Comentario – Martes V de Pascua

(Jn 14, 27-31)

Jesús ofrece su paz, y más adelante prometerá también la alegría (16, 22). La paz y la alegría son dos necesidades profundas del corazón humano: la seguridad y la intensidad, la serenidad y el entusiasmo.

Pero no hay que confundir esta paz con un estado de ánimo en que nada nos inquieta, cuando en realidad no nos interesa nada de nadie, porque estamos cómodos en nuestro propio egoísmo. Esa es en realidad la paz de los cementerios, es la paz de los que han dejado morir su capacidad de amor, lo más valioso que llevaban dentro.

No podemos pensar, por ejemplo, que una mujer angustiada por su hijo enfermo no tenga la paz de Jesús sólo porque le falta la serenidad psicológica. La paz de Jesús es otra cosa, es la seguridad que dan su presencia y su amor en medio de las angustias y preocupaciones.

De hecho, el mismo Jesús experimentó angustia y alteraciones interiores (11, 33; 13, 21). Por eso Jesús aclara cómo nos da su paz: “No la doy como la da el mundo” (14, 27). Su paz es de otro nivel, más profundo y valioso, no brota de las seguridades del mundo, sino del amor: “Si me amaran…” (14, 28).

El que se deja amar por Jesús y reacciona amándolo y sirviendo al prójimo, encuentra la verdadera paz de su corazón, la paz que los intereses del mundo no nos pueden dar, la paz del que siente que su vida vale la pena.

 

Oración:

“Busco tu paz Señor, necesito tu paz, porque este mundo no me permite alcanzar armonía y fortaleza, sino temores, angustias, insatisfacción. Dame tu paz, Señor, la paz que brota de tu amor”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día