Comentario – Jueves V de Pascua

Decía Jesús a sus discípulos: Como el Padre me ha amado, así os he amado yo: permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor.

“Permanecer en el amor” de alguien es permanecer amando o haciendo permanentemente presente el amor que se tiene a esa persona; es, por tanto, dar continuidad o durabilidad a ese amor. Para eso se requiere voluntad: el empeño constante por mantener vivo ese amor; una vigilancia similar a la que precisa el mantenimiento de una hoguera. Para mantener encendido un fuego es necesario estar suministrando combustible constantemente. Eso mismo requiere también el amor o la permanencia en el amor. Pero Jesús añade algo más: para “permanecer en su amor” es requisito imprescindible “guardar sus mandamientos”.

El mandamiento es en su origen expresión de una voluntad, la voluntad del que manda. Todo mandamiento expresa el ‘querer’ de alguien. Si este querer es el de alguien que sabe lo que quiere y que nos quiere bien y, por consiguiente, quiere nuestro bien, no hemos de tener ningún recelo hacia su mandamiento. Al contrario, hemos de recibirlo como una manifestación más de su amor. Su voluntad amorosa se expresa en sus mandamientos.

Desear corresponder a esta voluntad ‘guardando’ sus mandamientos, es decir, confiando en ellos como guías seguros para conducirse en la vida y esforzándose por ajustarse a ellos, es también una expresión de amor, o mejor, una respuesta agradecida al amor con el que hemos sido obsequiados. “Guardar” sus mandamientos puede ser algo más que “cumplir” sus mandamientos. La acción de ‘guardar’ connota aprecio por aquello que se guarda. Guardar sus mandamientos es tenerlos custodiados como un tesoro o como un regalo por el que sentimos gran estima o como una reliquia de la persona amada.

Este empeño por cumplir y guardar su voluntad –algo que requiere conocimiento de la misma-, este deseo de agradarle en todo, esta disposición a acoger con gratitud cuanto procede de él, nos permitirá permanecer en su amor, no simplemente haberle amado o amarle alguna vez, sino permanecer en su amor, permanecer en-amorados, que es un mutuo permanecer de él en nosotros y de nosotros en él.

¿Para qué toda esta locución? Para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud. No hay alegría más rica en nutrientes que la alegría que se vive en el amor y que procede de él. Es la experiencia del amor la que proporciona alegría. No hay nada más triste que la sensación de desamor, la sensación de no sentirse amado. Y nada proporciona más alegría que sentirse amado. Pero cuando al amor no se corresponde con amor, éste se puede agotar. Sólo el amor de Dios es inagotable como su propia infinitud.

Pero hasta ese amor puede revelarse finalmente infructuoso si no logra captar nuestra correspondencia amorosa. Jesús nos ha revelado este misterio de amor que brota incesantemente en la cima más alta, porque quiere transmitirnos la alegría que él mismo experimenta al acogerlo, porque quiere que esa alegría que está en él esté también en nosotros y un día no muy lejano llegue a su plenitud; porque durante el tránsito por esta vida nada tiene plenitud, todo está en camino de realización.

No obstante, la plenitud aguarda a las cosas más hermosas de nuestra existencia, y hemos de esperarla. Y mientras la esperamos, vivirla en su incompleción o con sus deficiencias. Que el Señor nos conceda vivir y alcanzar esta alegría que es fruto maduro del amor.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística