Meditación – Lunes VII de Pascua

Hoy es Lunes VII de Pascua.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 16, 29-33):

En aquel tiempo, los discípulos dijeron a Jesús: «Ahora sí que hablas claro, y no dices ninguna parábola. Sabemos ahora que lo sabes todo y no necesitas que nadie te pregunte. Por esto creemos que has salido de Dios». Jesús les respondió: «¿Ahora creéis? Mirad que llega la hora (y ha llegado ya) en que os dispersaréis cada uno por vuestro lado y me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque el Padre está conmigo. Os he dicho estas cosas para que tengáis paz en mí. En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo».

Hoy los discípulos dicen que Jesús habla claro, que entienden su revelación; creen llegada su “hora”. Pero no entienden que revela un Reino espiritual, no político como ellos sueñan. Jesús les disuade: su fe se aguanta con pinzas. Les profetiza que le abandonarán y le dejaran solo con el Padre.

Dios se reveló a su pueblo por los profetas y les prometió que su Hijo coronaría esta revelación. Los patriarcas mantuvieron esta esperanza. Dios envió al Hijo, su Palabra, para que la revelación llegara a su plenitud. Ya no podemos esperar más revelaciones. Las “privadas” no añaden nada a la revelación básica terminada en Jesús y confirmada por su Espíritu.

—Padre, te damos gracias porque tu Hijo nos revela el misterio de tu divinidad y tu Espíritu nos lo confirma en Pentecostés. Haz que incorporemos tu Vida Trinitaria en nuestras vidas. Amén.

Fray Josep Mª MASSANA i Mola OFM

Liturgia – Lunes VII de Pascua

LUNES DE LA VII SEMANA DE PASCUA, feria

Misa de la feria (blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias, Prefacio Pascual de la Ascensión o después de la Ascensión.

Leccionario: Vol. II

  • Hch 19, 1-8. ¿Recibisteis el Espíritu Santo al aceptar la fe?
  • Sal 67.Reyes de la tierra, cantad a Dios.
  • Jn 16, 29-33.Tened valor: yo he vencido al mundo.

Antífona de entrada          Hch 1, 8
Recibiréis la fuerza del Espíritu Santo que va a venir sobre vosotros, y seréis mis testigos hasta el confín de la tierra. Aleluya.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, al comenzar la celebración de la Eucaristía, abrámonos cada uno de nosotros a la comunión con Dios desde la verdad y la totalidad de nuestra vida, y en unos momentos de silencio, pidamos perdón por nuestros pecados.

• Tú que has triunfado de la muerte. Señor, ten piedad.
• Tú que has vencido el mal. Cristo, ten piedad.
• Tú que eres el dueño absoluto de la creación. Señor, ten piedad.

Oración colecta
LLEGUE a nosotros, Señor,
la fuerza del Espíritu Santo,
para que podamos cumplir fielmente tu voluntad
y demos testimonio con una conducta santa.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Abramos ahora nuestro corazón a Dios y pidámosle que escuche las oraciones que en nombre de nuestros hermanos los hombres le presentamos.

1.- Por la Iglesia; para que el Espíritu Santo haga crecer en ella la santidad de vida y para que tenga una presencia evangélica en medio de los hombres. Roguemos al Señor.

2.- Por los jóvenes; para que se dispongan a arriesgar su vida en la construcción del Reino y, con su entrega decidida y generosa construyan la Iglesia, promuevan el bien y den testimonio del amor puro y verdadero. Roguemos al Señor.

3.- Por nuestro país; para que el compromiso de los cristianos sea semilla de solidaridad, justicia y paz. Roguemos al Señor.

4.- Por los que sufren en el cuerpo o en el Espíritu; para que en Jesús encuentren consuelo y en su Espíritu Santo la fortaleza que necesitan. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros; para que, perseverando en la oración, nos convirtamos al Señor y nos dispongamos para acoger su Espíritu Santo. Roguemos al Señor.

Que tu amor, Señor, acoja nuestras oraciones y que la acción de tu Espíritu Santo en nuestras vidas nos ayude a permanecer en tu amor y en tu verdad. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
ESTE sacrificio santo nos purifique, Señor,
y derrame en nuestras almas
la fuerza divina de tu gracia.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio pascual o de la Ascensión

Antífona de comunión          Cf. Jn 14, 18; 16, 22
No os dejaré huérfanos, dice el Señor; volveré a vosotros y se alegrará vuestro corazón. Aleluya.

Oración después de la comunión
ASISTE, Señor, a tu pueblo
y haz que pasemos del antiguo pecado
a la vida nueva
los que hemos sido alimentados
con los sacramentos del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
TE pedimos, Señor,
que guardes a tu familia concédele en tu bondad
la abundancia de tu misericordia,
para que se multiplique con las enseñanzas
y los dones del cielo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 17 de mayo

SAN PASCUAL BAILÓN (1592 d.C)

Romano nos dice que San Pascual Bailón fue un hombre de maravillosa inocencia y vida austera, a quien proclamó la Santa Sede patrono de los congresos eucarísticos y de las cofradías del Santísimo Sacramento. No podemos menos de maravillarnos de que ese humilde frailecillo, que nunca fue sacerdote, cuyos padres eran campesinos y cuyo nombre apenas era conocido en el oscuro pueblo español donde nació, presida actualmente, desde el cielo, las imponentes asambleas de los congresos eucarísticos.

Gracias al P. Jiménez, hermano en religión, superior y biógrafo del santo, poseemos bastantes noticias sobre los primeros años de su vida. Pascual nació en Torre Hermosa, en las fronteras de Castilla y Aragón, el día de Pentecostés. Como en España se llama a esa fiesta “la Pascua de Pentecostés”, el niño fue bautizado con el nombre de Pascual. Los padres de Pascual, Martín Bailón e Isabel Jubera, formaban una piadosa pareja de campesinos, muy modestos; prácticamente no poseían más que un rebaño de ovejas. Pascual empezó a trabajar como pastor a los siete años, primero, al cuidado del rebaño de su padre y después al de otros rebaños. En esa ocupación trabajó hasta los veinticuatro años. Probablemente la mayor parte de los incidentes que se cuentan de él, en aquella época de su vida, son legendarios; pero hay entre ellos uno o dos que son verdaderos. Así, por ejemplo, Pascual, que nunca había ido a la escuela, aprendió solo a leer y escribir, pues ansiaba poder rezar el oficio parvo de la Virgen, que era entonces el libro de oraciones de los laicos. A pesar de que las veredas eran muy pedregosas y estaban cubiertas de cardos, Pascual no usaba sandalias; vivía muy pobremente, ayunaba con frecuencia y llevaba bajo su capa de pastor una especie de hábito religioso. Cuando no podía asistir a misa, se arrodillaba a hacer oración durante largas horas, con los ojos fijos en el lejano santuario de Nuestra Señora de la Sierra, donde se celebraba el santo sacrificio. Cincuenta años más tarde, un anciano pastor, que había conocido a Pascual en aquella época, atestiguó que más de una vez en esas ocasiones, los ángeles llevaron el Santísimo Sacramento al pastorcito con la hostia suspendida sobre un cáliz para que pudiese verla y adorarla. También se cuenta que San Francisco y Santa Clara se aparecieron a Pascual y le dijeron que debía ingresar en la Orden de los Frailes Menores. Más convincente que éste, es el testimonio que se refiere al escrupuloso sentido de justicia del pastorcito. El daño que sus ovejas causaban, de cuando en cuando, en las viñas y sembrados le preocupaba tanto, que insistía en compensar a los propietarios y, con frecuencia lo hacía así de su propia bolsa, aunque ganaba muy poco. Sus compañeros le respetaban por ello, pero encontraban exagerados sus escrúpulos.

A los dieciocho o diecinueve años, Pascual pidió, por primera vez, la admisión en la Orden de los Frailes Menores Descalzos. Por entonces, vivía aún San Pedro de Alcántara, el autor de la austera reforma que había poblado los conventos de monjes fervorosos. Probablemente los frailes del convento de Loreto, que no conocían a aquel joven procedente de un pueblo a trescientos kilómetros de distancia, no estaban muy seguros de su firmeza y demoraron la admisión. Algunos años más tarde, le recibieron en el convento y m uy pronto comprendieron que Dios les había puesto un tesoro entre las manos. Aunque toda la comunidad vivía todavía en el fervor de los primeros años de la reforma, el hermano Pascual se distinguió pronto en todas las virtudes religiosas. Muy probablemente, los biógrafos del santo exageran un tanto en sus elogios. Pero la descripción que el P. Jiménez nos dejó de su amigo, tiene toda la sencillez de la verdad. La caridad de Pascual maravillaba aun a aquellos hombres tan mortificados, que compartían con él las austeridades de la vida y de la regla común. El santo se mostraba inflexible en cuestiones de conciencia. Se cuenta que un día, cuando ejercía el oficio de portero, se presentaron dos damas que querían confesarse con el padre guardián. “Dígales que no estoy”, le ordenó éste. “Les diré que Vuestra Reverencia está ocupado”, respondió Pascual. “No —insistió el guardián—; dígales que no estoy”. Entonces el hermanito replicó humilde y respetuosamente: “Padre mío, no puedo decir que vuestra reverencia no está, pues eso sería una mentira y un pecado venial”. Dicho esto, volvió tranquilamente a la portería. Estos chispazos de independencia, que iluminan de vez en cuando la monotonía de los catálogos de virtudes, nos permiten asomarnos, por momentos, a la realidad de aquella alma tan fervorosa y tan transparente.

Da gusto leer las ingenuas mañas de que el santo se valía para conseguir, de cuando en cuando, alguna cosa mejor para los pobres y los enfermos; y saber que las lágrimas asomaban a los ojos de aquel hombre austero y poco comunicativo, cuando tenía ocasión de palpar la miseria de los otros. Aunque San Pascual nunca reía, no por ello dejaba de ser alegre. Su piedad y su espíritu de penitencia no tenían nada de triste. El P. Jiménez narra que, en cierta ocasión, cuando el santo se hallaba solo en el refectorio, poniendo la mesa, uno de sus hermanos se asomó por una ventanita y le vio ejecutar una deliciosa danza frente a la estatua de la Virgen que presidía en la sala, como un nuevo “juglar de Nuestra Señora”. El curioso fraile se retiró sin hacer ruido; a los pocos minutos entró en el refectorio y pronunció el saludo habitual: “Alabado sea Jesucristo”, y encontró a Pascual tan radiante de alegría, que su recuerdo le estimuló en la devoción durante varias semanas. El P. Jiménez, que era nada menos que provincial de los alcantarinos en la época de mayor fervor de la reforma de San Pedro, nos dejó este autorizado testimonio: “No recuerdo haber visto jamás una sola falta en el hermano Pascual, aunque viví con él en varios de nuestros conventos y fuimos compañeros de viaje en dos ocasiones. Ahora bien, el cansancio y la monotonía de los viajes dan fácilmente ocasión de descuidarse un poco en la virtud…”

Pero el rasgo más conocido de San Pascual, por lo menos fuera de España, es su devoción al Santísimo Sacramento. Muchos años antes de que empezasen a organizarse los congresos eucarísticos y de que el santo fuese nombrado patrono de ellos, el P. Salmerón escribió una biografía titulada: “Vida del Santo del Sacramento, San Pascual Bailón”. Pascual era, para sus hermanos en religión, “el Santo del Santísimo Sacramento”, porque acostumbraba pasar largas horas arrodillado ante el tabernáculo, con los brazos en cruz. Ya el P. Jiménez, el primero de los biógrafos de San Pascual, decía que el santo hermanito, en cuanto tenía un momento libre, se dirigía apresuradamente a la capilla y que su mayor delicia era ayudar a una misa tras otra, desde muy temprano. Al terminar los maitines y laudes, cuando el resto de la comunidad se retiraba a dormir, San Pascual se quedaba con frecuencia arrodillado en el coro; ahí le sorprendía la aurora, dispuesto a ayudar a las misas que iban a celebrarse.

No podemos citar aquí las largas y sencillas oraciones que el santo rezaba después de la comunión, tal como las dejó escritas el P. Jiménez. Dicho autor supone que el mismo San Pascual las había compuesto, pero la cosa no es tan clara. San Pascual tenía un “cartapacio”, que él mismo. se había fabricado con trozos de papel que encontró en el basurero; en él había escrito, con su hermosa letra, algunas oraciones y reflexiones que él compuso o que había encontrado en sus lecturas. Se conserva todavía uno de esos cartapacios; probablemente San Pascual tenía dos. Poco después de su muerte, algunas de las oraciones de los cartapacios llegaron a oídos del Beato Juan de Ribera, que era entonces arzobispo de Valencia. El beato quedó tan impresionado, que inmediatamente pidió una reliquia de aquel hermanito lego que había llegado a un conocimiento tan profundo de las cosas divinas. El P. Jiménez le llevó la reliquia y el arzobispo le dijo: “¡Ah!, Padre Provincial, las almas sencillas nos están robando el cielo. No nos queda más que quemar todos nuestros libros.” A lo que el P. Jiménez replicó: “Señor, los culpables no son los libros sino nuestra soberbia; eso es lo que deberíamos quemar.”

Según parece, San Pascual, el santo de la Eucaristía, sufrió una vez, en propia carne, los feroces ataques con que los protestantes manifestaban su odio a los sacramentos y a los católicos. Había sido enviado a Francia a llevar un mensaje muy importante al P. Cristóbal de Cheffontaines, destacado erudito bretón, que ejercía entonces el cargo de superior general de los observantes. En aquella época en que las guerras de religión estaban en su apogeo, era una locura atravesar Francia vestido con el hábito; resulta muy difícil explicarse por qué los superiores escogieron a aquel sencillo hermanito lego, que no sabía una palabra de francés. Tal vez pensaban que su sencillez y confianza en Dios era más eficaz que otros métodos diplomáticos. San Pascual desempeñó con éxito su misión, pero sufrió muchos malos tratos y, en varias ocasiones, salvó la vida casi por milagro. En una población fue apedreado por los hugonotes y recibió una herida en un hombro que le hizo sufrir toda la vida. Según cuentan casi todos sus biógrafos, empezando por el P. Jiménez, en Orleáns fue sometido a un interrogatorio acerca del Santísimo Sacramento. El santo confesó valientemente la fe y venció a sus adversarios en una disputa pública, gracias a la ayuda sobrenatural de Dios. Entonces los hugonotes le apedrearon nuevamente, pero ninguna de las piedras dio en el blanco. Confesaremos que no nos inclinamos mucho a creer que San Pascual haya realmente tomado parte en una disputa pública formal.

San Pascual murió en el convento de Villarreal, un domingo de Pentecostés, a los cincuenta y dos años de edad. Expiró con el nombre de Jesús en los labios, precisamente cuando las campanas anunciaban el momento de la consagración en la misa mayor. Inmediatamente el pueblo empezó a venerarle como santo, por los numerosos milagros que había obrado en vida y que siguió obrando en el sepulcro. Probablemente las autoridades eclesiásticas decidieron introducir rápidamente su causa por razón del número de milagros. Pascual fue beatificado en 1618, antes que el mismo San Pedro de Alcántara, quien había muerto treinta años antes que él y había reformado la orden a la que Pascual perteneció. Tal vez uno de los factores a los que se debe atribuir la rapidez de la beatificación del santo hermanito es que, en su tumba se oyeron, durante dos siglos, unos “golpecitos” que el pueblo interpretó muy pronto en un sentido portentoso. Los biógrafos del santo consagran largas páginas a los “golpecitos” y a sus interpretaciones. San Pascual fue canonizado en 1690.

Casi todos los datos que poseemos sobre San Pascual provienen de la biografía escrita por el P. Jiménez y del proceso de beatificación. En Acta Sanctorum, mayo, vol. IV, hay una traducción latina, un tanto abreviada, de la biografía del P. Jiménez. Existen numerosas biografías en español, italiano y francés, como las de Salmerón, Olmi, Briganti, Beufays, Du Lys y L. A. de Porrentruy. Esta última fue traducida al inglés por O. Stainforth, bajo el título de The Saint of the Eucharist (1908). Véase el esbozo biográfico escrito en francés por O. Englebert (1944), y Léon, Aureole Séraphique (trad. ingl.), vol. II, pp. 177-197. Probablemente la mejor de las biografías modernas es la que escribió en alemán el P. Grotcken (1909).

Alban Butler

Laudes – Lunes VII de Pascua

LAUDES

LUNES VII DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Venid, adoremos a Cristo, el Señor, que nos prometió el Espíritu Santo. Aleluya.

SALMO 99: ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades».

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

El mundo brilla de alegría.
Se renueva la faz de la tierra.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Ésta es la hora
en que rompe el Espíritu
el techo de la tierra,
y una lengua de fuego innumerable
purifica, renueva, enciende, alegra
las entrañas del mundo.

Ésta es la fuerza
que pone en pie a la Iglesia
en medio de las plazas
y levanta testigos en el pueblo,
para hablar con palabras como espadas
delante de los jueces.

Llama profunda,
que escrutas e iluminas
el corazón del hombre:
restablece la fe con tu noticia,
y el amor ponga en vela la esperanza,
hasta que el Señor vuelva. Amén.

SALMO 83: AÑORANZA DEL TEMPLO

Ant. Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Aleluya.

¡Qué deseables son tus moradas,
Señor de los ejércitos!
Mi alma se consume y anhela
los atrios del Señor,
mi corazón y mi carne
retozan por el Dios vivo.

Hasta el gorrión ha encontrado una casa;
la golondrina, un nido
donde colocar sus polluelos:
tus altares, Señor de los ejércitos,
Rey mío y Dios mío.

Dichosos los que viven en tu casa,
alabándote siempre.
Dichosos los que encuentran en ti su fuerza
al preparar su peregrinación:

cuando atraviesan áridos valles,
los convierten en oasis,
como si la lluvia temprana
los cubriera de bendiciones;
caminan de baluarte en baluarte
hasta ver a Dios en Sión.

Señor de los ejércitos, escucha mi súplica;
atiéndeme, Dios de Jacob.
Fíjate, oh Dios, en nuestro Escudo,
mira el rostro de tu Ungido.

Vale más un día en tus atrios
que mil en mi casa,
y prefiero el umbral de la casa de Dios
a vivir con los malvados.

Porque el Señor es sol y escudo,
él da la gracia y la gloria;
el Señor no niega sus bienes
a los de conducta intachable.

¡Señor de los ejércitos, dichoso el hombre
que confía en ti!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Mi corazón y mi carne retozan por el Dios vivo. Aleluya.

CÁNTICO de ISAÍAS: EL MONTE DE LA CASA DEL SEÑOR EN LA CIMA DE LOS MONTES

Ant. Pueblos numerosos caminarán hacia el monte del Señor. Aleluya.

Al final de los días estará firme
el monte de la casa del Señor,
en la cima de los montes,
encumbrado sobre las montañas.

Hacia él confluirán los gentiles,
caminarán pueblos numerosos.
Dirán: «Venid, subamos al monte del Señor,
a la casa del Dios de Jacob:

él nos instruirá en sus caminos
y marcharemos por sus sendas;
porque de Sión saldrá la ley,
de Jerusalén, la palabra del Señor.»

Será el árbitro de las naciones,
el juez de pueblos numerosos.

De las espadas forjarán arados,
de las lanzas, podaderas.
No alzará la espada pueblo contra pueblo,
no se adiestrarán para la guerra.

Casa de Jacob, ven,
caminemos a la luz del Señor.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Pueblos numerosos caminarán hacia el monte del Señor. Aleluya.

SALMO 95: EL SEÑOR, REY Y JUEZ DEL MUNDO

Ant. Decid a los pueblos: «El Señor es rey.» Aleluya.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
cantad al Señor, toda la tierra;
cantad al Señor, bendecid su nombre,
proclamad día tras día su victoria.

Contad a los pueblos su gloria,
sus maravillas a todas las naciones;
porque es grande el Señor, y muy digno de alabanza,
más temible que todos los dioses.

Pues los dioses de los gentiles son apariencia,
mientras que el Señor ha hecho el cielo;
honor y majestad lo preceden,
fuerza y esplendor están en su templo.

Familias de los pueblos, aclamad al Señor,
aclamad la gloria y el poder del Señor,
aclamad la gloria del nombre del Señor,
entrad en sus atrios trayéndole ofrendas.

Postraos ante el Señor en el atrio sagrado,
tiemble en su presencia la tierra toda;
decid a los pueblos: «El Señor es rey,
él afianzó el orbe, y no se moverá
él gobierna a los pueblos rectamente.»

Alégrese el cielo, goce la tierra,
retumbe el mar y cuanto lo llena;
vitoreen los campos y cuanto hay en ellos,
aclamen los árboles del bosque,

delante del Señor, que ya llega,
ya llega a regir la tierra:
regirá el orbe con justicia
y los pueblos con fidelidad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Decid a los pueblos: «El Señor es rey.» Aleluya.

LECTURA: Rm 10, 8b-10

La palabra está cerca de ti: la tienes en los labios y en el corazón. Se refiere a la palabra de la fe que os anunciamos. Porque, si tus labios profesan que Jesús es el Señor y tu corazón cree que Dios lo resucitó de entre los muertos, te salvarás. Por la fe del corazón llegamos a la justificación, y por la profesión de los labios, a la salvación.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.
V/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

R/ El que por nosotros colgó del madero.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor ha resucitado del sepulcro. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo. Aleluya.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo. Aleluya.

PRECES

Bendigamos a Cristo, que nos prometió enviar desde el Padre, en su nombre, el Espíritu Santo, y supliquémosle diciendo:

Señor, danos tu Espíritu.

Te damos gracias, Señor Jesús, y por medio de ti bendecimos también al Padre en el Espíritu Santo
— y te pedimos que hoy todas nuestras palabras y obras sean según tu voluntad.

Concédenos vivir de tu Espíritu,
— para ser de verdad miembros vivos de tu cuerpo.

Haz que no juzguemos ni menospreciemos a ninguno de nuestros hermanos,
— pues todos tenemos que comparecer para ser juzgados ante tu tribunal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Colma nuestra fe de alegría y de paz,
— para que, con la fuerza del Espíritu Santo, desbordemos de esperanza.

Acudamos a Dios Padre, tal como nos enseñó Jesucristo:
Padre nuestro…

ORACION

Derrama, Señor, sobre nosotros la fuerza del Espíritu Santo, para que podamos cumplir fielmente tu voluntad y demos testimonio de ti con nuestras obras. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.