Vísperas – San Juan de Ávila

VÍSPERAS

SAN JUAN DE ÁVILA, presbítero y doctor

 

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cantemos al Señor con alegría
unidos a la voz del pastor santo;
demos gracias a Dios, que es luz y guía,
solícito pastor de su rebaño.

Es su voz y su amor el que nos llama
en la voz del pastor que él ha elegido,
es su amor infinito el que nos ama
en la entrega y amor de este otro cristo.

Conociendo en la fe su fiel presencia,
hambrientos de verdad y luz divina,
sigamos al pastor que es providencia
de pastos abundantes que son vida.

Apacienta, Señor, guarda a tus hijos,
manda siempre a tu mies trabajadores;
cada aurora, a la puerta del aprisco,
nos aguarde el amor de tus pastores. Amén.

SALMO 14

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios. Aleluya.

Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda
y habitar en tu monte santo?

El que procede honradamente
y práctica la justicia,
el que tiene intenciones leales
y no calumnia con su lengua.

el que no hace mal a su prójimo
ni difama al vecino,
el que considera despreciable al impío
y honra a los que temen al Señor,

el que no retracta lo que juró
aún en daño propio,
el que no presta dinero a usura
ni acepta soborno contra el inocente.

El que así obra nunca fallará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Soy ministro del Evangelio por el don de la gracia de Dios. Aleluya.

SALMO 111

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amor ha puesto al frente de su servidumbre. Aleluya.

Dichoso quien teme al Señor
y ama de corazón sus mandatos.
Su linaje será poderoso en la tierra,
la descendencia del justo será bendita.

En su casa habrá riquezas y abundancia,
su caridad es constante, sin falta.
En las tinieblas brilla como una luz
el que es justo, clemente y compasivo.

Dichoso el que se apiada y presta,
y administra rectamente sus asuntos.
El justo jamás vacilará,
su recuerdo será perpetuo.

No temerá las malas noticias,
su corazón está firme en el Señor.
Su corazón está seguro, sin temor,
hasta que vea derrotados a sus enemigos.

Reparte limosna a los pobres;
su caridad es constante, sin falta,
y alzará la frente con dignidad.

El malvado, al verlo, se irritará,
rechinará los dientes hasta consumirse.
La ambición del malvado fracasará.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amor ha puesto al frente de su servidumbre. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Aleluya.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mis ovejas escucharán mi voz, y habrá un solo rebaño, un solo Pastor. Aleluya.

LECTURA: 1P 5, 1-4

A los presbíteros en esa comunidad, yo, presbítero como ellos, testigo de los sufrimientos de Cristo y partícipe de la gloria que va a manifestarse, os exhorto: Sed pastores del rebaño de Dios que tenéis a vuestro cargo, gobernándolo no a la fuerza, sino de buena gana, como Dios quiere; no por sórdida ganancia, sino con generosidad; no como déspotas sobre la heredad de Dios, sino convirtiéndoos en modelos del rebaño. Y cuando aparezca el supremo Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita.

RESPONSORIO BREVE

R/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo. Aleluya, aleluya.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo. Aleluya, aleluya.

R/ El que entregó su vida por sus hermanos.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Éste es el que ama a sus hermanos, el que ora mucho por su pueblo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que le reparta la ración a sus horas. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Éste es el criado fiel y solícito a quien el amo ha puesto al frente de su servidumbre para que le reparta la ración a sus horas. Aleluya.

PRECES

Glorifiquemos a Cristo, constituido pontífice a favor de los hombres, en lo que se refiere a Dios, y supliquémosle humildemente diciendo:

Salva a tu pueblo, Señor.

Tú que, por medio de pastores santos y eximios, has hecho resplandecer de modo admirable a tu Iglesia,
— haz que los cristianos se alegren siempre de ese resplandor.

Tú que, cuando los santos pastores te suplicaban, con Moisés, perdonaste los pecados del pueblo,
— santifica, por su intercesión, a tu Iglesia con una purificación continua.

Tú que, en medio de los fieles, consagraste a los santos pastores y, por tu Espíritu, los dirigiste,
— llena del Espíritu Santo a todos los que rigen a tu pueblo.

Tú que fuiste el lote y la heredad de los santos pastores
— no permitas que ninguno de los que fueron adquiridos por tu sangre esté alejado de ti.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que, por medio de los pastores de la Iglesia, das la vida eterna a tus ovejas para que nadie las arrebate de tu mano,
— salva a los difuntos, por quienes entregaste tu vida.

Unidos fraternalmente como hermanos de una misma familia, invoquemos al Padre común:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que hiciste de san Juan de Ávila un maestro ejemplar para tu pueblo por la santidad de su vida y por su celo apostólico, haz que también en nuestros días crezca la Iglesia en santidad por el celo ejemplar de tus ministros. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes VI de Pascua

1.- Oración introductoria.

Señor, hoy no quiero pedirte cosas materiales, ni siquiera cosas buenas, sino te pido que me envíes el Espíritu Santo. Él es el supremo bien. Una de las lagunas que ha tenido la Iglesia Católica en Occidente ha sido la poca devoción al Espíritu Santo. Hoy hay un bello despertar en la Iglesia  y yo, Señor, te pido  que esta Iglesia de Jesús  se llene de tu Espíritu y, como decía el Papa San Juan Pablo II, “pueda respirar con los dos pulmones”.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 15,26-16,4

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Cuando venga el Paráclito, que yo os enviaré de junto al Padre, el Espíritu de la verdad, que procede del Padre, Él dará testimonio de mí. Pero también vosotros daréis testimonio, porque estáis conmigo desde el principio. Os he dicho esto para que no os escandalicéis. Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho.

3.- Qué dice la Palabra de Dios.

Meditación-reflexión

Jesús nos promete el Espíritu Santo como el Espíritu de la verdad. Hay muchos cristianos, incluidos sacerdotes y religiosos,  que van en busca de “verdades”. A ver qué dice el último libro, la última revista religiosa.  A veces nos pasa que somos “esclavos de las verdades” pero no somos “señores de la Verdad”. Sólo el Espíritu Santo nos lleva a la verdad completa. Sin el Espíritu de Jesús podemos vivir verdades fragmentadas, pero no la verdad en plenitud. Hay una frase hermosa de San Bernardo:”La contemplación es el modo de enseñorearnos de la verdad sin dudas”. El leer libros sobre la Eucaristía no me quita las dudas sobre la presencia sacramental. El adorar al Señor en la Eucaristía, el celebrar con fe y devoción la Santa Misa, el caer de rodillas ante este Sacrosanto Misterio, me hace tener experiencias de Dios que están por encima de la razón. Santa Teresita del Niño Jesús nos habla de una presencia envolvente de Jesús después de comulgar. “Se abandonaba a la invasión del amor infinito para que, desde ella, se desbordase sobre el mundo”. Esta es la mejor manera de defendernos de aquellos que convierten el culto a Dios en un culto asesino.

“Llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios”

No puede haber mayor deshumanización en nombre de Dios. Las guerras de religión son las más injustas y crueles.

Palabra del Papa

“El Espíritu Santo, entonces, como promete Jesús, nos guía «en toda la verdad»; nos lleva no solo al encuentro con Jesús, plenitud de la Verdad, sino que nos guía «en» la Verdad, es decir, nos hace entrar en una comunión siempre más profunda con Jesús, dándonos la inteligencia de las cosas de Dios. Y esta no la podemos alcanzar con nuestras fuerzas. Si Dios no nos ilumina interiormente, nuestro ser cristianos será superficial. La Tradición de la Iglesia afirma que el Espíritu de la verdad actúa en nuestros corazones, suscitando aquel «sentido de la fe» (sensus fidei), a través del cual, como afirma el Concilio Vaticano II, el Pueblo de Dios, bajo la guía del Magisterio, indefectiblemente se adhiere a la fe transmitida, la profundiza con un juicio recto y la aplica más plenamente en la vida. Podemos  preguntarnos: ¿estoy abierto a la acción del Espíritu Santo, le pido para que me ilumine, y me haga más sensible a las cosas de Dios? ¿Cuántos de ustedes rezan cada día al Espíritu Santo?» (Homilía de S.S. Francisco, 15 de mayo de 2013).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Silencio)

5.- Propósito. Pasaré quince minutos en silencio después de comulgar.

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, no quiero finalizar mi oración sin darte gracias por tantas luces que me das en este momento de silencio con tu Palabra. Te pido que me ayudes a llevar a la práctica estas bellas enseñanzas. Que sea el Espíritu Santo el que profundice en mí las palabras del Evangelio hasta convertirlas en sangre de mi sangre y vida de mi vida.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Salieron a proclamar por todas partes

Jesús acaba su vida terrena y vuelve al Padre. Es la fe que profesamos cada domingo: subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre.

Estar junto al Padre es estar en el amor del Padre. Desde el día de la Ascensión, los seguidores de Jesús conocemos que nuestra meta final es estar donde está Jesús, con el Padre.

Celebrar la fiesta de la ascensión del Señor es celebrar que Jesús ha adquirido la plenitud más allá de las posibilidades humanas: en Dios. Es creer que Jesús hombre como nosotros, ha entrado en la vida íntima de Dios, es partícipe de su divinidad. Es celebrar que está en el cielo, es decir que tiene un lugar en el corazón de Dios, en una existencia nueva, plena y feliz. Que tiene a Dios en plenitud y vive su amor.

La ascensión de Jesús no es sólo su triunfo; es también el nuestro, porque sube con nuestra carne. Por eso, en esta fiesta celebramos el triunfo de la vida sobre la muerte, del amor sobre el odio; el triunfo de todo lo que nos eleva como seres humanos, sobre lo que nos deshumaniza. Es la fiesta de la superación humana, el triunfo de todo lo positivo.

Es celebrar que nuestra meta es: el cielo. Dios es el cielo.

No te conformes con los horizontes estrechos de este mundo; tú aspira a un amor sin egoísmos ni ambigüedades, aspira a una vida plena en la que se realicen todos los sueños humanos de felicidad, vida, amor y armonía. Aspira al cielo. Pero, sin olvidarte, que el único camino que tenemos para ir al cielo es la tierra.

¿Quieres anunciar esta buena noticia? anúnciala con obras que hagan creíble el evangelio.

Obras que quiten los demonios del individualismo, el egoísmo, la injusticia; obras que liberen de ideologías endemoniadas y pobrezas que deshumanizan (la ideología siempre, a la larga, «es una realidad destructora de la dignidad humana»).

Anuncia el Evangelio con obras que den cuenta de que a ti no te envenena el odio y el insulto que nos rodea cada día; ni te envenena el pesimismo y el desencanto de esta sociedad.

Con el nuevo lenguaje del amor; no te hará daño la violencia, la prepotencia de los poderosos, que envenena la convivencia de la relación entre las personas.

Tomarás en tus manos: las serpientes de la mentira, el soborno, la corrupción, la murmuración, que causa estragos en las relaciones humanas.

Sentirás que, el Evangelio proclamado, tiene «poderes mesiánicos» liberadores, y el Señor  actuará con nosotros para destruir lo que amenaza y mata la vida.

En la victoria de Cristo estamos marcados por el Aleluya pascual, por la música de la esperanza, por la vida buena y santa. Por eso:

Asciende en humanidad, libertad, madurez, plenitud humana, compromiso comunitario. No te quedes ahí plantado, levántate y asciende en fe y amor. Asciende acompañado por los más débiles.

Sólo ascenderás si sabes que estás abajo. El bautismo te hará ascender más allá de tus posibilidades humanas. ASCIENDE COMO HIJO DE DIOS.

Señor Jesús aumenta nuestra fe en ti que estás en la casa del Padre y Te quedaste también con nosotros en el pan, en los hermanos, en el gozo, en la risa abierta, en todo corazón que ama y espera, en estas vidas nuestras que cada día ascienden a tu lado. Amén.

Fr. Isidoro Crespo Ganuza O.P.

Comentario – Lunes VI de Pascua

(Jn 15, 26 – 16, 4)

Jesús promete a sus discípulos que cuando llegue a la presencia del Padre enviará al Paráclito, el Espíritu Santo: “El Paráclito que yo les enviaré de parte del Padre dará testimonio de mí” (15, 26). ¿Qué significado tiene este “testimonio”?

El Espíritu Santo da testimonio de Cristo en nuestro interior, porque los discípulos deben soportar la persecución, el rechazo del mundo, y para mantenerse firmes en la prueba necesitan de la fortaleza interior que sólo el Espíritu Santo puede dar. El Espíritu hace presente el amor de Jesús y el recuerdo de sus palabras en el corazón de los discípulos, cuando todo el mundo está proclamando un mensaje diferente.

Cuando la fe sea puesta a prueba, el Espíritu Santo defenderá a Cristo, luchará a su favor dentro de nuestro propio corazón, para que nos aferremos a su amor y no nos dejemos seducir por los atractivos del mundo que quieren ocupar el primer lugar en nuestros deseos y en nuestros planes.

Pero más que pensar que el Espíritu Santo da argumentos en favor de Cristo, hay que pensar en la vida sobrenatural que él comunica a los creyentes, vida que es paz y alegría, fortaleza y valentía; y esa vida es Cristo mismo resucitado viviendo en el creyente.

Con esa vida interior, el creyente puede atreverse a dar testimonio de Cristo en medio del mundo adverso, sin avergonzarse de su fe en Jesús: “Ustedes también darán testimonio de mí” (15, 27).

 

Oración:

“Espíritu Santo, dame el gozo de reconocer a Cristo en mi interior, para que su amor y su hermosura me deslumbren, y pueda comprender de verdad que las ofertas del mundo son nada a su lado, para que pueda serle fiel en medio de la tentación”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Múltiples conexiones entre la buena nueva de Cristo y la cultura

58. Múltiples son los vínculos que existen entre el mensaje de salvación y la cultura humana. Dios, en efecto, al revelarse a su pueblo hasta la plena manifestación de sí mismo en el Hijo encarnado, habló según los tipos de cultura propios de cada época.

De igual manera, la Iglesia, al vivir durante el transcurso de la historia en variedad de circunstancias, ha empleado los hallazgos de las diversas culturas para difundir y explicar el mensaje de Cristo en su predicación a todas las gentes, para investigarlo y comprenderlo con mayor profundidad, para expresarlo mejor en la celebración litúrgica y en la vida de la multiforme comunidad de los fieles.

Pero al mismo tiempo, la Iglesia, enviada a todos los pueblos sin distinción de épocas y regiones, no está ligada de manera exclusiva e indisoluble a raza o nación alguna, a algún sistema particular de vida, a costumbre alguna antigua o reciente. Fiel a su propia tradición y consciente a la vez de la universalidad de su misión, puede entrar en comunión con las diversas formas de cultura; comunión que enriquece al mismo tiempo a la propia Iglesia y las diferentes culturas.

La buena nueva de Cristo renueva constantemente la vida y la cultura del hombre, caído, combate y elimina los errores y males que provienen de la seducción permanente del pecado. Purifica y eleva incesantemente la moral de los pueblos. Con las riquezas de lo alto fecunda como desde sus entrañas las cualidades espirituales y las tradiciones de cada pueblo y de cada edad, las consolida, perfecciona y restaura en Cristo. Así, la Iglesia, cumpliendo su misión propia, contribuye, por lo mismo, a la cultura humana y la impulsa, y con su actividad, incluida la litúrgica, educa al hombre en la libertad interior.

Homilía – Domingo de la Ascensión

1

La Ascensión, complemento y desarrollo de la Pascua

No en otras regiones de la Iglesia, pero sí entre nosotros, la Conferencia de los Obispos ha decidido que la solemnidad de la Ascensión se celebre en el domingo séptimo de Pascua, y no, como hasta hace poco, en el jueves anterior. Ambas opciones son buenas. No era lo principal el respetar la cronología exacta que parece presentar Lucas (cuarenta días después de la resurrección) para celebrar este misterio de la Ascensión, que forma una unidad con el de la resurrección del Señor. También tiene muy buen sentido que lo celebremos este domingo dentro de la Pascua, y precisamente el anterior al envío del Espíritu.

La Ascensión es como el desarrollo del acontecimiento de la Pascua, su plenitud, que todavía “madurará” más con el envío del Espíritu. Pascua, Ascensión y Pentecostés no son unos hechos aislados, sucesivos, que conmemoramos con la oportuna fiesta anual. Son un único y dinámico movimiento de salvación que ha sucedido en Cristo, nuestra Cabeza, y que se nos va comunicando en la celebración pascual de cada año. Se pueden leer con provecho los números que el Catecismo dedica a la Ascensión del Señor: CCE 659-667.

 

Hechos 1, 1-11. Lo vieron levantarse

Hoy escuchamos dos veces el relato de la Ascensión. Primero, en boca de Lucas, que lo cuenta al inicio del libro de los Hechos. Y en el evangelio de Marcos, que es el evangelista de este ciclo B, en su último capítulo, con las consignas de despedida de Jesús. Podríamos decir que la Ascensión es “punto de llegada” de la misión de Jesús (el evangelio) y “punto de partida” de la misión de la Iglesia (el libro de los Hechos).

En los Hechos dice Lucas que Jesús estuvo cuarenta días hablando con sus discípulos del Reino de Dios y prometiéndoles su Espíritu. Entonces “le vieron levantarse hasta que una nube se lo quitó de la vista”. Unos ángeles les aseguraron que el mismo Señor volvería al final de los tiempos.

El salmo 46 no puede ser más adecuado para hoy. Invita a los pueblos a batir palmas porque “Dios asciende entre aclamaciones; el Señor, al son de trompetas”. El salmista lo decía de Yahvé, con ocasión de alguna victoria. Nosotros lo cantamos confesando nuestra fe en la victoria de Cristo Jesús.

 

Efesios 1, 17-23. Lo sentó a su derecha en el cielo

Pablo, en su carta a la comunidad de Éfeso (actual Turquía), les desea que sepan comprender en profundidad el misterio de Cristo y la “extraordinaria grandeza del poder” que desplegó Dios en su Hijo, “resucitándolo de entre los muertos y sentándolo a su derecha en el cielo”. Cristo es ahora Cabeza y plenitud de la Iglesia y del cosmos entero.

El pasaje está ciertamente bien elegido para la solemnidad que celebramos: es el himno cristológico, el cántico de alabanza a Dios con el que da comienzo la carta de Pablo a los Efesios.

(o bien) Efesios 4, 1-13. A la medida de Cristo en su plenitud

En este ciclo B se puede elegir este otro pasaje de Efesios, como segunda lectura. Pablo nos presenta un programa denso de vida cristiana: una conducta amable con todos, manteniendo la unidad porque uno solo es nuestro Padre, uno solo nuestro Señor y uno solo el Espíritu para todos. Y  dentro de la comunidad hay diversidad de ministerios “para la edificación del cuerpo de Cristo”. Hasta que lleguemos “al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud”.

Si se ha elegido este pasaje es porque basa esos dones diferentes que Cristo ha dado a su comunidad en que antes él subió a los cielos: “subió a lo alto llevando cautivos y dio dones a los hombres” (por tanto, no habría que elegir la versión breve de esta lectura, que suprime precisamente esa alusión a la Ascensión).

 

Marcos 16, 15-20. Subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios

Al final de su evangelio, Marcos nos cuenta el último encuentro del Resucitado con sus discípulos, en el que les encomienda su mandato misionero: “id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. De un modo muy escueto -como es el estilo de Marcos- describe la Ascensión: “el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios”.

 

2

El triunfo de Jesús

La comunidad cristiana se alegra con el triunfo de su Señor y Cabeza. Jesús es glorificado. Ha cumplido su misión y ahora ha alcanzado la plenitud, también en cuanto Hombre, junto al Padre. El Catecismo describe así el misterio: la Ascensión significa que Jesús “participa en su humanidad en el poder y la autoridad del mismo Dios” (CCE 668) y que se ha convertido en Señor del cosmos, de la historia y de la Iglesia.

“Subir”, o la “Ascensión”, supone una concepción no histórico-geográfica de la localización del cielo con respecto a la tierra, sino un símbolo de la glorificación plena del Señor Resucitado. También lo decimos en el Credo:

“subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios”. Celebramos el triunfo de Cristo Jesús, a la derecha del Padre -el que está a la derecha del que preside es el que ocupa después de él el puesto de honor-, constituido Juez, Señor y Mediador universal.

Ahora podemos entender mejor, desde la Pascua cumplida, el misterio de Jesús. Podemos admirar, como quiere Pablo, “la fuerza poderosa que ha desplegado el Padre resucitando a Jesús” y constituyéndolo superior a todo. Podemos hacer nuestras las expresiones de entusiasmo del prefacio, en el que damos gracias a Dios “porque Jesús el Señor, el rey de la gloria, vencedor del pecado y de la muerte, ha ascendido hoy ante el asombro de los ángeles a lo más alto del cielo, como mediador entre Dios y los hombres, como juez de vivos y muertos”.

Nunca abarcaremos del todo la profundidad del misterio de Cristo. Pero tenemos en esta Pascua, ahora completada por la Ascensión, y el domingo que viene por la venida del Espíritu, motivos abundantes de alegría y fiesta, y también para dar sentido y motivación a nuestra vida de seguimiento de ese Cristo Jesús que ha triunfado y que nos comunicará a su debido tiempo su mismo destino a nosotros: “ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino” (prefacio I).

 

Comienza la misión de la Iglesia

El triunfo de Jesús es a la vez el inicio de la misión por parte de su comunidad a través de los siglos. La comunidad no se queda “mirando al cielo”, sino que baja a la ciudad, por encargo de los ángeles. Quedarse mirando al cielo es más cómodo. Como lo era para Pedro y sus compañeros levantar tres tiendas y quedarse en la luz del monte Tabor. Pero la tarea está en “el valle”, en la vida de cada día.

La Ascensión es para Jesús el punto de llegada triunfal. Para su comunidad, el punto de partida, el comienzo de su camino misionero desde Galilea y Jerusalén hasta los confines del mundo. Como Jesús fue el auténtico testigo de Dios en su vida terrena, ahora lo debe ser su comunidad, hasta el final de los siglos.

Esta misión parece un paralelo de la que recibió Abrahán, partiendo de su ciudad a un destino para él entonces desconocido. La promesa que al patriarca se le hizo, de que todas las naciones serían bendecidas en él, sólo se ve que se cumpla ahora, con la comunidad del Resucitado enviada a todo el mundo: “id al mundo entero y proclamad el Evangelio a toda la creación”. En efecto, los discípulos “se fueron a pregonar el Evangelio por todas partes”.

El encargo no es nada fácil, como se sigue demostrando en la historia pasada y en la presente. Los cristianos somos testigos de Cristo en el mundo y se nos encomienda la tarea de a) la evangelización, predicando la Buena Noticia, convenciendo a las personas de cada generación de que se agreguen al grupo de seguidores de Jesús, b) la celebración de los sacramentos, comenzando por el Bautismo, y c) la construcción de un mundo mejor, enseñando a los demás, sobre todo con nuestro propio ejemplo, a guardar el estilo de vida que nos enseñó Jesús.

En rigor, el libro de los Hechos no tiene último capítulo: lo tendrá al final de los tiempos, cuando concluya la misión de la comunidad del Señor.

 

Con una doble presencia y garantía

Eso sí, hay una doble garantía para que una comunidad débil como la nuestra pueda realizar esa misión.

Ante todo, la presencia y la ayuda del mismo Señor Resucitado, que “cooperaba confirmando la palabra con las señales que los acompañaban”, cumpliendo la promesa que les había hecho de que estaría con ellos “todos los días hasta el fin del mundo” (antífona de comunión, tomada del evangelio de Mateo), porque, como dice el prefacio I de la Ascensión, “no se ha ido para desentenderse de este mundo”.

La Ascensión no es anuncio de una “ausencia”, sino de una “presencia misteriosa e invisible”, más real incluso que la física o geográfica que tenía Jesús antes de su Pascua. Estará presente a su comunidad todos los días, hasta el fin del mundo. Si el evangelio daba comienzo con el anuncio del “Dios-con-nosotros”, el Emmanuel y Mesías, ahora termina con el “yo- estoy-con-vosotros” del Resucitado, que se extiende “todos los días, hasta el fin del mundo”.

Además, hay otro protagonista, también invisible, que acompaña esta tarea de la Iglesia: el Espíritu, a quien Jesús ha prometido enviar a su comunidad.

Las últimas palabras, según el libro de los Hechos, antes de ser elevado al cielo, fueron: “cuando el Espíritu Santo descienda sobre vosotros, recibiréis fuerza para ser mis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaría y hasta los confines del mundo”. Un prefacio de la Ascensión afirma que Jesús “ahora intercede por nosotros, como mediador que asegura la perenne efusión del Espíritu” (prefacio III).

 

Con alegría y esperanza

Lo importante es que cada uno de nosotros, miembros de la comunidad de Jesús y del Espíritu, realicemos esa misión, en medio de circunstancias favorables o desfavorables, en el ambiente familiar y en el profesional, con alegría y esperanza.

Con alegría, “porque la ascensión de Jesucristo es ya nuestra victoria” (oración), y porque el misterio del Cristo Resucitado ha dignificado nuestra naturaleza humana, dándole sus mejores valores: “fue elevado al cielo para hacernos compartir su divinidad” (prefacio II), y en Cristo “nuestra naturaleza humana ha sido tan extraordinariamente enaltecida que participa de tu misma gloria” (poscomunión). El triunfo de Jesús es nuestro mejor motivo de alegría.

Con esperanza, porque la fiesta de la Ascensión nos invita también a mirar hacia delante “y donde nos ha precedido él, que es nuestra Cabeza, esperamos llegar también nosotros como miembros de su cuerpo” (oración). No nos ha abandonado, “sino que ha querido precedernos como cabeza nuestra para que nosotros, miembros de su Cuerpo, vivamos con la ardiente esperanza de seguirlo en su reino” (prefacio). En la oración sobre las ofrendas pedimos a Dios “que la participación en este misterio eleve nuestro espíritu a los bienes del cielo”. Pablo quiere, en su carta, que los cristianos de Éfeso, junto al misterio de Cristo, entiendan también “cuál es la esperanza a la que os llama”.

Hoy es la fiesta de la esperanza. Es verdad que el compromiso de ser testigos de Cristo en el mundo es exigente y muchas veces comporta dificultades. Es más cómodo seguir las propuestas de este mundo. Pero debe prevalecer la fidelidad a Cristo y, si surgen dificultades, la esperanza. Todos estamos incluidos en el triunfo de Cristo, aunque todavía nos queda camino por recorrer. La Virgen Madre sí, ya terminó su camino, y es la “asunta”, incorporada al triunfo de su Hijo. También en esto es ella la “primera cristiana”.

Pablo quiere que comprendamos “cuál es la esperanza a la que nos llama, cuál la riqueza de gloria que da en herencia a los santos”.

En un mundo en que no abunda la esperanza, se nos pide que seamos personas ilusionadas. En medio de un mundo egoísta, que mostremos un amor desinteresado. En un mundo centrado en lo inmediato y lo material, que seamos testigos de los valores que no acaban. Esto lo debemos realizar, no sólo los sacerdotes, los religiosos y los misioneros, sino todos: los padres para con los hijos y los hijos para con los padres, los mayores y los jóvenes, los políticos y escritores cristianos, los maestros y los educadores.

 

En medio, la Eucaristía

Esta comunidad que camina en tensión escatológica, entre la Ascensión y la vuelta definitiva de Jesús, concentra su vivencia de fe en la Eucaristía: “cada vez que coméis… proclamáis la muerte del Señor hasta que vuelva” (1Co 11, 26). En cada Eucaristía recordamos la Pascua primera de Cristo, la que sucedió en Jerusalén hace dos mil años; anticipamos ya la Pascua final, definitiva, al final de la historia; y, mientras tanto, nos alimentamos con su Cuerpo y Sangre, que es el memorial y la presencialización de las dos Pascuas, la pasada y la futura.

En la Eucaristía es donde más concretamente “experimentamos”, desde la fe, la presencia viva del Resucitado: en la comunidad, en el presidente que es su imagen personal, en la proclamación de la Palabra, y sobre todo en la mesa eucarística, en la que participamos del Cuerpo y Sangre de ese Cristo que ha vencido a la muerte y nos comunica cada vez su vida de Resucitado como garantía y prenda de nuestra futura resurrección y vida plena. “El que come mi Carne y bebe mi Sangre tendrá vida eterna: yo le resucitaré el último día”.

Con la consecuencia de que también fuera de la celebración, en la vida de cada día, sabremos descubrir la presencia del Señor, por ejemplo en la persona del prójimo, sobre todo de los que sufren o tienen hambre o están enfermos, para que podamos oír la alentadora palabra final del Juez: “a mí me lo hicisteis”.

El “podéis ir en paz” conclusivo de cada celebración es el envío a la vida, “para que cada uno regrese a sus honestos quehaceres alabando y bendiciendo a Dios” (IGMR 90).

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mc 16, 15-20 (Evangelio Domingo de la Ascensión)

Ascensión y misión

El evangelio de hoy es una especie de síntesis de lo que sucedió a Jesús a partir de la resurrección; síntesis que alguien ha añadido al evangelio de Marcos cuando ya estaba terminado. Esto se reconoce hoy claramente por su estilo, e incluso, por su teología. Habla de la Ascensión según lo que hemos podido escuchar en el texto de los Hechos de los Apóstoles. Pero lo que verdaderamente llama la atención de este evangelio es el encargo de la misión del Resucitado a sus apóstoles para que hagan discípulos en todas las partes del mundo. Se describe esta misión de la misma manera que Jesús la puso en práctica en el mismo evangelio de Marcos. Por tanto, Él es el modelo de nuestra predicación y de nuestros compromisos cristianos. El Reino, ahora, se hace presente cuando sus discípulos se empeñan, como Jesús, en vencer el mal del mundo y en hacer realidad la liberación de todas las situaciones angustiosas de la vida por medio del evangelio.

Ef 4, 1-13 (2ª lectura Domingo de la Ascensión)

Nuestra vocación cristiana

La segunda lectura nos muestra una de las claves de la comunidad cristiana: la unidad en el Espíritu de una misma fe y de una misma esperanza, y consiguientemente del amor. Éste es una pasaje que tiene un cuño bautismal, litúrgico, en el que los nuevos cristianos son instruidos sobre su decisión de recibir el bautismo para formar parte del «cuerpo de Cristo», de la Iglesia, que tiene su fuerza en el Espíritu. La carta nos habla de la vocación a la que hemos sido llamados en la Iglesia, que es uno de los temas dominantes de este escrito del Nuevo Testamento.

La aclamación y doxología de «un solo Señor, una sola fe, un solo bautismo» resuena todavía en nuestros cantos como uno de los textos mejor formulados del cristianismo primitivo. La Iglesia de la que se habla está fundada en Cristo por medio de los apóstoles y profetas  que son ministerios de evangelización. En la Iglesia, pues, hemos recibido el evangelio, en ella hemos conocido al Señor de nuestra vida y en ella debemos vivir la experiencia de la salvación en este mundo.

Hch 1, 1-11 (1ª lectura Domingo de la Ascensión)

La Ascensión

Es la primera lectura de esta fiesta del Señor  la que nos describe ese acontecimiento, casi inexplicable, conocido como la «Ascensión», un término que ha sido entendido como complemento de algo que ocurre en la Resurrección de Jesús; como si durante cuarenta días Jesús resucitado se hubiera entretenido en este mundo. ¿Para qué? En la visión particular de Lucas,  autor de los Hechos, para consolidar la fe de sus discípulos con objeto de dejarlos «entonados» en la misión apostólica que les debería llevar hasta los confines de la tierra  predicando y haciendo discípulos.

En realidad, la Ascensión no es algo distinto de la Resurrección, porque es en la Resurrección donde Jesús recibe el poder y la gloria de Señor del universo. Por lo mismo, la Ascensión, en el libro de los Hechos, viene a significar el final de una etapa de experiencias muy especiales del Señor resucitado: Ahora es el momento de que la Iglesia pueda emprender una nueva tarea  en la que estará guiada por el Espíritu. Por lo mismo, el tiempo litúrgico de la resurrección llega a su fin, como se pone de manifiesto en la fiesta de hoy, aunque eso no significa que el Señor se desentiende de nosotros y de este mundo. La escena de los discípulos que miran hacia el cielo viendo cómo desaparece su Señor  evoca, para Lucas, la necesidad de mirar hacia el mundo, hacia la historia, para cambiarla; porque ese Señor estará ayudando a los suyos mediante su Espíritu  para cuya fiesta nos preparamos ya desde hoy.

Es un texto que también, en una pedagogía muy particular, quiere resaltar una “ruptura” con los suyos, con los que han tenido que rehacer su vida después de los acontecimientos de Pascua, para hacerles comprender el papel que han de desempeñar en este mundo y en esta historia. Si bien es verdad que hablamos de “Ascensión” en términos cristológicos, no podemos olvidar que la Ascensión apunta a la eclesiología de la tarea de predicar y anunciar la salvación a todos los hombres. Bien es verdad que hay una promesa, la ayuda de la fuerza de lo alto  a donde Él se introduce  para llevar adelante este compromiso. Quizás esa sea la razón por la que Lucas se ha visto en la obligación de desdoblar el misterio de la Resurrección y el de la Ascensión con esos “cuarenta” días  que son más un tempo teológico que cronológico. Es un tiempo para llenarse de la fuerza de la Pascua y después, con la ayuda del Espíritu, lanzarse a la misión.

Comentario al evangelio – Lunes VI de Pascua

      Las dos lecturas de hoy nos hablan de evangelizar. La primera nos cuenta cómo empieza a tomar contacto con la gente Pablo en su largo viaje evangelizador. La segunda nos habla del Espíritu que nos dará testimonio de Jesús y hará posible que nosotros demos testimonio también de nuestra fe. Evangelizar es comunicar la buena nueva del Reino, de la vida nueva que se nos regala en Jesús. Esa es la razón de ser de la Iglesia y, en consecuencia, la misión de cada cristiano: comunicar con nuestra vida y con nuestro testimonio la buena nueva de Jesús. 

      Esto me hace recordar a un amigo que había dedicado toda su vida laboral al marketing, a promover las ventas de la empresa en que trabajaba y que resumía su trabajo diciendo que para vender lo más importante es escuchar. Quiero pensar que, cuando Pablo se acercó a aquel lugar en Filipos donde había un lugar de oración y trabó conversación con las mujeres que allí estaban, no empezó a hablar inmediatamente del Evangelio y de Jesús sino que dedicó tiempo a escuchar, a conocer a aquellas mujeres, lo que decían, lo que les preocupaba… 

      Por muy paradójico que nos pueda parecer, quizá el primer testimonio que podemos dar de Jesús es dedicar tiempo a la escucha, a dejar que sea el otro el que nos cuente, nos hable de su vida, de lo que son sus problemas, sus dolores y también sus gozos y sus esperanzas. Por muy paradójico que nos pueda parecer, lo primero no es hablar, no es invadir al otro con nuestras razones, con nuestras ideas, con nuestras creencias sino guardar silencio y abrir los oídos y el corazón para empatizar con el otro, para sentir con él, para dejarle hueco para que hable y se exprese sin estar pensando en cómo interrumpirle para decir eso tan importante que tenemos que decir. 

      Al final, hacer eso no es más que hacer lo que hace el mismo Dios con nosotros, que antes de nada se acercó a nosotros y compartió nuestro pan y nuestro vino, nuestros caminos y nuestras vidas. Se hizo uno de nosotros. No invadió nuestra intimidad sino que se dedicó a escuchar, a comprender, a entender. 

      Que como Pablo seamos capaces de trabar conversión, de acercarnos a todos y escuchar para atender sus necesidades, para echar una mano, como lo haría Dios mismo. Que seamos capaces de atender al Espíritu que, en su silencio, nos da testimonio del Dios que siempre nos escucha, nos cuida y siente con nosotros. 

Fernando Torres, cmf