Comentario al evangelio – Miércoles VII de Pascua

Pablo, en la primera lectura, se dirige a los responsables – presbíteros y obispos – de la Iglesia de Éfeso. A estos pastores, encargados de cuidar la «Iglesia de Dios», Pablo les insiste en el deber de «vigilar». Se perfilan muchos peligros en el horizonte para la Iglesia, peligros que pueden venir del interior de las mismas comunidades. Peligros que le acecharán de fuera. Peligros que vendrán de falsas doctrinas, «de lobos feroces, que no tendrán piedad del rebaño». La «Iglesia de Dios» es algo precioso, porque «fue adquirida con su propia sangre». De ahí, la gran responsabilidad de los que la presiden.

El pastor debe vigilar «de día y de noche», «con lágrimas», primero sobre él mismo y luego sobre los demás. Pablo delinea, con pocas palabras, la gran responsabilidad de la vida del Pastor. Es consciente de que está pidiendo algo grande, por eso confía «en manos de Dios y de su palabra de gracia», a los responsables de la comunidad. En lugar de entregar la Palabra de Dios a los ancianos, «presbíteros», ellos son confiados a la Palabra de Dios, porque ella es la que tiene la fuerza de configurarlos como pastores y de edificar la Iglesia de Dios. Termina haciendo un fuerte llamado al desinterés personal. Con su propio testimonio les invita a no buscarse a sí mismos, a cuidarse de no seguir su propio interés. Pablo concluye de este modo la etapa de evangelización en el mundo griego. Él siente que está por entrar en una fase diferente de su apasionada vida de apóstol.

En el evangelio de este día se nos presenta la segunda parte de la «oración sacerdotal» de intercesión, que Jesús dirige al Padre. Tiene como objeto la custodia de la comunidad de discípulos que permanecen en el mundo. En el texto notamos la preocupación de Jesús por la influencia que puede tener la potencia del mundo sobre sus discípulos. El mismo Jesús ha experimentado este «misterio del mal» presente en nuestro mundo, esta fuerza que opera con su espíritu de mentira, de engaño, de muerte. La posición de los discípulos es delicada: deben permanecer en el mundo, sin contaminarse. También hoy tenemos el peligro, como insiste el Papa Francisco, de «mundanizar la fe. Vivir el Evangelio, pero con criterios mundanos. No, el Evangelio se vive con criterios evangélicos».         

Esto exige en el discípulo un ejercicio permanente de discernimiento. Con mucha facilidad se nos pueden filtrar en nuestra vida cristiana criterios antievangélicos que influyen en nuestro corazón y en nuestro modo de actuar. Necesitamos pedir siempre con insistencia en nuestra oración el don del discernimiento. Tener lucidez para no dejarnos engañar. La honradez para saber reconocer con humildad cuando hemos errado en el camino. En definitiva, se trata de estar atentos al Espíritu de Dios que se manifiesta en su Palabra. De esa forma estaremos en el mundo, sin ser del mundo. Eso sí, amándolo como Dios lo ha amado: «¡Tanto amó Dios al mundo que le dio su Hijo unigénito!»

Edgardo Guzmán, cmf.