Discernimiento y sinodalidad

Con motivo de la Solemnidad de Pentecostés, conmemorando la venida del Espíritu Santo sobre la Iglesia naciente, hoy celebramos el día de la Acción Católica y del Apostolado Seglar y, como todos los años, la Comisión de Laicos de la Conferencia Episcopal Española ha publicado unos materiales que nos invitan a descubrir la riqueza del laicado en la vida del Pueblo de Dios. Además, esta Solemnidad la celebramos impulsados por el Congreso Nacional de Laicos que se celebró en Madrid en febrero de 2020, y que fue vivido como un renovado Pentecostés. En aquel encuentro hubo dos “claves de fondo” destacadas: el discernimiento, es decir, la actividad y actitud para descubrir, por el Espíritu, la presencia y voluntad de Dios en nuestra vida; y la sinodalidad, es decir, caminar juntos.

La realidad mundial está toda ella dominada por la pandemia de la covid-19, que ha invadido todos los planteamientos sobre los que se asentaba una sociedad que creíamos indestructible. Y surgen preguntas: ¿Qué repercusiones está teniendo en nuestra manera de ver la vida y de conectarla con la fe? ¿Cómo nos ha afectado en el campo personal, familiar, laboral, relacional, eclesial, etc.? ¿Cómo descubrir la presencia de Dios en esta situación, cómo ha afectado a las seguridades y actitudes en un modo de ser Iglesia acostumbrada a un contexto de cristianismo sociológico?

Para encontrar cauces de respuesta a estas preguntas, necesitamos el discernimiento y la sinodalidad, porque solos no vamos a hallar respuestas. Como indican los Obispos en su mensaje, citando al Papa Francisco, ante un mundo roto, herido, en el que tantas personas son descartadas y en el que cunde la desesperanza, “se necesita una comunidad que nos sostenga, que nos ayude y en la que nos ayudemos unos a otros a mirar hacia delante” (FT 8) Porque “un individuo puede ayudar a una persona necesitada, pero cuando se une a otros puede generar procesos sociales de fraternidad y de justicia para todos”. (FT 180).

Si queremos encontrar caminos eficaces para la fraternidad y la amistad social, necesitamos discernimiento para elegir lo que es justo, lo humano. La fe cristiana, tal como Jesús nos la enseñó en su Evangelio, va en la línea de humanizar la vida. Y lo más humano es lo más divino, y lo más divino es lo más humano, pues la fe cristiana se fundamenta en Jesucristo, verdadero Dios y verdadero hombre. El discernimiento nos pide amar, mirar la realidad, valorarla y responder en ella con misericordia, como la mira, valora y actúa Dios.

Y el discernimiento nos pide crecer en sinodalidad, ser una comunidad eclesial más corresponsable, caminando juntos. Todos los que somos y formamos la Iglesia debemos caminar juntos hacia la renovación y la creatividad que se nos exige a los cristianos para enraizar la fe en estos nuevos tiempos y así dar a la vida un sentido humano y trascendente. Y la sinodalidad nos exige pensar en una Iglesia en la que los laicos no son “actores de repa-to” o secundarios, sino protagonistas, junto con los pastores y la vida consagrada, en la misión de anunciar el Evangelio de Jesucristo.

En estos tiempos de incertidumbre hay que ser fermento en la Iglesia y en la sociedad, como herramientas de transformación social, y ésta es la vocación y misión de los laicos. Pero nos falta mucha experiencia de discernimiento y sinodalidad para construir una Iglesia más participativa.

Todavía tenemos una Iglesia muy clericalizada y laicos poco formados para tener una presencia transformadora en el mundo y en la Iglesia. Por eso, es imprescindible que evitemos caer en la tentación del clericalismo, en el que late la falsa idea de que los laicos son cristianos de segunda, confundiendo la promoción del laicado con su implicación sólo en tareas intraeclesiales y de organización de la pastoral. Y es imprescindible que apoyemos las iniciativas que hay, a nivel parroquial y diocesano, para hacer surgir el laicado formado que hoy necesita la Iglesia y el mundo.

En esta Solemnidad de Pentecostés, el Señor nos envía su Espíritu para que todos en su Iglesia seamos artífices de transformación de la realidad. Demos gracias a Dios por el trabajo de las Delegaciones Diocesanas de Apostolado Seglar, por la Acción Católica General y especializada, por los movimientos y asociaciones laicales, por el Consejo Asesor de Laicos recientemente creado, y por el testimonio silencioso de tantos laicos de nuestras parroquias que se esfuerzan cada día por vivir su vocación propia en la Iglesia y en el mundo, desde el discernimiento y la sinodalidad.

Comentario al evangelio – Solemnidad de Pentecostés

LAS TAREAS DEL ESPÍRITU


         Podríamos hablar de una primera etapa en la Historia de la Salvación, protagonizada por el que luego llamaríamos con más propiedad el Dios Padre. Fue el comienzo de la revelación de Dios, en la que se va dando a conocer como el Dios Altísimo, el Dios Creador, el Dios de la nube, del rayo, del diluvio, el que libera de la esclavitud del faraón y conduce a la tierra de la libertad… 

     Vendría una segunda etapa en la que llega al culmen esa revelación de Dios por medio de su Hijo Jesucristo, haciendo presente germinalmente el Reino de Dios.  Podríamos llamarla la etapa del «Dios con nosotros», Dios uno de nosotros, Dios en medio de nosotros. El Hijo de Dios hecho carne frágil en Jesús nos ofreció las claves de la felicidad (bienaventuranzas), las claves para hacer de este mundo «otro», el Hijo de Dios empeñado en la comunión fraterna, y que nos dejó como testamento el «sed uno, amaos como yo, servid y lavaos los pies, acoged a los más pequeños»… Se trata del Hijo de Dios que venció el pecado, el mal y la muerte, y que es ya para siempre el Señor, sentado a la derecha del Padre… (Ascensión).

          Y llega por fin una tercera etapa. Podríamos llamarla la del «Dios en nosotros», o también la etapa de la Iglesia y de la misión.  En definitiva: el Tiempo del Espíritu.

    El Espíritu es el Gran Desconocido en el cristianismo Occidental. En una de sus homilías el Papa Francisco  comentaba: 

El Espíritu Santo es el gran olvidado de nuestra vida. Yo quisiera preguntaros: ¿cuántos de vosotros rezáis al Espíritu Santo? Es el gran olvidado, ¡el gran olvidado! Y Él es el Don, el Don que nos da la paz, que nos enseña a amar y que nos llena de alegría.              

           Ciertamente que rezamos el Padrenuestro, rezamos al Señor Jesús, rezamos a la Virgen y a los santos… Pero himnos como este tan bello que hoy nos acompaña en la liturgia, que es EL himno más antiguo al Espíritu Santo y que data probablemente del siglo XI, pocos lo saben, pocos lo usan. ¡Pocos se dirigen al «Dios-Espíritu» en su oración! 

     Aquí se dice que es el Padre amoroso del pobre, repartidor de dones, luz, consuelo, huésped del alma, tregua y brisa en los momentos duros, que reconforta en el duelo (en la muerte), y enjuga lágrimas, el que impide que el pecado nos derrote, que nos sintamos vacíos por dentro, riega lo que está seco, sana el corazón enfermo, doma a los espíritus rebeldes, guía al que se sale del camino, salva al que busca salvarse…  En definitiva: es TODO LO QUE DIOS HACE o puede hacer EN NOSOTROS HOY. La acción del Dios vivo en los seres humanos. 

         Y así empezaríamos por reconocer que «no sabemos orar como conviene» (Rom 8, 26-27), y a menudo intentamos manejar a Dios en nuestro beneficio, nos llenamos de palabrería, nos evadimos de la realidad. Pero dice San Pablo que «el Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» y nos hace ponernos delante del Dios Padre y de su voluntad. Necesitamos pedirlo sinceramente, y el Padre «nunca lo niega a quien se lo pide» (Lc 11, 13). Y es bien importante aprender a descubrir la voluntad de Dios sobre mí (hasta lo decimos en el Padrenuestro), lo que tengo que ir eligiendo y decidiendo en mi vida, cómo distinguir la voz de Dios en mi conciencia, cómo reconocer su presencia en mi vida cotidiana y en nuestra historia. Es lo que se llama el discernimiento, que es una de las tareas del Espíritu.

     La presencia del Espíritu derramado sobre nosotros nos da ocasión para profundizar en la universalidad del mensaje del Evangelio y del amor de Dios («de toda raza, lengua, pueblo y nación», Apoc 5, 9). «Todos» los que lo reciben son profetas, portavoces de Dios, de modo que «cada uno los oímos hablar de las grandezas de Dios en nuestra propia lengua».  Y cada bautizado recibe dones y cualidades para el bien común (Segunda Lectura de San Pablo). Por eso, en este día dedicado al Apostolado Seglar, podemos afirmar que el «clericalismo» es un pecado contra el Espíritu Santo. Decía el Papa Francisco:

“Recuerdo ahora la famosa expresión: «es la hora de los laicos». Pues pareciera que el reloj se ha parado”. Todos ingresamos a la Iglesia como laicos,  puesto que el primer sacramento, el que sella para siempre nuestra identidad y del que tendríamos que estar siempre orgullosos es el del bautismo. Nos hace bien recordar que la Iglesia no es una élite de los sacerdotes, de los consagrados, de los obispos, sino que todos formamos el Santo Pueblo fiel de Dios. Hay que poner atención al clericalismo, que lleva a la funcionalización del laicado; tratándolo como ‘recaderos’, y coarta las distintas iniciativas, esfuerzos y hasta -me animo a decir- osadías necesarias para llevar el Evangelio a todos los ámbitos del quehacer social y especialmente político”. El clericalismo poco a poco va apagando el fuego profético que la Iglesia está llamada a testimoniar en el corazón de sus pueblos. El clericalismo se olvida de que la visibilidad y la sacramentalidad de la Iglesia pertenece a todo el Pueblo de Dios (cfr. LG 9-14) Y no solo a unos pocos elegidos e iluminados”.

         Sería, por tanto, oportuno e incluso urgente que revisáramos de qué manera estamos contribuyendo todos, conjuntamente, entrelazadamente, a la Iglesia de Jesús: qué aporto yo personalmente, cómo valoro y me relaciono cpm otros carismas, sensibilidades, espiritualidades, misiones… En el plano personal, parroquial, diocesano, nacional… Hay mucho clericalismo que superar. Pero también mucha pasividad en muchos bautizados y muchos «grupos» que trabajan por libre o incluso en contra de otros…

      Es el Espíritu el que nos ayuda a salir de nuestros encierros, de nuestro cristianismo anquilosado, que pretende seguir siempre igual, aunque todo cambie alrededor… sin arriesgarnos a buscar nuevos caminos y resùestas. No sé quién afirmaba que «hay peligrosas novedades, pero hay mas peligrosas antigüedades». Ese empeño por mantener lo de ayer por ser de ayer, y rechazar todo lo que suene a cambio, novedad, búsqueda, adaptación, renovación es miedo, comodidad, el no querer leer los «signos de los tiempos»… es rechazo del Dios-Espíritu Santo, que «hace nuevas todas las cosas» (eso dice la Biblia de él: Is 43,18: Apoca 21, 5).

             Pero hoy me voy a fijar en un punto: la vida «espiritual», que es la vida del Espíritu. Uno de los más grandes teólogos del Concilio Vaticano II, decía:  el verdadero problema de la Iglesia es «seguir tirando con una resignación y un tedio/rutina/inercia cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual» (Karl Rahner). En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios. La sociedad moderna ha apostado por «lo exterior». Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz tiene difícil encontrar resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad. Muchos no han descubierto lo que es el silencio del corazón, ni han aprendido a vivir la fe desde dentro. Y se mantienen como pueden, repitiendo oraciones aprendidas, practicando algunas costumbres tradicionales… pero con poca capacidad de contagiar algo a los que vienen detrás. Acoger al Espíritu de Dios quiere decir aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en los más íntimo de nuestro ser. No es probable que se mantenga la fe en Dios, en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin una comunidad fraterna con la que compartirla y madurarla y testimoniarla. ¡Somos templos el Espíritu!

    Lo dejo como reto, como inquietud, como propuesta, como… ¡yo qué sé! Esto es lo que me ha sugerido hoy el Espíritu… y es lo que os he dicho, con mayor o menor acierto, pero con un corazón deseando que arda como llama de amor viva (que era como Juan de la Cruz se dirigía al Espíritu) de mi alma y de nuestra alma en el más profundo centro. Espíritu que nos habitas y nos conduces: ¡VEN!

Quique Martínez de la Lama-Noriega, cmf
Imagen superior de Alberto Castelli

Meditación – Solemnidad de Pentecostés

Hoy celebramos la Solemnidad de Pentecostés.

La lectura de hoy es del evangelio de Juan (Jn 20, 19-23):

Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros». Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor. Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío». Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos».

Hoy, en el día de Pentecostés se realiza el cumplimiento de la promesa que Cristo había hecho a los Apóstoles. En la tarde del día de Pascua sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo» (Jn 20,22). La venida del Espíritu Santo el día de Pentecostés renueva y lleva a plenitud ese don de un modo solemne y con manifestaciones externas. Así culmina el misterio pascual.

El Espíritu que Jesús comunica, crea en el discípulo una nueva condición humana, y produce unidad. Cuando el orgullo del hombre le lleva a desafiar a Dios construyendo la torre de Babel, Dios confunde sus lenguas y no pueden entenderse. En Pentecostés sucede lo contrario: por gracia del Espíritu Santo, los Apóstoles son entendidos por gentes de las más diversas procedencias y lenguas.

El Espíritu Santo es el Maestro interior que guía al discípulo hacia la verdad, que le mueve a obrar el bien, que lo consuela en el dolor, que lo transforma interiormente, dándole una fuerza, una capacidad nuevas.

El primer día de Pentecostés de la era cristiana, los Apóstoles estaban reunidos en compañía de María, y estaban en oración. El recogimiento, la actitud orante es imprescindible para recibir el Espíritu. «De repente, un ruido del cielo, como de un viento recio, resonó en toda la casa donde se encontraban. Vieron aparecer unas lenguas, como llamaradas, que se repartían, posándose encima de cada uno» (Hch 2,2-3).

Todos quedaron llenos del Espíritu Santo, y se pusieron a predicar valientemente. Aquellos hombres atemorizados habían sido transformados en valientes predicadores que no temían la cárcel, ni la tortura, ni el martirio. No es extraño; la fuerza del Espíritu estaba en ellos.

El Espíritu Santo, Tercera Persona de la Santísima Trinidad, es el alma de mi alma, la vida de mi vida, el ser de mi ser; es mi santificador, el huésped de mi interior más profundo. Para llegar a la madurez en la vida de fe es preciso que la relación con Él sea cada vez más consciente, más personal. En esta celebración de Pentecostés abramos las puertas de nuestro interior de par en par.

Mons. José Ángel SAIZ Meneses

Liturgia – Solemnidad de Pentecostés

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

Misa del día de Pentecostés (rojo)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria, Credo, Prefacio propio, embolismos propios en las Plegarias Eucarísticas. No se puede decir la Plegaria Eucarística IV. Despedida con doble «Aleluya».

Leccionario: Vol. I (B)

  • Hch 2, 1-11. Se llenaron todos de Espíritu Santo y empezaron a hablar.
  • Sal 103.Envía tu Espíritu, Señor, y repuebla la faz de la tierra.
  • 1Cor 12, 3b-7. 12-13. Hemos sido bautizados en un mismo Espíritu, para formar un solo cuerpo.
  • Secuencia. Ven, Espíritu divino.
  • Jn 20, 19-23.Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo; recibid el Espíritu Santo.

Lecturas alternativas para el presente año B:

  • Gál 5, 16-25.El fruto del Espíritu.
  • Jn 15, 26-27; 16, 12-15.El Espíritu de la verdad, os guiará hasta la verdad plena.

Antífona de entrada           Sab 1, 7
El Espíritu del Señor llenó la tierra y todo lo abarca, y conoce cada sonido. Aleluya.

Monición de entrada
Queridos hermanos: En este domingo, domingo de Pentecostés, con el que culminamos las fiestas pascuales celebrando que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que habita en nosotros, invoquemos a Dios, Padre todopoderoso, para que bendita esta agua, que va a ser derramada sobre nosotros en memoria de nuestro bautismo, y pidámosle que nos renueve interiormente, para que permanezcamos fieles al Espíritu que hemos recibido.

(Un ministro acerca el recipiente con el agua, y el celebrante, con las manos juntas, dice la siguiente oración)

SEÑOR, Dios todopoderoso, escucha las oraciones de tu pueblo, ahora que recordamos la acción maravillosa de nuestra creación y la maravilla, aún más grande, de nuestra redención; dígnate bendecir ✠ esta agua. La creaste para hacer fecunda la tierra y para favorecer nuestros cuerpos con el frescor y la limpieza. La hiciste también instrumento de misericordia al librar a tu pueblo de la esclavitud y al apagar con ella su sed en el desierto; por los profetas la revelaste como signo de la nueva Alianza que quisiste sellar con los hombres. Y, cuando Cristo descendió a ella en el Jordán, renovaste nuestra naturaleza pecadora en el baño del nuevo nacimiento. Que esta agua, Señor, avive en nosotros el recuerdo de nuestro bautismo y nos haga participar en el gozo de nuestros hermanos bautizados en la Pascua. Por Jesucristo, nuestro Señor.

(Aspersión con el agua bendita, bien desde el presbiterio, o por el templo)

Que Dios todopoderoso nos purifique del pecado y, por la celebración de esta Eucaristía, nos haga dignos de participar del banquete de su Reino.

Gloria
Cantemos ahora el himno de alabanza a nuestro Dios, invocando a Jesucristo, el Señor, que nos ha enviado su Espíritu Santo, y está sentado a la derecha del Padre para interceder por nosotros

Oración colecta
OH, Dios, que por el misterio de esta fiesta
santificas a toda tu Iglesia
en medio de los pueblos y de las naciones,
derrama los dones de tu Espíritu
sobre todos los confines de la tierra
y realiza ahora también, en el corazón de tus fieles,
aquellas maravillas que te dignaste hacer
en los comienzos de la predicación evangélica.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Se dice Credo.
Transformados por la vida nueva de Jesucristo, renovemos hoy nuestra adhesión a Él, a cuya muerte y resurrección fuimos incorporados por el Bautismo.

Oración de los fieles
Queridos hermanos; hoy llega a su plenitud el tiempo Pascual. Hace cincuenta días celebrábamos con gozo la resurrección de nuestro Señor, hoy celebramos la madurez y el cumplimiento definitivo de la Pascua. Por eso, ahora, oremos a Dios Padre, que por la muerte y resurrección de su Hijo nos ha dado el Espíritu Santo que ora con nosotros y dentro de nosotros.

1.- Por la Iglesia, extendida por toda la tierra; para que impulsada por el Espíritu Santo, permanezca atenta a lo que sucede en el mundo, haga suyos los sufrimientos, alegrías y esperanzas de los hombres de nuestro tiempo, intuya los signos caritativos que debe realizar y así pueda iluminarlo todo con la luz del Evangelio. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones; para que el Espíritu Santo suscite en el seno de la Iglesia vocaciones sacerdotales, religiosas y misioneras que den fe de la salvación universal. Roguemos al Señor.

3.- Por nuestro mundo de hoy, sujeto a cambios profundos y rápidos; para que el Espíritu Santo, que abarca la historia humana, promueva la esperanza de un futuro mejor y vislumbremos el gran día de Jesucristo. Roguemos al Señor.

4.- Por los que son víctimas de la debilidad humana, de los extravíos de su propio espíritu o de los errores del mundo; para que el Espíritu Santo los lleve por las sendas del bien y de la verdad. Roguemos al Señor.

5.- Por nosotros, aquí reunidos; para que, iluminados y fortalecidos por el Espíritu Santo, demos testimonio de nuestra fe. Roguemos al Señor.

Escucha, Señor, las oraciones de tu pueblo y haz que quienes nos disponemos a clausurar, con la solemnidad de Pentecostés, las fiestas pascuales, renovados y fortalecidos por tu Espíritu, vivamos continuamente la novedad pascual y lleguemos también a las fiestas de la Pascua eterna. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
TE pedimos, Señor,
que, según la promesa de tu Hijo,
el Espíritu Santo nos haga comprender más profundamente
la realidad misteriosa de este sacrificio
y se digne llevarnos al conocimiento pleno
de toda la verdad revelada.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio

EL MISTERIO DE PENTECOSTÉS

EN verdad es justo y necesario,
es nuestro deber y salvación
darte gracias siempre y en todo lugar,
Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.

Pues, para llevar a plenitud el Misterio pascual,
enviaste hoy el Espíritu Santo
sobre los habías adoptada como hijos
por la encarnación de tu Unigénito.
El Espíritu que,
desde el comienzo de la Iglesia naciente,
infundió el conocimiento de Dios en todos los pueblos
y reunió a diversidad de lenguas
en la confesión de una misma fe.

Por eso,
con esta efusión de gozo pascual,
el mundo entero se desborda de alegría,
y también los coros celestiales, los ángeles y los arcángeles,
cantan el himno de tu gloria diciendo sin cesar:

Santo, Santo, Santo es el Señor, Dios del Universo.
Llenos están el cielo y la tierra de tu gloria.
Hosanna en el cielo.
Bendito el que viene en nombre del Señor.
Hosanna en el cielo.

Antífona de comunión          Hch 2, 4. 11
Se llenaron todos de Espíritu Santo y hablaron de las grandezas de Dios, aleluya.

Oración después de la comunión
OH, Dios, que has comunicado a tu Iglesia
los bienes del cielo,
conserva la gracia que le has dado,
para que el don infuso del Espíritu Santo
sea siempre nuestra fuerza,
y el alimento espiritual
acreciente su fruto para la redención eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Bendición solemne
DIOS, Padre de los astros,
que en el día de hoy iluminó las mentes de sus discípulos
derramando sobre ellas el Espíritu Santo,
os alegre con sus bendiciones y os llene con los dones del Espíritu consolador.
R/. Amén.

Que el mismo fuego divino,
que de manera admirable se posó sobre los apóstoles,
purifique vuestros corazones de todo pecado
y los ilumine con la efusión de su claridad.
R/. Amén.

Y que el Espíritu que congregó en la confesión de una misma fe
a los que el pecado había divido en diversidad de lenguas
os conceda el don de la perseverancia en esta misma fe,
y así podáis pasar de la esperanza a la plena visión.
R/. Amén.

Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo ✠ y Espíritu Santo,
descienda sobre vosotros y os acompañe siempre.
R/. Amén.

Para despedir al pueblo, el diácono, o el mismo sacerdote, canta:
Podéis ir en paz, aleluya, aleluya.
Y todos responden:
Demos gracias a Dios, aleluya, aleluya.

Santoral 23 de mayo

SANTOS CASTO Y EMILIO, Mártires

Cuando la reina Brunequilda ejercía su perniciosa influencia en la corte de sus nietos, Teodoberto de Austrasia y Teodorico de Borgoña, regía la diócesis de Vienne un obispo tan santo como sabio, llamado Desiderio. Era uno de los prelados franceses a quienes San Gregorio Magno había pedido que recibiesen a San Agustín y sus compañeros, cuando se dirigían a Inglaterra a emprender el trabajo de evangelización. San Desiderio se atrajo la enemistad de muchos altos personajes, entre los que se contaba a Brunequilda, por el celo con que reprimió la simonía y denunció los vicios de la corte. Como el santo era muy afecto a la lectura de los clásicos latinos, sus enemigos le acusaron de paganismo ante el Papa; pero San Gregorio, después de escuchar la defensa del santo, le dio la razón. Entonces, Brunequilda se valió del servil Concilio de Chalons para hacer desterrar a San Desiderio, contra el que se levantaron toda clase de falsos testimonios. Cuatro años después, el santo volvió del destierro. A pesar de que el gobernador de Vienne y otros de sus enemigos obstaculizaban su gobierno, el santo obispo no se mordió la lengua para denunciar valerosamente la mala conducta del rey Teodorico. Cuando Desiderio volvía de la corte a su casa, tres malhechores, pagados por sus enemigos, le dieron muerte en el sitio en que se levanta actualmente la población de Saint-Didier-sur-Chalaronne. Probablemente los asesinos sólo habían sido pagados para que golpearan al santo.

La Pasión de Saint Didier (Analecta Bollandiana, vol. IX, 1940, pp. 250-262) parece ser un documento fidedigno escrito por un contemporáneo. También el relato que se atribuye al rey visigodo, Sisebuto, es probablemente auténtico; pero no dice gran cosa. Ambos documentos fueron publicados por B. Krusch, Scriptores Merov., en MGH., pp. 620-648. Ver igualmente Duchesne, Fastes Épiscopaux, vol. I, pp. 207-208.

Alban Butler

Laudes – Solemnidad de Pentecostés

LAUDES

SOLEMNIDAD DE PENTECOSTÉS

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Aleluya. El Espíritu del Señor llena la tierra, venid, adorémosle. Aleluya.

SALMO 94: INVITACIÓN A LA ALABANZA DIVINA

Venid, aclamemos al Señor,
demos vítores a la Roca que nos salva;
entremos a su presencia dándole gracias,
aclamándolo con cantos.

Porque el Señor es un Dios grande,
soberano de todos los dioses:
tiene en su mano las simas de la tierra,
son suyas las cumbres de los montes;
suyo es el mar, porque él lo hizo,
la tierra firme que modelaron sus manos.

Entrad, postrémonos por tierra,
bendición al Señor, creador nuestro.
Porque él es nuestro Dios,
y nosotros su pueblo,
el rebaño que él guía.

Ojalá escuchéis hoy su voz:
«No endurezcáis el corazón como en Meribá,
como el día de Masá en el desierto;
cuando vuestros padres me pusieron a prueba
y me tentaron, aunque habían visto mis obras.

Durante cuarenta años
aquella generación me asqueó, y dije:
«Es un pueblo de corazón extraviado,
que no reconoce mi camino;
por eso he jurado en mi cólera
que no entrarán en mi descanso».»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

El mundo brilla de alegría.
Se renueva la faz de la tierra.
Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Ésta es la hora
en que rompe el Espíritu
el techo de la tierra,
y una lengua de fuego innumerable
purifica, renueva, enciende, alegra
las entrañas del mundo.

Ésta es la fuerza
que pone en pie a la Iglesia
en medio de las plazas
y levanta testigos en el pueblo,
para hablar con palabras como espadas
delante de los jueces.

Llama profunda,
que escrutas e iluminas
el corazón del hombre:
restablece la fe con tu noticia,
y el amor ponga en vela la esperanza,
hasta que el Señor vuelva. Amén.

SALMO 62: EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

Ant. ¡Oh cuán bueno y cuán suave es, Señor, tu Espíritu que habita en nosotros! Aleluya.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. ¡Oh cuán bueno y cuán suave es, Señor, tu Espíritu que habita en nosotros! Aleluya.

CÁNTICO de DANIEL: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR

Ant. Manantiales y cuanto se mueve en las aguas, cantad un himno a Dios. Aleluya.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
Astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
Vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor;
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

Ant. Manantiales y cuanto se mueve en las aguas, cantad un himno a Dios. Aleluya.

SALMO 149: ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Ant. Los apóstoles hablaban en lenguas extranjeras de las maravillas de Dios. Aleluya.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles,
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Los apóstoles hablaban en lenguas extranjeras de las maravillas de Dios. Aleluya.

LECTURA: Hch 5, 30-32

El Dios de nuestros padres resucitó a Jesús, a quien vosotros matasteis, colgándolo del madero. La diestra de Dios lo exaltó, haciéndolo jefe y salvador, para otorgarle a Israel la conversión con el perdón de los pecados. Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen.

RESPONSORIO BREVE

R/ Se llenaron todos del Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.
V/ Se llenaron todos del Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

R/ Y empezaron a hablar.
V/ Aleluya, aleluya.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Se llenaron todos del Espíritu Santo. Aleluya, aleluya.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados. Aleluya.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR.

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados. Aleluya.

PRECES

Oremos a Cristo, el Señor, que ha congregado su Iglesia por el Espíritu Santo, y digámosle con fe:

Renueva, Señor, la faz de la tierra.

Señor Jesús, que, elevado en la cruz, hiciste que manaran torrentes de agua viva de tu costado,
— envíanos tu Espíritu Santo, fuente de vida.

Tú que, glorificado por la diestra de Dios, derramaste sobre tus discípulos el Espíritu,
— envía este mismo Espíritu al mundo para que cree un mundo nuevo.

Tú que por el Espíritu Santo diste a los apóstoles el poder de perdonar los pecados,
— destruye el pecado en el mundo.

Tú que prometiste darnos el Espíritu Santo para que nos lo enseñara todo y nos fuera recordando todo lo que nos habías dicho,
— envíanos este Espíritu para que ilumine nuestra fe.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que prometiste enviarnos el Espíritu de la verdad para que diera testimonio de ti,
— envíanos este Espíritu para que nos haga tus testigos fieles.

Llenos de fe, invoquemos juntos al padre común, repitiendo la oración que Jesús nos enseñó:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, concédenos conservar siempre en nuestra vida y en nuestras costumbres la alegría de estas fiestas de Pascua que nos disponemos a clausurar. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.