a recordar el episodio de Cornelio, y en el que también escucharon el testimonio misionero de Pablo y Bernabé, y por fin triunfó la tesis universalista: que también los paganos son herederos de la promesa y pueden abrazar la fe en Cristo Jesús sin pasar por la ley de Moisés.

La tentación del “ghetto” o de un grupo cerrado, “nacionalista” en algún sentido, sigue amenazando a la comunidad cristiana y a cada uno de nosotros. Puede basarse en la raza de las personas, o manifestarse en la relación entre clérigos y laicos, o entre hombres y mujeres, o entre mayores y jóvenes. Lo cual se está poniendo más de actualidad ahora, en que se da más mezcla de razas y de culturas religiosas también entre nosotros.

Por eso es interesante que hagamos un “chequeo” de nuestra actitud: ¿es universal nuestro corazón? ¿creemos de veras lo que hemos dicho en el salmo: “el Señor revela a las naciones su salvación”, “aclama al Señor, tierra entera”? ¿admitimos que otros también tienen su parte de verdad y pueden haber “recibido el Espíritu Santo igual que nosotros”?

Tenemos mil ocasiones de mostrar que hemos entendido -o que no- esta “tesis” de Pedro, tanto en nuestras relaciones con otros pueblos y razas, como con otras personas cercanas a nosotros, de carácter y formación y convicciones distintas: en la familia, en la comunidad religiosa, en el ambiente parroquial…

 

La Eucaristía, retrato de una comunidad pascual

Como siempre, es en nuestra Eucaristía donde se cumplen y se alimentan de un modo privilegiado las dimensiones de una comunidad pascual.

Si Cristo nos ha amado dándose por nosotros, en la Eucaristía tenemos el memorial y actualización de su entrega de la cruz. Si hoy nos dice en el evangelio “permaneced en mi amor”, como él “permanece en al amor del Padre” -como el domingo pasado nos decía que los sarmientos deben permanecer unidos a la vid-, eso mismo lo había prometido él antes, hablando de la Eucaristía: “quien come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él” (Jn 6,56).

También en el sentido del amor “horizontal”, los unos con los otros, encuentra en la Eucaristía su expresión y su alimento, cuando antes de acudir a comulgar con Cristo se nos invita a darnos la paz los unos a los otros.

Celebrando bien la Eucaristía, como miembros activos de la comunidad eclesial, y movidos por el Espíritu de Jesús, es como mejor seguiremos madurando en la vida pascual de Cristo, para dar luego a nuestra sociedad un ejemplo creíble de alegría, de amor universal y de esperanza.

 

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Jn 15, 9-17 (Evangelio Domingo VI de Pascua )

La experiencia del amor del Padre en Jesús

El evangelio de Juan, en esta parte del discurso de despedida de la última cena de Jesús con sus discípulos, insiste en el gran mandamiento, en el único mandamiento que Jesús ha querido dejar a los suyos. No hacía falta otro, porque en este mandamiento se cumplen todas las cosas. Forma parte del discurso de la vid verdadera que podíamos escuchar el domingo pasado y, sin duda, aquí podemos encontrar las razones profundas de por qué Jesús se presentó como la vid: porque en su vida, en comunión con Dios, en fidelidad constante a lo que Dios es, se ha dedicado a amar. Si Dios es amor, y Jesús es uno con Dios, su vida es una vida de entrega.

Por ello, los sarmientos solamente tendrán vida permaneciendo en el amor de Jesús, porque Jesús no falla en su fidelidad al amor de Dios. Jesús quiere repetir con los suyos, con su comunidad, lo que Dios ha hecho con él. Jesús siente que Dios le ama siempre (porque Dios es amor) y una comunidad no puede ser nada si no se fundamenta en el amor sin medida: dando la vida por los otros. Dios vive porque ama; si no amara, Dios no existiría. Jesús es el Señor de la comunidad, porque su señorío lo fundamenta en su amor. La comunidad tendrá futuro  si ponemos en práctica el amor, el perdón, la misericordia de los unos con los otros. Ese es el signo de los hijos de Dios.

Con una densidad, quizás no ajustada al lenguaje del Jesús histórico, el autor del cuarto evangelio nos adentra en el mundo del amor y de la amistad con Dios, con Jesús y entre los suyos. Es un discurso que establece unas relaciones muy particulares. Dios ama al Hijo, el Hijo ama a los suyos, éstos se llenan de alegría, ¿por qué? Porque estas son relaciones de amor de entrega, de amistad. Son términos que la psicología recoge como los más curativos para el corazón y la mente humana. Todos sabemos lo necesario que es ser amado y amar: es como la fuente de la felicidad. El Jesús de San Juan, pues, se despide de los suyos hablándoles de cosas trascendentales y definitivas. No hay otro mensaje, ni otro mandamiento, ni otra consigna más definitiva para los suyos. No está la cuestión en preguntarse solamente ¿qué tenemos que hacer?, aunque se formule en mandamiento, sino ¿cómo tenemos que vivir? : amando.

¿Es amor de amistad (filía) – como en los griegos-, o más bien es amor de entrega sin medida (ágapê)? Sabemos que San Juan usa el verbo “fileô”, que es amar como se aman los amigos, en otros momentos. Pero en este texto de despedida está usando el verbo agapaô y el sustantivo ágape, para dar a entender que no se trata de una simple “amistad”, sino de un amor más profundo, donde todo se entrega a cambio de nada. El amor de amistad puede resultar muy romántico, pero se puede romper. El amor de “entrega” no es romántico, sino que implica el amor de Dios que ama a todos: a los que le aman y a los que no le aman. Los discípulos de Jesús deben tener el amor de Dios  que es el que les ha entregado Jesús. Este es el amor que produce la alegría (chara) verdadera. El “permanecer” en Jesús no se resuelve como una simple cuestión de amistad, de la que tanto se habla, se necesita y es admirable. El discipulado cristiano del permanecer  no se puede fundamentar solamente en la “amistad” romántica, sino en la confianza de quien tiene que dar frutos. Por eso han sido elegidos: están llamados a ser amigos de Jesús los que aman entregándolo todo como El hizo. Esta amistad no se puede romper  porque está hecho de un amor sin medida, el de Dios.

1Jn 4, 7-10 ( 2ª lectura Domingo V de Pascua)

La experiencia del amor, como experiencia divina

La segunda lectura, esta vez, es la que mejor va a interpretar el sentido del evangelio de este domingo. La carta nos ofrece una de las reflexiones más impresionantes sobre el Dios cristiano: es el Dios del amor. El amor viene de Dios, nace en él y se comunica a todos sus hijos. Por eso, la vida cristiana debe ser la praxis del amor. Si verdaderamente queremos saber quién es Dios, la carta de Juan nos ofrece un camino concreto: aprendiendo a ser hijos suyos; ¿cómo? amando a los hermanos.

La experiencia del amor es la experiencia divina por excelencia, y si los hombres quieren ser «divinos», en la medida en que nos es permitido ser dioses (si entendemos esta expresión correctamente); si queremos ser eternamente felices, no hay más que un camino: amando. Y sepamos, pues, que en ello, la iniciativa la ha tenido Dios mismo: entregándonos a su Hijo, dándonos a nosotros lo que más ama. El autor nos habla del “nacer” de Dios y “conocer” a Dios. Ya sabemos que el “conocer” es un verbo bíblico de tonos especiales que no contempla primeramente lo intelectual, sino lo que hoy llamamos lo “experiencial”. Tener experiencia de Dios es sentir su amor.

Hch 10, 25-26.34-35.44-48 (1ª lectura Domingo VI de Pascua)

El Espíritu abre caminos nuevos

La primera lectura de hoy es un resumen de un gran relato que Lucas, el autor de los Hechos, ha colocado en su narrativa en un momento álgido de la vida de la primera comunidad. Los discípulos, en Jerusalén, habían sido perseguidos por el nombre de Jesús; la comunidad había quedado limitada por la tensión que suponía el tener que doblegarse a las exigencias rituales y legales del judaísmo: ¿qué sería del nuevo movimiento, del «camino» que habían emprendido sus seguidores? Cada día se hacía más necesario que los discípulos rompieran ese círculo de la ciudad santa y se lanzaran por caminos nuevos. Pero es el Espíritu, como en Pentecostés, quien va a tomar la iniciativa para abrir el cristianismo a otros hombres y a otros pueblos.

Estando Pedro en Joppe (Jaffa), tras una visión que le descoloca ideológica y prácticamente, es invitado a ir a la ciudad romana de Cesarea, donde residía habitualmente el prefecto romano, para entrevistarse con Cornelio (un jefe de la milicia) y su familia. Habían oído hablar de ese nuevo movimiento entre los judíos y querían saber lo que proponían. Pedro se llegó hasta aquella ciudad y les anunció el mensaje cristiano. Y antes de que los hombres pudieran tomar decisiones se adelantó el Espíritu de Dios para hacerse presente en medio de ellos. Se conoce este relato como el “Pentecostés pagano”, ya que Lucas ha querido centrar la escena de Hch 2, en los judíos y su mundo.

El relato muestra la experiencia intensa de gozo, en la que pudieron notar la fuerza de la salvación que Dios quiere ofrecer, incluso a los paganos. Es el Espíritu del resucitado, pues  quien lleva la iniciativa en la misión. Y es que la Iglesia, si no se deja conducir por el Espíritu, no podrá tener futuro. Los que acompañan a Pedro, judeo-cristianos, se asombran de que Dios, el Espíritu, pueda ofrecerse a los paganos. Pedro, es decir, Lucas, tienen que justificar que Dios no hace acepción de personas porque tiene un proyecto universal de salvación;  de ahí que pida el bautismo para los paganos en nombre de Jesús, porque si el Espíritu se ha adelantado es para abrir caminos nuevos.

Comentario al evangelio – Santos Felipe y Santiago

Hoy recordamos a dos apóstoles del Señor: Felipe y Santiago. Dos personas que escucharon la llamada de Jesús y le siguieron dejándolo todo. Desde el primer día estuvieron con Jesús y le acompañaron por los caminos de Galilea, Samaria… oyendo todo lo que el Maestro decía y viendo todos los signos y milagros que hacía. En ese día a día con el Señor aprendieron quién era Jesús, cómo se comportaba con la gente, cuáles eran los motivos que le movían a hacer las cosas. En ese día a día fueron descubriendo también para qué les había llamado el Maestro; fueron dándose cuenta de la importancia y grandeza del Mensaje de Jesús para los hombres y cuál era su papel en la transmisión de ese Mensaje.

Seguir a Jesús es hacer un camino con Él –“Yo soy el camino”-, un itinerario de un progresivo conocimiento experiencial y vivencial; de búsqueda constante; de ir continuamente a más. El discípulo tiene que salir de sí hacia el otro, dejar redes, casa, familia e irse convirtiendo progresivamente en seguidor del Maestro. Vivir un proceso de desinstalación para llegar a instalarse solamente en Jesús. Y eso se logra en el día a día de nuestra vida. Decimos: “la práctica hace al maestro”. Igual nos ocurre a nosotros en este camino de seguimiento de Jesús. Por eso el Papa Francisco dice: “Les invito a encontrarse con el Señor leyendo frecuentemente la Sagrada Escritura. Si no están acostumbrados todavía, comiencen por los Evangelios. Lean cada día un pasaje. Dejen que la Palabra de Dios hable a sus corazones, que sea luz para sus pasos”.

Hoy hay muchas personas que quieren conocer al Padre como Felipe –“muéstranos al Padre”-, pero no por lo que otros dicen, sino tener una experiencia personal de Él. Y los cristianos que están verdaderamente unidos a Jesús, que viven una profunda experiencia de amistad con el Señor, pueden ayudar a mostrar el rostro del Padre al mundo. La vida de los cristianos es un testimonio inconfundible, de tal manera que “quien los vea, le vea a Él”.

José Luis Latorre, cmf