Misa del domingo

El pasaje del Evangelio de este Domingo es continuación de la parábola de la vid y los sarmientos (Domingo anterior). El Señor desarrolla en esta sección algunos de los temas desarrollados en la primera parte, en la que habla de la relación que debe existir entre Él y sus discípulos: el discípulo debe permanecer en Cristo y Cristo en Él, para dar fruto abundante y con ello gloria al Padre.

Esa permanencia que el Señor pide a sus discípulos es una permanencia en su amor. ¿Cómo permanecer en su amor? ¿Cuál es la clave de esa permanencia? La obediencia: «si guardan mis mandamientos, permanecerán en mi amor».

Guardar su palabra o sus mandamientos es un tema crucial en la predicación del Señor, recogido por San Juan (ver Jn 8, 51; 12, 47; 14, 21.24; 1Jn 2, 3-5; 3, 24). La palabra griega que se traduce por “guardar” entraña el sentido tanto de cuidar o conservar algo para que no se deteriore o sufra daño, como también observar o cumplir aquello que la Ley manda. Así, por ejemplo, cuando en el Evangelio de San Juan leemos que los judíos acusaban a Jesús de no guardar el sábado (ver Jn 9, 16), entendemos que lo que querían decir los fariseos era que a su juicio el Señor desobedecía la Ley por incumplir alguna de las normas que según ellos debía observarse en sábado.

Los discípulos deben acoger los mandamientos del Señor con avidez, atesorarlos y custodiarlos amorosamente en sus mentes y corazones, para observarlos y ponerlos en práctica. Su enseñanza debe llegar a ser para todo discípulo la norma de vida y conducta.

Al invitarlos a guardar sus mandamientos el Señor se coloca a sí mismo por encima de la Ley de Moisés. Con el Señor Jesús la antigua Ley da paso a la nueva Ley (ver Jn 13, 34). Jesús la lleva a su plenitud: «Porque la Ley fue dada por medio de Moisés; la gracia y la verdad nos han llegado por Jesucristo» (Jn 1, 17).

Por tanto, es guardando sus mandamientos como los discípulos permanecerán en el amor del Señor, «lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor». La medida y modelo de la permanencia de los discípulos en el amor del Señor es Su permanencia en el amor del Padre a través de su obediencia filial a Él. Cristo, el Hijo, permanece en el amor de su Padre porque hace lo que el Padre le manda: «ha de saber el mundo que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31). También en Él, el modelo del hombre perfecto, el amor y la obediencia están íntimamente unidos.

El Señor Jesús manifiesta que su obediencia al Padre y su permanencia en el amor del Padre por medio de esta amorosa obediencia son, para Él, la fuente de una alegría y gozo infinito. El anhelo y deseo de que también sus discípulos experimenten ese mismo gozo lo impulsa a revelarles la fuente de la felicidad humana, dónde hallarla y cómo alcanzarla: la alegría en plenitud, la anhelada felicidad, la encuentra el ser humano en la permanencia en el amor del Señor, por medio de la obediencia a Él. Lo que es causa de plena alegría para el Hijo, es también causa de alegría suprema para los discípulos, quienes por su adhesión y permanencia en el Hijo entran a participar de aquella misma comunión de amor que el Hijo vive con el Padre y es la fuente de su gozo pleno.

Inmediatamente el Señor Jesús proclama aquello que deben poner por obra para alcanzar la plenitud del gozo y alegría: amarse unos a otros «como yo los he amado». El Señor se pone a sí mismo como medida y modelo del amor que deben vivir sus discípulos. En realidad, Él es la medida del verdadero amor humano. No hay amor más perfecto que el amor de Cristo, un amor que se manifiesta en el libre y total don de sí mismo: «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Esta definición del amor supremo refleja su mirada interior, puesta ya en su próxima Pasión, y revela el motivo de su inminente entrega en la Cruz: el amor por los discípulos y amigos, un amor llevado a su máxima expresión, un amor llevado «hasta el extremo» (Jn 13, 1).

A partir de entonces es éste el mandamiento que resume todos los demás, llevándolos a su plenitud. Quien ama como Cristo, con sus mismos amores, cumple con la Ley entera, porque amará a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo (ver Mc 12, 28-31).

En la segunda lectura San Juan exhorta a vivir este mutuo amor a quienes en Jesucristo han abierto sus mentes y corazones al amor de Dios. Dios mismo, escribe el apóstol, “es amor”. Quien afirma que lo conoce, quien cree en Él, ama a sus hermanos humanos con el mismo amor que viene de Dios.

El amor de Dios no hace distinciones (1ª. lectura). Dios es Padre de todos, y quiere que todos lleguen a participar de su Comunión divina de amor (ver 1Tim 2,4). Si en la historia eligió a un pueblo, fue para que, llegada la plenitud de los tiempos, pudiese manifestar por medio de él su salvación a todas las naciones (ver Catecismo de la Iglesia Católica, 781; ver Lc 2, 30-32; 24,47). El don de la reconciliación, el amor derramado en los corazones por el Espíritu Santo (ver Rom 5, 5), es un regalo para todos por igual, judíos o gentiles. Pedro y los apóstoles así lo entienden y proclaman.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Hemos sido creados por el Amor, para el amor, para amar y ser amados. El amor es nuestra vocación más profunda. Por ello, como gran conocedor del corazón humano, afirmaba el querido Papa Juan Pablo II, de santa memoria: «El hombre no puede vivir sin amor. Él permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor revela plenamente el hombre al mismo hombre» (Redemptor hominis, 10).

Así, pues, en medio de tanta confusión sobre lo que es el amor verdadero, en medio de tantos egoísmos que se disfrazan de amor, en una sociedad en la que el amor parece que no pasa de ser un sentimiento o pasión de momento y que no implica ningún compromiso duradero, ¿quién puede enseñarnos a amar verdaderamente? ¿Quién puede mostrarnos el amor auténtico?

Puede enseñarnos a amar verdaderamente, con un amor plenamente humano, con un amor que nos realice, Aquel de quien nos viene la capacidad y la vocación de amar, Aquel que ha sembrado en lo más profundo de nuestro ser esa necesidad de amar y ser amados, Aquel que es Él mismo Amor: Dios, que en Jesucristo se ha hecho hombre como nosotros, amándonos hasta el extremo de dar la vida por nosotros, enseñándonos cómo se ama de verdad, enseñándonos el amor verdadero, invitándonos a amar como Él nos ha amado.

Del Señor Jesús aprendemos la donación sin reservas de nosotros mismos en el amor. Es Él —quien le muestra al hombre la verdad sobre su propia identidad— el camino para el amor verdadero que es la plenitud de nuestra vida. Él es el Maestro y la Fuente del auténtico amor humano, un amor que es exigente, comprometido, fiel, un amor que es para siempre, para toda la eternidad, un amor que es la fuente de la realización y de la felicidad del ser humano.

Así, pues, ¿quieres amar de verdad? ¿Quieres ser amado de verdad? ¿Quieres, por el amor, llegar a ser hombre o mujer de verdad? ¡Mira a Cristo! ¡Escucha a Cristo! ¡Aprende de Cristo! ¡Nútrete del amor de Cristo! ¡Ama como Cristo, a Dios y a tus hermanos humanos! ¡Que Él, y no otros “modelos”, sea la medida de tu amor!