Comentario – Jueves V de Pascua

(Jn 15, 9-11)

Al igual que la paz, la alegría que Jesús ofrece brota del amor, del amor que llega a transformar la vida, que produce obras de amor, que hace nacer una vida de acuerdo a los mandamientos.

Aquí queda claro que la fecundidad que obtiene el hombre si permanece unido a Cristo no se busca con un interés utilitarista o vanidoso. Es una realidad de diálogo y de amor, y los frutos son una respuesta de amor.

De hecho, pocas veces Jesús declara su amor con tanta ternura como en este capítulo: “Como el Padre me amó, yo también los amé” (15, 9). El amor de Jesús hacia sus discípulos es inmenso, como el amor que el Padre le tiene a él. El amor de Jesús hacia nosotros es una prolongación del amor divino que viene del Padre Dios; por lo tanto es plenitud total de amor, desbordante, inimaginable.

Y este amor de Jesús que se hace fecundo, que llega a producir fruto en nuestra vida, es la fuente de la verdadera alegría, una alegría que por ser espiritual no es menos intensa, porque es participar de la alegría de Jesús. Y él quiere que esa alegría sea plena, completa: “Les he dicho esto para que participen de mi alegría, y la alegría de ustedes sea colmada” (15, 11).

¡Qué hermoso es saber que estamos llamados a una alegría siempre más grande, a una alegría que no se desgasta sino que se agranda con los años, hasta que nos inundemos en la alegría celestial que nos desbordará por todas partes. El Concilio Vaticano II dijo que “La Iglesia es la verdadera juventud del mundo; posee lo que hace la fuerza y el encanto de la

juventud: la capacidad de alegrarse con lo que comienza, de darse sin recompensa, de renovarse y de partir de nuevo hacia nuevas conquistas…”.

Oración:

“Dame tu alegría Señor, porque en ti está la alegría más perfecta del corazón humano, ese corazón que creaste para ti. Lléname de tu amor, para que ese amor se convierta en vida desbordante, en fecundidad, en gozo”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día