Vísperas – Lunes VII de Pascua

VÍSPERAS

LUNES VII DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

SALMO 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Será el Señor tu luz perpetua, y tu Dios será tu esplendor. Aleluya.

SALMO 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. La trampa se rompió, y escapamos. Aleluya.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cuando yo sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí. Aleluya.

LECTURA: Rm 8, 14-17

Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, ésos son hijos de Dios. Habéis recibido, no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: «¡Abba!» (Padre). Ese Espíritu y nuestro espíritu dan un testimonio concorde: que somos hijos de Dios; y, si somos hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Espíritu Santo Aleluya, aleluya.
V/ El Espíritu Santo Aleluya, aleluya.

R/ Será quien os lo enseñe todo.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Espíritu Santo Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. El Espíritu Defensor vive con vosotros y está con vosotros. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. El Espíritu Defensor vive con vosotros y está con vosotros. Aleluya.

PRECES

Demos gracias a Cristo, que, por medio del Espíritu Santo, levantó la esperanza de los apóstoles y llena de dones a la Iglesia, y, unidos a todos los fieles, supliquémosle, diciendo:

Levanta, Señor, la esperanza de tu Iglesia.

Señor Jesús, mediador entre Dios y los hombres, tú que has elegido a los sacerdotes como colaboradores tuyos,
— haz que por la acción de su ministerio todos los hombres lleguen al Padre.

Haz que los pobres y los ricos se ayuden mutuamente, reconociéndote a ti como único Señor,
— y que los ricos no pongan su gloria en sus bienes.

Revela tu Evangelio a todos los pueblos,
— para que todos alcancen el don de la fe.

Envía tu Espíritu consolador a los que viven desconsolados,
— para que enjugué las lágrimas de los que lloran.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Purifica a los difuntos de todas sus culpas,
— y recíbelos en tu reino junto con tus santos y elegidos.

Unidos a Jesucristo, supliquemos ahora al Padre con la oración de los hijos de Dios:
Padre nuestro…

ORACION

Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes VII de Pascua

1.-Oración introductoria.

Señor, qué hermosas palabras las que nos dices en tu evangelio: Has rogado para que tengamos paz en Ti. Yo no vengo a rezar. ¡Pobre de mí! Yo vengo a que seas Tú mismo el que reces dentro de mí. Yo tampoco quiero mi paz, sino la tuya, la que Tú me das. Mi paz es movediza, como las aguas superficiales del mar. La tuya es estable, oceánica, como las aguas profundas. Señor, dame siempre de esa paz.

2.- Evangelio. Juan 16, 29-33

En aquel tiempo dijeron los discípulos a Jesús: Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios. Jesús les respondió: ¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo! yo he venido al mundo.


3.- Qué dice el texto.

Meditación-reflexión

Jesús, en este evangelio, nos habla de soledad. Y hay dos tipos de soledad. La soledad normal, la que nos acompaña en algún momento de nuestra vida y la “soledad amarga”, la que no esperamos, la que proviene de aquellos que no están con nosotros cuando deberían estar. De ésta ha participado el Señor cuando se queda sin la compañía de aquellos a quienes llamó “para que estuvieran con Él”  (Mc. 3,14) y en el momento en que más los necesitaba lo han dejado solo. Y Jesús se siente solidario de tantas personas abandonadas por sus hijos, por sus nietos, por sus mejores amigos. Pero, en estas circunstancias,  Jesús nos abre un camino de esperanza. ¡EL PADRE! A Jesús nunca le ha abandonado. Como hombre ha tenido “sensación” de abandono, pero en realidad siempre ha estado con Él. Incluso nos ha dicho que de ese Padre uno se puede fiar no sólo hasta la muerte sino hasta “más allá de la muerte”. La Resurrección es la gran respuesta del Padre a la pregunta de Jesús en la Cruz: ¿Por qué me has abandonado?

Palabra del Papa

“La vida es una milicia. La vida cristiana es una lucha, una lucha bellísima, porque cuando el Señor vence en cada paso de nuestra vida, nos da una alegría, una felicidad grande: esa alegría porque el Señor ha vencido en nosotros, con la gratuidad de su salvación. Pero sí, todos somos un poco vagos en la lucha y nos dejamos llevar adelante por las pasiones, por algunas tentaciones, es porque somos pecadores, ¡todos! Pero no se desanimen. Valentía y fuerza, porque el Señor está con nosotros” (Cf Homilía de S.S. Francisco, 30 de octubre de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra ya meditada. (Silencio)

5.- Propósito: Al final de la jornada me preguntaré: ¿Me he fiado plenamente de Dios, mi Padre?

6.- Dios me ha hablado hoy a mí a través de su palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, quiero acabar mi oración dándote inmensas gracias por haber conocido  lo importante que es en la vida “descubrir su sentido”, “no sentirse nunca solo”, fiarme de un Dios que estará conmigo hasta  la muerte y hasta más allá de la muerte. Pero, para todo eso, necesito pararme, detenerme y escuchar al Señor que nos dice: MIRAD. Tengo que mirar a Dios con una mirada nueva y profunda. Señor, haz que me deje mirar por Ti y, con esa misma mirada, mirar también a mis hermanos.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Recibid el Espíritu Santo

 

Una etapa de extraordinario relieve alcanzamos con la celebración de la Pascua del Espíritu Santo. Con delicada y perseverante solicitud, Jesús resucitado ha venido preparando a su Iglesia para esta solemnidad que ofrece, no solo descanso en la andadura, sino un fuerte impulso hacia metas siempre nuevas y cada vez más atrayentes.

El misterio del Espíritu Santo, aunque inabarcable en toda su profundidad y grandeza, incita al creyente a continuar ahondando para vivirlo en alabanza y bendición incesantes.

La mente humana, encumbrada por la fe, disfruta de una lluvia de imágenes que le sirven para alzar el vuelo en busca de lo que solo en apariencia está lejos, porque, en realidad, se trata de lo más cercano a todo bautizado, íntimo y estable a la vez. Las representaciones que desfilan ante la consideración de los reunidos hoy en gozosa comunión son de lo más variado y esencial. Todas ellas ayudan a penetrar hasta el núcleo de la realidad simplicísima del Espíritu Santo. Bien es sabido que los humanos precisamos de lo diverso para llegar al misterio de Dios, que es unidad en la trinidad.

En ayuda de nuestra inteligencia reflexiva viene la percepción de la luz, el viento, el agua, el fuego, la brisa, el calor y el aliento. Nada de todo esto se encubre a la rica sensibilidad con que Dios ha dotado a su criatura racional. Todo lo demanda un servicio centrado en la indagación del misterio, con el fin de hacerlo vida en la dimensión personal y compartirlo generosamente en círculos inacabables.

El Espíritu Santo unifica a los creyentes, a semejanza de la magnitud del lago, que se forma como resultado de innumerables gotas. La energía unificadora del Espíritu, como la del agua, mueve, produce vida, apaga la sed, lava, riega, alegra con su rumor inimitable, embellece, descansa, proporciona vías para arribar a deseados puertos.

El Espíritu Santo, igual que elfuego, dispone hogares de familia, luminosos y bien caldeados, con vocación de comunidad en la que ningún redimido permanezca a la intemperie. El corazón de esta brasa está compuesto íntegramente de amor. Impulsa a enriquecerse y no menos a caldear, como un sol que no conoce desgaste, ni ocaso.

El Espíritu Santo, como el aire o el viento, se deja sentir de manera múltiple: casi imperceptible, sutil, más leve que grave, a manera de brisa, claro, noble, inmenso, vehículo de la palabra. En circunstancias sopla con fuerza, levanta oleaje, transporta humedad saludable, arrastra las nubes y hasta las disipa. Es origen de fuerza invisible, mueve, aleja la atmósfera contaminada, prepara la tierra para la siembra, madura las cosechas, surca el firmamento, lo llena todo hasta lo más recóndito, aunque sea menos perceptible que los demás elementos.

En una palabra, lo que es el alma para nuestro cuerpo, es el Espíritu para el Cuerpo eclesial y para cada uno de los integrantes. En comunión persistente con Jesús, que es la cabeza, no deja de alentar a los miembros, que somos nosotros. Proporciona siempre aires nuevos. Se originan sin cesar de las llagas gloriosas del Redentor, que ya no muere más. En Él está la vida que ha comenzado en las fuentes bautismales. De su Espíritu manan los carismas con que se enriquece la Iglesia, impregnados todos de amor, que son como llama viva e inextinguible. Dan consistencia al universo, son camino de santidad para todas las naciones. Continúan en el hoy de la historia realizando aquellas maravillas que se exteriorizaron en el primer Pentecostés.

 

Fray Vito T. Gómez García O.P.

Comentario – Lunes VII de Pascua

(Jn 16, 29-33)

Con estas palabras Jesús termina sus discursos de despedida y consuelo y da lugar a la oración del capítulo 17. Pero aquí se nos dice que los discípulos comenzaban a entender con más claridad las palabras del maestro: “Ahora sí que hablas claro” (v. 29). Jesús acababa de anunciar que llegaría el día en que ya no le preguntarían nada (16, 23), pero parece que ese día ha llegado: “Ahora sabemos que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte” (v. 30).

Esto indica que la Palabra del Señor ha ido haciendo su obra lentamente en el interior de sus corazones, y el Espíritu Santo ya ha comenzado a actuar aunque todavía no llegó la hora de su efusión más plena. Por eso Jesús ya había dicho a sus apóstoles que el Espíritu Santo habitaba en ellos (14, 17).

No obstante, para que la obra del Espíritu alcanzara su plenitud e hiciera nacer la Iglesia, para que pudiera actuar de una manera más plena y universal, era necesario que “todo se cumpliera” en la cruz (19, 30). Por eso Jesús hace notar a sus discípulos que la fe de ellos todavía no tiene fuerza como para mantenerse firme en la tentación, y anuncia que todos lo abandonarán (16, 32).

Jesús ha logrado introducir algo de luz en sus discípulos, pero hace falta que se derrame más plenamente el Espíritu, ese Espíritu de vida que brotará de su corazón abierto en la cruz. Recibiéndolo, ellos puedan alcanzar la verdad completa: “el Espíritu de la verdad los llevará hasta la verdad completa” (16, 13).

Oración:

“Señor, tu conoces las oscuridades de mi mente y de mi corazón, tú sabes que mi fe muchas veces es demasiado débil frente a la tentación. Por eso te ruego que una vez más derrames tu Santo Espíritu en mi vida para iluminarme y fortalecerme con su presencia”.

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

El desarrollo económico, bajo el control humano

65. El desarrollo debe permanecer bajo el control del hombre. No debe quedar en manos de unos pocos o de grupos económicamente poderosos en exceso, ni tampoco en manos de una sola comunidad política o de ciertas naciones más poderosas. Es preciso, por el contrario, que en todo nivel, el mayor número posible de hombres, y en el plano internacional el conjunto de las naciones, puedan tomar parte activa en la dirección del desarrollo. Asimismo es necesario que las iniciativas espontáneas de los individuos y de sus asociaciones libres colaboren con los esfuerzos de las autoridades públicas y se coordinen con éstos de forma eficaz y coherente.

No se puede confiar el desarrollo ni al solo proceso casi mecánico de la acción económica de los individuos ni a la sola decisión de la autoridad pública. Por este motivo hay que calificar de falsas tanto las doctrinas que se oponen a las reformas indispensables en nombre de una falsa libertad como las que sacrifican los derechos fundamentales de la persona y de los grupos en aras de la organización colectiva de la producción.

Recuerden, por otra parte, todos los ciudadanos el deber y el derecho que tienen, y que el poder civil ha de reconocer, de contribuir, según sus posibilidades, al progreso de la propia comunidad. En los países menos desarrollados, donde se impone el empleo urgente de todos los recursos, ponen en grave peligro el bien común los que retienen sus riquezas improductivamente o los que -salvado el derecho personal de emigración- privan a su comunidad de los medios materiales y espirituales que ésta necesita.

Homilía – Solemnidad de Pentecostés

1

A los cincuenta días, el Espíritu

“Pentecostés”, en griego, significa “día quincuagésimo”. El 50 es un número que ya los judíos tenían asimilado desde hace siglos como símbolo de plenitud: una semana de semanas, siete por siete más uno. Es cuando celebran, después de la Pascua-Éxodo, la fiesta de la recolección agrícola y la Alianza que sellaron con Yahvé en el monte Sinaí, guiados por Moisés, a los cincuenta días de su salida de Egipto.

Los cristianos celebramos hoy, siete semanas después de la Pascua de Resurrección de Jesús, su donación del Espíritu a la comunidad apostólica. No como fiesta independiente, sino como culminación de la Pascua: la “Pascua granada”, que completa la “Pascua florida”.

Esta fiesta tiene textos propios para la Eucaristía que se celebra la tarde anterior. Eucaristía vespertina que se puede también prolongar a modo de Vigilia, similar a la de la Noche Pascual, con la comunidad reunida en oración como lo estuvo la primera con la Virgen y los Apóstoles. Además, esta fiesta posee también una hermosa Secuencia, “Veni, Sánete Spiritus”, atribuida al arzobispo inglés Langton en el siglo XIII.

Si uno quiere meditar sobre el misterio de Pentecostés, puede leer los números que el Catecismo dedica al artículo del Credo “Creo en el Espíritu Santo”: CCE 687-747.

 

Una Vigilia rica en textos bíblicos

Las lecturas bíblicas de la Vigilia nos presentan una visión muy rica de la misión del Espíritu.

La primera se puede elegir de entre las cuatro del AT que ofrece el Leccionario, que preparan, a veces por contraste, lo que nos van a decir las lecturas del NT y el evangelio:

– Gn 11, 1-9 nos cuenta lo que sucedió en Babel, con la dispersión de las lenguas: mientras que el Espíritu, en Pentecostés, a partir de las muchas lenguas, obra la unidad;

– Ex 19, 3-8a.l6-20b: Dios se manifiesta a Moisés en el monte, en medio de truenos, sonido de trompetas y fuego: lenguaje que Lucas emplea en parte para describir la irrupción del Espíritu en la primera comunidad;

– Ez 37, 1-4: la visión de Ezequiel sobre los huesos secos que reciben el Espíritu de Dios y reviven: al Espíritu le llamamos en el Credo “Señor y dador de vida”;

– Jl 3, 1-6: Joel anuncia que el Espíritu será derramado y profetizarán mayores y jóvenes: esta es la explicación que da Pedro, en la mañana de Pentecostés, ante la evidencia de los carismas del Espíritu.

El salmo nos hace repetir la antífona: “Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”.

Ya en las lecturas del NT de esta misa vespertina, Pablo (Rm 8, 22-27) habla de “los dolores de parto” de la humanidad y el papel del Espíritu, quien intercede por nosotros con gemidos inefables. En el evangelio (Jn 7, 37-39) Jesús promete a los suyos que les enviará su Espíritu con la expresiva comparación de los “torrentes de agua viva” que brotarán dentro del creyente.

Es interesante la perspectiva de esta misa vigiliar. Pero nosotros aquí nos vamos a limitar a la reflexión y comentario de la misa del día.

 

Hechos 2, 1-11. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar

La página de hoy es continuación de la que leíamos el domingo pasado, en la fiesta de la Ascensión, y nos narra el gran acontecimiento que supuso para la primera comunidad la venida del Espíritu.

El episodio de Pentecostés lo describe Lucas con el lenguaje de la teofanía del Sinaí: estando todos reunidos, bajó sobre ellos el Espíritu, con viento recio y ruido y lenguas de fuego. Aquí se confirmó y manifestó la nueva y definitiva Alianza que Jesús había sellado con su Sangre en la cruz.

El primer efecto del don del Espíritu es que empezaron a hablar en lenguas y cada uno de los oyentes, que en aquellos días eran muy numerosos en Jerusalén, y de pueblos distintos, les oía hablar en su propia lengua.

El salmo es de alabanza y entusiasmo: “bendice, alma mía, al Señor… Dios mío, qué grande eres… gloria a Dios para siempre”. Como antífona se nos hace repetir una frase con clara visión del NT: “envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra”. Este es el mismo salmo que cantamos en la Vigilia Pascual después de la lectura de la creación en el Génesis: el Espíritu, que ya aleteaba sobre las aguas primordiales, “renueva ahora la faz de la tierra” con la Pascua de Cristo.

 

1 Corintios 12, 3b-7.12-13. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu para formar un solo cuerpo

La segunda lectura de hoy es de la I carta a los Corintios, en el capítulo en que describe los dones y carismas tan variados que hay en una comunidad griega como la de Corinto, famosa por su sabiduría y riqueza creativa. Pablo atribuye todos estos dones al único Espíritu, que es quien tiene que mantener unida a la comunidad.

El razonamiento es sencillo: todos formamos un solo cuerpo en Cristo, hemos sido bautizados en el mismo Espíritu y, por tanto, la diversidad de dones no tiene que romper la unidad, sino edificar la única comunidad.

(o bien) Gálatas 5, 16-25. El fruto del Espíritu

Para este ciclo B está prevista también esta otra lectura como segunda, Pablo les describe a los cristianos de Galacia, actual Turquía, cuáles son las obras que demuestran que seguimos al Espíritu Santo en nuestra vida.

Lo hace con su clásico binomio “carne y Espíritu”. Las obras de los que siguen la “carne”, o sea, los criterios humanos de este mundo, las enumera con gran detalle, y termina diciendo “que los que así obran no heredarán el reino de Dios”.

Totalmente antagónicas son las obras de los que actúan según el “Espíritu”, o sea, según los criterios de Dios. Los que creemos en Cristo Jesús y vivimos por su Espíritu, hemos de vivir conforme a ese Espíritu

 

Juan 20, 19-23. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Recibid el Espíritu Santo.

Antes del evangelio recitamos o cantamos la Secuencia de este día, “Veni, Sánete Spiritus”, una antigua composición poética que es una hermosa oración dirigida al Espíritu Santo: “ven, Espíritu divino,… don en tus dones espléndido… dulce huésped del alma… riega la tierra en sequía, sana el corazón enfermo… danos tu gozo eterno”.

El evangelio más adecuado para hoy es ciertamente el de la aparición de Jesús a sus discípulos la tarde del primer “domingo” cristiano, el mismo día de su resurrección. Para Juan, la donación del Espíritu no parece haber tenido lugar a los cincuenta días de la resurrección del Señor, sino el mismo día de la Pascua, poniendo de relieve, por tanto, la unidad de todo el misterio: la glorificación del Señor y el envío de su Espíritu.

Después del saludo, “paz a vosotros”, que llena de alegría al grupo de discípulos, Jesús les envía como él había sido enviado por el Padre y, para que puedan cumplir esta misión, les da su mejor ayuda, exhalando sobre ellos su Espíritu, como hizo Dios al crear al primer hombre en el Génesis, diciendo: “recibid el Espíritu Santo”. En concreto, esta misión va a ser ante todo la reconciliación: “a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”.

 

2

El don pascual del Resucitado: su Espíritu

El centro de nuestra celebración es el acontecimiento de Pentecostés. La primera comunidad recibe de su Señor, como se lo había prometido, el mejor Don, su Espíritu Santo, plenitud y complemento de la Pascua. Jesús sopló sobre sus discípulos, diciendo: “recibid el Espíritu Santo”.

El mismo que resucitó a Jesús es el que ahora despierta y llena de vida a la comunidad y la hace capaz de una insospechada valentía para la misión que tiene encomendada. El libro de los Hechos nos cuenta el cambio radical que se dio en la primera comunidad cuando bajó sobre ella el Espíritu. De una comunidad muda la convirtió en evangelizadora. De una comunidad cobarde, en valiente. De una comunidad cerrada, a una comunidad con las ventanas abiertas. El Espíritu actúa así, llena por dentro y lanza hacia fuera: “se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar”.

Es entusiasta el lenguaje del prefacio de hoy agradeciendo a Dios Padre esta donación de su Espíritu: a) El Espíritu es la plenitud de la Pascua: “para llevar a plenitud el misterio pascual, enviaste hoy el Espíritu Santo sobre los que habías adoptado como hijos tuyos por su participación en Cristo”, b) El Espíritu anima y da vida a la comunidad: “Aquel mismo Espíritu que, desde el comienzo, fue el alma de la Iglesia naciente”, o como dice la oración colecta: “por el misterio de Pentecostés santificas a tu Iglesia extendida por todas las naciones”, c) También es quien realiza, con una proyección misionera y universal, el proyecto de salvación: “el Espíritu que infundió el conocimiento de Dios a todos los pueblos, que congregó en la confesión de una misma fe a los que el pecado había dividido en diversidad de lenguas”.

Nuestra generación ha tenido la suerte de “redescubrir” al Espíritu y su actuación. Se ha notado, sobre todo, a partir del Catecismo de 1992, en el que él aparece como protagonista de toda la vida de la Iglesia, y en particular de su celebración sacramental.

 

El Espíritu sigue actuando hoy

En la oración colecta le pedimos a Dios: “no dejes de realizar hoy, en el corazón de tus fieles, aquellas mismas maravillas que obraste en los comienzos de la predicación evangélica”.

En efecto, lo que ha hecho el Espíritu en la historia (“in illo tempore”) lo sigue haciendo hoy (“hodie”) en el mundo, en la Iglesia y en cada uno de nosotros:

– él sigue siendo el alma de la Iglesia, llenándola de sus dones y carismas, más todavía que en la comunidad de Corinto: el Concilio, el Jubileo y tantos otros acontecimientos eclesiales, universales o diocesanos, son en verdad señales de la activa presencia del Espíritu en su comunidad;

– es él quien suscita y hace florecer tantas comunidades cristianas llenas de fuerza, y anima en ellas movimientos muy vivos;

– el Espíritu de la verdad sigue influyendo para que se renueve en profundidad la teología, la comprensión del misterio de Cristo;

– él sigue guiando a la Iglesia a revitalizar la celebración litúrgica, la oración personal y un conocimiento más espiritual y profundo de la Palabra de Dios; porque como dice Pablo, “nadie puede decir Jesús es Señor si no es bajo la acción del Espíritu”;

– él, el Espíritu del amor, suscita y sostiene tantos ejemplos de amor, entrega y compromiso de los cristianos en el mundo, a veces hasta el martirio, en defensa de la justicia o de la vida o de la verdad;

– él, que en Pentecostés unió a los que “hablaban en lenguas diferentes”, es el que promueve también hoy iniciativas de unidad ecuménica, en línea con la diversidad de dones y ministerios de que habla la carta a los Corintios.

También hoy, a principios del siglo XXI, tenemos motivos claros para renovar nuestra profesión de fe: “Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida”. Le seguimos necesitando.

 

Dejarnos transformar por el Espíritu del Resucitado

Debemos alegrarnos de este Don de Dios, plenitud de la Pascua. En nuestra oración, solemos pedir a Dios paz, justicia, salud, libertad, perdón de nuestras faltas, buenas cosechas, éxito en nuestras empresas. Y Dios nos da… su Espíritu, que es lo mejor, el que nos regala la verdadera paz y libertad y éxito.

Pero, a la vez, nos tenemos que dejar transformar por él y vivir según él. Le hemos pedido a Dios en el salmo responsorial que envíe su Espíritu y repueble la faz de la tierra. Pentecostés es una gracia renovada, cada año, por la que Dios quiere seguir transformando. El Espíritu es viento y aire, a veces suave como una brisa, y otras, impetuoso y purificador. El Espíritu es fuego, y el fuego calienta, ilumina y transforma en fuego todo lo que toca.

(si se opta por la segunda lectura alternativa de Gálatas) ¿En qué se tiene que notar esta transformación que el Espíritu quiere obrar en nosotros? Basta leer despacio la lista de obras “según la carne” y “según el Espíritu” para sentirnos concretamente interpelados.

La comunidad es enviada por el Resucitado a una misión: para que sea luz y levadura, y anuncie la Buena Noticia. A la vez le da la fuerza del Espíritu para que pueda cumplir esa misión. Aquel puñado de primeros discípulos -el día de Pentecostés eran ciento veinte- no parecían precisamente los más indicados para revolucionar el mundo. Pero lo consiguieron.

El mismo Espíritu que actuó en el seno de María de Nazaret y la hizo madre del Hijo de Dios, el mismo Espíritu que actuó en el sepulcro de Jesús y lo resucitó a una nueva existencia, el mismo Espíritu que bajó sobre la comunidad el día de Pentecostés y la llenó de vida, es el que ahora quiere actuar en nosotros y nos quiere transformar.

Sería bueno que leyéramos despacio, por nuestra cuenta, la secuencia de hoy, en la que pedimos al Espíritu que nos llene de su gracia, que encienda en nosotros el fuego del amor, que envíe sobre nosotros su luz, que riegue nuestras sequías…

 

Una comunidad orgánicamente unida y que habla lenguas

(sobre todo si se hace la primera de las dos lecturas de Pablo) Siguiendo la línea de pensamiento de Pablo, tendríamos que aprender y dejarnos transformar por el Espíritu para llegar a ser una comunidad unida, dentro de la pluralidad de sus ministerios, carismas y movimientos. Todos los dones que puede haber en la Iglesia en general, y en cada comunidad en particular, son dones del Espíritu, y son “para el bien común”. Esta unidad, dentro de la diversidad, se debe a que “todos hemos bebido del mismo Espíritu”.

Ya sería un buen fruto de las siete semanas de Pascua si de ellas saliéramos con la convicción de que todos somos hijos en la familia de Dios, y que nos sintiéramos más dispuestos a colaborar en la tarea eclesial común, con un espíritu más universal y acogedor, superando la diferencia de edad o de cultura, de situación social o eclesial. A Pablo le gustaba comparar una comunidad con el cuerpo humano, en el que los diversos miembros cumplen una misión diferente, pero para bien de todo el organismo.

Si en Babel, en la historia del AT, sucedió la gran confusión por la diversidad de lenguas, Pentecostés se nos presenta en el NT como el anti- Babel, porque los apóstoles hablan en lenguas, y los oyentes les entienden cada uno en su propia lengua. Así experimentan que la salvación de Jesús es universal, para todas las razas y naciones.

En Pentecostés debemos dejarnos llenar del Espíritu, de su novedad, de su creatividad, de su fuego, de su aire renovador, de sus ideas nuevas, de sus ventanas abiertas. Sin quedarnos anquilosados, instalados en costumbres viejas, encerrados en unos esquemas predeterminados. El Espíritu es siempre sorprendente. No hay ordenador que lo pueda contener.

 

Una Eucaristía siempre “pentecostal”

El Espíritu es quien actúa cada vez en los Sacramentos, como ha hecho ver de modo más claro el Catecismo de la Iglesia Católica (cf. CCE 1091ss). En las lecturas de hoy se le nombra explícitamente en relación con el Bautismo (carta a los Corintios) y a la Penitencia (evangelio: “recibid al Espíritu Santo, a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados”).

En la Eucaristía invocamos su venida dos veces: sobre los dones del pan y del vino, para que él los transforme en el Cuerpo y Sangre del Resucitado; y luego sobre la comunidad que va a participar de estos dones, para que también ella quede transformada en el Cuerpo único y sin división de Cristo Jesús. Esta segunda invocación es claramente “pentecostal”: lo que sucedió a aquella primera comunidad cuando bajó sobre ella la fuerza del Espíritu es lo que tendría que suceder a las nuestras cuando participan de la Eucaristía.

En la Eucaristía pedimos, como fruto específico de la comunión, que el Espíritu haga de nosotros “un solo cuerpo y un solo espíritu”, sin divisiones. El primer día de Pentecostés dice Lucas que “todos quedaron llenos de Espíritu y empezaron a hablar”. Nosotros, ciertamente, no debemos “apagar el Espíritu”, sino dejarnos llenar de vida por él.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Jn 15, 26-27; 16, 12-15 (Evangelio Solemnidad de Pentecostés)

El Espíritu de la verdad

El evangelio de este domingo está entresacado de Juan 15 y 16, capítulos de densa y expresiva teología joánica, que se ha puesto en boca de Jesús en el momento de la despedida de la última cena con sus discípulos. Habla del Espíritu que les ha prometido como «el Defensor» y el que les llevará a la experiencia de la verdad. Cuando se habla así, no se quiere proponer una verdad metafísica, sino la verdad de la vida. Sin duda que quiere decir que se trata de la verdad de Dios y de la verdad de los hombres. El concepto verdad en la Biblia es algo dinámico, algo que está en el corazón de Jesús y de los discípulos y, consiguientemente, en el corazón de Dios. El corazón es la sede de todos los sentimientos. Por lo mismo, si el Espíritu nos llevará a la verdad plena, total, germinal, se nos ofrece la posibilidad de entrar en el misterio del Dios de la salvación, de entrar en su corazón y en sus sentimientos. Por ello, sin el Espíritu, pues, no encontraremos al Dios vivo de verdad.

El Espíritu es el “defensor” también del Hijo. Todo lo que él, según San Juan, nos ha revelado de Dios, del padre vendrá confirmado por el Espíritu. Efectivamente, el Jesús joánico es muy atrevido en todos los órdenes y sus afirmaciones sobre las relaciones entre Jesús y Dios, el Padre, deben ser confirmadas por un testigo cualificado. No se habla de que el Espíritu sea el continuador de la obra reveladora de Jesús y de su verdad, pero es eso lo que se quiere decir con la expresión “recibirá de mí lo que os irá comunicando”. No puede ser de otra manera; cuando Jesús ya no esté entre los suyos, su Espíritu, el de Dios, el del Padre continuará la tarea de que no muera la verdad que Jesús ha traído al mundo.

Gal 5, 16-25 (2ª lectura Solemnidad de Pentecostés)

La dignidad de vivir en el Espíritu

La segunda carta a los Gálatas -la más personal y polémica de Pablo-, nos muestra en este pasaje la vida según el Espíritu. Pablo ha mantenido un pulso a muerte con los adversarios de ésta comunidad galaica que querían imponer otro evangelio en ausencia del Apóstol, que no era en realidad evangelio (buena noticia). La llamada a la libertad es la primera afirmación de nuestro texto, que es la misma con que se abre este capítulo de Gálatas (5,1). En una antítesis entre carne y espíritu, no se debe perder de vista la polémica entre la ley y la gracia, que está a la base de todo el escrito paulino. El catálogo de virtudes y vicios tiene mucho, sin duda, de retórico, pero es la vida misma la que nos muestra que eso es así. La lista podía ampliarse en uno y otro sentido. Y lo importante no es solamente la enumeración de cada uno de los frutos, sino el conjunto de todos, los que nos hace “vivir en Cristo” y “vivir en Dios”.

Pablo opone la vida según el Espíritu a la vida según la carne, concepto que no debemos entenderlo en sentido sexual, sino que significa aquello criterios del mundo que nos apartan de Dios y de la libertad verdadera: de ahí nace adorar el dinero, el poder, la gloria, los placeres irracionales, en definitiva la vida más egoísta que todos podemos imaginarnos. Pero la vida según el Espíritu, como alternativa cristiana, es para Pablo la vida según el evangelio: amor, alegría, bondad, benevolencia y equilibrio; por consiguiente, la vida abierta a la generosidad, como Dios ha hecho con nosotros. Esta es la parte práctica de la carta a los Gálatas donde ha discutido el tema de la libertad cristiana que trae el evangelio. Desde luego, merece la pena resaltar los frutos del Espíritu, porque es lo que lleno de dignidad el corazón humano. Esto podría dar lugar a una reflexión sobre esos frutos o sobre los dones, pero no es ahora el momento de emprender esa tarea. Pero vemos que no se enumera la “glosolalia” como un don de la presencia del Espíritu. No es necesaria para sentir que la vida cristiana, como vida profética, no necesita muchas veces esos dones extraordinarios a los que el mismo Pablo le ha puesto algún “pero” en la exposición de los carismas de 1Cor 12-14. Si no hay “glosolalia” también el Espíritu se manifiesta en nuestra vida cristiana.

Hch 2, 1-11 (1ª lectura Solemnidad de Pentecostés)

El Espíritu lo renueva todo

Este es un relato germinal, decisivo y programático propio de Lucas, como en el de la presencia de Jesús en Nazaret (Lc 4,1ss). Lucas nos quiere da a entender que no se puede ser espectadores neutrales o marginales a la experiencia del Espíritu. Porque ésta es como un fenómeno absurdo o irracional hasta que no se entra dentro de la lógica de la acción gratuita y poderosa de Dios que transforma al hombre desde dentro y lo hace capaz de relaciones nuevas con los otros hombres. Y así, para expresar esta realidad de la acción libre y renovadora de Dios, la tradición cristiana tenía a disposición el lenguaje y los símbolos religiosos de los relatos bíblicos donde Dios interviene en la historia humana. La manifestación clásica de Dios en la historia de fe de Israel, es la liberación del Éxodo, que culmina en el Sinaí con la constitución del pueblo de Dios sobre el fundamento del don de la Alianza.

Pentecostés era una fiesta judía, en realidad la “Fiesta de las Semanas” o “Hag Shabu’ot” o de las primicias de la recolección. El nombre de Pentecostés se traduce por “quincuagésimo,” (cf Hch 2,1; 20,16; 1Cor 16,8). La fiesta se describe en Ex 23,16 como “la fiesta de la cosecha,” y en Ex 34,22 como “el día de las primicias o los primeros frutos” (Num 28,26). Son siete semanas completas desde la pascua, cuarenta y nueve días, y en el quincuagésimo día es la fiesta (Hag Shabu´ot). La manera en que ésta se guarda se describe en Lev 23,15-19; Num 28,27-29. Además de los sacrificios prescritos para la ocasión, en cada uno está el traerle al Señor el “tributo de su libre ofrenda” (Dt 16,9-11).  Es verdad que no existe unanimidad entre los investigadores sobre el sentido propio de la fiesta, al menos en el tiempo en que se redacta este capítulo. Las antiguas versiones litúrgicas, los «targumin» y los comentarios rabínicos señalaban estos aspectos teológicos en el sentido de poner de manifiesto la acogida del don de la Ley en el Sinaí, como condición de vida para la comunidad renovada y santa. Y después del año 70 d. C., prevaleció en la liturgia el cómputo farisaico que fijaba la celebración de Pentecostés 50 días después de la Pascua. En ese caso, una tradición anterior a Lucas, muy probablemente, habría cristianizado el calendario litúrgico judío.

Pero ese es el trasfondo solamente, de la misma manera que lo es, también sin duda, el episodio de la Torre de Babel, en el relato de Gn 11,1-9. Y sin duda, tiene una importancia sustancial, ya que Lucas no se queda solamente en los episodios exclusivamente israelitas. Algo muy parecido podemos ver en la Genealogía de Lc 3,1ss  en que se remonta hasta Adán, más allá de Abrahán y Moisés, para mostrar que si bien la Iglesia es el nuevo Israel, es mucho más que eso; es el comienzo escatológico a partir del cuál la humanidad entenderá encontrará finalmente toda posibilidad de salvación.

Por eso mismo, no es una Ley nueva lo que se recibe en el día de Pentecostés, sino el don del Espíritu de Dios o del Espíritu del Señor. Es un cambio sustancial y decisivo y un don incomparable. El nuevo Israel y la nueva humanidad, pues, serán conducidos, no por una Ley que ya ha mostrado todas sus limitaciones en el viejo Israel, sino por el mismo Espíritu de Dios. Es el Espíritu el único que hace posible que todos los hombres, no sólo los israelitas, entren a formar parte del nuevo pueblo. Por eso, en el caso de la familia de Cornelio (Hch 10) – que se ha considerado como un segundo Pentecostés entre los paganos-, veremos al Espíritu adelantarse a la misma decisión de Pedro y de los que le acompañan, quien todavía no habían podido liberarse de sus concepciones judías y nacionalistas

Lo que Lucas quiere subrayar, pues, es la universalidad que caracteriza el tiempo del Espíritu y la habilitación profética del nuevo pueblo de Dios. Así se explica la intencionalidad -sin duda del redactor-, de transformar el relato primitivo de un milagro de «glosolalia», en un milagro de profecía, en cuanto todos los oyentes, de toda la humanidad representada en Jerusalén, entienden hablar de las maravillas de Dios en su propia lengua. El don del Espíritu, en Pentecostés, es un fenómeno profético por el que todos escuchan cómo se interpreta al alcance de todos la “acción salvífica de Dios”; no es un fenómeno de idiomas, sino que esto acontece en el corazón de los hombres.

El relato de Pentecostés que hoy leemos en la primera lectura es un conjunto que abarca muchas experiencias a la vez, no solamente de un día. Esta fiesta de la Iglesia, que nace en las Pascua de su Señor, es como su bautismo de fuego. Porque ¿de qué vale ser bautizado si no se confiesa ante el mundo en nombre de quién hemos sido bautizados y el sentido de nuestra vida? Por eso, el día de la fiesta del Pentecostés, en que se celebraba la fiesta del don de la ley en el Sinaí como don de la Alianza de Dios con su pueblo, se nos describe que en el seno de la comunidad de los discípulos del Señor se operó un cambio definitivo por medio del Espíritu.

De esa manera se quiere significar que desde ahora Dios conducirá a su pueblo, un pueblo nuevo, la Iglesia, por medio del Espíritu y ya no por la ley. Desde esa perspectiva se le quiere dar una nueva identidad profética a ese pueblo, que dejará de ser nacionalista, cerrado, exclusivista. La Iglesia debe estar abierta a todos los hombres, a todas las razas y culturas, porque nadie puede estar excluido de la salvación de Dios. De ahí que se quiera significar todo ello con el don de lenguas, o mejor, con que todos los hombres entiendan ese proyecto salvífico de Dios en su propia lengua y en su propia cultura. Esto es lo que pone fin al episodio desconcertante de la torre de Babel en que cada hombre y cada grupo se fue por su sitio para independizarse de Dios. Eso es lo que lleva a cabo el Espíritu Santo: la unificación de la humanidad en un mismo proyecto salvífico divino.

Comentario al evangelio – Lunes VII de Pascua

Con la celebración de la Ascensión del Señor entramos en la séptima semana del tiempo de Pascua. La liturgia de la Palabra nos irá preparando a la solemnidad de Pentecostés. Es un tiempo propicio para disponer nuestro corazón, ensanchar nuestro espíritu y abrirnos a la acción del Espíritu de Jesús. No podemos quedarnos mirando al cielo con los brazos cruzados. Es urgente que reavivemos en nosotros el fuego del Espíritu que nos impulse a hacer viva la presencia de Jesús, y continuar la misión de llevar la alegría del Evangelio a todas partes y aliviar el sufrimiento de nuestro mundo. Esa es la función del Espíritu Santo.

 En la primera lectura se nos presenta a Pablo que llega a Éfeso. Era una de las ciudades más importantes del imperio romano, capital de la provincia de Asia. Era un centro comercial importante ya que estaba situada en una de las principales vías entre Roma y el oriente. Éfeso era conocida también como centro religioso. Se convirtió en un punto de encuentro para las primeras comunidades cristianas. Aquí Pablo encuentra discípulos de Jesús. Ellos le manifiestan su desconocimiento del Espíritu Santo. Esta ignorancia de los discípulos se refiere a la acción especial del Espíritu en el movimiento de Jesús. En la tradición de Lucas y Pablo el Espíritu Santo está asociado al bautismo en el nombre de Jesús.

Pablo es presentado en un claro paralelismo con los apóstoles Pedro y Juan, que imponen las manos a los samaritanos para que reciban el Espíritu Santo, después de haber sido evangelizados y bautizados por Felipe (Hch 8,14-17). Pablo también impone las manos, renovando de ese modo Pentecostés en estos discípulos de Jesús en Éfeso. El Espíritu Santo los llena de sus dones, comienzan a hablar en lenguas y a profetizar. En continuidad con estos gestos y prácticas apostólicas nosotros también hemos recibido el Espíritu Santo el día de nuestra confirmación. ¿Soy consciente de su presencia y de su acción en mi vida? ¿Qué espacio y protagonismo le damos en nuestras comunidades cristianas?

En el evangelio de hoy se nos presenta la conclusión del llamado «Discurso de despedida» de Jesús. El versículo final del discurso nos da una pista fundamental de interpretación: «les he hablado de esto, para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al mundo». El Resucitado siempre trae consigo la paz. Es una paz que el mundo no nos pueda dar, la paz que Jesús nos ofrece viene de su íntima comunión con el Padre. Por eso, él nunca estará solo. Aunque sus discípulos le abandonen. Al despedirse de sus discípulos Jesús les invita una vez más a tener confianza. A pesar de las pruebas y dificultades que tendrán no deben desanimarse. ¡Cristo ha vencido al mundo!

Esta convicción nos debe animar a nosotros también hoy. Seguimos teniendo pruebas y dificultades. La situación de nuestro mundo tan afectada por la pandemia mundial, las guerras, la violencia, la corrupción, etc., nos ofrece un horizonte desesperanzador. En estos momentos las palabras de Jesús tienen una actualidad y una fuerza particular. Nos confortan, nos dan consuelo, la fuerza para seguir caminando. Esa es la función del Espíritu Santo que sigue actuando más de lo que podemos imaginar.

Edgardo Guzmán, cmf.