Vísperas – Bienaventurada Virgen María, Madre de la Iglesia

VÍSPERAS

BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, MADRE DE LA IGLESIA, memoria obligatoria

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Dios mío, ven en mi auxilio
R/. Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. 
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

Cabeza y Cuerpo, Cristo forma un todo,
Hijo de Dios e Hijo de María:
un Hijo en quien se juntan muchos hijos:
en su Madre ya la Iglesia se perfila.

Una y otra son madres y son vírgenes,
una y otra conciben del Espíritu,
una y otra sin mancha ni pecado,
al Padre celestial engendran hijos.

María le da al Cuerpo la Cabeza,
la Iglesia a la Cabeza le da el Cuerpo:
una y otra son madre del Señor,
ninguna sin la otra por entero.

Gloria a la Trinidad inaccesible
que ha querido morar entre nosotros,
en María, en la Iglesia, en nuestra alma,
para llenarnos de su eterno gozo. Amén.

Salmo 122: EL SEÑOR, ESPERANZA DEL PUEBLO

Ant. 1: Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo. 
Como están los ojos de los esclavos 
fijos en las manos de sus señores,

como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

Misericordia, Señor, misericordia,
que estarnos saciados de desprecios;
nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

Ant. 1: Nuestros ojos están fijos en el Señor, esperando su misericordia.

 

Salmo 123: NUESTRO AUXILIO ES EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. 2: Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

Nos habrían arrollado las aguas, 
llegándonos el torrente hasta el cuello;
nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

Bendito el Señor, que no nos entregó
como presa a sus dientes;
hemos salvado la vida como un pájaro
de las trampa del cazador:
la trampa se rompió y escapamos.

Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

Ant. 2: Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra.

Cántico Ef 1, 3-10: PLAN DIVINO DE LA SALVACIÓN

Ant. 3: Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
irreprochables ante él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo,
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya,

por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Éste es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
hacer que todas las cosas
tuviesen a Cristo por cabeza,
las del cielo y las de la tierra.

Ant. 3: Dios nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos.

LECTURA BREVE     Ga 4, 4-5

Cuando se cumplió el tiempo, envió Dios a su Hijo, nacido de una mujer, nacido bajo la ley, para rescatar a los que estaban bajo la ley, para que recibiéramos el ser hijos por adopción.

RESPONSORIO BREVE

  1. Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.
    R.Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.
  2. Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre.
    R.El Señor está contigo.
  3. Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
    R.Alégrate, María, llena de gracia, el Señor está contigo.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Cántico de la Santísima Virgen María     Lc 1, 46-55: ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR

Ant.: ¡Santa Madre de Dios, gloriosa Virgen María, que junto a la cruz de tu Hijo fuiste constituida Madre de todos los fieles! Intercede por la Iglesia y muestra tu favor a este pueblo que confía en tu protección.

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

Él hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant.: ¡Santa Madre de Dios, gloriosa Virgen María, que junto a la cruz de tu Hijo fuiste constituida Madre de todos los fieles! Intercede por la Iglesia y muestra tu favor a este pueblo que confía en tu protección.

PRECES

Proclamemos las grandezas de Dios Padre todopoderoso, que quiso que todas las generaciones felicitaran a María, la madre de su Hijo, y supliquémosle diciendo:
    Que la llena de gracia interceda por nosotros.

Tú que hiciste de María la madre de misericordia,
— haz que los que viven en peligro o están tentados sientan su protección maternal.

Tú que encomendaste a María la misión de madre de familia en el hogar de Jesús y de José,
— haz que por su intercesión todas las madres fomenten en sus hogares el amor y la santidad.

Tú que fortaleciste a María cuando estaba al pie de la cruz y la llenaste de gozo en la resurrección de su Hijo,
— levanta y robustece la esperanza de los decaídos.

Tú que hiciste que María meditara tus palabras en su corazón y fuera tu esclava fiel,
— por su intercesión haz de nosotros siervos fieles y discípulos dóciles de tu Hijo.

Se pueden añadir algunas intenciones libres.

Tú que coronaste a María como reina del cielo,
— haz que los difuntos puedan alcanzar con todos los santos la felicidad de tu reino.

Según el mandato del Señor, digamos confiadamente: Padre nuestro.

ORACIÓN

Señor, Padre de misericordia, cuyo Hijo, clavado en la cruz, proclamó como Madre nuestra a su Madre, santa María virgen, concédenos por su mediación amorosa, que tu Iglesia, cada día más fecunda, se llene de gozo por la santidad de sus hijos, y atraiga a su seno a todos los pueblos. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Lunes VIII de Tiempo Ordinario

1.- Introducción.

Señor, el tema de mi oración en este día, basado en tu evangelio, me llena de satisfacción porque es tu tema, tu gran tema, el tema del amor. Y yo quiero darte gracias porque has puesto el amor como fundamento del cristianismo. A pesar de ser un tema muy exigente, es lo más esencial en la vida. En un momento nos puede faltar el pan y el agua; el vino y la sal; la ropa y la vivienda; pero si tenemos amor, podemos salir adelante. Pero si nos falta el amor nos falta todo.

2.- Lectura reposada del evangelio. Juan 21, 15-19

Después de haber comido, dice Jesús a Simón Pedro: «Simón de Juan, ¿me amas más que éstos?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis corderos». Vuelve a decirle por segunda vez: «Simón de Juan, ¿me amas?» Le dice él: «Sí, Señor, tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas». Le dice por tercera vez: «Simón de Juan, ¿me quieres?» Se entristeció Pedro de que le preguntase por tercera vez: «¿Me quieres?» y le dijo: «Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero». Le dice Jesús: «Apacienta mis ovejas. «En verdad, en verdad te digo: cuando eras joven, tú mismo te ceñías, e ibas adonde querías; pero cuando llegues a viejo, extenderás tus manos y otro te ceñirá y te llevará adonde tú no quieras». Con esto indicaba la clase de muerte con que iba a glorificar a Dios. Dicho esto, añadió: «Sígueme».

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión.

El evangelio de hoy sobre el tema del amor, me fascina y, al mismo tiempo, me entristece. Me fascina y emociona que sea el mismo Jesús el que me pregunte personalmente a mí: ¿Me amas? Yo creo que soy sincero cuando le digo que sí, como lo era San Pedro. Y esto me produce alegría. Pero me entristece el que me lo pregunte “por tercera vez”, porque me hace recordar que “por tres veces y más de tres” yo no le he sido fiel. Y no es que yo crea que Dios quiere que recuerde mi pasado para humillarme y caminar por la vida con complejo de culpabilidad. ¡Lejos de mí pensar tal cosa de Jesús! Pero lamento – como Pedro- el haber disgustado a un Dios tan bueno y cariñoso para conmigo. Lo que Jesús exige al primer Papa no es que se doctore en teología en las escuelas bíblicas de Jerusalén, ni que aprenda lenguas o ciencias profanas. Lo que le exige es una triple confesión de amor y humildad que borre su altanería y su soberbia del pasado. “Aunque todos te nieguen, yo no”. Sólo después de esta triple profesión de amor humilde, Pedro está preparado para su misión de pastorear sus ovejas. Entonces ya estará capacitado para dar a sus ovejas “hierba tierna” que les lleve a comprender la ternura de Dios; “agua fresca”, para que la Palabra de Dios nunca se haga vieja sino que mantenga siempre su “novedad”; y, sobre todo, “compañía del Pastor” que evite la zozobra y el azoramiento cuando “llega la noche” y las ovejas tengan que atravesar las “cañadas oscuras”. 

Palabra del Papa.

«¿Me amas?… Apacienta mis ovejas». Las palabras de Jesús a Pedro en el Evangelio de hoy son las primeras que os dirijo, queridos hermanos. Estas palabras nos recuerdan algo esencial. Todo ministerio pastoral nace del amor… nace del amor. […]El Evangelio llama a cada cristiano a vivir una vida de honestidad, integridad e interés por el bien común. Pero también llama a las comunidades cristianas a crear “ambientes de integridad”, redes de solidaridad que se extienden hasta abrazar y transformar la sociedad mediante su testimonio profético. (Homilía de S.S. Francisco, 16 de enero de 2015).

4.- Qué me dice hoy a mí este texto evangélico ya meditado. (Guardo silencio).

5.- Propósito. Sacar unos minutos después de comulgar para vivir sacramentalmente las ricas experiencias del salmo 23.

6.-Dios me ha hablado hoy a través de su Palabra y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, en el salmo 23, hay un momento en que la tercera persona del singular pasa a segunda “Tú vas conmigo”. Es el momento de cerrar el libro y guardar silencio. La doctrina pasa de la cabeza al corazón y se convierte en experiencia vivida, sentida, saboreada. Gracias, Dios mío, por este regalo de amor.

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Los once discípulos se fueron a Galilea

 

Pregunta, pregunta a los tiempos antiguos

Si tuviésemos que resumir el mensaje del Antiguo Testamento en una sola afirmación, podríamos decir que consiste en el permanente empeño de Dios en manifestar su cercanía al pueblo. Desde el inicio de la Escritura se nos presenta a Dios en diálogo con el hombre  y con su pueblo. Somos parte de esta herencia y llamada a ser en relación. Conviene recordarlo, pasarlo por el corazón. Necesitamos cultivo y cuidado expreso de la profundidad del ser  que confiere sentido a la vida, pulso a la realidad, quicio a lo afectivo. La iniciativa de Dios Padre es el origen que nos capacita para ser originales, la fuente que sacia nuestra sed y torna transparente la soledad.

Ese Espíritu y nuestro espíritu

Lo contrapuesto al amor no es el pecado sino el temor que nos induce a la desconfianza de la que brota todo lo oscuro. Nuestra fe no consiste en una confesión doctrinal impecable en un solo Dios,  sino en una confianza insobornable en un Dios único, personal, entrañable y universal. La vivencia de él y la convivencia con él nos tornan encarnación, hijos del Dios vivo que nos vivifica, iguala y hace responsables unos de otros. El fuego del Espíritu diluye todo cuanto opaca la imagen de Dios en nosotros y estrecha el vínculo que nos permite reconocernos hermanos.

Los once discípulos se fueron a Galilea

El grupo de los discípulos regresan  a Galilea, al nuevo comienzo que no olvida  la pequeña semilla del principio. Ya no están dispersos, todos son  convocados al anuncio, a la seducción por contagio. Es la palabra como espada, la presencia viva de Jesús y un proyecto compartido lo que les cohesiona, impulsa y renueva. Han renacido siendo los mismos, el evangelio no esconde sus dudas y esto nos anima en medio de las nuestras.

El camino del discípulo, de toda comunidad, es un proceso atravesado  por la gratuidad del amor de Dios; que nos devuelve a la historia, conscientes por igual, tanto de los límites como de las posibilidades. En la fidelidad de Cristo anclamos la intensa convicción de que nuestra plenitud es ya una realidad germinal y que la alegría   del Reino se  fragua en  un banquete donde hay puesto para todos.

En este día Pro Orantibus hacemos memoria de los monjes y monjas que son atraídos por un estilo de vida contemplativo. Todos somos convocados a vivir de modo explícito, nuestra condición de templos, a conciliar lo cotidiano con el silencio que restaura y la serenidad que sana. Dichoso quien se expone a padecer el vértigo de soltar los esquemas que reducen el crecimiento, la creatividad y la comunión.   

“Oh tú, que has puesto tu morada
en lo profundo de mi ser,
yo quiero ir hacia ti,
en lo profundo de mi ser”  

(Talmud)

Sor Miria de Jesús Gómez O.P.

Comentario – Lunes VIII de Tiempo Ordinario

(Mc 10, 17-27)

En este texto Jesús distingue lo necesario para heredar la vida eterna, que son los mandamientos, de lo que tiene como premio un tesoro especial en el cielo: la renuncia a todos los bienes, típica de los discípulos que se consagran al anuncio del evangelio.

Esta invitación es más que una ascesis o un ideal de dominio de los deseos; es sobre todo la respuesta a una mirada de cariño que invita a entregarlo todo, dando felicidad a los pobres.

El cariño de Jesús, su mirada que es cercana, íntima y generosa, busca promover a la persona amada, hacerle dar un paso más, y por eso, sin obligarla, le propone una entrega mayor.

Pero a raíz de este episodio Jesús hace una reflexión sobre las riquezas que es válida para todo cristiano, porque a todo creyente se le pide “que no ponga su confianza en lo inseguro de las riquezas” (1 Tim 6, 17).

Es difícil que el rico entre en el Reino de los cielos no porque posea bienes, sino porque al ser abundantes, los bienes llevan a poner en ellos la seguridad del corazón.

La respuesta de los discípulos -¿quién podrá salvarse? Muestra que este apego a las riquezas no está sólo en los que poseen abundancia de bienes.

Oración:

“Señor, dame un corazón generoso como el tuyo, concédeme la gracia de no vivir apegado a los bienes, de no depender tanto de ellos para estar en paz. Dame la gracia de compartir lo que tengo con un corazón liberado”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

La actividad económico-social y el reino de Cristo

72. Los cristianos que toman parte activa en el movimiento económico-social de nuestro tiempo y luchan por la justicia y caridad, convénzanse de que pueden contribuir mucho al bienestar de la humanidad y a la paz del mundo. Individual y colectivamente den ejemplo en este campo. Adquirida la competencia profesional y la experiencia que son absolutamente necesarias, respeten en la acción temporal la justa jerarquía de valores, con fidelidad a Cristo y a su Evangelio, a fin de que toda su vida, así la individual como la social, quede saturada con el espíritu de las bienaventuranzas, y particularmente con el espíritu de la pobreza.

Quien con obediencia a Cristo busca ante todo el reino de Dios, encuentra en éste un amor más fuerte y más puro para ayudar a todos sus hermanos y para realizar la obra de la justicia bajo la inspiración de la caridad.

Homilía – Santísima Trinidad

1

No la teoría, sino la actuación de Dios

La fiesta de hoy no sería de por sí necesaria en el transcurso del año cristiano, porque en toda oración comunitaria y en toda fiesta ya nos dirigimos y celebramos a Dios Trino.

Pero no resulta superfluo el que este domingo lo dediquemos a glorificar explícitamente a ese Dios que es Padre, Hijo y Espíritu, que son los que dan pleno sentido a nuestra existencia cristiana. Eso, precisamente, cuando terminamos la Pascua, en la que Dios Trino, con un evidente protagonismo diferenciado -la actuación salvadora del Padre, el misterio pascual de la entrega de Cristo y la fuerza vivificadora del Espíritu-, nos ha querido comunicar con mayor densidad su vida divina.

En los tres ciclos las lecturas de este día son diferentes y nos presentan un retrato vivo del Dios Trino, no a partir de definiciones filosófico-teológicas, sino de sus actuaciones tal como se nos describen en la Biblia.

En este ciclo B se nos presenta a un Dios cercano a nuestra vida: que ha hecho de Israel su pueblo elegido, que le ha dirigido su Palabra, que lo ha liberado “con mano fuerte y brazo poderoso” de la esclavitud, y que a los que estamos bautizados en su nombre nos ha concedido ser hijos adoptivos suyos.

 

Deuteronomio 4,32-34.39-40. El Señor es el único Dios, allá arriba en el cielo, y aquí abajo en la tierra; no hay otro

En este último libro del Pentateuco, el Deuteronomio (= “segunda ley”), leemos las recomendaciones de Moisés para que su pueblo siga los mandamientos de Dios, que habían pactado con él en la primera Alianza del Sinaí.

Moisés muestra cómo es ese Dios en quien creemos. Un Dios todopoderoso -“el único Dios allá arriba en el cielo y aquí abajo en la tierra: no hay otro”- que “creó al hombre sobre la tierra”, pero a la vez un Dios cercano que ha elegido a los israelitas de entre todos los pueblos, les ha hablado, y sobre todo les ha liberado de la esclavitud “con mano fuerte y brazo poderoso”.

Por eso, cumplir sus mandamientos es el único camino para la felicidad.

El salmista se alegra de esta actuación salvadora de Dios. Por una parte, es el creador: “la palabra del Señor hizo el cielo… él lo dijo y existió”, pero, sobre todo, es nuestro salvador: “él es nuestro auxilio y escudo”. Por eso exclama: “dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad”.

 

Romanos 8,14-17. Habéis recibido un espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar “Abba, Padre”

En este capítulo de la carta a los Romanos, Pablo expone su entusiasta concepción sobre lo que significa el Espíritu en nuestras vidas.

El primer don que nos hace a los creyentes este Espíritu es la filiación adoptiva: “los que se dejan llevar por él esos son hijos de Dios”, y es él quien “nos hace gritar: Abba, Padre”.

Ser hijos en la familia de Dios tiene otras consecuencias a cual más esperanzadoras: “si somos hijos, también herederos, herederos de Dios y coherederos con Cristo”.

 

Mateo 28,16-20. Bautizados en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

El final del evangelio de Mateo nos anuncia la misión que Jesús encomendó a la Iglesia, antes de su despedida. Es una misión triple: evangelizadora (“id y haced discípulos”), celebrativa (“bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”) y vivencial (“enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado”).

El que los convertidos a la fe sean bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu”, que es el motivo de la elección de este pasaje para hoy, no quiere necesariamente referirse a la “fórmula” que hay que decir en el bautizo (porque en otros lugares del NT se habla también de “bautizar en el nombre de Jesús”), sino que el creyente queda insertado en la familia cristiana, la eclesial, que es la comunidad del Dios Trino. En oposición, por ejemplo, al bautismo sólo “en nombre de Juan”.

 

2

El misterio de un Dios Trascendente

En las últimas décadas se ha dado en la Iglesia una interesante acentuación del carácter “trinitario” de nuestra vida. El Catecismo de la Iglesia Católica, del año 1992, nos sitúa continuamente, sobre todo cuando habla de la celebración litúrgica, en una relación explícita con el Dios Trino, poniendo, sobre todo, un énfasis en el Espíritu que no habían destacado otros documentos anteriores, ni siquiera el Vaticano II. Cuando Juan Pablo II nos convocó para el Jubileo del año 2000, lo fuimos preparando con un año “dedicado” a cada una de las Personas de la Trinidad, para concluir con el año jubilar centrado en las tres.

Pero ¿quién es Dios? ¿cómo es ese Dios en quien creemos? No es indiferente la imagen que tenemos de Dios. De ella depende en gran parte nuestra relación con él: relación de criaturas, de esclavos o de hijos.

Los textos oracionales de la Misa insisten sobre todo en el “admirable misterio” de la “eterna Trinidad y la Unidad todopoderosa” (colecta) y dicen que confesamos nuestra fe “en la Trinidad santa y eterna y en su Unidad indivisible” (poscomunión). El prefacio -que hasta hace pocos años decíamos cada domingo- ensalza la comunión de las tres Personas en una única naturaleza: “un solo Dios, un solo Señor, tres Personas en una sola naturaleza”, “sin diferencia ni distinción, de única naturaleza e iguales en su dignidad”.

Es admirable y nunca podremos comprender bien el misterio de esas tres Personas llenas de vida, trascendentes, plenamente unidas entre sí.

 

Un Dios cercano, que elige, que libera, que salva, que nos hace sus hijos

Pero tal vez tengamos que esforzarnos más en “vivir” ese misterio que en “comprenderlo”. Nuestro Dios no es un Ser perfectísimo y lejano, omnipotente y frío, retratado en un problema “aritmético” de personas y naturalezas. Dios es admirable en sí mismo y en la obra de la creación y, a la vez, cercano a la historia del pueblo de Israel, de la Iglesia y de cada uno de nosotros.

Si las oraciones de la Misa hablan en una dirección, hay que completarlas con lo que dicen las lecturas bíblicas, que nos presentan a un Dios personal, cálido, cercano y salvador. Un Dios que se define no a partir de ideas o teorías, sino de acontecimientos y de actuaciones salvadoras.

Un Dios que ha creado admirablemente al hombre, que luego se ha mostrado salvador y liberador, que dirige su Palabra al pueblo al que ha elegido entre todos y lo libera de la esclavitud, como Moisés recuerda en el libro del Deuteronomio. A lo largo del AT aparece claramente como perdonador, rico en misericordia, cercano a su pueblo.

Esta cercanía se hace más palpable en el NT, porque aparece como el Padre de nuestro Señor Jesús. Un Dios que amó tanto al mundo que le envió a su propio Hijo como Salvador. Así se hizo “Dios-con-nosotros”.

Pablo, en el pasaje de hoy, da un paso más: el Espíritu de Dios ha hecho que los que nos dejamos llevar por él seamos hijos de Dios. Y si hijos, también herederos, “coherederos con Cristo”. Así, en compañía del mismo Jesús, podemos “gritar: Abbá, Padre”.

Ciertamente, el Dios de la Biblia es un Dios cercano, no meramente filosófico y “todo Otro”. Es un Dios que es Padre, que ha entrado en nuestra historia, que nos conoce y nos ama. Un Dios que es Hijo, que se ha hecho Hermano nuestro, que ha querido recorrer nuestro camino y se ha entregado en la cruz por nuestra salvación. Un Dios que es Espíritu y nos quiere llenar en todo momento de su fuerza y su vida, y “da testimonio de que somos hijos de Dios”.

Ser hijos significa no vivir en el miedo, como los esclavos, sino en la confianza y en el amor. Ser hijos significa poder decir desde el fondo del corazón, y movidos por el Espíritu, “Abbá, Padre”. Significa que somos “herederos de Dios y coherederos con Cristo”: hijos en el Hijo, hermanos del Hermano mayor, partícipes de sus sufrimientos, pero también de su glorificación.

Es un Dios cálido el Dios bíblico. La Escritura se preocupa más de decirnos cómo actúa ese Dios que cómo podemos entender el misterio de su unidad y su trinidad. Como cuando Jesús quiso dejarnos un retrato de su Padre, no con teologías razonadas, sino identificándolo con el padre del hijo pródigo.

 

¿Creemos en ese Dios de la Biblia y vivimos según esa fe?

En un mundo como el nuestro, en el que parece estar de modo ser ateos, o al menos agnósticos, en el que Dios no cuenta en los programas ni de los pueblos ni de muchas personas, hoy nos enfrentamos a una interpelación personal: ¿quién es Dios para mí? ¿es un Ser supremo al que le tengo miedo, o es un Padre y un Hermano que está cercano a mí y me quiere llenar de vida?

¿Creemos de veras, aunque no le entendamos plenamente, en ese Dios que se presenta él mismo como compasivo y misericordioso, rico en clemencia y lealtad? ¿Podemos decir con sinceridad “dichoso el pueblo que el Señor se escogió como heredad”? ¿Sentimos dentro de nosotros el Espíritu de Dios, el Espíritu de Jesús, que nos hace “gritar” Abbá, Padre? ¿Pensamos en nuestro futuro como en una herencia gloriosa que nos espera, porque estamos unidos a Cristo, el Señor Resucitado, que nos hará partícipes de su alegría y de su plenitud de vida?

Si de veras nos sentimos hijos en la casa de Dios, y herederos de sus mejores riquezas, si cada día rezamos a Dios llamándole “Padre nuestro”, ¿por qué ponemos la cara de resignados que a veces ponemos? Si, además, comunicamos a otros esa imagen de Dios, tal vez habría menos ateos y agnósticos. ¿De qué Dios reniegan los que se dicen ateos? ¿qué imagen de Dios tienen en su cabeza para reaccionar así? Según qué idea tienen de Dios, uno piensa que más vale que sean ateos, que no crean en ese Dios. Pero si alguien les presentara los retratos de Dios que las lecturas de hoy nos ofrecen, del Dios de la Biblia, ¿seguirían negándose a aceptarle en sus vidas? Si vieran que nosotros no creemos en un libro o en una doctrina o en un Ser lejano, sino que vivimos como hijos y como hermanos y movidos por el Espíritu, y que de ahí sacamos la fuerza y los ánimos para amar, para estar más unidos en la comunidad, para luchar por la justicia y para construir un mundo mejor, tal vez sería más creíble nuestro testimonio, y haríamos más fácil el acceso de otros a ese Dios.

 

Nuestra vida, “trinitaria” de principio a fin

Hoy no es un día para intentar explicar el “misterio de la Trinidad”, sino de recordar cómo ha actuado y sigue actuando Dios en bien nuestro y cómo toda nuestra vida está marcada y orientada por su amor:

* ya en el Bautismo fuimos signados y bautizados “en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”, envueltos, por tanto, ya desde el principio, en su amor;

* en la celebración de la Eucaristía, al principio nos santiguamos en su nombre, el presidente nos saluda en su nombre, y el final nos bendice también en el nombre de Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo;

* cantamos el Gloria y el Credo, centrados en la actuación de las tres divinas Personas; y el sacerdote, en nombre de la comunidad, siempre dirige la oración al Padre, por medio de Cristo y en el Espíritu;

* en la “doxología” o alabanza final de la Plegaria Eucarística, se dice solemnemente cuál es la dirección de toda nuestra alabanza: “por Cristo, con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria”;

* ¿cuántas veces, durante nuestra vida, nos santiguamos a nosotros mismos en el nombre del Dios Trino, recordando nuestra pertenencia a él?;

* ¿cuántas veces rezamos esa breve y densa oración que es el “Gloria al Padre”, como resumen de nuestras mejores actitudes de fe?

Realmente se puede decir que todos “somos trinitarios”, que estamos invadidos del amor y la cercanía de ese Dios Trino. Eso es lo que puede darnos fuerzas para seguir con confianza el camino de Jesús en nuestra vida.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B

Mt 28, 16-20 (Evangelio Santísima Trinidad)

El bautismo sacramento del amor trinitario

El evangelio del día usa la fórmula trinitaria  como fórmula bautismal de salvación. Hacer discípulos y bautizar no puede quedar en un rito, en un papel, en una ceremonia de compromiso. Es el resucitado el que “manda” a los apóstoles, en esta experiencia de Galilea, a anunciar un mensaje decisivo. No sabemos cuándo y cómo nació esta fórmula trinitaria en el cristianismo primitivo. Se ha discutido mucho a todos los efectos. Pero debemos considerar que el bautismo en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo significa que ser discípulos de Jesús es una llamada para entrar en el misterio amoroso de Dios.

Bautizarse en el nombre del Dios trino es introducirse en la totalidad de su misterio. El Señor resucitado, desde Galilea, según la tradición de Mateo (en Marcos falta un texto como éste) envía a sus discípulos a hacer hijos de Dios por todo el mundo. Podíamos preguntarnos qué sentido tienen hoy estas fórmulas de fe primigenias. Pues sencillamente lo que entonces se prometía a los que buscaban sentido a su vida. Por lo mismo, hacer discípulos no es simplemente enseñar una doctrina, sino hacer que los hombres encuentren la razón de su existencia en el Dios trinitario, el Dios cuya riqueza se expresa en el amor.

Rom 8, 14-17 (2ª lectura Santísima Trinidad)

El Espíritu nos hace sentirnos hijos de Dios

Pablo, inmediatamente antes de estos versos, habla de la lógica de la carne (que lleva a la muerte) y de la lógica del Espíritu (que lleva a la vida). Por eso, los que se dejan llevar por el Espíritu sienten algo fundamental e inigualable: se sienten hijos de Dios. Esta experiencia es una experiencia cristiana que va mucho más allá de las experiencias de Israel y su mundo de la Torá. Se trata de una afirmación que nos lleva a lo más divino, hasta el punto de que podemos invocar a Dios, como lo hizo Jesús, el Hijo, como Abbá. Que el cristiano, por medio del Espíritu, pueda llamar a Dios Abba (cf Gál 4,6), viene a mostrar el sentido de ser hijo, porque hace suya la plegaria de Jesús (especialmente tal como se encuentra en Mc 14,36, aunque también en Lc 11,2, mientras que Mt ha preferido en tono más judío o más litúrgico, con “Padre nuestro”. Eso significa, a la vez, una promesa: heredaremos la vida y la gloria del Hijo a todos los efectos. Ahora, mientras, lo vivimos, lo adelantamos, mediante esta presencia de Espíritu de Dios en nosotros.

La carta de Pablo a los Romanos, pues, nos asoma a una realidad divina de nuestra existencia. Decimos divina, porque el Apóstol habla de ser «hijos de Dios». Pero sentirse hijos de Dios es una experiencia del Espíritu. Es verdad que nadie deja de ser hijo de Dios por el hecho de alejarse de El o a causa de vivir según los criterios de este mundo. Pero en lo que se refiere a las experiencias de salvación y felicidad  no es lo mismo tener un nombre que no signifique nada en el decurso del tiempo, a que sintamos ese tipo de experiencia fontal de nuestra vida. Y por ello el Espíritu, que es el «alma» del Dios trinitario, nos busca, nos llama, nos conduce a  Dios para reconocerlo como Padre (Abba), como un niño perdido en la noche de su existencia, y a sentirnos coherederos del Hijo, Jesucristo. Por ello, el misterio del Dios trinitario  es una forma de hablar sobre la riqueza del mismo, que es garantía de que Dios, como Padre, como Hijo y como Espíritu nos considera(n) a nosotros como algo suyo.

Dt 4, 32-40 (1ª lectura Santísima Trinidad)

Dios eligió a un pueblo marginal

Este texto de Dt es una exhortación  muy doctrinal, desde luego, pero no menos entrañable y comunicativa por parte de Dios. Los autores han querido presentar la elección de Israel como una decisión muy particular y decisiva de Yahvé. Se pasa revista a los grandes acontecimientos que le han dado al pueblo una identidad: la liberación de Egipto, la teofanía o manifestación en el Sinaí (o en el Horeb), el don de la tierra de Canaan. Todo esto forma el “credo” fundacional de la fe israelita. Esto llama al pueblo a un destino.

Al contrario de lo que cabía esperar, nos habla del Dios cercano de Israel, del que ha elegido a este pueblo, sin méritos, sin cultura, sin pretensiones, para que haga presente su proyecto de salvación y liberación sobre la humanidad. Esto lo interpretó Israel como un privilegio, pero en contrapartida, en este texto se exige el guardar sus mandamientos para que esa nación pueda considerarse como privilegiada. El Dios que hace escuchar su voz  en medio de signos y prodigios, según expresiones bíblicas, es un Dios histórico, no se queda en el arcano, porque es en la historia donde se encuentra con nosotros. El conjunto tiene un acento de condición apasionada. No olvidemos que éste no es un texto muy antiguo, más bien se cree que pertenece a la escuela deuteronomista que lo ha redactado  en tiempos del Segundo Isaías. Es de raíces muy monoteístas, pero debemos reconocer que es uno de los pasajes más bellos del libro del Deuteromio.

Comentario al evangelio – Lunes VIII de Tiempo Ordinario

Un hombre se acerca a Jesús ”corriendo” no para pedirle su curación o la sanación de algún pariente, sino para encontrar una respuesta para él. ¿Y qué busca? Luz para orientar su vida: ¿qué he de hacer para heredar la vida eterna? Se trata de algo verdaderamente existencial, vital, importantísimo. Jesús le dice: “ya sabes los mandamientos: no matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no estafarás, honra a tu padre y a tu madre”.Qué curioso! Son los mandamientos que se refieren al prójimo, no a Dios. Y la respuesta del hombre es “todo esto lo he cumplido desde la niñez”, Pero a pesar de cumplir todo esto siente que necesita algo más, hay en su corazón una aspiración más honda, una exigencia mayor.

Jesús se le queda mirando con cariño y le dice: “una cosa te falta”, y le invita a orientar su vida desde algo nuevo: -no vivir agarrado a sus posesiones (“vende cuanto tienes”); -ayudar a los pobres (“dales tu dinero”); -ven y sígueme…El hombre se levantó, se alejó de Jesús, olvidó la mirada cariñosa del Maestro y se fue triste. Sabe que nunca podrá conocer la alegría y la libertad de quienes siguen a Jesús por el camino de la sencillez y la pobreza. Marcos dice “era muy rico”.

Jesús pide a sus seguidores –a todos y todas– el desprendimiento real y el empleo social de los bienes. No se puede calificar de cristiana una existencia dedicada a acumular bienes con egoísmo. Si esto ocurre en la comunidad cristiana se dará el absurdo que dice Pablo: unos pasan hambre y otros se embriagan (cfr 1ªCor 11, 20-22). Unos tienen de todo –auto lindo, casa lujosa, dinero en bancos, aparatos tecnológicos última generación…- y otros viven con lo justo e incluso malviven. Cuando damos algo nuestro a los pobres, tal vez estamos restituyendo algo que no nos corresponde totalmente. San Ambrosio decía: “No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común es de todos, no solo de los ricos… Pagas, pues, una deuda, no das gratuitamente lo que no debes”. Jesús al hombre rico que cumplía los mandamientos desde niño le dice que todavía “le falta una cosa” para ser seguidor suyo: dejar de poseer y acaparar, y empezar a compartir lo que tiene con los necesitados.

Amigos y amigas: ¿no vivimos atrapados por la sociedad del bienestar material egoísta y excluyente? ¿No le falta a nuestra vida de fe el amor práctico a los pobres? ¿No nos falta la alegría y libertad de los seguidores de Jesús que viven pobre y sencillamente? Ya dice Jesús: ¡Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el Reino de Dios!