El domingo del amor

1.- Es difícil sustraerse al ejemplo de la vid y de los sarmientos que nos daba Jesús el domingo pasado. Es una idea de unidad con Él muy absoluta. Un sarmiento, un esqueje, si no se une a la planta donde ha de injertarse es un trozo de palo inservible. El fragmento del Evangelio de Juan que leemos hoy es continuación del anterior. Y por eso su recomendación de ahora: “Permaneced en mi amor”, completa la idea de esa unión vital producida por el amor. La fusión de los sarmientos con la vid, sin amor, sería un acto sin sentido. Por eso la matización de este domingo nos va ayudar a comprender la esencia de la vida del cristiano que no es otra que un amor multidireccional que se basa en Dios, a quien tiende, que se complementa en los hermanos y en las cosas de la existencia en general, como por ejemplo amar a la tierra, no hacerla daño. Esa corriente de amor compone una vida total de enorme densidad.

2.- Y aunque lo he repetido ya muchas veces: es verdaderamente sencillo y singular al mismo tiempo que el Papa Benedicto XVI ataje su primera encíclica con una lucida definición del amor de Dios y del amor, en general., como esencia de un mundo de paz y de fraternidad. Y así estamos en que en este domingo en la Carta de Juan se define esa esencia divina que es el amor y todo ello nos debe llevar a profundizar en ello, sin rodeos, sin eufemismos, con intensidad. La realidad es que el mundo ha sido siempre deficitario de amor y ha demostrado tener superávit de odio o, de al menos, de desamor. Por eso es muy prometedor que la primera pauta del Pontificado del Papa Ratzinger ponga por delante de todo el que Dios es amor y que sin el amor impregnando nuestra condición de cristianos pues poco vamos a avanzar. Es de suponer que planteadas así las cosas, Benedicto XVI desee ejercer su magisterio sobre ese presupuesto principal del amor, dejando en segundo término otros temas más concretos o generales. Eso no significa que vaya a desatender cuestiones fundamentales de la vida de la Iglesia, pero que el pórtico fundamental de toda su acción pastoral sea el amor en radicalidad.

3.- Ya hemos informado en varios lugares que la Iglesia española y la de muchos países de Iberoamérica continúan adjudicando al VI domingo de Pascua una especial atención a los enfermos. En España se llama la Pascua del Enfermo. Y nos parece que en este marco profundo y maravilloso del amor de Dios a todas sus criaturas y con el encargo de amar al prójimo, la atención concreta a la enfermedad y la caridad autentica con los enfermos es una camino maravilloso. Valga pues este apunte de amor al más débil en este domingo Sexto de Pascua pórtico de las venturosas celebraciones de la Ascensión y Pentecostés.

Ángel Gómez Escorial

Comentario – Domingo VI de Pascua

Decía Jesús a sus discípulos: Este es mi mandamiento –como si no hubiera otro-: que os améis unos a otros como yo os he amadoNadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando. Parece un contrasentido proponer el amor como un mandamiento: mandar amar.

Pero ¿no es el amor algo que surge espontáneamente por razón del valor del objeto amado y de la unión (parentesco, amistad, enamoramiento, filiación) que nos mantiene ligados a ese objeto? Puede que sea así; no obstante, hasta ese amor necesita del refuerzo de la voluntad para su salvaguarda, mantenimiento y acrecentamiento, voluntad en la re-valorización del objeto amado y en el reforzamiento de la unión existente con el mismo.

Y tratándose de un amor tan exigente con el de Jesús, amor oblativo y hasta el extremo, el papel de la voluntad es inexcusable: uno tiene que querer amar en este modo; uno tiene que proponerse realmente amar como Cristo nos ha amado; y aun así, no le será posible amar en este modo sin la ayuda del que lo manda.

Ya el mandato es una ayuda –no sólo una indicación conductual o un imperativo-; pero al mandato debe unirse la motivación y la fuerza impulsora. ¿Por qué amar en este modo que implica tantas renuncias? Todo amor implica renuncias y posesiones; pero este amor, el más grande, supone la donación de la entera vida. Así nos ha amado Jesús. Hay diferentes tipos de amor, pero en todos ellos se da y se recibe vida; en realidad, sólo se puede dar lo que antes se ha recibido.

El amor también es siembra y la siembra es siempre producto de una cosecha. Se siembra de lo que se ha recogido y se recoge de lo que se ha sembrado. Y en el amor nunca se puede perder de vista el bien: el bien que se desea y se procura a la persona amada y el bien que se busca en ella. La recompensa del amor –hasta del más desinteresado- es un beneficio tanto para el amante como para el amado, puesto que el bien del amado es también bien del amante.

El amante que da la vida por el amado experimenta esta donación como un bien para sí mismo, aunque le suponga una gran pérdida en su vida. En realidad, la reciprocidad del amor hace del amado amante y del amante amado. Y el amor más grande es el que se revela en la donación de la propia vida por los amigos, o incluso por los enemigos, a quienes se quiere transformar en amigos en virtud del poder transformante del mismo amor.

Esto es lo que nos dice san Pablo que hizo Jesús: entregar su vida también por sus enemigos, incluidos los que le arrebataban la vida: Padre –decía-, perdónalos porque no saben lo que hacen. Nosotros estaremos entre sus amigos si hacemos lo que nos manda, es decir, si sintonizamos con su voluntad o si tenemos en cuenta su querer en diferentes modos manifestado: no un querer arbitrario y egoísta, sino un querer que persigue exclusivamente nuestro bien.

Pero lo que nos hace amigos de Jesús no es en primer término el cumplimiento de sus mandatos o la atención a su voluntad, sino otra cosa que no depende de nosotros sino de aquel que decide incorporarnos a su amistad. Prestemos atención a sus palabras: Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer.

Llama “amigos” a los que ha hecho partícipes de su propia intimidad, como nosotros, que consideramos amigos a los que comparten muchas cosas de nuestra vida más íntima o personal. La amistad es concebida, pues, como un grado de participación en la propia vida. Y eso se produce con la comunicación; en el caso de Jesús, dando a conocer a sus discípulos y amigos su experiencia de relación –lo que ha oído- con su Padre, lo más íntimo que hay en él. Si la amistad con Jesús depende de esta comunicación personal, no podremos ser amigos suyos si no se da tal comunicación y, por tanto, si no nos elige para compartir con él su intimidad.

De ahí que diga: No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. La elección como amigos no se queda en la simple incorporación a un círculo de amistad; tiene como objetivo la fructificación y con ella la cosecha de nuevos amigos para él. La relación con él es tan estrecha y necesaria –como la del sarmiento con la vid- que sin ella no es posible la fructificación cristiana. La elección nos capacita y nos destina para dar fruto y para que ese fruto sea duradero.

Hay frutos humanos muy duraderos (una teoría científica, una filosofía, una obra maestra de literatura, una catedral, una sinfonía, una obra de arte, etc.); pues bien, Jesús pretende que el fruto de sus elegidos tenga duración no sólo temporal, sino eterna; pues el amor no pasa nunca.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Domingo VI de Pascua

I VÍSPERAS

DOMINGO VI DE PASCUA

 

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

 

HIMNO

Nuestra Pascua inmolada, aleluya,
es Cristo el Señor, aleluya, aleluya.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta de la luz!,
despierta, tú que duermes,
y el Señor te alumbrará.

Pascua sagrada, ¡oh fiesta universal!,
el mundo renovado
cantan un himno a su Señor.

Pascua sagrada, ¡victoria de la luz!
La muerte, derrotada,
ha perdido su aguijón.

Pascua sagrada, ¡oh noche bautismal!
Del seno de las aguas
renacemos al Señor.

Pascua sagrada, ¡eterna novedad!
dejad al hombre viejo,
revestíos del Señor.

Pascua sagrada, La sala del festín
se llena de invitados
que celebran al Señor.

Pascua sagrada, ¡Cantemos al Señor!
Vivamos la alegría
dada a luz en el dolor. Amén.

 

SALMO 118: HIMNO A LA LEY DIVINA

Ant. El que realiza la verdad se acerca a la luz. Aleluya.

Lámpara es tu palabra para mis pasos,
luz en mi sendero;
lo juro y lo cumpliré:
guardaré tus justos mandamientos;
¡estoy tan afligido!
Señor, dame vida según tu promesa.

Acepta, Señor, los votos que pronuncio,
enséñame tus mandatos;
mi vida está siempre en peligro,
pero no olvido tu voluntad;
los malvados me tendieron un lazo,
pero no me desvié de tus decretos.

Tus preceptos son mi herencia perpetua,
la alegría de mi corazón;
inclino mi corazón a cumplir tus leyes,
siempre y cabalmente.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El que realiza la verdad se acerca a la luz. Aleluya.

 

SALMO 15: EL SEÑOR ES EL LOTE DE MI HEREDAD

Ant. El Señor, rotas las ataduras de la muerte, ha resucitado. Aleluya.

Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti;
yo digo al Señor: «Tú eres mi bien».
Los dioses y señores de la tierra
no me satisfacen.

Multiplican las estatuas
de dioses extraños;
no derramaré sus libaciones con mis manos,
ni tomaré sus nombres en mis labios.

El Señor es el lote de mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano;
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor, que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Por eso se me alegra el corazón,
se gozan mis entrañas,
y mi carne descansa serena.
Porque no me entregarás a la muerte,
ni dejarás a tu fiel conocer la corrupción.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Señor, rotas las ataduras de la muerte, ha resucitado. Aleluya.

 

CÁNTICO de FILIPENSES: CRISTO, SIERVO DE DIOS, EN SU MISTERIO PASCUAL

Ant. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Aleluya.

Cristo, a pesar de su condición divina,
no hizo alarde de su categoría de Dios;
al contrario, se despojó de su rango
y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos.

Y así, actuando como un hombre cualquiera,
se rebajo hasta someterse incluso a la muerte,
y una muerte de cruz.

Por eso Dios lo levantó sobre todo
y le concedió el «Nombre-sobre-todo-nombre»;
en el cielo, en la tierra, en el abismo,
y toda lengua proclame:
Jesucristo es Señor, para gloria de Dios Padre.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¿No era necesario que el Mesías padeciera esto para entrar en su gloria? Aleluya.

 

LECTURA: 1P 2, 9-10

Vosotros sois una raza elegida, un sacerdocio real, una nación consagrada, un pueblo adquirido por Dios para proclamar las hazañas del que os llamó a salir de la tiniebla y a traer en su luz maravillosa. Antes erais «no pueblo», ahora sois «pueblo de Dios»; antes erais «no compadecidos», ahora sois «compadecidos».

 

RESPONSORIO BREVE

R/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

R/ Al ver al Señor.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Los discípulos se llenaron de alegría. Aleluya.

 

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Como el Padre me ha amado, así os he amado yo; permaneced en mi amor. Aleluya.

 

PRECES

Oremos a Cristo que, resucitado de entre los muertos, destruyó la muerte y nos dio nueva vida, y digámosle:

Tú que vives eternamente, escúchanos, Señor.

Tú que eres la piedra rechazada por los arquitectos, pero convertida en piedra angular,
— conviértenos a nosotros en piedras vivas de tu Iglesia.

Tú que eres el testigo fiel y veraz, el primogénito de entre los muertos,
— haz que tu Iglesia dé siempre testimonio de ti ante el mundo.

Tú que eres el único esposo de la Iglesia, nacida de tu costado,
— haz que todos nosotros seamos testigos de este misterio nupcial.

Tú que eres el primero y el último, que estabas muerto y ahora vives por los siglos de los siglos,
— concede a todos los bautizados, perseverar fieles hasta la muerte, a fin de recibir la corona de la victoria.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que eres la lámpara que ilumina la ciudad santa de Dios,
— alumbra con tu claridad a nuestros hermanos difuntos.

Con la misma confianza que tienen los hijos con sus padres, acudamos nosotros a nuestro Dios, diciéndole:

Padre nuestro…

 

ORACION

Concédenos, Dios todopoderoso, continuar celebrando con fervor estos días de alegría en honor de Cristo resucitado, y que los misterios que estamos recordando transformen nuestra vida y se manifiesten en nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

 

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado V de Pascua

1.-Oración introductoria.

Señor, hoy necesito que me ayudes a entender esta parte del evangelio que se me hace más difícil de asimilar. A todos nos gusta que nos acepten, nos acojan, nos reciban y hasta que hablen bien de nosotros. Pero Tú nos dices, por propia experiencia, que siempre no es así. Y nos encontramos con la oposición, el rechazo, incluso el odio. ¿Qué hacer? Yo quiero fiarme de tu Palabra: El discípulo no es más que el maestro. Haz que yo me aproveche de esta oportunidad para parecerme más a Ti.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 15, 18-21

Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Su fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo. Acordaos de la palabra que os he dicho: El siervo no es más que su señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros; si han guardado mi Palabra, también la vuestra guardarán.  Pero todo esto os lo harán por causa de mi nombre, porque no conocen al que me ha enviado.

3.- Qué dice la Palabra de Dios.

Meditación-reflexión

Hay que tener en cuenta que San Juan, al tratar del mundo en un sentido peyorativo no se refiere al mundo material creado por Dios, el mundo de las luces y colores, el mundo de las realidades humanas, el mundo de nuestro cuerpo. Todo ha sido asumido por Él al hacerse “carne”. Todo ese mundo es maravilloso. Pero hay otro mundo, “el mundo ése” el que rechazó a Jesús, el que llevó a Jesús a la muerte. Ese mundo que ha odiado a Jesús nos puede seguir odiando también a nosotros hoy.  El verdadero discípulo de Jesús acepta ese rechazo porque así se parece más a Jesús. No olvidemos que hemos sido objeto de una elección divina, como dice el evangelio de hoy. Y toda elección comporta no sólo un amor de predilección sino de singularidad. Cada uno de nosotros puede decir: “Me ama a mí”. “Conoce mi nombre”. Para saber qué significa ser llamado por nuestro propio nombre, habría que acudir a la experiencia de María Magdalena cuando Jesús Resucitado le dice: ¡María! Ese nombre pronunciado por Jesús con cariño y admiración le bastó para creer en la Resurrección y convertirse en primera discípula. Lo mismo que hizo Jesús con Pedro en Tiberiades: “¿Simón, me amas?” Nuestra vida debe convertirse en respuesta de amor al amor que Dios nos tiene. Y debemos estar atentos para escuchar nuestro propio nombre pronunciado por Jesús, ahí en lo más recóndito de nuestro corazón.

Palabra del Papa.

“Sin embargo, la presencia de esta alegría no excluye la posibilidad del sufrimiento. San Pablo pone esto enseguida de manifiesto cuando dice que la participación en la filiación de Cristo significa participar también en sus sufrimientos. Pues gloriarse en Cristo es gloriarse en su cruz (cf. Gal 6, 14). Si tratamos de profundizar nuestra relación con el Padre en el Espíritu Santo, no hemos de sorprendernos al comprobar que somos malentendidos, contestados o perseguidos a causa de nuestras creencias”. Juan Pablo II, santa misa en el «Delaney Park Strip», Alaska. 26 de febrero de 1981.

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito: hacer un intento por escuchar hoy la voz de Jesús que me llama por mi nombre.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, hoy te quiero agradecer el haber caído en la cuenta de que soy un “elegido”. Mi nombre te suena, mi nombre no se te olvida, mi nombre suscita en Ti interés, cercanía, cariño. Y esa misma experiencia quiero tener yo cuando pronuncio el tuyo. Que el mero hecho de pronunciar tu nombre me conmueva, me anime, me ilusione y me llene de tu paz.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA.

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Amor gratuito y desinteresado

1.- La Primera Carta del Apóstol San Juan es un canto al Amor de Dios. El amor es de Dios, nos dice, y por eso debemos amarnos unos a otros. Quien no ama no conoce a Dios. En el texto de este domingo encontramos la expresión “Dios es Amor”, frase con la que tituló el papa Benedicto XVI su primera encíclica. Más adelante nos dirá que tenemos que permanecer en el amor para permanecer en Dios. Coincide con el consejo de Jesús en el evangelio de hoy: “permaneced en mi amor”. El cristiano expresa la opción fundamental de su vida en que ha creído en el amor de Dios: “No se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona que da un nuevo horizonte a la vida”. El que tiene experiencia auténtica de Jesucristo transforma su vida y la orienta desde ese Alguien que ha conocido. A esto se refiere cuando dice que el que le ama cumple sus mandamientos. Jesús dio la vida por sus amigos y ahora nos pide que nosotros estemos dispuestos a hacer lo que nos pide. Es decir, que demos frutos de buenas obras.

2.- El amor cristiano es “Agapé”, amor gratuito y entregado, que no consiste en la posesión del otro, sino en la entrega desinteresada y en el sacrificio por el otro, Agapé es, en primer lugar, un amor originario, que no nace en respuesta a otro amor previo. No es un amor de correspondencia. El amor del Padre es gratuito, El es la fuente primordial del amor: “El nos amó primero”. La mejor noticia que el hombre ha recibido es que Dios le ama personalmente. Su amor está por encima de la justicia. Es un amor apasionado, que perdona, que acude en persona en busca de la oveja perdida. Jesús ha perpetuado el acto de entrega en la institución de la Eucaristía. Si queremos ser como nuestro Padre celestial, no esperemos a que nos amen para ofrecer nuestro amor. El amor cristiano es desinteresado, no busca adquirir nada con el amor, sino comunicar lo que es y lo que tiene. Al amar confiere valor a aquello que se ama.

3.- El amor cristiano es un amor universal y preferencial por los más necesitados. Amar es entregarse, es preocuparse por el otro y ocuparse del otro. Jesús ha unido el mandamiento del amor a Dios con el amor al prójimo. Amar al “próximo” es la respuesta al don del amor de Dios. No se trata de un amor posesivo, sino oblativo, “ser para el otro”. El amor-caridad siempre será necesario incluso aunque la sociedad fuese más justa. Siempre es necesaria la atención personal, el consuelo y el cuidado de la persona. Hoy celebramos la “Pascua del Enfermo”, con el lema “….y caminó con ellos”. Los textos evangélicos mencionan la necesidad que tenemos unos de otros cuando la enfermedad nos impide actuar con el normal desenvolvimiento. Sí, todos somos necesarios y todos somos o podemos estar enfermos, pero también todos podemos recobrar la verdadera SALUD, si así lo creemos y en consecuencia actuamos. Cuando sufrimos la limitación física nos damos cuenta de la importancia de la ayuda del hermano. La enfermedad, aunque parezca una incongruencia, ha sido y es un medio idóneo para conocer el dolor y la sensibilidad humana que una nueva forma de vivir -la que Dios nos ofrece- genera en cada uno de sus hijos. El Evangelio lanza un mensaje esperanzador, pues Jesús nos dice “levántate y anda”. El quiere que seamos protagonistas de nuestra propia vida. Pidamos también hoy por los que cuidan de los enfermos. Los que dedican su tiempo a los demás deben distinguirse por su dedicación al hermano con una atención que sale del corazón, para que el otro experimente su riqueza de humanidad. El enfermo, y todo necesitado, tiene nombre y apellidos, no es un número, necesita que le escuchen y, sobre todo, que le quieran. Pero quien quiera dar amor debe estar dispuesto también a recibirlo como don.

José María Martín, OSA

Comentario – Sábado V de Pascua

(Jn 15, 18-21)

Después de hablar de su amor y de su amistad, Jesús quiere decir toda la verdad a sus discípulos. Él no les promete una vida paradisíaca, sin dificultades, sin angustias, sin persecuciones; no promete éxitos, aplausos, reconocimientos sociales.

La vida que él propone no se puede hacer coincidir con los ideales mundanos marcados por la vanidad, la apariencia, la fama. Jesús muestra con claridad que su ideal de amor debe estar ligado a la humildad, la sencillez, la ausencia de pretensiones mundanas. Por eso sus discípulos deben estar dispuestos más bien a la incomprensión, al desprecio, al rechazo; no pueden pretender que el mundo los consulte o les ofrezca poder y gloria, porque la presencia de Dios en sus vidas es el mejor premio, la mejor seguridad, la única fuerza que necesitan.

El mundo no los va a aplaudir por su fe y por sus convicciones, porque la fe y las convicciones de un cristiano auténtico son un desafío a su comodidad, a su egoísmo, a su estrecho horizonte.

Y las dificultades de los discípulos ante el mundo, el rechazo, la persecución, el desprecio, son un reflejo de la pasión del maestro, son una participación en la suerte de Jesús que el discípulo no puede evitar ni rechazar: “El siervo no es más que su señor; si a mí me han perseguido los perseguirán a ustedes” (15, 20).

Por lo tanto no se puede renunciar a las burlas, los desprecios, los rechazos del mundo. Y entonces el ideal del cristiano no puede ser adaptarse a los demás de tal manera que a ellos no les moleste lo que Jesús nos pide. El evangelio es una buena noticia, pero también es una espina, es un llamado a la conversión, y ese llamado no siempre es recibido con apertura y gratitud.

Oración:

“Señor, que elegiste la vida de los pobres, que no tienen un lugar en la sociedad, que son excluidos y olvidados, despreciados y abandonados. Ayúdame a aceptar que no me aplaudan por creer en ti, y concédeme que no me avergüence de tu amistad ante el desprecio del mundo”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Dificultades y tareas actuales en este campo

56. En esta situación no hay que extrañarse de que el hombre, que siente su responsabilidad en orden al progreso de la cultura, alimente una más profunda esperanza, pero al mismo tiempo note con ansiedad las múltiples antinomias existentes, que él mismo debe resolver:

¿Qué debe hacerse para que la intensificación de las relaciones entre las culturas, que debería llevar a un verdadero y fructuoso diálogo entre los diferentes grupos y naciones, no perturbe la vida de las comunidades, no eche por tierra la sabiduría de los antepasados ni ponga en peligro el genio propio de los pueblos?

¿De qué forma hay que favorecer el dinamismo y la expansión de la nueva cultura sin que perezca la fidelidad viva a la herencia de las tradiciones? Esto es especialmente urgente allí donde la cultura, nacida del enorme progreso de la ciencia y de la técnica se ha de compaginar con el cultivo del espíritu, que se alimenta, según diversas tradiciones, de los estudios clásicos.

¿Cómo la tan rápida y progresiva dispersión de las disciplinas científicas puede armonizarse con la necesidad de formar su síntesis y de conservar en los hombres la facultades de la contemplación y de la admiración, que llevan a la sabiduría?

¿Qué hay que hacer para que todos los hombres participen de los bienes culturales en el mundo, si al mismo tiempo la cultura de los especialistas se hace cada vez más inaccesible y compleja?

¿De qué manera, finalmente, hay que reconocer como legítima la autonomía que reclama para sí la cultura, sin llegar a un humanismo meramente terrestre o incluso contrario a la misma religión?

En medio de estas antinomias se ha de desarrollar hoy la cultura humana, de tal manera que cultive equilibradamente a la persona humana íntegra y ayude a los hombres en las tareas a cuyo cumplimiento todos, y de modo principal los cristianos, están llamados, unidos fraternalmente en una sola familia humana.

Todo arranca de Dios

1.- En una hora como esta nuestra, en la que tanto se habla y reflexiona sobre el redescubrimiento y reformulación de la “identidad” del ser cristianos, resulta urgente subrayar un dato radical de esa identidad: Para el creyente en Jesús, todo arranca de Dios.

El cristianismo en cuanto expresión religiosa histórica y actual, no es producto del ingenio humano, ni de la benevolencia del corazón del hombre, ni de los mejores esfuerzos de la inteligencia y de la voluntad de las generaciones. La iniciativa proviene de Dios. “No sois vosotros los que me habéis elegido; soy yo quien os he elegido”, afirma Jesús. Y el mismo Apóstol, en su primera carta insiste: “En esto se ha manifestado el amor que Dios nos tiene, en que Dios mandó al mundo a su hijo único para que vivamos por medio de Él” y añade: “En esto consiste el amor: No en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos ha amado y nos ha enviado a su Hijo”.

2.- Creyente es, según esto, el que acepta el don de dios, el que desde su libertad asume el amor que Dios nos ha entregado desde siempre por medio de su Hijo. En la raíz última del ser humano está la presencia dinámica de dios, que, siendo amor, convierte al hombre en una potencia expansiva de amor. En lenguaje filosófico se hablara de que el hombre se constituye en y por la relación con los demás hombres; del que el “yo” de cada cual se conforme y patentiza sólo y únicamente cuando entra en relación con el “tú” de sus prójimos y cuando de esta relación de dos o más personas, libremente asumida y vivenciada, se hace surgir la conciencia amorosa del “nosotros” comunitario.

3.- El creyente en Jesús va reafirmando su humanidad y su humanización en la medida que acepta vivir la experiencia del amor de dios en él como fundamento e impulso de su amor a todos los prójimos. Por nuestro origen y nuestro destino en un Dios que es relación personal amorosa y por ello libre, somos una capacidad de amor llamada a ponerse en práctica. Se comprende, según esto, la insistencia neotestamentaria en que la autenticidad del amor a Dios se califica y expresa en la autenticidad del amor del creyente al hombre. “El amor es de Dios ––dirá san Juan––, y todo el que ama ha nacido de Dios” La fidelidad a los mandamientos de Dios indica esto mismo. Creyente, amador de dios, obediente a los mandamientos es aquel que ama a su prójimo y deja que el amor de dios pase a su comportamiento.

4.- La primera de las lecturas de hoy, tomada de los Hechos de los Apóstoles, confirma este mismo criterio. Dios se revela a Pedro en unos signos, tales como la conversión de Cornelio y la efusión del Espíritu sobre los gentiles. ¿Habrá que concluir de aquí que, junto a la revelación verbal, Dios utiliza la revelación de los signos de los tiempos? Sin duda. Pero hay que concluir, además, otro dato de enorme importancia: El amor de Dios también se revela a los ojos de cada cual y a los ojos del mundo en las obras o signos del amor del creyente para con el mundo.

El Dios que habla, a través de los signos de Cornelio y los gentiles sigue hablando hoy también a través de los gestos y de las actitudes de acercamiento a los problemas que angustian a los hombres. Y el actuar desde la libertad del amor, el hombre, simultáneamente, se humaniza y se diviniza, realiza su vocación en la tierra y madura para su destino último ––pero ya actuante y presente–– de hijo adoptivo de Dios en la salvación.

Antonio Díaz Tortajada

¡Excava más hondo!

1.- En el sexto domingo de la Pascua, me viene a la memoria aquella anécdota de un labrador que, llevando a su hijo al campo, le enseñaba a plantar. Su hijo le preguntaba: ¿cómo lo tengo que hacer padre? Y, el padre, le respondía: ¡excava más hondo! Cuanto más hondo el agujero, más posibilidades tendrá la planta de sobrevivir.

El evangelio de hoy, siguiendo las ideas del domingo pasado, nos invita a seguir bebiendo en esa fuente de vida y de amor que es Dios, a través de Jesús.

2.- No hay mayor hazaña que la de entregarse olvidándose de uno mismo; el dar sin esperar nada a cambio; el ganar, aunque aparentemente ante el mundo estés perdiendo. ¿Dónde reside esta forma tan rara y tan extraña de amar perdiendo? Ni más ni menos que en Dios.

El Dios que se rebajó en Belén, el Dios que se rebajó en la tarde de Jueves Santo, el Dios que se humilló con brazos abiertos en la cruz, nos enseña que –ese camino- es el más privilegiado y el más idóneo para descubrir la verdad o la mentira de nuestra amistad con El; la grandeza o la pobreza de nuestra fe; el vasallaje a Dios o nuestro sometimiento al mundo que ensalza, no el amor gratuito, sino “tanto das, tanto recibes”.

3.- Hay amores eventuales. Amores que pasan. Amores que fracasan. Porque, cuando no son agradecidos, se cansan. El amor que predica Jesús, y que nosotros sostenemos con el paso del tiempo, es un amor que nunca se aburre. O por lo menos, cuando surgen tropiezos, se plantea de nuevo el levantarse para entregarse de nuevo aún a riesgo de perder de nuevo.

El amor cristiano, que es distintivo de los seguidores de Jesús, nos hace ver a las personas como hermanos. O dándole la vuelta a la frase, porque nos vemos como hermanos, somos capaces de entregarnos los unos a los otros.

Impresiona la Carta de Juan. ¡Qué cerca tuvo que sentir el amor de Dios para decirnos “amaos”!

4.- Las gafas que, los cristianos tendríamos que comprar en la óptica, es precisamente la de ver al prójimo con amor, de juzgarlo con amor, de quererlo con amor y de ayudarle a levantar con amor. Sólo así, al Dios del cielo, lo podremos intuir verdaderamente en la tierra.

–¿Queréis saber la calidad de vida cristiana de aquel hermano? Pregúntale cuánto ama; si ama a todos; si ama a todas horas.

–¿Queréis saber el grado de amistad de Dios de aquel cristiano? Preguntadle cómo anda con los que le rodean; en el trabajo; en el instituto; en las relaciones personales.

Jesús se va al cielo pero, detrás de sí, nos deja a nosotros. Para que sigamos profundizando en todo lo que ha dicho y ha realizado. Para que, en el amor, entremos en comunión con El y con el resto de los hermanos.

4.- AYUDANOS

Ayúdanos, Señor
A no hacer del amor, una carta de poesía
A no servir el amor, en pequeñas dosis
A no ofrecer el amor, a según quién y cómo

Ayúdanos, Señor
A ver en los hermanos, tu rostro
A volcarnos por amor, aunque recibamos abrojos
A ser siervos, antes que dueños
A ser vasallos, antes que reyes

Ayúdanos, Señor
A pedir la fuerza de lo alto, para vivir en el llano
A buscar el cielo, sin perder el vértice de la tierra
A vivir en la tierra, sin perder el ancho cielo

Ayúdanos, Señor
A conocerte, amando sin esperar nada a cambio
A revelarte, por el amor que sembramos
A anunciarte, con el amor que regalamos

Ayúdanos, Señor
A seguir tus huellas, por las sendas del amor
A seguir tus Palabras, con palabras de amor
A meditar tus acciones, con acciones de amor
A fortalecer nuestra fe, con el compromiso en el amor

Ayúdanos, Señor
A ir al fondo de todo
Porque, en el fondo de ese todo,
Hay una fuente de amor.
Y, esa fuente de amor y de ternura,
Eres Tú, Señor.
Amen.

Para Dios no hay fronteras

1.- “Tan pronto como entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro, cayó a sus pies y lo adoró. Mas Pedro lo levantó diciendo: Levántate que yo también soy hombre” (Hch 10, 25-26) Cornelio era centurión de la cohorte itálica, una de las más prestigiosas del imperio romano. Hombre profundamente religioso que temía al Señor y que “hacía muchas limosnas al pueblo y oraba continuamente a Dios”. Un pagano que sentía en lo más íntimo de su alma la necesidad de amar y dar culto al verdadero Dios… Cristo lo había predicho: Vendrán de Oriente y de Occidente, para sentarse en la mesa de los hijos de Abrahán, de los hijos de Dios. Estamos ante uno de los momentos primeros en los que esa profecía maravillosa se cumple. En contra incluso de lo que pensaban los judíos, entre los que también estaban los mismos apóstoles. En efecto, Pedro, el primero de todos ellos, se va a oponer a la admisión de los gentiles de un modo casi instintivo. Él seguía pensando que no debía de entrar tan siquiera en la casa de un pagano, convencido de que ese acto le manchaba, le dejaba impuro ante Dios… Pero el Espíritu, la gran fuerza que mueve a la Iglesia, le empuja a vencer sus escrúpulos de judío observante. Y entra en casa de Cornelio. Y descubre atónito la buena disposición de aquel soldado romano, sus sinceros deseos de encontrar el verdadero camino.

“Levántate que yo también soy hombre” -responde Pedro ante esa actitud de humilde adoración-. Es un encuentro imborrable, un primer e importante paso para la difusión universal del Evangelio del amor y de la verdad. Gracias a esto, también nosotros, los paganos de la remota Hispania, escucharíamos un día la proclamación del mensaje cristiano.

“Tomó Pedro la palabra y dijo: Constato en verdad que Dios no tiene acepción de personas, sino que se complace en toda nación que le teme y practica la justicia ” (Hch 10, 34-35). Al ver Pedro la de fe aquel puñado de paganos, se siente conmovido. Descubre en los hechos la magnanimidad grandiosa de Dios, su corazón grande, inmenso, tan lleno de amor y de deseos de salvación. En él no hay acepción de personas, no hay clases sociales, no hay favoritismos, no hay injusticias. Las puertas de su casa, la Iglesia Santa, están abiertas de par en par para todos los hombres que acepten, lealmente, su mensaje de liberación.

Los judíos pensaban que sólo los descendientes de Abrahán podían participar en los bienes que Dios daba a los hombres. Sólo ellos eran hijos del Altísimo. Pero esa cortedad de miras se cambia de modo insospechado, para dar cabida en las moradas eternas de Dios a todos los hombres, gentiles o no, de la tierra.

Sólo era necesario practicar la justicia y temor a Dios. Temor que no es miedo, temor que es amor reverencial y entrañable. Temor no de siervo que tiembla ante el látigo, sino temor de hijo amante que se entristece ante la posibilidad de causar una pena a su buen Padre Dios… También es necesario practicar la justicia. Dar a cada uno lo que es suyo, no aprovecharnos de nadie, por muy débil que sea. Cumplir con honradez las obligaciones personales de cada momento y circunstancia. Ese es el temor y esa es la justicia ante la que Dios se complace, derramando a manos llenas su gracia, su paz, su amor.

2.- “Cantad al Señor un cántico nuevo…” (Sal 97, 1) Las proezas de Yahvé impulsan al salmista a cantar e invitar a los demás a que se unan a su cántico. Ha sido tan manifiesta la omnipotencia divina que el alma se llena de gozo y rompe a cantar. Hemos de hacer nuestro ese sentimiento y dejar que nuestro corazón se una al canto que ensalza y celebra la gloria del Altísimo. Un canto nuevo, un himno inédito que descubra aspectos, insospechados quizás, de la grandeza del Señor.

Podríamos afirmar que la novedad es una característica propia del amor. Quien ama nunca se repite; aunque siempre diga las mismas palabras, su afecto será siempre vibrante y renovado. Cuando el amor es verdadero jamás la rutina podrá prevalecer. Sólo cuando el amor se extingue, aparece la tibieza y el aburrimiento. Pero no olvidemos que para que el amor permanezca siempre vivo hay que vivirlo de forma continuada. Unos amigos que no se tratasen durante un cierto período de tiempo, terminarían olvidándose. En el caso de nuestras relaciones con Dios, quien no lo trata por medio de la oración acaba considerando a Dios como un extraño en su vida.

El Señor da a conocer su victoria…” (Sal 97, 2) Una de las formas de no decaer en el amor consiste en esforzarse por conocer mejor a la persona amada. Y eso es así porque sólo se ama aquello que se conoce. Es cierto que pudiera ocurrir que un mayor conocimiento engendrara indiferencia, o incluso desprecio, cuando no odio. Pero en el caso de Dios no puede ocurrir eso de ninguna manera… En efecto, Dios es la bondad y la perfección suma. De ahí que mientras más le conozcamos, más le querremos y le adoraremos. Él nunca nos defraudará, nunca veremos frustradas nuestras ilusiones ni nuestra esperanza. Él siempre llegará más allá de lo que nosotros hayamos imaginado o soñado.

Cuando el hombre busca a Dios, acaba encontrándolo. Cuando, una vez encontrado, el hombre trata de no separarse nunca más de él, entonces es posible una amistad única y excelsa, unas relaciones paternofiliales que son más que suficientes para hacer feliz al hombre, hasta los límites máximos en que ello es posible aquí en la tierra. Cuando eso ocurre todos los días son distintos, en todos los momentos brota del alma un amor joven y gozoso, un canto nuevo y maravilloso.

3.- “Queridos hermanos: Amémonos unos a otros, ya que el amor es de Dios…” (1 Jn 4, 7) San Juan, en su primera carta, no se cansa de repetir su exhortación al amor. Hoy añade una razón más, yo diría que la razón definitiva: Dios es amor. Es una frase que repetirá un poco más adelante en esta misma perícopa. Una frase que es una descripción perfecta, simple, clara y categórica de Dios.

Y porque Dios es amor hemos de amarnos mutuamente. Sed perfectos, dijo Jesucristo, en tono de mandato, como vuestro Padre celestial es perfecto. Sed misericordiosos, dirá además a modo de aclaración, como vuestro Padre de los cielos es misericordioso. Y en otra ocasión también habló de que hemos de amarnos como él nos amó. Es decir, que hemos de imitar a Dios en el amor. Él es nuestro modelo, nuestra meta definitiva.

De ahí que la única solución a todos los problemas del hombre esté en el amor. Es la única forma de realizarnos a nosotros mismos. Sólo amando, el hombre llega a su plenitud, sólo entregándose con generosidad a los demás… Ciertamente quien no ama no ha conocido a Dios, porque Dios es amor.

“En esto se manifestó el amor que Dios nos tiene: en que Dios mandó al mundo a su Hijo único…” (1 Jn 4, 9) Y no son palabras, no es una mera expresión más o menos lograda. No es una fórmula más, dentro de las innumerables tentativas que el hombre va inventando a lo largo de los siglos, para llegar a encontrar la satisfacción definitiva y total de sus íntimas ansias de felicidad. Este mandato viene de Dios, esta solución sobrepasa con mucho las posibilidades de inventiva y de realización que tiene el hombre.

Es algo tal importante que Dios, no se ha contentado con hablar, Dios lo ha enseñado con su ejemplo. Él se ha hecho hombre y de una manera práctica ha recorrido el camino que ha señalado a los hombres para recorrerlo, el camino del amor.

Una vez más vamos a intentarlo, vamos a creer de forma práctica y vital en la fuerza transformadora del amor. Vamos a contribuir a que el amor se extienda cada vez más, vamos a querernos, a comprendernos, a ayudarnos… Señor, tú puedes sostenernos en este renovado intento, tú puedes darnos un corazón nuevo. Un corazón que sepa de amores, un corazón que sea como el grano de trigo de que tú hablaste. Ese grano que se inmola a sí mismo y brota en una espiga granada. Hundir nuestro corazón en el surco abierto de cada instante, hacer que la tierra toda sea una inmensa sementera de amor.

4.- “…y vuestra alegría llegue a plenitud” (Jn 15, 11) Bajo la luz de la Pascua seguimos contemplando a Jesús que abre su corazón a los apóstoles, en la intimidad del Cenáculo. Como para el evangelista San Juan, aquellas palabras han de adquirir para nosotros una dimensión nueva y profunda después de que Cristo ha resucitado. Su victoria de entonces, preludio de la victoria final y definitiva, confiere a nuestro entendimiento una perspectiva más rica y luminosa para comprender lo que el Maestro nos dijo. El triunfo de Jesús fortalece además nuestra voluntad, enciende la ilusión y el entusiasmo de ser fiel a Jesucristo hasta la muerte, para recibir luego la corona de la vida. Declaración de amor son las palabras que el Señor nos dice hoy: “Como el Padre me ha amado, así os he amado yo… Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos…”. Palabras que abrasan el alma y que fueron, y son, una realidad viva y gozosa; palabras que resuenan ahora con la misma fuerza de la vez primera que se pronunciaron, con la misma intensidad, con la misma urgencia. Pablo expresa con vigor esa incidencia del amor de Dios en el alma y exclama: La caridad de Cristo nos urge. Sí, también a ti y a mí nos urge con su impulso arrollador el amor divino.

Pero el amor es cosa de dos. Dios nos ama con toda la grandeza infinita de su corazón. Sin embargo, el hombre puede quedarse insensible al requerimiento divino, puede decir que no, o lo que es peor puede responder que sí a medias, sin que esas palabras de correspondencia pasen de sus labios, sin decir que sí con el corazón, con las obras. Jesús nos pone sobreaviso: “Permaneced en mi amor. Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; lo mismo que yo he guardado los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Está claro, no basta decir que se ama a Dios, hay que demostrarlo con una vida coherente y fiel al querer divino.

La Pascua es el tiempo de la alegría, es tiempo de fiesta, es alborozo del espíritu. El Señor nos conoce, sabe cuánto añoramos la dicha íntima y verdadera. Para que la alcancemos nos ha prescrito, como un mandato nuevo, el mandamiento del amor: “Os he hablado de esto para que mi alegría esté en vosotros, y vuestra alegría llegue a plenitud”. Este es el resultado de una fidelidad exquisita al Señor: una felicidad honda, la alegría inefable del mismo Dios, el gozo llevado hasta el culmen de su plenitud. Alégrate, hermano mío, alégrate. Surge de nuevo de tu vida muerta, di que sí al Señor que te habla de amor y recobra la dicha y la paz suprema.

Antonio García Moreno