Vísperas – Viernes VII de Pascua

VÍSPERAS

VIERNES VII DE PASCUA

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

SALMO 134: HIMNO A DIOS, REALIZADOR DE MARAVILLAS

Ant. Yo, el Señor, soy tu salvador y tu redentor. Aleluya.

Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
Envió signos y prodigios
—en medio de ti, Egipto—
contra el Faraón y sus ministros.

Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
a Sijón, rey de los amorreos,
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Yo, el Señor, soy tu salvador y tu redentor. Aleluya.

SALMO 134

Ant. Bendito el reino que llega, el que nuestro padre David. Aleluya.

Señor, tu nombre es eterno;
Señor, tu recuerdo de edad en edad.
Porque el Señor gobierna a su pueblo
y se compadece de sus siervos.

Los ídolos de los gentiles son oro y plata,
hechura de manos humanas;
tienen boca y no hablan,
tienen ojos y no ven,

tienen orejas y no oyen,
no hay aliento en sus bocas.
Sean lo mismo los que los hacen,
cuantos confían en ellos.

Casa de Israel, bendice al Señor;
casa de Aarón, bendice al Señor;
casa de Leví, bendice al Señor.
fieles del Señor, bendecid al Señor.

Bendito en Sión el Señor,
que habita en Jerusalén.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Bendito el reino que llega, el que nuestro padre David. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. Cantaré al Señor, sublime es su victoria. Aleluya.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Cantaré al Señor, sublime es su victoria. Aleluya.

LECTURA: Ga 5, 16.22-23a.25)

Andad según el Espíritu y no realicéis los deseos de la carne. El fruto del Espíritu es: amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad, dominio de sí. Si vivimos por el Espíritu, marchemos tras el Espíritu.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.
V/ El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

R/ Será quien os lo enseñe todo.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Todos se dedicaban a la oración en común, junto con María, la madre de Jesús. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Todos se dedicaban a la oración en común, junto con María, la madre de Jesús. Aleluya.

PRECES

Bendigamos a Dios Padre, que con tanta generosidad ha derramado los dones del Espíritu sobre todos los pueblos y, pidiéndole que no cese nunca de derramar su gracia sobre el mundo, digamos:

Que la gracia del Espíritu Santo abunde, Señor, en el mundo.

Señor, tú que hiciste a tu Elegido luz de las naciones,
— abre los ojos a los ciegos y libra de toda esclavitud a los que viven en tinieblas.

Tú que ungiste a Cristo con la fuerza del Espíritu Santo, para que realizara la salvación de los hombres,
— haz que pase de nuevo por el mundo haciendo el bien y curando a todos.

Envía tu espíritu, luz de los corazones,
— para que confirme en la fe a los que viven en medio de incertidumbres y dudas.

Envía tu Espíritu, solaz en el trabajo,
— para que reconforte a los que se sienten fatigados y desanimados.

Realiza la esperanza de los que ya han muerto,
— y haz que cuando venga Cristo obtengan una resurrección gloriosa.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Realiza la esperanza de los que ya han muerto,
— y haz que cuando venga Cristo obtengan una resurrección gloriosa.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Oh Dios, que por la glorificación de Jesucristo y la venida del Espíritu Santo nos has abierto las puertas de tu reino, haz que la recepción de dones tan grandes nos mueva a dedicarnos con mayor empeño a tu servicio y a vivir con mayor plenitud las riquezas de nuestra fe. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Viernes VII de Pascua

1.- Introducción.

Señor, el tema de mi oración en este día, basado en tu evangelio, me llena de satisfacción porque es tu tema, tu gran tema, el tema del amor. Y yo quiero darte gracias porque has puesto el amor como fundamento del cristianismo. A pesar de ser un tema muy exigente, es lo más esencial en la vida. En un momento nos puede faltar el pan y el agua; el vino y la sal; la ropa y la vivienda; pero si tenemos amor, podemos salir adelante. Pero si nos falta el amor nos falta todo.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 21, 15-19

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión.

El evangelio de hoy sobre el tema del amor, me fascina y, al mismo tiempo, me entristece. Me fascina y emociona que sea el mismo Jesús el que me pregunte personalmente a mí: ¿Me amas? Yo creo que soy sincero cuando le digo que sí, como lo era San Pedro. Y esto me produce alegría. Pero me entristece el que me lo pregunte “por tercera vez”, porque me hace recordar que “por tres veces y más de tres” yo no le he sido fiel. Y no es que yo crea que Dios quiere que recuerde mi pasado para humillarme y caminar por la vida con complejo de culpabilidad. ¡Lejos de mí pensar tal cosa de Jesús! Pero lamento – como Pedro- el haber disgustado a un Dios tan bueno y cariñoso para conmigo. Lo que Jesús exige al primer Papa no es que se doctore en teología en las escuelas bíblicas de Jerusalén, ni que aprenda lenguas o ciencias profanas. Lo que le exige es una triple confesión de amor y humildad que borre su altanería y su soberbia del pasado. “Aunque todos te nieguen, yo no”. Sólo después de esta triple profesión de amor humilde, Pedro está preparado para su misión de pastorear sus ovejas. Entonces ya estará capacitado para dar a sus ovejas “hierba tierna” que les lleve a comprender la ternura de Dios; “agua fresca”, para que la Palabra de Dios nunca se haga vieja sino que mantenga siempre su “novedad”; y, sobre todo, “compañía del Pastor” que evite la zozobra y el azoramiento cuando “llega la noche” y las ovejas tengan que atravesar las “cañadas oscuras”. 

Palabra del Papa.

«¿Me amas?… Apacienta mis ovejas». Las palabras de Jesús a Pedro en el Evangelio de hoy son las primeras que os dirijo, queridos hermanos. Estas palabras nos recuerdan algo esencial. Todo ministerio pastoral nace del amor… nace del amor. […]El Evangelio llama a cada cristiano a vivir una vida de honestidad, integridad e interés por el bien común. Pero también llama a las comunidades cristianas a crear “ambientes de integridad”, redes de solidaridad que se extienden hasta abrazar y transformar la sociedad mediante su testimonio profético. (Homilía de S.S. Francisco, 16 de enero de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Guardo silencio).

5.- Propósito. Sacar unos minutos después de comulgar para vivir sacramentalmente las ricas experiencias del salmo 23.

6.-Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, en el salmo 23, hay un momento en que la tercera persona del singular pasa a segunda “Tú vas conmigo”. Es el momento de cerrar el libro y guardar silencio. La doctrina pasa de la cabeza al corazón y se convierte en experiencia vivida, sentida, saboreada. Gracias, Dios mío, por este regalo de amor.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Comentario – Viernes VII de Pascua

(Jn 21, 15-19)

Después de haberle mostrado a Pedro que con sus solas capacidades humanas, sin invocarlo a él, ya no puede ni siquiera pescar, Jesús lo lleva aparte y le deja la suprema misión de guiar a la Iglesia, de apacentar sus corderos.

La triple pregunta recuerda la triple negación (13, 38), y eso explica la tristeza de Pedro luego de la tercera pregunta.

Pero Pedro aprendió la lección y ya no hace alardes; sólo se somete a lo que Jesús conoce de su corazón.

La pregunta “¿me amas?” indica que Jesús no necesita tanto de sus habilidades, de sus promesas y de sus energías, sino que le pide amor, adhesión a su Persona con todo el corazón; Jesús reclama la confianza íntima de Pedro puesta totalmente en él, y no en sus proyectos y glorias humanas.

Porque Jesús sabe que un amor auténtico y apasionado es capaz de generar todo lo demás: el enamorado habla con valentía del ser amado, lo defiende; el enamorado es creativo, generoso, trata espontáneamente de agradar al ser amado, lo comunica a los demás. A partir del amor se crean las condiciones para ser un buen apóstol.

Finalmente, Jesús advierte a Pedro que en este dejarse llevar por Cristo, deberá llegar hasta la entrega total, deberá caer en manos de los hombres y experimentar el aparente fracaso humano, igual que su maestro.

Después del primer “sígueme”, y luego de pasar por la tentación, la angustia y la infidelidad, Pedro, humilde y purificado, vuelve a escuchar el “sígueme” de Jesús. Y ahora dice que sí, como en el primer día, pero ahora ya no es un entusiasmo superficial o una palabra vacía; ahora su “sí” brota de un corazón convencido, que sabe que sin Jesús él no es nada, no vale nada, no puede nada.

Oración:

“Señor Jesús, te doy gracias por tu presencia en la Iglesia, porque tú la guías en su debilidad, tú actúas a través de los hombres frágiles que la componen, tú mismo cuidas a tus ovejas por medio de los pastores limitados que quisiste elegir”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Los bienes de la tierra están destinados a todos los hombres

69. Dios ha destinado la tierra y cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos. En consecuencia, los bienes creados deben llegar a todos en forma equitativa bajo la égida de la justicia y con la compañía de la caridad. Sean las que sean las formas de la propiedad, adaptadas a las instituciones legítimas de los pueblos según las circunstancias diversas y variables, jamás debe perderse de vista este destino universal de los bienes. Por tanto, el hombre, al usarlos, no debe tener las cosas exteriores que legítimamente posee como exclusivamente suyas, sino también como comunes, en el sentido de que no le aprovechen a él solamente, sino también a los demás. Por lo demás, el derecho a poseer una parte de bienes suficiente para sí mismos y para sus familias es un derecho que a todos corresponde. Es éste el sentir de los Padres y de los doctores de la Iglesia, quienes enseñaron que los hombres están obligados a ayudar a los pobres, y por cierto no sólo con los bienes superfluos. Quien se halla en situación de necesidad extrema tiene derecho a tomar de la riqueza ajena lo necesario para sí. Habiendo como hay tantos oprimidos actualmente por el hambre en el mundo, el sacro Concilio urge a todos, particulares y autoridades, a que, acordándose de aquella frase de los Padres: Alimenta al que muere de hambre, porque, si no lo alimentas, lo matas, según las propias posibilidades, comuniquen y ofrezcan realmente sus bienes, ayudando en primer lugar a los pobres, tanto individuos como pueblos, a que puedan ayudarse y desarrollarse por sí mismos.

En sociedades económicamente menos desarrolladas, el destino común de los bienes está a veces en parte logrado por un conjunto de costumbres y tradiciones comunitarias que aseguran a cada miembro los bienes absolutamente necesarios. Sin embargo, elimínese el criterio de considerar como en absoluto inmutables ciertas costumbres si no responden ya a las nuevas exigencias de la época presente; pero, por otra parte, conviene no atentar imprudentemente contra costumbres honestas que, adaptadas a las circunstancias actuales, pueden resultar muy útiles. De igual manera, en las naciones de economía muy desarrollada, el conjunto de instituciones consagradas a la previsión y a la seguridad social puede contribuir, por su parte, al destino común de los bienes. Es necesario también continuar el desarrollo de los servicios familiares y sociales, principalmente de los que tienen por fin la cultura y la educación. Al organizar todas estas instituciones debe cuidarse de que los ciudadanos no vayan cayendo en una actitud de pasividad con respecto a la sociedad o de irresponsabilidad y egoísmo.

La misa del domingo: misa con niños

DOMINGO DE PENTECOSTÉS

1.- ACOGIDA

   Bienvenidos Hermanos y hermanas:

   Bienvenidos a la celebración del domingo de Pentecostés, el último día de la cincuentena pascual. Hoy evocamos la experiencia de los apóstoles: el Espíritu desciende sobre ellos, los llena de coraje y los lanza a evangelizar, dando testimonio del Señor Jesús.  Como entonces, nosotros celebramos que Jesús nos regala su Espíritu que nos hace hombres y mujeres nuevos y nos llena de fuerza para difundir apasionadamente el Evangelio. Nos da alas para elevarse por encima de intereses y buscar la felicidad que es Dios, nos une y nos sostiene. ¡Ven Espíritu Santo!, es el grito que lanza hoy toda la Iglesia. Y le pedimos que nos llene de renovación interior, de fuerza, de ilusión, de alegría, de ganas de vivir nuestra fe como miembros de la Iglesia de Cristo.  (Un cartel: “El Espíritu Santo nos une y sostiene”).

En el nombre… El Dios de la vida que ha resucitado a Jesús y, por la acción del Espíritu Santo, nos llena de alegría y de paz, esté con todos vosotros.

 

2.- PETICIONES DE PERDÓN o ASPERSIÓN

     Pedimos perdón al Señor por los pecados personales y colectivos al celebrar la Eucaristía:

  • Porque muchas veces vivimos de espaldas a la acción de tu Espíritu, te decimos: Señor, ten piedad.
  • Por los obstáculos que ponemos a la manifestación de tu Espíritu en nuestras vidas, te rogamos:Cristo, ten piedad.
  • Por las veces que no hemos sido testigos de la bondad de Dios según el Espíritu de Jesús, te pedimos: Señor, ten piedad.

3.- MONICIÓN A LAS LECTURAS

Las lecturas  de este domingo nos hablan todas del Espíritu Santo. El libro de los Hechos narra la venida del Espíritu a los apóstoles llenándose todos de él y hablando en diversas lenguas. S. Pablo afirma que es la acción de Espíritu la que nos lleva a confesar a Jesús, a estar unidos y a vivir los carismas que él nos ha regalado. En el evangelio, Jesús se presenta en medio de los apóstoles y les llena de paz, de alegría y les da el poder de perdonar.

4.- PETICIONES

Pidamos al Padre que nos envíe y nos robustezca con la fuerza del Espíritu de Jesús.

-Danos, Señor, tu Espíritu.

Que tu Espíritu llene la tierra de paz.

Que tu Espíritu llegue a todos los que necesitan esperanza.

Que tu Espíritu ablande los corazones empobrecidos.

Que tu Espíritu ilumine a los que están en la noche del egoísmo.

Que tu Espíritu nos regale sus dones de sabiduría y fortaleza.

Que tu Espíritu nos inspire a realizar lo que te es grato.

Que tu Espíritu guíe a los que te buscan.

Que tu Espíritu nos dé el gusto de las bienaventuranzas.

Que tu Espíritu nos anime a querer a Dios más que a las cosas.

Que tu Espíritu nos ayude a los que vamos a comulgamos por 1ª vez, a serte fieles.

Que tu Espíritu llene de fuerza renovadora a los que han recibido o recibirán próximamente la confirmación.

      Envía tu Espíritu, Señor, para que siempre vivamos en tu presencia. Por JNS…

 

5.- OFRENDAS

CRISMA: Hoy te presentamos el Crisma usado en nuestro bautismo y de la confirmación. En el Bautismo recibimos el Espíritu Santo  que nos hace Cristianos, nacemos a la vida divina y entramaos en la Iglesia.  En la confirmación el Espíritu de Jesús nos hace crecer y nos perfecciona como cristianos.

7 VELAS ROJAS:  Con estas 7 velas encendidas queremos representar los 7 dones que el Espíritu da a los que siguen a Jesús: Sabiduría, Inteligencia, Consejo, Fortaleza, Ciencia, Piedad y Temor de Dios.

PAN Y VINO: Con el pan y el vino traemos ante el altar nuestro deseo de mejorar el mundo. Que nunca falten fuerzas en nuestras manos, ideas en nuestra cabeza y voluntad en nuestros corazones para disponernos hacia el bien.

La misa del domingo – Pentecostés

La palabra griega pentecostés traducida literalmente quiere decir: «fiesta del día cincuenta».

Antes de ser una fiesta cristiana era una importante fiesta judía de origen agrícola. Los judíos la llamaban también “fiesta de las semanas” o “fiesta de las primicias” (ver Éx 23,16; 34,22), pues en ella se presentaban al Señor las primicias de los frutos cosechados siete semanas después de haberse iniciado la siega. Para los judíos era, por tanto, una fiesta de acción de gracias a Dios por la cosecha.

Con el tiempo se convirtió en una fiesta que conmemoraba la promulgación de la Ley en el monte Sinaí. Por ello se la denominó también la fiesta del Sinaí o fiesta del Pacto. Se celebraba cincuenta días después de la pascua judía.

San Lucas (1ª. lectura) señala que fue en la fiesta judía de Pentecostés cuando el Espíritu prometido por el Señor Jesús fue enviado sobre los Apóstoles: «Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos los creyentes reunidos en un mismo lugar». Desde entonces Pentecostés es, para los cristianos, la fiesta en la que se celebra el envío del Espíritu Santo sobre los Apóstoles reunidos en el Cenáculo en torno a Santa María, acontecimiento que tuvo lugar cincuenta días después de la Resurrección del Señor Jesús.

Análogamente podemos decir que el Don del Espíritu al hombre es “la primicia de la cosecha”, el fruto primero y precioso de la Pascua. Por medio del Espíritu Santo Dios finalmente realiza la promesa de una nueva creación: «os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne.» (Ez 36,26) Por el Don del Espíritu el creyente no sólo recibe un nuevo corazón, sino que además «el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5,5). De este modo el hombre nuevo, fruto de una nueva creación realizada por el Señor Resucitado, es capaz de amar como Cristo mismo, con sus mismos amores: al Padre en el Espíritu, a María su Madre y a todos los hermanos humanos.

Asimismo, la irrupción del Espíritu Santo en forma de viento y fuego remiten al Sinaí, al momento en que Dios se manifiesta al pueblo de Israel, le concede su Ley y sella su alianza con él (ver Ex 19,3ss). Pentecostés se presenta como un nuevo Sinaí, como la fiesta de un nuevo Pacto, una Alianza que Dios extiende a partir de ese momento a todos los hombres de todos los pueblos y naciones de la tierra. La universalidad de la reconciliación y salvación traída por el Señor Jesús, de la nueva Alianza sellada por Él con su propia Sangre en el Altar de la Cruz, queda de manifiesto por las numerosas etnias a las que pertenecen quienes escuchan el primer anuncio de los Apóstoles (ver Hech 2,9-11). El pueblo de Dios, que había encontrado en el Sinaí su primera configuración, se amplía entonces hasta superar toda frontera de raza y cultura. Este pueblo es la Iglesia, que es católica (palabra de origen griego, que significa “universal”) y evangelizadora desde su nacimiento.

Aquella “primicia de la Pascua”, el Espíritu Santo, fue entregado por el Señor a sus discípulos el mismo día de su Resurrección (Evangelio). En aquella ocasión el Señor sopló sobre ellos y les dijo: «Reciban el Espíritu Santo; a quienes ustedes les perdonen los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengan, les quedan retenidos». De este modo los hacía partícipes de su propia misión: «Como el Padre me ha enviado, así también los envío yo». El Espíritu Santo, Don del Padre y del Hijo, es fruto de la Muerte y Resurrección del Señor. Los ministros del Señor, revestidos de este modo con el poder de lo Alto y en nombre de Jesucristo, son enviados con la misión específica de hacer partícipes a todos los hombres de los frutos de su obra reconciliadora.

Esta misión la ratificó antes de ascender al Cielo, cuando les dijo a sus Apóstoles: «Vayan por todo el mundo» (Mc 16,15) y «hagan discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a guardar todo lo que yo les he mandado» (Mt 28,19-20).

Para poder llevar a cabo esta misión evangelizadora el Señor, antes de su Ascensión a los Cielos, había dado a los Once instrucciones precisas de esperar en Jerusalén el Don de lo Alto. Les dijo: «Recibirán la fuerza (dynamis) del Espíritu Santo, que vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra» (Hech 1,5.8; ver Lc 24,49). Esta dynamis o fuerza divina prometida por el Señor los trasformará en valientes y audaces apóstoles, testigos del Señor ante todos los hombres, así como en Maestros de la verdad que Él es y ha enseñado. Los Apóstoles no podrían cumplir con esta misión, que excedía absolutamente a sus solas fuerzas y capacidades, sin esta “fuerza de lo Alto”.

Siguiendo las instrucciones del Señor los Apóstoles permanecieron en el Cenáculo orando en torno a Santa María hasta el día en que «vieron aparecer unas lenguas, como de fuego, que se repartían, posándose encima de cada uno. Se llenaron todos del Espíritu Santo y empezaron a hablar en lenguas extranjeras, cada uno en la lengua que el Espíritu le sugería» (Hech 2, 2-4). El Espíritu Santo es, por tanto, el gran protagonista de la evangelización.

Finalmente, si en Babel todos quedaron confundidos y sin poder comprenderse los unos a los otros al empezar a hablar en distintas lenguas (ver Gén 11,1-9), en Pentecostés sucede todo lo contrario: aunque venían de diversos pueblos y hablaban distintos idiomas, de pronto todos eran capaces de comprender a Pedro, porque lo escuchaban hablar cada cual en su propia lengua. El Espíritu Santo ha transformado la confusión en comunión. Él es la Persona divina que reconcilia, que une en una misma comunión y en un mismo Cuerpo a quienes son tan diversos entre sí (2ª. lectura).

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

«He venido a arrojar un fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviera encendido!» (Lc 12,49). Son éstas las palabras que pronunció el Señor en la perspectiva de su próxima Pasión, Muerte y Resurrección. ¿Y cuál sería ese fuego que quería arrojar sobre la tierra, sino el de su Espíritu, el Fuego del Divino Amor? Sí, ¡con ese Fuego es que se encienden y arden los corazones en el amor a Dios y a los hermanos humanos con el mismo amor de Cristo!

¿Y cómo este Don llega a encender nuestros corazones? ¿No es acaso por la predicación? En efecto, es por eso que San Francisco de Sales escribía en su prólogo al Tratado de Amor a Dios que cuando el Señor Jesús «quiso dar comienzo a la predicación de su Ley, envió sobre los discípulos reunidos, que Él había escogido para este ministerio, lenguas de fuego, mostrando de este modo que la predicación evangélica estaba enteramente destinada a poner fuego en los corazones». Ésa es la experiencia de los discípulos de Emaús, que luego de reconocer al Señor en la fracción del Pan, se dijeron uno a otro: «¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?» (Lc 24,32).

Así, pues, es por la predicación evangélica por la que se enciende este fuego en los corazones. Y del mismo modo, los discípulos reciben estas como lenguas de fuego, para que ellos mismos con la santa predicación pudiesen seguir el insigne ejemplo del Maestro, que explicando las Escrituras y lo que ellas referían sobre su Persona, dejó ardiendo con este fuego santo los corazones de sus discípulos.

En Pentecostés los discípulos recibieron en forma de lenguas de fuego este Don e inmediatamente, inflamados por el ardor apostólico, se pusieron a predicar con ‘parresía’, con ardor y coraje, la Buena Nueva que había de encender el mundo entero. ¡A nosotros nos toca hoy implorar y acoger ese Don divino! ¡A nosotros nos toca hoy dejarnos inflamar con ese Amor que es derramado cada día en nuestros corazones por el Espíritu Santo (ver Rom 5,5), para que ardiendo de celo por el Evangelio nos dispongamos a transformar los corazones humanos con sólo tocarlos con esas como “llamas en forma de lenguas de fuego”!

¡Es hora de evangelizar con nuevo entusiasmo y ardor, con nuevos métodos y medios, con empeño y constancia, sin miedo ni temor!

En este empeño por evangelizar el mundo entero no olvidemos que no podemos dejar de lado una verdad esencial: Nadie da lo que no tiene. Si el fuego del Espíritu no arde en mi corazón primero, cada día y con ardor incontenible, ¿cómo voy a comunicar ese fuego y encender otros corazones? El primer “campo de apostolado” soy yo mismo, por tanto, ocupémonos seriamente por tener una vida espiritual intensa, una vida de intensa relación con el Espíritu, condición sin la cual no podrá arder en nuestros corazones ese fuego que impulsa al apostolado valiente y audaz. ¡No descuidemos nuestra oración diaria y perseverante! ¡No dejemos de lado la perseverante lectura y meditación de la Sagrada Escritura, especialmente de las palabras y vida del Señor Jesús! ¡No dejemos de visitar al Señor en el Santísimo e implorarle allí que nos renueve y fortalezca interiormente con la fuerza divina de su Espíritu! ¡No dejemos de encontrarnos con Él cada Domingo en la Santa Misa! ¡No dejemos de crecer en nuestro amor filial a Santa María, para que en unión de oración con Ella y dejándonos educar por su ejemplo tengamos siempre las disposiciones interiores necesarias para poder acoger al Espíritu en nosotros!

Señor, pasa hasta el fondo

No permitas que nos encerremos
en nuestros duelos ni autocompasiones,
no nos dejes dar demasiada importancia a lo que nos ocurre,
impide que la enfermedad, el paro,
el desamor o la desgracia nos bloquee,
porque entonces vivimos sin Ti,
y así no hay forma de superarlas.

¡Cuántas veces nos has demostrado
que vivimos anclados en nuestra pena
y lo único que nos libera
es dejar de autocompadecernos y escuchar al otro!
Minimiza, Señor, nuestros miedos y vuélvenos misericordiosos,
compasivos con los hermanos y adivinos de sus dificultades.
Sólo así podremos sanarnos y recuperar la energía vital.

Entra, Señor, pasa hasta el fondo, al silencio de mi corazón,
más allá de mi cabeza ruidosa y de mi mente egocéntrica.
Pasa y hazme sentir como Tú, amar como Tú, acompañar como Tú.
Porque quiero saber aliviar el dolor de los otros,
perdonar siempre, descargar del peso de la vida
y desculpabilizar y liberar a mis hermanos.

Pasa, Señor, aunque yo no te busque,
distraído en los afanes de la vida, pasa …
Eres Tú el único que da sentido a mi existencia,
el que minimiza mis errores
y me vuelve misericordia inmediata,
amor gratuito, amistad regalada y caricia de vida.

Cuando te dejo entrar en mí,
me tomas al asalto y me vuelves todo amor.
Gracias por estos miedos que te reclaman,
gracias por mis fragilidades que me quitan prepotencias,
gracias porque siendo pequeño, Tú me vuelves grande y capaz,
gracias porque contigo soy luz para el camino oscuro de la vida
y sal que aporta chispa y humor para facilitar las situaciones.
Gracias por entrar … por pasar hasta el fondo de mí …

Mari Patxi Ayerra

Comentario al evangelio – Viernes VII de Pascua

El texto del Evangelio se centra en la figura de Simón Pedro. El evangelista especifica cuál es el rol del apóstol en la comunidad eclesial: es llamado al oficio de pastor (vv. 15-17), y a dar testimonio con su martirio (vv. 18s.). El evangelio del «discípulo amado» recupera, por así decirlo, el papel de Pedro en la clave del amor. Solo el que ama puede pastorear el rebaño reunido por el amor. Solo el que responde al amor de Cristo es capaz de ser responsable de su rebaño.

Jesús, por consiguiente, antes de confiarle a Pedro el encargo de Pastor de la Iglesia, le invita a una confesión de amor. El Señor le interroga por el amor tres veces (vv. 15.16.17), refiriéndose de este modo a la triple negación. Jesús no le reprocha nada. Solo insiste en el amor.  Esta insistencia de Jesús puede ser interpretada como la condición para establecer una relación de comunión, de amistad, de filiación que Pedro tiene que tener con el Señor. Antes que, en cualquier capacidad humana, el ministerio pastoral de Pedro se basa en una experiencia de íntima comunión con el Señor. No se trata de un puesto de prestigio y de poder.

El servicio de Pedro brota de una relación profunda con Jesús, quien conoce su corazón. «Jesús, buen Pastor, no humilla ni abandona en el remordimiento: en Él habla la ternura del Padre, que consuela y relanza; hace pasar de la disgregación de la vergüenza – porque verdaderamente la vergüenza nos disgrega – al entramado de la confianza; vuelve a donar valentía, vuelve a confiar responsabilidad, entrega a la misión. Pedro, que purificado en el fuego del perdón pudo decir humildemente “Señor, Tú conoces todo; Tú sabes que te quiero” (Jn 21, 17). Estoy seguro de que todos nosotros podemos decirlo de corazón» (Homilía del Papa Francisco, jueves 23 de mayo de 2013)

La misión de la Iglesia y de cada uno de sus discípulos se realiza siempre en el seguimiento de Jesús, que inicia cuando respondemos a su pregunta: «¿Me amas?». «Señor, tú conoces todo, tú sabes que te quiero». Este hermoso texto del Evangelio nos recuerda que el amor de Jesús, tanto el que él tiene por nosotros como el que nosotros profesamos por él, pasa por el cuidado de los demás. El Espíritu nos conceda la gracia de permanecer con amor en el seguimiento de Jesús.

Edgardo Guzmán, cmf.