Comentario – Solemnidad de Pentecostés

Pentecostés es el cumplimiento de la promesa del envío y donación del Espíritu Santo, el Don del Padre y el Hijo a la humanidad, don entre sus dones espléndido, pues en él se encierran todos los dones divinos, incluido el don del Hijo. San Pablo, hablando del Hijo, nos dice que Dios nos lo ha dado todo con él. Es cierto, pero esta donación se consuma con la entrega del Espíritu Santo, que es también su Espíritu y cuya vida y misión no pueden concebirse sin él, puesto que él mismo es el Ungido del Espíritu. Por eso, podrá exhalar su aliento sobre sus discípulos y decir: Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.

La eficacia de semejante acción sólo se entiende si se dispone realmente de la fuerza del Espíritu divino. Luego el don del Hijo a la humanidad no se hace propiamente don para cada uno de nosotros hasta que no nos es dado el Espíritu Santo en nuestro particular Pentecostés. Ello pone de relieve que Pentecostés es también culminación de la Encarnación y de la Pascua. La misión de Cristo culmina con el envío del Espíritu Santo, que será quien prolongue y lleve a término esta misión con la colaboración de sus testigos.

Enviado el Espíritu Santo, ya no cabe enviar a nadie más desde el Padre. Sólo queda dejar trabajar al Espíritu en nosotros y en el mundo. Tal es nuestra tarea en cuanto cristianos, esto es, en cuanto ungidos del mismo Espíritu de Cristo. Y no es una tarea de poca monta, puesto que implica la transformación de ese mundo al que pertenecemos conforme a los designios de Dios Padre.

Pentecostés es la fiesta del Espíritu, porque el Espíritu fue enviado históricamente el día de Pentecostés, un día ya conmemorativo en la tradición judaica, dado que los judíos recordaban en este día otro don divino, la entrega de las tablas de la Ley a Moisés en el monte Sinaí. Tratándose de dones de procedencia divina, no es extraño que Lucas haga coincidir esta fecha con la entrega del Espíritu Santo, el don más espléndido entre los dones del cielo, a su Iglesia, o mejor, a ese grupo de seguidores de Jesús que empieza a ser Iglesia precisamente por la recepción del Espíritu.

Es este mismo Espíritu el que transforma esa congregación de seguidores en Iglesia o Asamblea cristiana, convirtiéndose en alma de la misma, puesto que pasa a ser el elemento vitalizante, cohesionante y fecundante del organismo que sostiene. Pentecostés significó en su día, por tanto, la puesta en marcha de la Iglesia. Y el primer acto de esta Iglesia así constituida, en acto, por la fuerza del Espíritu fue un acto misionero.

Así lo describe el libro de los Hechos: un hablar en voz alta de las maravillas de Dios en todos los idiomas, es decir, un hablar para que se oiga en todas partes, un hablar con destino universal de Dios y de sus planes salvíficos, un hablar referido a Dios y a sus maravillosas acciones en favor de esa humanidad doliente, desesperanzada, resignada a su destino mortal, acciones que alcanzan su cima en la resurrección de Jesús y su triunfo sobre la muerte misma. Con este anuncio misionero (kerigma) los apóstoles, inflamados por el Espíritu del Resucitado, estaban poniendo en práctica el mandato de su Maestro y Salvador: Id por todo el mundo y proclamad el evangelio.

El Espíritu, por tanto, no venía a deshacer lo hecho por Jesús, sino a continuarlo y completarlo, a llevarlo a término. Ésta es fundamentalmente la labor del Espíritu de Pentecostés, llevar a término la obra culminada por Jesús en el Calvario y en la Ascensión en con su Iglesia. Porque el Espíritu ni actúa por cuenta propia, ni actúa por sí solo, sino por medio de aquellos en los que opera y por los que se hace presente, es decir, por medio de aquellos (ungidos) a los que ilumina con su luz, fecunda con su vida, enardece con su fuego, mueve con su fuerza, da vigor y consistencia con su energía, unifica con sus vínculos.

Entre estos se encuentran apóstoles, mártires, vírgenes, santos en los que se deja ver con extrema claridad el amor que fructifica en frutos de vida cristiana, frutos de variados sabores y colores, pero que tienen una única fuente de energía, ese Espíritu, el Amor de Dios, que fue derramado en sus corazones.

Al Espíritu, siendo persona divina, se le suele comparar con realidades impersonales como el agua, la luz, el aceite, el fuego, el viento. Se hace así, seguramente, por los efectos que provoca su actuación y que tienen tanto que ver con los efectos generados por estos elementos de la naturaleza en el plano físico, efectos como la limpieza, la luminosidad, la lubricación, la inflamación o el empuje. Tales son también los efectos del Espíritu en su plano o dimensión espiritual.

Sucede, además, que el Espíritu actúa como espíritu o fuerza interior, con esa energía que no se ve, pero que se hace notar cuando se activa, porque provoca efectos notorios, acciones heroicas, grandes empresas, cambios inusitados, hazañas inimaginables; pero en todo esto obra tan de incógnito que cede todo el protagonismo histórico a esos humanos a quienes proporciona su fuerza y su luz, pues él es la luz con la que los “espirituales” ven la realidad del mundo revestido de sombras y de luces y la energía o la levadura con la que se disponen a transformarlo una vez que ellos han quedado transformados; él es también el fuego que inflama de entusiasmo y de ardor apostólico los corazones de los que emprenden la tarea de la misión después de haberles purificado de sus apegos y desligado de sus ataduras de origen; él es, finalmente, la fuerza (viento, aceite) que mantiene en la brecha a sus trabajadores rechazando tentaciones de desánimo y deserción en medio de las acometidas que les tiene reservado el combate de la vida.

El Espíritu es, pues, el que dentro de nosotros hace que hagamos la voluntad de Dios, hace que continuemos la misión de Cristo en el mundo, hace que veamos la vida con ojos de fe y de esperanza, hace que amemos como él nos amó, hace de nosotros, ungidos por él, otros Cristos. Pero lo hace en nosotros desde nosotros, sin aniquilar nuestra naturaleza, sin despotenciarnos, sin arrebatarnos nuestra voluntad y nuestro entendimiento, sino más bien solicitando de nosotros poner a su disposición esas potencias para dejarle obrar en ellas, de modo que pueda incrementar su capacidad visual y su fuerza volitiva para la ejecución de obras buenas u obras conformes a la voluntad de Dios.

Tales efectos no son otra cosa que la luz que permite a nuestro entendimiento ver el bien que está más allá de la apariencia de mal o la vida que está más allá de la muerte, y la atracción amorosa que permite a nuestra voluntad apetecer el bien que está más allá de sus simples apariencias.

Tal es el Espíritu recibido por los apóstoles el día de Pentecostés y por nosotros el día de nuestros pentecostés, a comenzar por el bautismo, la confirmación y demás momentos sacramentales y a continuar por esta celebración anual en que la liturgia actualiza para nosotros la presencia y recepción de este Don, un Espíritu de sabiduría, entendimiento y ciencia, un Espíritu de fortaleza, piedad y temor de Dios, pues tales son los dones en los que se vierte este Don, de modo que donde haya un hombre de Espíritu (= un santo) allí encontraremos a un hombre sabio, fuerte, piadoso, temeroso de Dios; y lo encontraremos dando frutos, evidentemente los frutos del Espíritu, de los que ya hace mención el gran apóstol, el amor, la alegría, la paz, la comprensión, la servicialidad, la amabilidad, la lealtad, el dominio de sí.

Bebamos, pues, de este “agua” salutífera, el Espíritu, para dar los “frutos” en los que se concentra y se expande la vida de Dios en nosotros. ¡Feliz Pentecostés!

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Solemnidad de Pentecostés

I VÍSPERAS

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Ven, Espíritu divino,
manda tu luz desde el cielo.
Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo,
brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas
y reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.
Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas, infunde
calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos;
por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse
y danos tu gozo eterno. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. Aleluya.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Al llegar el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. Aleluya.

SALMO 146

Ant. Los apóstoles vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, y se posó encima de cada uno el Espíritu Santo. Aleluya.

Alabad al Señor, que la música es buena;
nuestro Dios merece una alabanza armoniosa.

El Señor reconstruye Jerusalén,
reúne a los deportados de Israel;
él sana los corazones destrozados,
venda sus heridas.

Cuenta el número de las estrellas,
a cada una la llama por su nombre.
Nuestro Señor es grande y poderoso,
su sabiduría no tiene medida.
El Señor sostiene a los humildes,
humilla hasta el polvo a los malvados.

Entonad la acción de gracias al Señor,
tocad la cítara para nuestro Dios,
que cubre el cielo de nubes,
preparando la lluvia para la tierra;

que hace brotar hierba en los montes,
para los que sirven al hombre;
que da su alimento al ganado
y a las crías de cuervo que graznan.

No aprecia el vigor de los caballos,
no estima los jarretes del hombre:
el Señor aprecia a sus fieles,
que confían en su misericordia.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los apóstoles vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, y se posó encima de cada uno el Espíritu Santo. Aleluya.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: HIMNO DE ADORACIÓN

Ant. El Espíritu que procede del Padre, él me glorificará. Aleluya.

Grandes y maravillosas son tus obras,
Señor, Dios omnipotente,
justos y verdaderos tus caminos,
¡oh Rey de los siglos!

¿Quién no temerá, Señor,
y glorificará tu nombre?
Porque tú solo eres santo,
porque vendrán todas las naciones
y se postrarán en tu acatamiento,
porque tus juicios se hicieron manifiestos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. El Espíritu que procede del Padre, él me glorificará. Aleluya.

LECTURA: Rm 8, 11

Si el Espíritu de Dios, que resucitó a Jesús de entre los muertos, habita en vosotros, el que resucitó de entre los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales, por el mismo Espíritu que habita en vosotros.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.
V/ El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

R/ Será quien os lo enseñe todo.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor, tú que congregaste a los pueblos de todas las lenguas en la confesión de una sola fe. Aleluya.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Ven, Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos la llama de tu amor, tú que congregaste a los pueblos de todas las lenguas en la confesión de una sola fe. Aleluya.

PRECES

Celebremos la gloria de Dios, quien, al llegar a su término en Pentecostés los cincuenta días de Pascua, llenó a los apóstoles del Espíritu Santo y, con ánimo gozoso y confiado, supliquémosle, diciendo:

Envía tu Espíritu Señor, y renueva el mundo.

Tú que al principio creaste el cielo y la tierra y, al llegar el momento culminante, recapitulaste en Cristo todas las cosas,
— por tu Espíritu renueva la faz de la tierra y conduce a los hombres a la salvación.

Tú que soplaste un aliento de vida en el rostro de Adán,
— envía tu Espíritu a la Iglesia, para que, vivificada y rejuvenecida, comunique tu vida al mundo.

Ilumina a todos los hombres con la luz de tu Espíritu y disipa las tinieblas de nuestro mundo,
— para que el odio se convierta en amor, el sufrimiento en gozo y la guerra en paz.

Fecunda el mundo con tu Espíritu, agua viva que mana del costado de Cristo,
— para que la tierra entera se vea libre de las espinas de todo mal.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que por obra del Espíritu Santo conduces sin cesar a los hombres a la vida eterna,
— dígnate llevar, por este mismo Espíritu, a los difuntos al gozo eterno de tu presencia.

Llenos de fe, invoquemos juntos al Padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado VII de Pascua

1.- Oración Introductoria.

Señor, te agradezco que los evangelios nos hayan llegado sin maquillar. Aquí aparece una pequeña pugna entre Pedro y Juan. A Pedro le molesta un poco la situación privilegiada de Juan y le pregunta al Maestro: ¿Y este qué? Y Jesús con todo cariño le responde: “Y eso a ti, ¿qué te importa?” A Pedro no le molestó esta respuesta porque sabe todo el amor que Jesús le tiene también a él. Haz, Señor, que yo respete siempre a mis hermanos con sus cualidades y singularidades. Y esto sólo lo podré conseguir si hay verdadero amor por medio.

2.-Lectura reposada del evangelio. Juan 21, 20-25

En aquel tiempo dijo Jesús a Pedro: Sígueme. Pedro entonces, volviéndose, vio que los seguía el discípulo a quien Jesús tanto quería el mismo que en la cena se había recostado en su pecho y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te va a entregar? Al verlo, Pedro dice a Jesús: Señor, y éste, ¿qué? Jesús le respondió: Si quiero que se quede hasta que yo venga, ¿qué te importa? Tú, sígueme. Corrió, pues, entre los hermanos la voz de que este discípulo no moriría. Pero Jesús no había dicho a Pedro: No morirá, sino: Si quiero que se quede hasta que yo venga. Este es el discípulo que da testimonio de estas cosas y que las ha escrito, y nosotros sabemos que su testimonio es verdadero. Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión

Siempre he sentido una santa envidia por el evangelista Juan. Ha sido tan querido, tan agraciado por Jesús, que, en vez de nombrarse por su nombre, prefiere ser conocido por la experiencia de vida que ha mantenido con Él.  Este es el discípulo “a quien Jesús tanto quería”. Y prueba exquisita de ese amor fue el que, en la Cena, “reposó su cabeza sobre el pecho de Jesús”. Y ¿qué descubrió allí? Es algo que nunca podemos saber. Pero sí podemos adivinar. El evangelista nos dice que: “Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús y que si se escribieran todas, no cabrían los libros en este mundo”. ¿No nos está diciendo el evangelista que la vida tan rica y maravillosa de Jesús no puede encerrase en libros? Esto es muy importante a la hora de abordar un texto bíblico. No debo nunca situarme sobre él con idea de poseerlo y dominarlo a base de estudiarlo con minuciosidad. Debo dejarle a él el protagonismo y yo dejo que el mismo texto me hable, me sugiera, me interpele y me lance a nuevos horizontes. Y así la palabra de Dios me lleva a lo inabarcable, a lo desconocido, al Misterio.  Y de esta manera, la Palabra de Dios me hace crecer cada día.

Palabra del Papa

“El amor de Jesús debe ser suficiente para Pedro. Él no debe ceder a la tentación de la curiosidad, de la envidia, como cuando, al ver a Juan cerca de allí, preguntó a Jesús: “Señor, y éste, ¿qué?”. Pero Jesús, frente a estas tentaciones, le respondió: “¿A ti qué? Tú, sígueme”. Esta experiencia de Pedro es un mensaje importante también para nosotros, queridos hermanos. El Señor repite hoy, a mí, a ustedes y a todos los Pastores: “Sígueme”. No pierdas tiempo en preguntas o chismes inútiles; no te entretengas en lo secundario, sino mira a lo esencial y sígueme. Sígueme a pesar de las dificultades. Sígueme en la predicación del Evangelio. Sígueme en el testimonio de una vida que corresponda al don de la gracia del Bautismo. Sígueme en el hablar de mí a aquellos con los que vives, día tras día, en el esfuerzo del trabajo, del diálogo y de la amistad. Sígueme en el anuncio del Evangelio a todos, especialmente a los últimos, para que a nadie le falte la Palabra de vida, que libera de todo miedo y da confianza en la fidelidad de Dios. Tú, sígueme”. (Homilía de S.S. Francisco, 29 de junio de 2014).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto ya meditado. (Guardo silencio)

5.- Propósito. Iré hoy a un texto bíblico, guardaré silencio, y dejaré que el texto me hable.

6.- Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Gracias, Dios mío, por todo lo que me has enseñado en este día. Yo sé que el evangelio de Juan es muy profundo porque el discípulo que lo escribió “descansó su cabeza sobre el pecho de Jesús” y descubrió allí la profundidad de sus palabras y sus hechos.  Este evangelio no ha sido escrito para personas superficiales, para personas que no se toman en serio el mandamiento del amor. Envía, Señor tu Espíritu para que dé profundidad a mi vida.   

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

El Espíritu Santo nos hace testigos

1.- Con este domingo de Pentecostés se cierran las fiestas de Pascua. Pentecostés es la culminación de la Pascua. Cristo murió, resucitó y nos dio su Espíritu. Es Jesús quien “envía” el Espíritu sobre el grupo de los “suyos”. Comienza el tiempo de la Iglesia.

El Espíritu Santo nos hace testigos. Un testigo no es un hombre o una mujer que “ha oído campanas”. Es alguien que ha tenido experiencia de Dios, de Jesús, de la presencia del Espíritu. No una experiencia fulgurante, sino una especie de familiaridad connatural con Dios, con el Evangelio, con la conducta cristiana.

El testigo no es ni un exaltado, ni un desequilibrado, ni un fanático. Tampoco es un cristiano perfecto. Tiene sus tropezones y desfallecimientos. Sabe por experiencia de que es ser pecador. Pero un discreto fulgor se desprende de sus palabras y comportamientos. No se avergüenza de ser creyente. Lo muestra a las claras, con humilde discreción no sólo en ambientes favorables de grupos de Iglesia. También en ambientes indiferentes y hostiles, sobre todo en nuestro clima de profunda secularización como vivimos.

2.- Es necesario leer el libro de los Hechos de los Apóstoles, un escrito que se atribuye al evangelista san Lucas. ¿Por qué merece la pena hacer esa lectura en este momento? Hay que tener en cuenta que Hechos de los Apóstoles no es ni una novela ni tampoco una biografía en sentido clásico. Pero se habla aquí de la Iglesia, y muestra el libro los rasgos de las primeras comunidades cristianas.

Lucas afirma que la comunidad primitiva era constante «en la enseñanza de los Apóstoles y en la comunión de vida, en la fracción del pan y en las oraciones». Presenta así lo que es la Iglesia, mostrando cómo ha de ser su camino en la historia. Ese camino comienza con el envío del Espíritu Santo que se da a una comunidad que está unida en la oración y cuyo centro lo constituyen María y los Apóstoles, los escogidos por Dios como columnas de la Iglesia.

3.- Allí aparecen, pues, tres características o propiedades fundamentales de la Iglesia que hoy, día de Pentecostés, tenemos que subrayar: La Iglesia es apostólica; ella es igualmente orante, por tanto vuelta hacia el Señor, “santa” en definitiva; y ella es una, no varias. La actualidad del Espíritu Santo se presenta en el don de lenguas. El texto de la segunda lectura de la liturgia de hoy muestra que con la venida del Espíritu se invierte lo sucedido en Babel: La nueva comunidad, el nuevo pueblo de Dios, se expresa en todas las lenguas y así es comprendido desde el primer momento de su existencia como “católico”.

Es decir, para ser la Iglesia que quiso y quiere Jesucristo, nosotros estamos obligados a caminar hasta los límites del espacio y del tiempo, llevando el Evangelio a toda criatura. Por ello, la narración del libro de los Hechos comienza en Jerusalén y termina en Roma, que no son en este caso dos simples ciudades, sino símbolos de toda la humanidad, y que comprende el antiguo pueblo de Dios, los judíos, y todas las naciones, los pueblos no judíos.

4.- El libro de los Hechos de los Apóstoles, que nos narran la historia de los primeros 30 años de la Iglesia, –– del 33 al 63–– nos dan cuenta de cómo la promesa de Jesús cuya realización debían esperar en Jerusalén, se realiza de una manera portentosa en la irrupción del Espíritu en la fiesta judía, ya preexistente, de Pentecostés.

El tema principal de esta segunda parte de la obra del evangelista san Lucas es la Iglesia en cuya historia el Espíritu Santo es el protagonista principal, pues ésta no existe por iniciativa de las personas que la integran, sino por la fuerza del Espíritu Santo que está presente en todas las actividades y determinaciones que toman los apóstoles guiándolos para que den testimonio de Jesús desde la experiencia de la fraternidad.

El don por excelencia para el creyente y para la comunidad es, sin duda, el Espíritu Santo. Sin embargo, Él trae consigo también sus dones llamados carismas cuyo destino final no es el que los recibe sino que están al servicio de la comunidad. Por eso san Pablo, en la segunda lectura nos habla de la diversidad de carismas en el pueblo de cristiano; nos enseña que la multitud de carismas en el seno de la comunidad es el signo más incontestable de su vitalidad. Y nos enseña, además que un auténtico carisma, jamás es para dividir y crear discordia, sino para hacer crecer la unidad. Generalizando, podemos decir que un carisma es siempre para el bien común y para dar testimonio como cuerpo de Cristo a favor de los que deben recibir el anuncio de la salvación. San Pablo, pues, enseña que es el Espíritu el autor de la unidad del cuerpo.

5.- San Juan nos lleva, en el evangelio, al anochecer del día de la resurrección para hacérnoslo ver cumpliendo su promesa y enviando a los discípulos al mundo para que sean testigos suyos. Pero su presencia entre ellos, que estaban en una casa encerrados, por miedo a los judíos, comienza no con un saludo, como podría suponerse, sino con el don de su paz, ese don eficaz suyo al que ya se había referido en sus palabras de despedida, reiterándolo para subrayar el tiempo nuevo que ya ha comenzado. En seguida, soplando sobre ellos, como Dios en la creación, les da su Espíritu a fin de que puedan llevar a cabo la misión que les encomienda de parte del Padre. Por el don de la paz y la comunicación del Espíritu, su comunidad es portadora de vida para el mundo; a través de ella se actualiza la presencia permanente del Señor que ha triunfado de la muerte.

El don por excelencia del Espíritu, está en función de la comunidad total que es la humanidad que Dios ama y quiere salvar. Es la misión de la Iglesia. No sólo de su parte dirigente, pues san Juan indica claramente que se dirigió a los discípulos, no exclusivamente a los Doce.

Los discípulos eran unos hombres aterrorizados por lo sucedido a su maestro y son transformados fortalecidos y enviados a dar la vida por el perdón de los pecados, a levantar a los caídos, sanar a los enfermos y afianzar a los débiles, en una palabra a dar testimonio con el servicio a los que menos cuentan. Jesús les mostró sus manos y su costado para ser reconocido como el que murió, y con su paso al Padre, les dio su Espíritu y su paz.

6.- El Espíritu provoca la conversión del corazón. El espíritu renueva al hombre. El nos capacita para el amor sin fronteras, incluso al enemigo. El Espíritu defiende la causa del Reino de Dios. El Espíritu anima el testimonio y la proclamación del Evangelio. El espíritu afirma la unidad de la Iglesia para su mejor servicio al mundo. Es lo que Pablo subraya en su carta a los cristianos de Corinto. La Iglesia vive del y por el Espíritu.

Antonio Díaz Tortajada

Comentario – Sábado VII de Pascua

(Jn 21, 20-25)

Pedro se asombra de que Jesús no eligiera al discípulo amado para guiar a su Iglesia. Juan era el más íntimo, el fiel, el que descubría rápidamente la presencia de Cristo. Él, en cambio, era más torpe, y había sido infiel.

El discípulo amado tiene otra función en la Iglesia. En estos versículos se habla de una promesa de Jesús con respecto a Juan, donde se afirma que Juan permanecería hasta el regreso del Señor. Muchos pensaron que eso significaba que Juan no iba a morir, pero el evangelio mismo aclara que esa era una falsa interpretación de las palabras de Jesús a Pedro.

Juan permaneció porque nos ha dejado su enseñanza, su testimonio de lo que él ha experimentado en su encuentro con el Señor. Él tuvo una intimidad única con Jesús y en 21, 20 se insiste en esa intimidad exclusiva. Y precisamente el cuarto evangelio es el testimonio precioso de todo lo que Juan vio, escuchó y experimentó junto a Jesús (1 Jn 1, 1-3).

Por eso, si Pedro queda como principal Pastor de la Iglesia, Juan queda con su evangelio como el testigo por excelencia (21, 24), aunque “no bastaría el mundo” para contener lo que se podría escribir sobre Jesús.

Vemos entonces que no solamente la autoridad sostiene a la Iglesia; también la sostienen los místicos y los contemplativos. La sostienen los que evangelizan y también los que consagran su vida a la oración. La sostienen los que trabajan, pero también los que expresan su amor en la adoración. Sin embargo, cabe recordar que también los que se consagran a la oración viven su intimidad con Jesús con un fuerte deseo evangelizados Por eso Santa Teresa de Lisieux, que era contemplativa, es patrona de los misioneros. Ella sentía que, en el corazón de la Iglesia, debía alimentar el fuego del amor, para que ese fuego inflamara el corazón de los misioneros y los impulsara a evangelizar con entusiasmo.

Oración:

“Ayúdame Jesús con la luz del Espíritu para que pueda comprender el evangelio, para que a través de las palabras de Juan y de los demás evangelistas pueda encontrar yo también una mayor intimidad contigo, pueda crecer en tu preciosa amistad”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Inversiones y política monetaria

70. Las inversiones deben orientarse a asegurar posibilidades de trabajo y beneficios suficientes a la población presente y futura. Los responsables de las inversiones y de la organización de la vida económica, tanto los particulares como los grupos o las autoridades públicas, deben tener muy presentes estos fines y reconocer su grave obligación de vigilar, por una parte, a fin de que se provea de lo necesario para una vida decente tanto a los individuos como a toda la comunidad, y, por otra parte, de prever el futuro y establecer un justo equilibrio entre las necesidades actuales del consumo individual y colectivo y las exigencias de inversión para la generación futura. Ténganse, además, siempre presentes las urgentes necesidades de las naciones o de las regiones menos desarrolladas económicamente. En materia de política monetaria cuídese no dañar al bien de la propia nación o de las ajenas. Tómense precauciones para que los económicamente débiles no queden afectados injustamente por los cambios de valor de la moneda.

La victoria de la luz

1.- “Al cumplirse el día de Pentecostés estaban todos juntos en el mismo lugar” (Hch 2, 1) Pentecostés era una de las grandes fiestas del pueblo judío. Día de acción de gracias, de recuerdo agradecido por la alianza que Dios concediera a su pueblo en el Sinaí… La ciudad de Jerusalén bullía en sus calles, un gentío multicolor procedente de la Diáspora se movía de un lado a otro. El pueblo, subyugado ahora al poder de Roma, esperaba nuevamente que Dios se apiadara de los suyos y quebrara el yugo férreo e insoportable de la dominación romana.

Los profetas lo habían predicho: vendrían tiempos en los que los prodigios se repetirían. Tiempos en los que el Espíritu se derramará sobre toda carne, tiempos en los que los corazones duros se ablandarán, en los que ese Espíritu nuevo vivificará los cuerpos muertos. El soplo de Dios llenará de fuego la tierra, y de un extremo a otro del orbe resonará la voz del Espíritu, despertará la fuerza de Dios, del Amor.

Tierra fría, tierra olvidada de Dios, tierra muerta, tierra reseca… Ven, ¡oh Santo Espíritu!, envía del cielo un rayo de tu luz. Ven, padre de los pobres, ven dador de todo bien, ven luz de los corazones. Consolador óptimo, dulce huésped del alma, suave refrigerio. Descanso en el trabajo, en el calor fresca brisa, en el llanto consuelo… ¡Oh luz beatísima!, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor.

“Y se produjo de repente un ruido del cielo, como de viento impetuoso que pasa, que llenó toda la casa en donde estaban ” (Hch 2, 2) En el momento en que todo surgía de la nada, el Espíritu de Dios aleteaba sobre el fragor de las aguas. Y cuando los tiempos se cumplen y se verifica la Redención, la nueva y definitiva creación, el Espíritu vuelve nuevamente a la tierra, cubriendo con su sombra a la joven virgen que concibe en su seno al Dios humanado. Y ahora, en Pentecostés, cuando la nueva hija de Sión comienza su historia, cuando la Esposa del Cordero se despierta, cuando la Iglesia toma conciencia clara de su misión, nuevamente actúa el Espíritu, el viento fuerte e imparable de Dios.

Desde entonces está siempre presente en la vida del pueblo elegido, actuando sin descanso, pasando por encima de las miserias de los hombres empujando la barca de Pedro hacia el puerto prefijado por Dios, en medio de las más terribles tempestades, de las más hondas borrascas…

El Gran Desconocido, el Gran Olvidado, el Espíritu Santo. Y sin embargo, el Gran Presente, la Promesa del Padre, el Paráclito, el Santificador de las almas. Sin su luz sólo tinieblas hay en el hombre, nada. Sin él, ni decir Jesús podemos…

Perdona nuestra rudeza, nuestra mísera ignorancia. Y ven: lava lo que está sucio -que es tanto-, riega lo que está seco, sana lo que está enfermo. Dobla nuestra rigidez, calienta nuestra frialdad, endereza lo torcido. Da a tus fieles, a los que en Ti confiamos -¡queremos confiar!- tus siete sagrados dones. Danos el mérito de la virtud, el éxito de la salvación, danos el gozo siempre vivo. Amén.

2.- “Bendice, alma mía, al Señor…” (Sal 103, 1) En los grandes místicos y en los hombres de vida limpia es muy frecuente contemplar, como en un libro abierto, la grandeza soberana de Dios en el mundo que nos rodea. Unas veces será la tierra con su variedad de paisajes, con su fecundidad y su riqueza; otras veces será el cielo con su transparencia azulada, con los claros y las sombras de sus nubes, con el silencio de sus estrellas. Acaso la mirada de un niño, o la sonrisa de un anciano; una palabra amiga puede transportarnos hasta la contemplación íntima de Dios.

Jesús mismo nos lo dijo en el Sermón de la Montaña: “Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios”. Sí, bienaventurados, felices, dichosos los que tienen la mirada limpia para descubrir a Dios en cada momento y en cada lugar. Entonces comprenderemos las palabras del salmista y exclamaremos con él: “Bendice, alma mía, al Señor. ¡Dios mío, qué grande eres! ¡Cuántas son tus obras, Señor; la tierra está llena de tus criaturas!”.

“Envías tu Espíritu y los creas…” (Sal 103, 30) Como sabemos, cuando el libro del Génesis nos relata los comienzos de la Creación, nos habla del aleteo del Espíritu de Yahvé sobre las aguas informes y turbulentas. Y luego, al referirnos la creación del hombre, nos dice el texto sacro que sopló sobre el rostro de Adán, espiró sobre su faz, le transmitió la fuerza de su Espíritu, dio el toque final a la obra más perfecta de toda su grandiosa Creación. Sólo después de ese gesto divino llegó el hombre a ser hechura de Dios, imagen y semejanza suya.

A pesar de todo, el hombre claudicó, perdió su grandeza y dignidad, la de ser hijo de Dios, partícipe de la vida divina, heredero de la Gloria… Pero el corazón de Dios seguía amando al hombre, continuaba acordándose de la obra de sus manos. Y así, después de muchos siglos de sombras y de dolor, de esclavitud bajo la potestad del demonio, nos llega el Verbo de Dios, su Palabra ahora más próxima que nunca, hecha carne, humanizada en Cristo Jesús. Y junto a la Palabra, el Espíritu Santo que aletea de nuevo y transmite otra vez la vida… Pentecostés, los cincuenta días de la espera, el momento en que el fuego y la luz, el ímpetu del Espíritu sacude a los Apóstoles lanzándolos, valientes y audaces, a predicar el escándalo de la Cruz, la locura de la Resurrección. Y hoy, una vez más, hemos de contemplar su fuerza y su dinamismo, sentir en nosotros su acción santificadora y transformadora para secundarla con docilidad.

3.- “Nadie puede decir Jesús es el Señor, si no es bajo la acción del Espíritu Santo ” (1 Co 12, 3) Decir que Jesús es el Señor equivale a confesar su divinidad, a ponerse por tanto en camino de salvación. Pero como, en definitiva, la salvación es un don gratuito de Dios, nada podemos hacer por nosotros mismos si el Espíritu Santo no viene en nuestra ayuda. El hombre puede y debe suplicar, poner el empeño que le sea posible, pero en último término será el Espíritu Santo quien conducirá la nave a buen puerto.

Es, sin duda, uno de los misterios más intrincados de nuestra fe, una de las verdades más difíciles de comprender con las solas luces de la razón. Cómo coordinar la libertad humana y el poder divino, cómo puede uno permanecer libre y al mismo tiempo ser dominado por la fuerza divina. Cómo sólo Dios es quien nos salva y al mismo tiempo el hombre puede rechazar esa salvación, obstaculizarla hasta hacerla imposible.

Ante este hecho la mejor salida es la aceptación humilde, reconocer que sin Dios nada podemos y que lo podemos todo si nos apoyamos en nuestro Señor. Hay que actuar como si nuestra salvación dependiera solamente de uno mismo, sabiendo que en realidad será Dios quien nos salve. Recordemos que, como decía San Agustín, Dios que nos ha creado sin nuestra colaboración, no quiere salvarnos sin nuestro esfuerzo.

“Hay diversidad de dones, pero un mismo Espíritu” (1 Co 12, 4) La variedad hace posible el contraste, la belleza. Si sólo hubiera un color no sería posible el arco iris, la policromía de los valles y las montañas, de los cielos y los mares. Si todos fuéramos iguales la vida se nos haría aburrida e insoportable. Dios ha querido que cada uno tenga su propio don, que desarrolle una peculiar función en la historia humana. Y según hayamos usado de ese don seremos juzgados, de él se nos pedirá cuenta. Por tanto, hemos de apreciarlo, cultivarlo y mejorarlo

Por otra parte hay que aceptar también los dones de los demás, reconocer, si es preciso, su mayor valía. Es importante que la envidia no nos corroa por dentro y nos entristezca la vida. Hay que saber alegrarse del bien ajeno, máxime cuando quien lo posee es quizá un hermano nuestro en la fe.

En cada uno, nos dice el Apóstol, se manifiesta el Espíritu para el bien común. Cuantos dones reciben los hombres repercuten en definitiva en el bien de los demás. Sobre todo en el caso de los bienes que concede Dios en orden a la salvación de las almas. Por eso hemos de alegrarnos con el don de los otros, y al mismo tiempo hemos de trabajar con denuedo para hacer fructificar el nuestro. Colaborar para el perfeccionamiento de la Iglesia que es el Cuerpo de Cristo y estar contento porque otros también colaboran, y quizás mejor que nosotros mismos.

4.- “Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis…” (Jn 20, 23) Las sombras de la muerte oscurecían ya la tarde del día primero después de la Resurrección. El miedo embargaba todavía el corazón de los discípulos. Tenían las puertas cerradas, estaban apiñados unos con otros, asustados ante el menor ruido. Los que crucificaron al Maestro bien podían venir en cualquier momento para castigar también a los discípulos.

Pero la luz avanzaba a pesar de todo, y de forma paulatina, día tras día y siglo tras siglo, las tinieblas irían retrocediendo. Después de muchos años de aquel primer avance de la Luz pentecostal, el evangelista Juan describió de modo lacónico y preciso el duelo cósmico entre el Bien y el Mal, la Luz y las Tinieblas: “La Luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la vencieron”.

Ni las puertas atrancadas, ni los muros sólidos del Cenáculo cortaron el paso de quien dijo ser la Luz del mundo. Cuando él llegó en medio de los suyos, todos los temores se desvanecieron y la oscuridad de la noche retrocedió. Los discípulos se alegraron mucho al ver al Señor que, como siempre, les daba su saludo de paz. Para disipar, además, cualquier duda que pudieran tener, Jesús les muestra sus llagas y heridas, les pide de comer. Detalle muy humano y, en apariencia sin importancia, pero decisivo para convencerles de que realmente estaba vivo.

Los abandonos de la hora crucial de la Pasión estaban perdonados. Jesús les volvía a enviar como antes hiciera, cuando habían curado enfermos y expulsado demonios. Ahora sus palabras tienen mayor solemnidad: Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo. Es una misión única y transcendente: salvar a los hombres de la esclavitud del pecado, sacarlos de las regiones de las sombras y llevarlos al Reino de la Luz.

Para ello les concede unos poderes divinos entre los que destaca el de perdonar los pecados. Prodigio que Jesús operó ante el escándalo de los fariseos y la admiración de las gentes que glorificaban a Dios por haber dado tal poder a los hombres. Como garantía y prenda de todo ello les confiere el Espíritu Santo, la promesa del Padre, el don inefable e inaudito que transformaría a los apóstoles en atletas de la fe, capaces de inundar de luces nuevas el tenebroso mundo romano de entonces. Fue tal la fuerza y el esplendor de aquella primera Luz que sus resplandores llegaron hasta el fin del mundo, y durarán hasta la consumación de los siglos.

Antonio García Moreno


¡Allí está el Espíritu Santo!

1.- Puertas y ventanas cerradas, llenos de miedo a los de fuera del grupo, separados de los que no piensan como ellos, incomunicados para no contaminarse, así están los discípulos. Y lo mismo aparece, tanto en la escena del Evangelio como en la de los Hechos de los Apóstoles.

Y el Espíritu Santo se presenta violento como queriendo echar abajo esas paredes que encierran a los suyos, y en las que parecen emparedarlo a Él mismo.

Y el Espíritu de Jesús se derrama sobre la primera iglesia de forma tan escandalosa que al oír el ruido acudieron en masa los habitantes de Jerusalén.

Es la postura del Espíritu totalmente opuesta a la actitud de gueto y de sacristía de los discípulos. Pero aquellos discípulos son dóciles y se dejan arrastrar por el vendaval del Espíritu, y abren puertas y ventanas, y salen a fuera, y al contacto con la gente que no sé da cuenta de que ese Espíritu es amor y que ese amor hace que todos los pueblos entiendan el mensaje de amor que Jesús les dejó y que ahora predican bajo el soplo del Espíritu. Y cada uno lo entiende en su lengua y en su cultura.

Y es que el Espíritu, como Jesús, no impone más que una sencilla ley, la ley del amor, de la fraternidad, ley que todos entienden.

Muchos pueblos, muchas personas no entienden a la Iglesia Católica, pero todos entienden la ley del amor de la Madre Teresa de Calcuta, hoy “casi” santa.

Muchas personas no entienden al Vaticano, pero todos entienden el mensaje constante de paz y amor que predica el Santo Padre.

2.- Jesús nos dejó dicho que el Espíritu sopla y no sabéis de donde viene y a donde va. Y cuántas veces hemos querido señalarle caminos del Espíritu, le hemos querido encerrar en leyes humanas, que es como querer enjaular entre barrotes de oro al viento del huracán.

Ni Jesús, ni el Espíritu nos piden permiso para entrar o salir. Ni están dispuestos a encerrarse con nosotros en nuestras jaulas. El Espíritu es amor como Dios que es, y al amor no se le puede encerrar. El Espíritu ha venido a enseñar, no a que le enseñen, y Él enseña de lo hondo del corazón a quien quiere y está allí donde quiere.

3.- ¿Y dónde está?

— Allí donde hay un corazón inocente, incapaz de engaño o maldad, allí está el Espíritu Santo.

— Allí donde nace un amor sincero, sin dolo, limpio y alegre, allí está el Espíritu Santo, allí está el Espíritu Santo.

— Allí donde un fuego arrebatado en venganza se convierte en brisa suave y honda de perdón, allí está el Espíritu Santo.

— Allí donde la indiferencia egoísta y helada hacia el hermano se transforma en cálida acogida, allí está el Espíritu Santo.

— Allí donde se toma una decisión heroica en la honda paz del corazón, allí está el Espíritu Santo.

— Allí donde una frase de la Escritura cien veces más oída de repente adquiere nuevo sentido, allí está el Espíritu Santo.

— Allí donde ni razas ni lenguas crean fronteras entre los hombres, allí está el Espíritu Santo.

Abramos puertas y ventanas del corazón para que el Espíritu de Jesús entre y lo oxigene todo y nos llene de amor. Ese amor nos hará comprender a todos y que todos nos comprendan.

José María Maruri, S. J.

Los frutos del Espíritu en nosotros

1.- Pentecostés es la fiesta de Espíritu y de la comunidad. Es la culminación de la Pascua. La vida nueva que Jesús consiguió es también nuestra vida. Muchas veces no somos conscientes de la actuación del Espíritu en nosotros. Quizá sea porque no le dejamos actuar….Da la sensación de que estamos como los discípulos antes de Pentecostés: decimos que creemos en Jesús, nos confesamos cristianos, pero vivimos apocados, medrosos, sin garra. Entonces nos refugiamos en nuestra fortaleza por miedo a salir al mundo. Pero la imagen que define mejor a la Iglesia no es la de la fortaleza, sino la de la tienda que se planta en medio del mundo.

¿No nos dijo Jesús el domingo pasado que bajáramos al valle y no nos quedásemos plantados mirando al cielo? También los discípulos estaban dentro con las puertas y ventanas cerradas por miedo a los judíos. Comparten miedos, ilusiones y el recuerdo de Jesús. El Espíritu se presentó como un vendaval y unas llamas de fuego. El viento y el fuego purifican y transforman. Y entonces…, salieron a predicar, sin miedo, sin utilizar la fuerza, sostenidos en su debilidad por el Espíritu. Cuando la Iglesia se encierra en sí misma por miedo a contaminarse con el mundo, cuando la imagen que da es la de una fortaleza firme, no convence. Se convierte en piedra de escándalo para muchos.

2. – El texto de de los Hechos dice que “estaban todos reunidos”. No dice que estaban sólo los apóstoles, sino todos, es decir el conjunto de los discípulos, todos los que se proclamaban seguidores de Jesús. Por tanto, los dones del Espíritu lo reciben todos los cristianos, no sólo los que han recibido el orden ministerial. El Espíritu actúa en todo, aunque cada uno reciba un don y una función. A cada carisma o don corresponde un ministerio o servicio. Pero todos somos miembros del cuerpo de Cristo y hemos recibido la misma dignidad por el Bautismo. ¿Reconoces en ti el carisma que has recibido?, ¡sabes cuál es tu misión dentro de la Iglesia! En este momento de la historia más que nunca hay que reconocer la importancia de los ministerios laicales. La Iglesia debe tener una estructura circular y no piramidal.

3.- Nos dice la Carta a los Gálatas que andemos según el Espíritu, que no realicemos las obras de la carne. Las obras de la carne que cita San Pablo degradan al hombre y lo someten a esclavitud. Estas obras, están patentes también en nuestro tiempo: fornicación, libertinaje, hechicería, idolatría, sectarismo, rivalidades, violencia, borracheras, orgías. Era aquella una sociedad decadente, ¿no lo será también la nuestra? San Agustín tuvo en sí la experiencia de la lucha de la carne contra el espíritu, cuando leyó este texto se sintió reflejado en él y decidió revestirse de Cristo para saborear los frutos del Espíritu. Este fue el momento de su conversión. Comenzó a vivir con amor, alegría, paz, comprensión, servicialidad, bondad, lealtad, amabilidad y dominio de sí.

4- Los dones del espíritu tienen hoy su traducción. El don de sabiduría nos capacita para distinguir la realidad de la fantasía y vivir en consecuencia. El sabio es aquel que encuentra el secreto de la felicidad: la vida según Cristo. La inteligencia nos ayuda a aceptar los cambios que se producen en la sociedad para el bien común. Tener una mente abierta es señal de inteligencia. El don de consejo nos lleva a indagar bajo lo visible para descubrir las causas ocultas y poder ayudar al que nos lo pide. La piedad nos protege del egoísmo y del materialismo. La ciencia nos marca una dirección consistente en nuestras vidas, nos ayuda a conocer cómo son las cosas. El temor de Dios, entendido en el buen sentido, es beneficioso y nos hace realizar obras buenas, como el niño que respeta a su querido padre y no quiere defraudarle. La fortaleza es necesaria para un verdadero amor, pues nos da valor para asumir un compromiso auténtico y maduro. Con los dones que el Espíritu nos regala todo es posible desde ahora.

José María Martín OSA

Abiertos al Espíritu

No hablan mucho. No se hacen notar. Su presencia es modesta y callada, pero son «sal de la tierra». Mientras haya en el mundo mujeres y hombres atentos al Espíritu de Dios será posible seguir esperando. Ellos son el mejor regalo para una Iglesia amenazada por la mediocridad espiritual.

Su influencia no proviene de lo que hacen ni de lo que hablan o escriben, sino de una realidad más honda. Se encuentran retirados en los monasterios o escondidos en medio de la gente. No destacan por su actividad y, sin embargo, irradian energía interior allí donde están.

No viven de apariencias. Su vida nace de lo más hondo de su ser. Viven en armonía consigo mismos, atentos a hacer coincidir su existencia con la llamada del Espíritu que los habita. Sin que ellos mismos se den cuenta son sobre la tierra reflejo del Misterio de Dios.

Tienen defectos y limitaciones. No están inmunizados contra el pecado. Pero no se dejan absorber por los problemas y conflictos de la vida. Vuelven una y otra vez al fondo de su ser. Se esfuerzan por vivir en presencia de Dios. Él es el centro y la fuente que unifica sus deseos, palabras y decisiones.

Basta ponerse en contacto con ellos para tomar conciencia de la dispersión y agitación que hay dentro de nosotros. Junto a ellos es fácil percibir la falta de unidad interior, el vacío y la superficialidad de nuestras vidas. Ellos nos hacen intuir dimensiones que desconocemos.

Estos hombres y mujeres abiertos al Espíritu son fuente de luz y de vida. Su influencia es oculta y misteriosa. Establecen con los demás una relación que nace de Dios. Viven en comunión con personas a las que jamás han visto. Aman con ternura y compasión a gentes que no conocen. Dios les hace vivir en unión profunda con la creación entera.

En medio de una sociedad materialista y superficial, que tanto descalifica y maltrata los valores del espíritu, quiero hacer memoria de estos hombres y mujeres «espirituales». Ellos nos recuerdan el anhelo más grande del corazón humano y la Fuente última donde se apaga toda sed.

José Antonio Pagola