Comentario al evangelio – Lunes VII de Pascua

Con la celebración de la Ascensión del Señor entramos en la séptima semana del tiempo de Pascua. La liturgia de la Palabra nos irá preparando a la solemnidad de Pentecostés. Es un tiempo propicio para disponer nuestro corazón, ensanchar nuestro espíritu y abrirnos a la acción del Espíritu de Jesús. No podemos quedarnos mirando al cielo con los brazos cruzados. Es urgente que reavivemos en nosotros el fuego del Espíritu que nos impulse a hacer viva la presencia de Jesús, y continuar la misión de llevar la alegría del Evangelio a todas partes y aliviar el sufrimiento de nuestro mundo. Esa es la función del Espíritu Santo.

 En la primera lectura se nos presenta a Pablo que llega a Éfeso. Era una de las ciudades más importantes del imperio romano, capital de la provincia de Asia. Era un centro comercial importante ya que estaba situada en una de las principales vías entre Roma y el oriente. Éfeso era conocida también como centro religioso. Se convirtió en un punto de encuentro para las primeras comunidades cristianas. Aquí Pablo encuentra discípulos de Jesús. Ellos le manifiestan su desconocimiento del Espíritu Santo. Esta ignorancia de los discípulos se refiere a la acción especial del Espíritu en el movimiento de Jesús. En la tradición de Lucas y Pablo el Espíritu Santo está asociado al bautismo en el nombre de Jesús.

Pablo es presentado en un claro paralelismo con los apóstoles Pedro y Juan, que imponen las manos a los samaritanos para que reciban el Espíritu Santo, después de haber sido evangelizados y bautizados por Felipe (Hch 8,14-17). Pablo también impone las manos, renovando de ese modo Pentecostés en estos discípulos de Jesús en Éfeso. El Espíritu Santo los llena de sus dones, comienzan a hablar en lenguas y a profetizar. En continuidad con estos gestos y prácticas apostólicas nosotros también hemos recibido el Espíritu Santo el día de nuestra confirmación. ¿Soy consciente de su presencia y de su acción en mi vida? ¿Qué espacio y protagonismo le damos en nuestras comunidades cristianas?

En el evangelio de hoy se nos presenta la conclusión del llamado «Discurso de despedida» de Jesús. El versículo final del discurso nos da una pista fundamental de interpretación: «les he hablado de esto, para que encuentren la paz en mí. En el mundo tendrán luchas; pero tengan valor: yo he vencido al mundo». El Resucitado siempre trae consigo la paz. Es una paz que el mundo no nos pueda dar, la paz que Jesús nos ofrece viene de su íntima comunión con el Padre. Por eso, él nunca estará solo. Aunque sus discípulos le abandonen. Al despedirse de sus discípulos Jesús les invita una vez más a tener confianza. A pesar de las pruebas y dificultades que tendrán no deben desanimarse. ¡Cristo ha vencido al mundo!

Esta convicción nos debe animar a nosotros también hoy. Seguimos teniendo pruebas y dificultades. La situación de nuestro mundo tan afectada por la pandemia mundial, las guerras, la violencia, la corrupción, etc., nos ofrece un horizonte desesperanzador. En estos momentos las palabras de Jesús tienen una actualidad y una fuerza particular. Nos confortan, nos dan consuelo, la fuerza para seguir caminando. Esa es la función del Espíritu Santo que sigue actuando más de lo que podemos imaginar.

Edgardo Guzmán, cmf.