Comentario – Viernes V de Pascua

(Jn 15, 12-17)

El amor de Jesús además de ser grande, es realmente íntimo, como el amor del amigo que quiere compartirlo todo con el amigo del alma: “A ustedes los llamé amigos, porque todo lo que oí a mi Padre se lo comuniqué a ustedes”.

Jesús ya no quiere aparecer como el rey que exige sometimiento y obediencia, sino como el amigo del corazón que espera una respuesta de amor. Es cierto que Jesús pide algo a sus discípulos, les reclama una entrega, pero sus pedidos están unidos al dulce regalo de su intimidad.

Y en realidad lo que él nos exige para seguir regalándonos su intimidad y su amistad no son mandamientos duros ni cargas pesadas. Sólo nos pide lo que puede hacernos felices, lo que nos conviene: que nos amemos. Ese es el fruto que él espera, esa es la fecundidad que produce su vida en nuestra vida.

Nos pide que no dejemos clausurado su amor en nuestra intimidad, que dejemos en libertad el dinamismo de su amor y lo compartamos con los demás sin ponernos límites, hasta el punto de dar la vida por los amigos: “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos” (15, 13).

Pero el origen de nuestra capacidad de amar no está en nosotros, en nuestras iniciativas o en nuestras fuerzas naturales; está en su amor, que siempre tiene la iniciativa: “No me eligieron ustedes a mí, sino que yo los elegí a ustedes” (15, 16).

No ignoremos la belleza de esta verdad: hemos sido amados antes de que pudiéramos hacer algo; hemos sido mirados con amor, hemos sido elegidos sin que nosotros hayamos tenido que comprar esa mirada de ternura. No lo conquistamos al Señor con algo bello que sea nuestro, sino que él mismo ha puesto en nosotros la hermosura que lo cautiva. No nos buscó porque necesitaba algo, simplemente nos eligió porque sí, porque quiso; nos eligió por puro amor.

Oración:

“Coloca en mi corazón Señor, ese ideal supremo de dar la vida, de reproducir en mi existencia tu suprema entrega de amor. Te doy gracias, Señor, por el tesoro de tu amistad y te pido que destruyas todas las resistencias que pongo a ese amor inmenso”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día