Vísperas – Viernes V de Pascua

VÍSPERAS

VIERNES V DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!

Muerte y Vida lucharon,
y la muerte fue vencida.
¡Aleluya, aleluya!

Es el grano que muere
para el triunfo de la espiga.
¡Aleluya, aleluya!

Cristo es nuestra esperanza,
nuestra paz y nuestra vida.
¡Aleluya, aleluya!

Vivamos vida nueva,
el bautismo es nuestra Pascua.
¡Aleluya, aleluya!

¡Cristo ha resucitado!
¡Resucitemos con él!
¡Aleluya, aleluya!

SALMO 40: ORACIÓN DE UN ENFERMO

Ant. Cristo se hizo pobre por nosotros para enriquecernos. Aleluya.

Dichoso el que cuida del pobre y desvalido;
en el día aciago lo pondrá a salvo el Señor.

El Señor lo guarda y lo conserva en vida,
para que sea dichoso en la tierra,
y no lo entrega a la saña de sus enemigos.

El Señor lo sostendrá en el lecho del dolor,
calmará los dolores de su enfermedad.

Yo dije: «Señor, ten misericordia,
sáname, porque he pecado contra ti.»

Mis enemigos me desean lo peor:
«A ver si se muere, y se acaba su apellido.»

El que viene a verme habla con fingimiento,
disimula su mala intención,
y, cuando sale afuera, la dice.

Mis adversarios se reúnen a murmurar contra mí,
hacen cálculos siniestros:
«Padece un mal sin remedio,
se acostó para no levantarse.»

Incluso mi amigo, de quien yo me fiaba,
que compartía mi pan,
es el primero en traicionarme.

Pero tú, Señor, apiádate de mí,
haz que pueda levantarme,
para que yo les dé su merecido.

En esto conozco que me amas:
en que mi enemigo no triunfa de mí.

A mí, en cambio, me conservas la salud,
me mantienes siempre en tu presencia.

Bendito el Señor, Dios de Israel,
ahora y por siempre. Amén, amén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cristo se hizo pobre por nosotros para enriquecernos. Aleluya.

SALMO 45: DIOS, REFUGIO Y FORTALEZA DE SU PUEBLO

Ant. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Aleluya.

Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra.»

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Cantaré al Señor, sublime es su victoria. Aleluya.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cantaré al Señor, sublime es su victoria. Aleluya.

LECTURA: Hb 5, 8-10

Cristo, a pesar de ser Hijo, aprendió, sufriendo, a obedecer. Y, llevado a la consumación, se ha convertido para todos los que le obedecen en autor de salvación eterna, proclamando por Dios sumo sacerdote, según el rito de Melquisedec.

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Aleluya.

PRECES

Invoquemos a Cristo, camino, verdad y vida, y digámosle:

Hijo de Dios vivo, bendice a tu pueblo

Te rogamos, Señor, por los ministros de tu Iglesia: que, al partir para sus hermanos el pan de vida,
— encuentren también ellos, en el pan que distribuyen, su alimento y fortaleza.

Te pedimos por todo el pueblo cristiano: que ande, Señor, como pide la vocación a la que ha sido convocado,
— y se esfuerce en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz.

Te pedimos por los que rigen los destinos de las naciones: que cumplan su misión con espíritu de justicia y con amor,
— para que haya paz y concordia entre los pueblos.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Señor, que podamos celebrar tu santa resurrección con tus ángeles y tus santos,
— y que nuestros hermanos difuntos, que encomendamos a tu bondad, se alegren también en tu reino.

Digamos todos ahora la oración dominical, que Cristo nos ha dado como modelo de toda oración:
Padre nuestro…

ORACION

Danos, Señor, una plena vivencia de los misterios pascuales, para que, celebrándolos con alegría, nos protejan continuamente y nos salven. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes V de Pascua

1.- Oración introductoria.

Señor, sabemos que todos los días no son iguales. Los hay nublos, los hay claros, los hay fríos, los hay calurosos. Lo mismo ocurre con tu palabra. La palabra de hoy es de día de fiesta, es de día de sol sin ocaso. Y el tema no puede ser otro que el tema del amor. Ya sabíamos que nos querías, pero no sabíamos que nos quisieras tanto. Nos llamas amigos, y nos dices que tu amor a nosotros llegó a tal extremo que fuiste capaz de dar la vida para expresar así mejor el amor que nos tenías. Gracias, Señor, por querernos tanto.

2.- Lectura reposada de tu evangelio Juan 15, 12-17

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.

 3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Qué distinta la piedad de Jesús de la de los judíos de su tiempo. Éstos tenían muchas leyes, muchos preceptos, muchas normas. Jesús sólo tiene una. La Ley del amor. Lo que nos dejó como testamento y norma suprema “que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado”. Lo que nos distingue como cristianos ni siquiera es el amor sino el amor tal y como lo entendió Jesús. Y Jesús entendió el amor hasta estar dispuesto a dar la vida por las personas que amaba. Lo ideal del cristiano es vivir para amar, vivir desviviéndose por los demás, gastar la vida amando, de modo que la mejor manera de perder el tiempo sea emplearlo en algo que no se pueda reciclar en amor.  En el cristianismo el amor no es un consejo sino un precepto, un mandato. Uno se pregunta: ¿Se puede obligar a amar? Jesús no obliga a nadie a ser cristianos, pero en el momento que uno opta por serlo, ya no es libre para el amor, porque en el momentoque dejo de amar dejo de ser cristiano. Es imposible encontrar a un auténtico cristiano sin amor. Lo dice muy bien San Juan; “El que no ama está muerto” (1Jn. 3,14). Y la religión de Jesús no es religión de muertos sino de vivos.

Palabra del Papa

“En el Cenáculo, Jesús resucitado, enviado por el Padre, comunicó su mismo Espíritu a los Apóstoles y con su fuerza los envió a renovar la faz de la tierra. Salir, marchar, no quiere decir olvidar. La Iglesia en salida guarda la memoria de lo que sucedió aquí; el Espíritu Paráclito le recuerda cada palabra, cada gesto, y le revela su sentido…. El Cenáculo nos recuerda la amistad. “Ya no les llamo siervos –dijo Jesús a los Doce–… a vosotros os llamo amigos”. El Señor nos hace sus amigos, nos confía la voluntad del Padre y se nos da Él mismo. Ésta es la experiencia más hermosa del cristiano, y especialmente del sacerdote: hacerse amigo del Señor Jesús, y descubrir en su corazón que Él es su amigo.» (Homilía de S.S. Francisco, 26 de mayo de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio).

5.- Propósito. No perder ni un minuto el tiempoEstar pendiente en este día de constatar si cada momento lo he vivido desde el amor.

6.-Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración

Gracias, Dios mío, por tu exigencia en el amor. Tú has ido por delante para que no tengamos excusas. Con tu gracia, se puede vivir en plenitud, se puede vivir con gozo, se puede ser feliz por el hecho de existir si toda la existencia está fundamentada en el amor. Gracias porque me has enseñado a vivir estrujando la vida hasta el final. Qué bien se debe morir diciendo ¡Todo este maravilloso programa de amor lo he intentado cumplir!

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Viernes V de Pascua

(Jn 15, 12-17)

El amor de Jesús además de ser grande, es realmente íntimo, como el amor del amigo que quiere compartirlo todo con el amigo del alma: «A ustedes los llamé amigos, porque todo lo que oí a mi Padre se lo comuniqué a ustedes».

Jesús ya no quiere aparecer como el rey que exige sometimiento y obediencia, sino como el amigo del corazón que espera una respuesta de amor. Es cierto que Jesús pide algo a sus discípulos, les reclama una entrega, pero sus pedidos están unidos al dulce regalo de su intimidad.

Y en realidad lo que él nos exige para seguir regalándonos su intimidad y su amistad no son mandamientos duros ni cargas pesadas. Sólo nos pide lo que puede hacernos felices, lo que nos conviene: que nos amemos. Ese es el fruto que él espera, esa es la fecundidad que produce su vida en nuestra vida.

Nos pide que no dejemos clausurado su amor en nuestra intimidad, que dejemos en libertad el dinamismo de su amor y lo compartamos con los demás sin ponernos límites, hasta el punto de dar la vida por los amigos: «No hay amor más grande que dar la vida por los amigos» (15, 13).

Pero el origen de nuestra capacidad de amar no está en nosotros, en nuestras iniciativas o en nuestras fuerzas naturales; está en su amor, que siempre tiene la iniciativa: «No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes» (15, 16).

No ignoremos la belleza de esta verdad: hemos sido amados antes de que pudiéramos hacer algo; hemos sido mirados con amor, hemos sido elegidos sin que nosotros hayamos tenido que comprar esa mirada de ternura. No lo conquistamos al Señor con algo bello que sea nuestro, sino que él mismo ha puesto en nosotros la hermosura que lo cautiva. No nos buscó porque necesitaba algo, simplemente nos eligió porque sí, porque quiso; nos eligió por puro amor.

Oración:

«Coloca en mi corazón Señor, ese ideal supremo de dar la vida, de reproducir en mi existencia tu suprema entrega de amor. Te doy gracias, Señor, por el tesoro de tu amistad y te pido que destruyas todas las resistencias que pongo a ese amor inmenso».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

El hombre, autor de la cultura

55. Cada día es mayor el número de los hombres y mujeres, de todo grupo o nación, que tienen conciencia de que son ellos los autores y promotores de la cultura de su comunidad. En todo el mundo crece más y más el sentido de la autonomía y al mismo tiempo de la responsabilidad, lo cual tiene enorme importancia para la madurez espiritual y moral del género humano. Esto se ve más claro si fijamos la mirada en la unificación del mundo y en la tarea que se nos impone de edificar un mundo mejor en la verdad y en la justicia. De esta manera somos testigos de que está naciendo un nuevo humanismo, en el que el hombre queda definido principalmente por la responsabilidad hacia sus hermanos y ante la historia.

Misa del domingo: misa con niños

1.- ACOGIDA

   Bienvenidos hermanos y hermanas a la celebración del domingo, el día en que Cristo ha resucitado. Las lecturas de este domingo 6º de Pascua nos dicen algo importante: “Dios es amor”, “amaos, pues unos a otros”. En esta Jornada que la iglesia dedica al Enfermo recordemos el amor que Dios nos tiene, pero sobre todo el amor preferencial por los pobres y por los que necesitan de su consuelo.

En el nombre… -Jesús que nos invita a vivir a permanecer en su amor amando a todos, está con vosotros.

 

2.- PETICIONES DE PERDÓN o ASPERSIÓN

       Dios es amor, conoce nuestras debilidades, le pedimos perdón.
  • Dios Amor, que no haces distinciones entre las personas y acoges a todos. Señor, ten piedad.
  • Dios Amor, que nos has llamado y nos destinas a que amemos y respetemos a todos. Cristo, ten piedad.
  • Dios Amor, que nos das a Jesús que entrega la vida por todos y que, Resucitado, es nuestra esperanza. Señor, ten piedad.

(En vez del momento de perdón se puede realizar la aspersión):

ASPERSIÓN: En el gozo de estos domingos de Pascua, renovemos ahora, con la aspersión del agua, nuestra fe en Jesús, nuestra fe bautismal. (Aspersión)

Que Dios todopoderoso nos purifique del pecado y, por la celebración de esta eucaristía, nos haga dignos de participar del banquete de su reino. Amén.

 

3.- MONICIÓN A LAS LECTURAS

Pedro, movido por el Espíritu decide acoger en la comunidad a gente distinta, diferente a ellos, porque Dios no hace distinciones. La carta de Juan nos pide nos  amemos unos a otros. Y en el evangelio, Jesús nos recuerda su mandamiento: que nos amemos unos a otros para permanecer en su amor.

 

4.- PETICIONES

     En nombre de Jesús pedimos al Padre que escuche y acoja la oración que le dirigimos en este momento, diciendo: -Enciende en nosotros el amor.

1.- Por los que formamos la Iglesia, para que repartamos el amor de Dios a manos llenas en gestos de servicio y entrega, construyendo un mundo más justo. Oremos.

2.- Por los pobres, por los que se sienten despreciados o excluidos, para que con hechos fraternos les hagamos llegar el mensaje de amor de Jesús. Oremos.

2.- Por todos los que participamos en esta Eucaristía, para que siguiendo el mandato de Cristo nos respetemos y amemos unos a otros como él nos amó. Oremos.

3.- Por todos los enfermos, para que a nadie le falte el acompañamiento y la parroquia se haga presente en el dolor. Oremos.

4.- Por las personas que cuidan a los enfermos o están cerca de ellos, para que sean capaces de mostrar el rostro de Jesús y amar a los que sufren como él lo hizo. Oremos.

5.- Por los que comenzamos este bonito mes de mayo para que recemos todos los días a nuestra madre la Virgen agradeciéndole su amor y su cuidado cotidiano. Oremos.

5.- OFRENDAS

TELÉFONO MÓVIL:  Padre, mostramos este móvil que tanto utilizamos y que nos mantiene en contacto con los nuestros, porque queremos estar disponibles para amar y servir en todo momento.

VELAS: Acercamos al altar las velas que nos dan luz para descubrir que tú nos amaste primero, y que ese amor está vivo en cada uno de nosotros.

UNAS FLORES: En esta jornada de los enfermos te ofrecemos estas flores, que significa el cuidado cariñoso que queremos tener con todos los enfermos, con los ancianos y con los niños. Y en esta pandemia tratamos de hacer realidad este lema: “Cuidémonos mutuamente”.

PAN Y VINO: Te ofrecemos el pan y el vino, que en pocos minutos serán Amor con mayúscula, repartido en alimento divino a los hombres y mujeres del mundo.

Misa del domingo

El pasaje del Evangelio de este Domingo es continuación de la parábola de la vid y los sarmientos (Domingo anterior). El Señor desarrolla en esta sección algunos de los temas desarrollados en la primera parte, en la que habla de la relación que debe existir entre Él y sus discípulos: el discípulo debe permanecer en Cristo y Cristo en Él, para dar fruto abundante y con ello gloria al Padre.

Esa permanencia que el Señor pide a sus discípulos es una permanencia en su amor. ¿Cómo permanecer en su amor? ¿Cuál es la clave de esa permanencia? La obediencia: «si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor».

Guardar su palabra o sus mandamientos es un tema crucial en la predicación del Señor, recogido por San Juan (ver Jn 8, 51; 12, 47; 14, 21.24; 1Jn 2, 3-5; 3, 24). La palabra griega que se traduce por “guardar” entraña el sentido tanto de cuidar o conservar algo para que no se deteriore o sufra daño, como también observar o cumplir aquello que la Ley manda. Así, por ejemplo, cuando en el Evangelio de San Juan leemos que los judíos acusaban a Jesús de no guardar el sábado (ver Jn 9, 16), entendemos que lo que querían decir los fariseos era que a su juicio el Señor desobedecía la Ley por incumplir alguna de las normas que según ellos debía observarse en sábado.

Los discípulos deben acoger los mandamientos del Señor con avidez, atesorarlos y custodiarlos amorosamente en sus mentes y corazones, para observarlos y ponerlos en práctica. Su enseñanza debe llegar a ser para todo discípulo la norma de vida y conducta.

Al invitarlos a guardar sus mandamientos el Señor se coloca a sí mismo por encima de la Ley de Moisés. Con el Señor Jesús la antigua Ley da paso a la nueva Ley (ver Jn 13, 34). Jesús la lleva a su plenitud: «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1, 17).

Por tanto, es guardando sus mandamientos como los discípulos permanecerán en el amor del Señor, «lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor». La medida y modelo de la permanencia de los discípulos en el amor del Señor es Su permanencia en el amor del Padre a través de su obediencia filial a Él. Cristo, el Hijo, permanece en el amor de su Padre porque hace lo que el Padre le manda: «ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31). También en Él, el modelo del hombre perfecto, el amor y la obediencia están íntimamente unidos.

El Señor Jesús manifiesta que su obediencia al Padre y su permanencia en el amor del Padre por medio de esta amorosa obediencia son, para Él, la fuente de una alegría y gozo infinito. El anhelo y deseo de que también sus discípulos experimenten ese mismo gozo lo impulsa a revelarles la fuente de la felicidad humana, dónde hallarla y cómo alcanzarla: la alegría en plenitud, la anhelada felicidad, la encuentra el ser humano en la permanencia en el amor del Señor, por medio de la obediencia a Él. Lo que es causa de plena alegría para el Hijo, es también causa de alegría suprema para los discípulos, quienes por su adhesión y permanencia en el Hijo entran a participar de aquella misma comunión de amor que el Hijo vive con el Padre y es la fuente de su gozo pleno.

Inmediatamente el Señor Jesús proclama aquello que deben poner por obra para alcanzar la plenitud del gozo y alegría: amarse unos a otros «como yo los he amado». El Señor se pone a sí mismo como medida y modelo del amor que deben vivir sus discípulos. En realidad, Él es la medida del verdadero amor humano. No hay amor más perfecto que el amor de Cristo, un amor que se manifiesta en el libre y total don de sí mismo: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Esta definición del amor supremo refleja su mirada interior, puesta ya en su próxima Pasión, y revela el motivo de su inminente entrega en la Cruz: el amor por los discípulos y amigos, un amor llevado a su máxima expresión, un amor llevado «hasta el extremo» (Jn 13, 1).

A partir de entonces es éste el mandamiento que resume todos los demás, llevándolos a su plenitud. Quien ama como Cristo, con sus mismos amores, cumple con la Ley entera, porque amará a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo (ver Mc 12, 28-31).

En la segunda lectura San Juan exhorta a vivir este mutuo amor a quienes en Jesucristo han abierto sus mentes y corazones al amor de Dios. Dios mismo, escribe el apóstol, “es amor”. Quien afirma que lo conoce, quien cree en Él, ama a sus hermanos humanos con el mismo amor que viene de Dios.

El amor de Dios no hace distinciones (1ª. lectura). Dios es Padre de todos, y quiere que todos lleguen a participar de su Comunión divina de amor (ver 1Tim 2,4). Si en la historia eligió a un pueblo, fue para que, llegada la plenitud de los tiempos, pudiese manifestar por medio de él su salvación a todas las naciones (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 781; ver Lc 2, 30-32; 24,47). El don de la reconciliación, el amor derramado en los corazones por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 5), es un regalo para todos por igual, judíos o gentiles. Pedro y los apóstoles así lo entienden y proclaman.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Hemos sido creados por el Amor, para el amor, para amar y ser amados. El amor es nuestra vocación más profunda. Por ello, como gran conocedor del corazón humano, afirmaba el querido Papa Juan Pablo II, de santa memoria: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre» (Redemptor hominis, 10).

Así, pues, en medio de tanta confusión sobre lo que es el amor verdadero, en medio de tantos egoísmos que se disfrazan de amor, en una sociedad en la que el amor parece que no pasa de ser un sentimiento o pasión de momento y que no implica ningún compromiso duradero, ¿quién puede enseñarnos a amar verdaderamente? ¿Quién puede mostrarnos el amor auténtico?

Puede enseñarnos a amar verdaderamente, con un amor plenamente humano, con un amor que nos realice, Aquel de quien nos viene la capacidad y la vocación de amar, Aquel que ha sembrado en lo más profundo de nuestro ser esa necesidad de amar y ser amados, Aquel que es Él mismo Amor: Dios, que en Jesucristo se ha hecho hombre como nosotros, amándonos hasta el extremo de dar la vida por nosotros, enseñándonos cómo se ama de verdad, enseñándonos el amor verdadero, invitándonos a amar como Él nos ha amado.

Del Señor Jesús aprendemos la donación sin reservas de nosotros mismos en el amor. Es Él —quien le muestra al hombre la verdad sobre su propia identidad— el camino para el amor verdadero que es la plenitud de nuestra vida. Él es el Maestro y la Fuente del auténtico amor humano, un amor que es exigente, comprometido, fiel, un amor que es para siempre, para toda la eternidad, un amor que es la fuente de la realización y de la felicidad del ser humano.

Así, pues, ¿quieres amar de verdad? ¿Quieres ser amado de verdad? ¿Quieres, por el amor, llegar a ser hombre o mujer de verdad? ¡Mira a Cristo! ¡Escucha a Cristo! ¡Aprende de Cristo! ¡Nútrete del amor de Cristo! ¡Ama como Cristo, a Dios y a tus hermanos humanos! ¡Que Él, y no otros “modelos”, sea la medida de tu amor!

Ayúdanos, Señor

 
 

Ayúdanos, Señor.
A no hacer del amor, una carta de poesía.
A no servir el amor, en pequeñas dosis.
A no ofrecer el amor, a según quién y cómo.

Ayúdanos, Señor.
A ver en los hermanos, tu rostro.
A volcarnos por amor, aunque recibamos abrojos.
A ser siervos, antes que dueños.
A ser vasallos, antes que reyes..

Ayúdanos, Señor.
A pedir la fuerza de lo alto, para vivir en el llano.
A buscar el cielo, sin perder el vértice de la tierra.
A vivir en la tierra, sin perder el ancho cielo.

Ayúdanos, Señor.
A conocerte, amando sin esperar nada a cambio.
A revelarte, por el amor que sembramos.
A anunciarte, con el amor que regalamos.

Ayúdanos, Señor.
A seguir tus huellas, por las sendas del amor.
A seguir tus Palabras, con palabras de amor.
A meditar tus acciones, con acciones de amor.
A fortalecer nuestra fe, con el compromiso en el amor

Ayúdanos, Señor.
A ir al fondo de todo.
Porque, en el fondo de ese todo,
hay una fuente de amor.

Y, esa fuente de amor y de ternura,
eres Tú, Señor.

Comentario al evangelio – Viernes V de Pascua

La regla de oro de la Antigüedad era amar a los demás como a uno mismo. Jesús dice que hay que amar “como yo os he amado”. El ideal del amor es vivir como vivió Jesús que llegó a la cima de este amor entregando su vida en la cruz por todos sin distinción. Esta es la “novedad” –“un mandamiento nuevo os doy”-. Es un mandamiento típico e inconfundible que supera toda regla humana. Pero dar la vida no es solo morir por el hermano si se presenta la ocasión, sino gastar la propia vida para que sean felices los que viven junto a mí; soportar las malas caras, aceptar los límites del carácter de los demás, no extrañarse de sus contradicciones ni de sus pecados, aceptar a mi prójimo tal como es y no tal como debería ser o me gustaría que fuera, poner al otro por encima de mí mismo, procurar el bien del otro por encima de mi propio bien. Y esto como valor fundamental de la vida.

Quien vive el mandamiento del amor como lo vivió Jesús es su verdadero y auténtico amigo: “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. Esta es la verdadera amistad. Esta es la amistad que tenemos que vivir los que nos llamamos discípulos suyos. Para vivir una amistad así hay que estar muy unido a Jesús –la vid-. Como dice Santa Teresa de Lisieux: “Cuanto más unida estoy a él (Jesús) tanto más amo a mis hermanas”.

La práctica del mandamiento nuevo hace nuevo al mundo, lo renueva, lo cambia, lo transforma. La mayor contribución de los cristianos a la sociedad es la vivencia y el testimonio del amor fraterno: “mirad cómo se aman…” decían los que veían cómo vivían los primeros cristianos. Ya dijo Jesús: “un poco de levadura fermenta toda la masa”, y “cuidaos con la levadura de los fariseos”. Lo importante no es que seamos muchos o pocos, sino que seamos santos. Para esto nos eligió Jesús y nos envió al mundo para transformarlo. La misión de los cristianos en el mundo es ser como el alma en el cuerpo: lo vivifica, lo impulsa, lo une, lo renueva continuamente, lo perfecciona… Es una misión callada pero muy eficaz; es una misión sin deslumbrar, pero brillante; es una misión sin apariencia pero imprescindible. Sin alma el cuerpo está muerto; sin el testimonio de los cristianos el mundo va a la deriva.

José Luis Latorre, cmf