Los Ángeles Custodios (Ángeles Custodios)

La devoción a los Ángeles Custodios tiene profundas raíces en el pueblo cristiano. La Iglesia estableció desde muy antiguo una fiesta en su honor y consagró así esta doctrina tradicional de los Santos Padres, fundada por otra parte en abundantes textos de la Sagrada Escritura. 

Es doctrina común que todos y cada uno de los hombres, bautizados o no, tienen su Ángel Custodio. Su misión comienza en el momento de la concepción de cada hombre y se prolonga hasta el momento de su muerte. Dice Santo Tomás que el hombre se encuentra en la vida como en un camino por el que ha de caminar hacia su patria definitiva. En este camino le amenazan muchos peligros, interiores y exteriores, y de la misma manera que a quienes van por caminos inseguros se les da escolta, así también a cada hombre, mientras camina por este mundo, se le da un Ángel que le guarde. Cuando haya llegado al término del camino ya no tendrá Ángel Custodio (cfr. Suma Teológica, 12, q. 113), porque éste habrá cumplido su misión. 

En la Sagrada Escritura se les atribuye un papel excepcional en la realización de los designios de Dios. Son innumerables los pasajes en los que se hace mención de los ángeles en esta misión específica de custodios del hombre: He aquí que enviaré mi ángel que vaya delante de ti y te guarde (Ex 23, 20). Te encomendaré a sus ángeles para que te guarden en todos tus caminos y ellos te llevarán en sus manos para que no tropieces en piedra alguna (Sal 90, 1112). Mirad que no despreciéis a uno de estos pequeños, porque en verdad os digo que sus ángeles ven de continuo en el cielo la faz de mi Padre celestial (Mt 18, 10). ¿No Son todos ellos espíritus administradores enviados para servicio en favor de los que han de heredar la salud? (Heb 1, 14). 

Toda la vida y enseñanza de Jesús está poblada de esa presencia ministerial de los ángeles. El ángel del Señor, Gabriel, comunica a María que va a ser madre del Salvador (cfr. Lc 1, 2638). Un ángel revela a José que María ha concebido por obra del Espíritu Santo (cfr. Mt 1, 20-25). También hay ángeles que anuncian la encarnación a los pastores en los campos de Belén (cfr. Lc 2, 9-15). 

La huida a Egipto (cfr. Mt 2, 13), las tentaciones de Jesús en el desierto (cfr. Mt 4, 11), los temores de Getsemaní (cfr. Lc 22, 43), la Resurrección (cfr. Jn 20, 12) y la Ascensión (cfr. hech 1, 10), son presenciadas igualmente por ángeles que, a su vez, velan constantemente por la Iglesia y por cada uno de nosotros, sus miembros, como atestiguan los Hechos de los Apóstoles y la Tradición posterior. 

Los primeros cristianos vivieron muy especialmente esta devoción al Ángel Custodio. El episodio de San Pedro, preso por Herodes Agripa, vigilado por cuatro escuadras de soldados, y liberado prodigiosamente por un ángel, mientras la Iglesia oraba incesantemente por él (Hech 12, 4 -ss.), es una muestra de la ayuda que experimentaron por parte de estos mensajeros de Dios y amigos del hombre. Los Ángeles Custodios tienen la misión de ayudar a cada hombre a alcanzar el fin sobrenatural a que ha sido llamado por Dios: Yo mandaré un ángel delante de ti para que te defienda en el camino y te haga llegar al lugar que te he dispuesto (Ex 23, 20; cfr. Sal 110, 11). Misión, por tanto, de los Ángeles Custodios es auxiliar al hombre contra todas las tentaciones y peligros, y traer a su corazón buenas inspiraciones; además, cuando es necesario o conveniente para el alma, prestan también toda clase de ayudas materiales. 2 

En concreto, la Sagrada Escritura atribuye a los ángeles la misión de transmitir a los hombres las inspiraciones de Dios y de protegerlos (cfr. Gen 24, 7), y hacer llegar hasta Dios las oraciones de los fieles (cfr. Tob 12, 12; Apoc 8, 24). 

Al Ángel Custodio se debe nuestra veneración, como a quien está siempre en la presencia de Dios, contemplándole cara a cara, y, a la vez, junto a nosotros. También se le debe nuestra confianza, por el poder que tiene para protegernos y custodiarnos. Debemos invocarle en cualquier necesidad, especialmente en las tentaciones (conoce bien al enemigo). También podemos dirigirnos al Angel Custodio de los demás. Debemos darle también nuestra amistad; es nuestro amigo, que nos ha prestado, nos presta y nos prestará inestimables ayudas. Nunca estamos solos en la tentación o en la necesidad, nuestro Ángel nos acompaña; estará a nuestro lado hasta el mismo momento en que abandonemos este mundo. 

A pesar de la gran perfección de su naturaleza, los ángeles no tienen el poder de Dios ni su sabiduría infinita, de modo que no pueden leer en el interior de las conciencias. Por tanto, debemos darles a conocer nuestras necesidades de alguna manera. Basta con que les hablemos mentalmente para que nos entiendan, e incluso para que lleguen a deducir de nuestro interior más de lo que nosotros mismos somos capaces. Por eso es tan importante tener un trato de amistad con el Ángel de la Guarda. 

Muy especialmente debemos acudir a ellos en las tentaciones, y hemos de llenarnos de aliento ya que la gracia del Señor no nos faltará, porque Dios estará a nuestro lado y enviará a sus Ángeles, para que sean nuestros compañeros de viaje, nuestros prudentes consejeros a lo largo del camino, nuestros colaboradores en todas nuestras empresas. In manibus portabunt te, ne forte offendas ad lapidem pedem tuum (Sal 90, 12)…: Los Ángeles te llevarán con sus manos, para que tu pie no tropiece en piedra alguna

(J. ESCRIVA DE BALAGUER, Es Cristo que pasa, 63).