Vísperas – San Matías

VÍSPERAS

SAN MATÍAS, apóstol

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Benditos son los pies de los que llegan
para anunciar la paz que el mundo espera,
apóstoles de Dios que Cristo envía,
voceros de su voz, grito del Verbo.

De pie en la encrucijada del camino
del hombre peregrino y de los pueblos,
es el fuego de Dios el que los lleva
como cristos vivientes a su encuentro.

Abrid pueblos, la puerta a su llamada,
la verdad y el amor son don que llevan;
no temáis, pecadores, acogedlos,
el perdón y la paz serán su gesto.

Gracias, Señor, que el pan de tu palabra
nos llega por tu amor, pan verdadero,
gracias, Señor, que el pan de vida nueva
nos llega por tu amor, partido y tierno. Amén.

SALMO 115: ACCIÓN DE GRACIAS EN EL TEMPLO

Ant. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas. Aleluya.

Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos.»

¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo,
en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Vosotros sois los que habéis perseverado conmigo en mis pruebas. Aleluya.

SALMO 125: DIOS, ALEGRÍA Y ESPERANZA NUESTRA

Ant. Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Aleluya.

Cuando el Señor cambió la suerte de Sión,
nos parecía soñar:
la boca se nos llenaba de risas,
la lengua de cantares.

Hasta los gentiles decían:
«El Señor ha estado grande con ellos.»
El Señor ha estado grande con nosotros,
y estamos alegres.

Que el Señor cambie nuestra suerte,
como los torrentes del Negueb.
Los que sembraban con lágrimas
cosechan entre cantares.

Al ir, iba llorando,
llevando la semilla;
al volver, vuelve cantando,
trayendo sus gavillas.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo estoy en medio de vosotros como el que sirve. Aleluya.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Ya no os llamo siervos, a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. Aleluya.

LECTURA: Ef 4, 11-13

Cristo ha constituido a unos, apóstoles, a otros, profetas, a otros, evangelizadores, a otros pastores y maestros, para el perfeccionamiento de los santos, en función de su ministerio, y para la edificación del cuerpo de Cristo; hasta que lleguemos todos a la unidad en la fe y en el conocimiento del Hijo de Dios, al hombre perfecto, a la medida de Cristo en su plenitud.

RESPONSORIO BREVE

R/ Contad a los pueblos la gloria del Señor. Aleluya, aleluya.
V/ Contad a los pueblos la gloria del Señor. Aleluya, aleluya.

R/ Sus maravillas a todas las naciones.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Contad a los pueblos la gloria del Señor. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Aleluya.
Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os ha elegido y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y vuestro fruto dure. Aleluya.

PRECES

Hermanos, edificados sobre el cimiento de los apóstoles, oremos al Padre por su pueblo santo, diciendo:

Acuérdate, Señor, de tu Iglesia.

Padre santo, que quisiste que tu Hijo, resucitado de entre los muertos, se manifestara en primer lugar a los apóstoles,
— haz que también nosotros seamos testigos de Cristo hasta los confines del mundo.

Padre santo, que enviaste a tu Hijo al mundo para dar la Buena Noticia a los pobres,
— haz que el evangelio sea proclamado a toda la creación.

Tú que enviaste a tu Hijo a sembrar la semilla de la palabra,
— danos también a nosotros sembrar tu semilla con nuestro trabajo, para que, alegres, demos fruto con nuestra perseverancia.

Tú que enviaste a tu Hijo para que reconciliara el mundo contigo,
— haz que también nosotros cooperemos a la reconciliación de los hombres.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que has sentado a tu Hijo a tu derecha, en el cielo,
— admite a los difuntos en tu reino de felicidad.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que quisiste agregar a san Matías al colegio de los apóstoles, concédenos, por sus ruegos, que podamos alegrarnos de tu predilección al ser contados entre tus elegidos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – San Matías

1.- Oración introductoria.

Señor, sabemos que todos los días no son iguales. Los hay nublos, los hay claros, los hay fríos, los hay calurosos. Lo mismo ocurre con tu palabra. La palabra de hoy es de día de fiesta, es de día de sol sin ocaso. Y el tema no puede ser otro que el tema del amor. Ya sabíamos que nos querías, pero no sabíamos que nos quisieras tanto. Nos llamas amigos, y nos dices que tu amor a nosotros llegó a tal extremo que fuiste capaz de dar la vida para expresar así mejor el amor que nos tenías. Gracias, Señor, por querernos tanto.

2.- Lectura reposada de tu evangelio Juan 15, 12-17

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Este es el mandamiento mío: que os améis los unos a los otros como yo os he amado. Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos. Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando. No os llamo ya siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su amo; a vosotros os he llamado amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre os lo he dado a conocer. No me habéis elegido vosotros a mí, sino que yo os he elegido a vosotros, y os he destinado para que vayáis y deis fruto, y que vuestro fruto permanezca; de modo que todo lo que pidáis al Padre en mi nombre os lo conceda. Lo que os mando es que os améis los unos a los otros.

 3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Qué distinta la piedad de Jesús de la de los judíos de su tiempo. Éstos tenían muchas leyes, muchos preceptos, muchas normas. Jesús sólo tiene una. La Ley del amor. Lo que nos dejó Jesús como testamento y norma suprema es “que nos amemos unos a otros como Él nos ha amado”. Lo que nos distingue como cristianos ni siquiera es el amor sino el amor tal y como lo entendió Jesús. Y Jesús entendió el amor hasta estar dispuesto a dar la vida por las personas que amaba. Lo ideal del cristiano es vivir para amar, vivir desviviéndose por los demás, gastar la vida amando, de modo que la mejor manera de perder el tiempo sea emplearlo en algo que no se pueda reciclar en amor.  En el cristianismo el amor no es un consejo sino un precepto, un mandato. Uno se pregunta: ¿Se puede obligar a amar? Jesús no obliga a nadie a ser cristianos, pero en el momento que uno opta por serlo, ya no es libre para el amor, porque en el momentoque dejo de amar dejo de ser cristiano. Es imposible encontrar a un cristiano sin amor como no es posible encontrar a un ser humano  sin pulso. Lo dice muy bien San Juan; “El que no ama está muerto” (1Jn. 3,14). Y la religión de Jesús no es religión de muertos sino de vivos.

Palabra del Papa

“En el Cenáculo, Jesús resucitado, enviado por el Padre, comunicó su mismo Espíritu a los Apóstoles y con su fuerza los envió a renovar la faz de la tierra. Salir, marchar, no quiere decir olvidar. La Iglesia en salida guarda la memoria de lo que sucedió aquí; el Espíritu Paráclito le recuerda cada palabra, cada gesto, y le revela su sentido…. El Cenáculo nos recuerda la amistad. “Ya no les llamo siervos –dijo Jesús a los Doce- a ustedes les llamo amigos”. El Señor nos hace sus amigos, nos confía la voluntad del Padre y se nos da Él mismo. Ésta es la experiencia más hermosa del cristiano, y especialmente del sacerdote: hacerse amigo del Señor Jesús, y descubrir en su corazón que Él es su amigo.» (Homilía de S.S. Francisco, 26 de mayo de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto. (Guardo silencio).

5.- Propósito. No perder ni un minuto el tiempoEstar pendiente en este día de constatar si cada momento lo he vivido desde el amor.

6.-Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración

Gracias, Dios mío, por tu exigencia en el amor. Tú has ido por delante para que no tengamos excusas. Con tu gracia, se puede vivir en plenitud, se puede vivir con gozo, se puede ser feliz por el hecho de existir si toda la existencia está fundamentada en el amor. Gracias porque me has enseñado a vivir estrujando la vida hasta el final. Qué bien se debe morir diciendo ¡Todo este maravilloso programa de amor lo he intentado cumplir!

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Viernes VI de Pascua

(Jn 16, 20-23)

Jesús quiere vencer la tristeza de los discípulos, que saben que su final está cerca, que presienten el término de su vida compartida.

En realidad no les niega el derecho a llorar cuando el mundo se alegre por su dolor y su aparente fracaso (v. 20). Pero Jesús anuncia que esa tristeza podrá convertirse en alegría. Como cuando la mujer, después del dolor, da a luz un hijo (v. 21), esa alegría inundará el corazón de los discípulos al descubrir que Cristo ha triunfado, ha regresado, y ha penetrado invisible y maravillosamente en su interior: “Volveré a verlos y se les alegrará el corazón. Y nadie les podrá quitar esa alegría” (v. 22).

Pero el ejemplo del parto hace pensar que ese dolor tiene un valor especial. No sólo es algo que hay que tolerar, no es simplemente algo molesto, que no tiene sentido, que no sirve para nada, sino una especie de nuevo nacimiento.

Así como el dolor del parto es necesario para que pueda nacer una vida nueva, del mismo modo el dolor de los discípulos es como una intensa y necesaria purificación que los capacita profundamente para poder descubrir mejor y gozar la presencia interior de Jesús resucitado.

Es un dolor fecundo, que es transfigurado por la acción del Espíritu Santo, y que abre paso a la vida nueva de la resurrección. Por eso el consuelo de Jesús no es decir: “Aguanten, que ya pasa”. Su consuelo más bien es decir: “Acepten ese dolor, porque producirá algo bello que los llenará de alegría”.

Toda purificación, cuando es aceptada, cuando se le vive en unión con el Señor, cuando se convierte en una ofrenda de amor, seguramente dará frutos, producirá una vida nueva y mejor. De hecho, después de pasar por un momento difícil, si uno lo ha vivido en la fe y en el amor, la vida se goza y se valora más que antes.

Oración:

“Señor Jesús, enséñame a aceptar el dolor interior cuando me parece que estás ausente, cuando no siento tu fuerza y tu gozo y me agobian las dificultades y fracasos. Ayúdame a descubrir que, si lo uno a ti, ese dolor producirá vida y alegría”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Acuerdo entre la cultura humana y la educación cristiana

62. Aunque la Iglesia ha contribuido mucho al progreso de la cultura, consta, sin embargo, por experiencia que por causas contingentes no siempre se ve libre de dificultades al compaginar la cultura con la educación cristiana.

Estas dificultades no dañan necesariamente a la vida de fe; por el contrario, pueden estimular la mente a una más cuidadosa y profunda inteligencia de aquélla. Puesto que los más recientes estudios y los nuevos hallazgos de las ciencias, de la historia y de la filosofía suscitan problemas nuevos que traen consigo consecuencias prácticas e incluso reclaman nuevas investigaciones teológicas. Por otra parte, los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época; porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas conservando el mismo sentido y el mismo significado. Hay que reconocer y emplear suficientemente en el trabajo pastoral no sólo los principios teológicos, sino también los descubrimientos de las ciencias profanas, sobre todo en psicología y en sociología, llevando así a los fieles y una más pura y madura vida de fe.

También la literatura y el arte son, a su modo, de gran importancia para la vida de la Iglesia. En efecto, se proponen expresar la naturaleza propia del hombre, sus problemas y sus experiencias en el intento de conocerse mejor a sí mismo y al mundo y de superarse; se esfuerzan por descubrir la situación del hombre en la historia y en el universo, por presentar claramente las miserias y las alegrías de los hombres, sus necesidades y sus recurso, y por bosquejar un mejor porvenir a la humanidad. Así tienen el poder de elevar la vida humana en las múltiples formas que ésta reviste según los tiempos y las regiones.

Por tanto, hay que esforzarse para los artistas se sientan comprendidos por la Iglesia en sus actividades y, gozando de una ordenada libertad, establezcan contactos más fáciles con la comunidad cristiana. También las nuevas formas artísticas, que convienen a nuestros contemporáneos según la índole de cada nación o región, sean reconocidas por la Iglesia. Recíbanse en el santuario, cuando elevan la mente a Dios, con expresiones acomodadas y conforme a las exigencias de la liturgia.

De esta forma, el conocimiento de Dios se manifiesta mejor y la predicación del Evangelio resulta más transparente a la inteligencia humana y aparece como embebida en las condiciones de su vida.

Vivan los fieles en muy estrecha unión con los demás hombres de su tiempo y esfuércense por comprender su manera de pensar y de sentir, cuya expresión es la cultura. Compaginen los conocimientos de las nuevas ciencias y doctrinas y de los más recientes descubrimientos con la moral cristiana y con la enseñanza de la doctrina cristiana, para que la cultura religiosa y la rectitud de espíritu de las ciencias y de los diarios progresos de la técnica; así se capacitarán para examinar e interpretar todas las cosas con íntegro sentido cristiano.

Los que se dedican a las ciencias teológicas en los seminarios y universidades, empéñense en colaborar con los hombres versados en las otras materias, poniendo en común sus energías y puntos de vista. la investigación teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitar a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un más pleno conocimiento de la fe. Esta colaboración será muy provechosa para la formación de los ministros sagrados, quienes podrán presentar a nuestros contemporáneos la doctrina de la Iglesia acerca de Dios, del hombre y del mundo, de forma más adaptada al hombre contemporáneo y a la vez más gustosamente aceptable por parte de ellos. Más aún, es de desear que numerosos laicos reciban una buena formación en las ciencias sagradas, y que no pocos de ellos se dediquen ex profeso a estos estudios y profundicen en ellos. Pero para que puedan llevar a buen término su tarea debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer humilde y valerosamente su manera de ver en los ampos que son de su competencia.

Misa del domingo

Antes de ascender al Cielo, el Señor Resucitado manda a sus Apóstoles que permanezcan en Jerusalén para aguardar el Don del Espíritu, prometido por el Padre. Por Él recibirán “el poder de lo Alto” para ser sus testigos «en toda Judea, en Samaria y hasta los confines del mundo» (1ª. lectura). La reconciliación obtenida por el Señor Jesús no es ya solamente para los hijos de Israel, sino que tiene un alcance universal: es para todos los hombres de todos los tiempos y culturas.

El mandato explícito y misión de ir al mundo entero y proclamar el Evangelio a todas las naciones es una tarea que no podrán realizar con sus solas fuerzas, sino sólo con la fuerza del Espíritu divino. El Espíritu del Señor es el que enciende los corazones en el fuego del divino amor y los lanza al anuncio audaz, decidido, valiente. La evangelización, en ese sentido, tendrá como protagonista al Espíritu Santo que actúa en aquellos que humilde y decididamente cooperan con Él prestándole sus mentes, sus corazones y sus labios. Con la fuerza de lo Alto, los Apóstoles podrán encender otros corazones con ese mismo fuego de amor. El Espíritu Santo anima y conduce a la Iglesia en la tarea evangelizadora a lo largo de los siglos, hasta que el Señor vuelva en su gloria.

En la Ascensión misma contemplamos al Señor resucitado que victoriosamente asciende al Cielo. ¿Quién asciende al Cielo, sino Aquel que antes ha bajado del Cielo? El misterio de la Ascensión hay que verlo como la culminación de un proceso kenótico-ascensional, es decir, un proceso mediante el cual el Hijo de Dios “se abaja” al asumir nuestra naturaleza humana para luego “elevarse” nuevamente al Padre con un cuerpo resucitado y glorificado (ver Flp 2 ,6-11). Todos los misterios del Verbo Eterno que siendo Dios se hace hombre en las entrañas de María Inmaculada, están unidos entre sí, desde la kénosis o abajamiento de la Encarnación, pasando por los acontecimientos dramáticos del Viernes Santo, hasta el júbilo del Primer Día de la Semana, la Pascua del Señor, la Resurrección y finalmente la Ascensión.

La Ascensión al Cielo constituye el fin de la peregrinación del Verbo Encarnado en este mundo. La presencia visible del Señor Jesús «termina con la entrada irreversible de su humanidad en la gloria divina simbolizada por la nube y por el Cielo» (Catecismo de la Iglesia Católica, 659). La Ascensión, por la que el Señor «deja el mundo y va al Padre» (ver Jn 16, 28), se integra en el misterio de la Encarnación, y es su momento conclusivo.

Aquel que se ha abajado se eleva a los Cielos llevando consigo una multitud de redimidos. Por ello la Ascensión es una fiesta de esperanza para toda la humanidad. Celebrar la Ascensión del Señor resucitado es confesar que Él es verdaderamente el Camino, la Verdad y la Vida que conducen al Padre (ver Jn 14, 6), es repetir en el corazón alborozado que realmente vale la pena ser persona humana pues Dios, habiéndose hecho hombre, reconciliándonos por su muerte en Cruz, resucitando al tercer día y realizando una nueva Creación mediante el don de su Espíritu, por su Ascensión nos ha abierto finalmente el camino ascensional que conduce a la plena realización humana en participación de la Comunión Divina de Amor.

He allí la esperanza a la que todo ser humano ha sido llamado por Dios, la riqueza de la gloria que otorga en herencia a los santos (2ª. lectura). El Señor Jesús, como primicia, como Cabeza de la Iglesia cuyos miembros somos nosotros, ha ascendido a la derecha del Padre para prepararnos un lugar (ver Jn 14, 2-3). Hacia allí donde el Señor Resucitado ha ascendido, se dirige también todo aquel que hace de Cristo su Camino, la Verdad que ilumina sus pasos, la Vida de la que se nutre y que al mismo tiempo es la meta final de su terreno peregrinar (ver Jn 5, 24; 6, 40).

Luego de su Ascensión los Apóstoles se volvieron a Jerusalén en espera del acontecimiento anunciado y prometido. En el Cenáculo, unidos en común oración en torno a María, la Madre de Jesús (ver Hech 1, 13-14), los discípulos preparan sus corazones aguardando la Promesa del Padre. En los Hechos de los Apóstoles San Lucas relata la vida y acción evangelizadora de la Iglesia primitiva a partir de la Ascensión. Este acontecimiento, junto con el don del Espíritu Santo el día de Pentecostés, marca el inicio del despliegue de la misión evangelizadora de la Iglesia.

San Pablo es llamado por el Señor a sumarse a aquellos Apóstoles que cumplen fielmente la misión confiada a ellos por el Señor. El “Apóstol de los Gentiles” escribe a los efesios de Aquel a quien el Padre, luego de resucitarlo de entre los muertos, ha «sentado a su diestra en los Cielos», sometiendo todas las cosas bajo sus pies y constituyéndole «Cabeza suprema de la Iglesia, que es su Cuerpo» (2ª. lectura).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

Contemplamos a Cristo, el Señor resucitado, que victoriosamente asciende al Cielo. Al contemplarlo nuestros ojos se dirigen con firme esperanza hacia ese destino glorioso que Dios por y en su Hijo nos ha prometido también a cada uno de nosotros: la participación en la vida divina, en la comunión de Dios-Amor, por toda la eternidad (ver 2Pe 1, 4; Ef 1, 17ss).

Mas al contemplar nuestro destino glorioso no podemos menospreciar nuestra condición de viadores. Mientras estemos en este mundo, hay camino por recorrer. Por tanto, tampoco nosotros podemos quedarnos «allí parados mirando al cielo» (Hech 1, 11), sino que hemos de “bajar del monte” y “volver a la ciudad” (ver Hech 1, 12), volver a la vida cotidiana con todos sus quehaceres, con toda la a veces pesada carga de preocupaciones diarias. Sin embargo, aunque hemos de sumergirnos nuevamente en las diversas actividades y preocupaciones de cada día, tampoco podemos perder de vista nuestro destino eterno, no podemos dejar de dirigir nuestra mirada interior al Cielo.

Así hemos de vivir día a día este dinamismo: sin dejar de mirar siempre hacia allí donde Cristo está glorioso, con la esperanza firme y el ardiente anhelo de poder participar un día de su misma gloria junto con todos los santos, hemos de vivir intensamente la vida cotidiana como Cristo nos ha enseñado, buscando en cada momento impregnar con la fuerza del Evangelio nuestras propias actitudes, pensamientos, opciones y modos de vida, así como las diversas realidades humanas que nos rodean.

La “aspiración a las cosas de arriba” (ver Col 3, 2), el deseo de participar de la misma gloria de Cristo, lejos de dejarnos inactivos frente a las realidades temporales nos compromete a trabajar intensamente por transformarlas, según el Evangelio.

Sin dejar de mirar al Cielo, ¡debemos actuar! ¡Hay mucho por hacer! ¡Hay mucho que cambiar, en mí mismo y a mi alrededor! ¡Muchos dependen de mí! ¡Es todo un mundo el que hay que transformar desde sus cimientos! Y el Señor nos promete la fuerza de su Espíritu para que seamos hoy sus apóstoles que anuncien su Evangelio a tiempo y destiempo, un pequeño ejército de santos que con la fuerza de su Amor trabajemos incansablemente por cambiar el mundo entero, para hacerlo más humano, más fraterno, más reconciliado, según el Evangelio de Jesucristo y con la fuerza de su gracia, sin la cual nada podemos.

Misa del domingo: misa con niños

FIESTA DE LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR

 

SALUDO

Dios Padre, que resucitó a Jesús, ascendido al cielo, nos dé su Espí­ritu para que seamos sus testigos en todo el mundo y esté con todos nosotros.

 

ENTRADA

Bienvenidos hermanos. Celebramos hoy la Ascensión de Jesús. una fiesta que proclama que Jesús, glorificado y sentado junto a Dios, ha triunfado sobre el mal, y nos vuelve a convocar, desde el ciclo, desde la Trinidad, para que acojamos con valentía la misión de llevar cl Evan­gelio a todas las gentes. Se nos convoca e invita a ser testigos de Jesús, a anunciar la vida nueva de Dios que hace que las pcrsonas podamos caminar con dignidad.

Es el tiempo de abrir “el cielo’ para todos, no el de estar parados, mirando al ciclo. Hay que hacer nuestra la vida de Dios quc está desti­nada a toda la humanidad: no caben grupos selectos ni particulares. El Dios del amor nos da la oportunidad de ser sus tcstigos. Animo.

 

ACTO PENITENCIAL

No siempre confiamos en Dios Padre y nos resistimos a creer; pida­mos que Él, en su bondad, nos perdone:

– Cuando pensamos que tu llamada nos quita libertad, que tu reino es una imposición y no una oferta gratuita de salvación. SEÑOR, TEN PIEDAD.

– Cuando nos quedamos parados y mirando al ciclo, creyendo que eso del “compromiso” es sólo para los demás. CRISTO, TEN PIEDAD.

– Cuando reducirnos cl sentido de la Evangelización a nuestros peque­ños grupos, cada vez más pequeños y cerrados. SEÑOR, TEN PIE­DAD.

Oración: Haz, Señor, que tu amor aparte de nosotros todo pecado y limitación. Por Jesucristo nuestro Señor.

 

ORACION COLECTA

Dios Padre nuestro, que nos llamas a ser personas entregadas para anunciar tu reino; que Jesús, ascendido al cielo, sea siempre el motivo de nuestra alegría, para que continuemos en el mundo su labor de llevar a todos paz, esperanza, justicia y vida. Por nuestro Señor Jesucristo

 

LECTURA NARRATIVA

Los primeros seguidores de Jesús pasan a ser testigos de su presen­cia gracias al Espíritu Santo, que rompe sus moldes personales, socia­les y religiosos. Jesús asciende al cielo con la promesa de enviar su Espíritu. Sin cl Espíritu no hubiera sido posible en anuncio del Evan­gelio hasta los confines del mundo.

 

LECTURA APOSTÓLICA

Desde la cárcel el apóstol invita a los cristianos de Éfeso a ser fie­les a la llamada que nos hace Jesús. Y los dones que recibimos no son para el provecho o engrandecimiento personal, sino para ponerlos al servicio del bien común, hasta construir la unidad propia de la fe y cl conocimiento íntimo de Jesús.

 

LECTURA EVANGÉLICA

Jesús, después de la Resurrección, envía a sus discípulos a procla­mar el Evangelio, es decir, la buena noticia de Dios para toda la crea­ción; estamos llamados a dar testimonio y a la entrega, una entrega uni­versal, que se actualiza y se concreta en cl día a día; la fe auténtica siempre va acompañada de signos.

 

ORACIÓN DE LOS FIELES

A Jesús resucitado, vida y esperanza de la humanidad entera, orémosle diciendo: JESÚS RESUCITADO, ESCÚCHANOS.

1.- Por la Iglesia, por todos los que queremos seguir a Jesucristo y dar testimonio de su Evangelio. OREMOS:

2.- Por todos aquellos que se esfuerzan para construir un mundo más justo, más digno y más fraternal. OREMOS:

3.- Por los que trabajan en los medios de comunicación social y procuran ser fieles a la verdad y portadores de los valores que dan esperanza a la sociedad. OREMOS:

4.- Por los abandonados y olvidados de esta tierra que tanto valen a los ojos de Dios. OREMOS:

5.- Por los que hoy nos hemos reunido aquí, como comunidad cristiana, para celebrar la Eucaristía de Jesús. OREMOS:

Escúchanos, Jesús resucitado, y envíanos el don del Espíritu Santo, a nosotros, a toda la Iglesia, y al mundo entero. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. 

 

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS

Te presentamos, Señor, el pan y el vino, signos de tu Amor; transfórmalos con tu Espíritu en el Cuerpo y la Sangre de tu Hijo y quc ellos nos hagan traba,jar por el Reino de Jesucristo resucita­do. Que vive y reina.

 

PREFACIO

De verdad es, justo y necesario darte gracias, Señor, siempre y en todo lugar por todo lo noble y bueno de la vida y de los hombres. Jesús, vencedor de la muerte, asciende a lo más alto del ciclo y es constituido Señor de todo lo creado. No marcha para desentenderse del mundo, al que entregó su vida, sino que nos precede, el primero de todos, en la marcha hacia la casa paterna, abriendo y mostrando el camino de la Vida, para que vívamos siempre en la esperanza de reunirnos un día, y para sicmpre, con El.

Con esta certeza y alegría, unimos nuestras voces a todas las pcr­sonas buenas que en cl mundo te glorificamos diciendo: Santo, Santo, Santo…

 

ORACIÓN DESPUÉS DE LA COMUNIÓN

Señor, tú que nos envías a anunciar la buena noticia a todas las gentes, al terminar esta eucaristía te pedimos tu ayuda para que sepamos romper las fronteras humanas que nos separan y, favore­ciendo la fraternidad, todos te reconozcan como Padre de la Vida. Por Jesucristo.

 

BENDICIÓN FINAL

  • Dios Padre, por medio de su Hijo ascendido al ciclo para abrirnos el camino de su Reino, nos llene de sus bendiciones. Amén.
  • Jesucristo el Señor, manifestado a sus discípulos después de la resu­rrección, se nos manifieste a todos nosotros como el camino que lleva a la vida. Amén.
  • Y ya que confesamos que está sentado a la derecha del Padre, nos conceda la alegría de sentir que, según su promesa, está con noso­tros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
  • Y la bendición de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo descienda sobre nosotros y siempre nos acompañe. Amen.

Semillas del Reino

Sois semillas del Reino
plantadas en la historia.
Sois buenas
y tiernas,
llenas de vida.

Os tengo en mi mano,
os acuno y quiero,
y por eso os lanzo al mundo:
Salid, acoged, proponed.
¡Perdeos!

No tengáis miedo
a tormentas ni sequías,
a pisadas ni espinos.
Bebed de los pobres
y empapaos de mi rocío.

Fecundaos,
reventad,
no os quedéis enterradas.
Floreced
y dad fruto.
Dejaos mecer por el viento.

Que todo viajero
que ande por sendas y caminos,
buscando o perdido,
al veros,
sienta un vuelco
y pueda amaros.

¡Sois semillas de mi Reino!

¡Somos semillas de tu Reino!

Florentino Ulibarri

Comentario al evangelio – Viernes VI de Pascua

      La historia va de tristeza y alegría. Parece que, cuando el mundo está alegre, a los cristianos nos toca estar tristes. Y viceversa. Hay que tener en cuenta un dato que nos enseñan los estudiosos del nuevo Testamento: cuando el autor del evangelio de Juan habla del “mundo” no se refiere exactamente al mundo en el que vivimos, al que nos rodea, a la calle, a las personas que son nuestros vecinos y con los que trabajamos y reímos y lloramos. El “mundo” en el evangelio de Juan es como la personificación del mal, de todo lo malo que hay en nuestro mundo, valga la redundancia. El mundo son las fuerzas que se oponen a la buena nueva del Reino, a Jesús, que es la presencia viva y amorosa, hecho hombre, del amor de Dios para cada uno de nosotros. 

      Ahora podemos entender mejor la oposición que plantea Juan. Claro que el mundo está alegre cuando va ganando la partida, cuando los buenos se dejan comer la moral y pierden la esperanza. Pero esa partida no va a terminar así. El “mundo” no va a ganar. Porque Dios no lo va a permitir. Porque su amor por nosotros es total. 

      El poeta español León Felipe tiene una breve poesía en la que expresa muy bien esta realidad:

Señor, yo te amo porque juegas limpio;
sin trampas, sin milagros;
porque dejas que salga, paso a paso,
sin trucos, sin utopías,
carta a carta,
sin cambios,
tu formidable solitario.

      Hermanos y hermanas, la suerte está echada. Dios no va a perder la partida. Otra cosa es que la partida se alargue. También hay partos que se alargan y son causa de mucho sufrimiento para la madre. Pero al final, el niño nace y la alegría brota espontánea porque una nueva vida se ha hecho presente en el mundo. Y la esperanza se reafirma y hace más fuerte. 

      Es posible que hoy estemos tristes, que nos encontremos en medio de muchas dificultades. Pero no podemos perder la esperanza. Por mucho que ahora nos rodee la oscuridad.  Dios está de nuestro lado. Y no nos dejará de su mano. 

Fernando Torres, cmf