Meditación – Martes VIII de Tiempo Ordinario

Hoy es martes VIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy  es del evangelio de Marcos (Mc 10, 28-31):

En aquel tiempo, Pedro se puso a decir a Jesús: «Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús dijo: «Yo os aseguro: nadie que haya dejado casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio, quedará sin recibir el ciento por uno: ahora en el presente, casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y hacienda, con persecuciones; y en el mundo venidero, vida eterna. Pero muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros».

Hoy, como aquel amo que iba cada mañana a la plaza a buscar trabajadores para su viña, el Señor busca discípulos, seguidores, amigos. Su llamada es universal. ¡Es una oferta fascinante! El Señor nos da confianza. Pero pone una condición para ser discípulos, condición que nos puede desanimar: hay que dejar «casa, hermanos, hermanas, madre, padre, hijos o hacienda por mí y por el Evangelio» (Mc 10,29).

¿No hay contrapartida? ¿No habrá recompensa? ¿Esto aportará algún beneficio? Pedro, en nombre de los Apóstoles, recuerda al Maestro: «Nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido» (Mc 10,28), como queriendo decir: ¿qué sacaremos de todo eso?

La promesa del Señor es generosa: «El ciento por uno: ahora en el presente (…) y en el mundo venidero, vida eterna» (Mc 10,30). Él no se deja ganar en generosidad. Pero añade: «Con persecuciones». Jesús es realista y no quiere engañar. Ser discípulo suyo, si lo somos de verdad, nos traerá dificultades, problemas. Pero Jesús considera las persecuciones y las dificultades como un premio, ya que nos ayudan a crecer, si las sabemos aceptar y vivir como una ocasión de ganar en madurez y en responsabilidad. Todo aquello que es motivo de sacrificio nos asemeja a Jesucristo que nos salva por su muerte en Cruz.

Siempre estamos a tiempo para revisar nuestra vida y acercarnos más a Jesucristo. Estos tiempos y todo tiempo nos permiten —por medio de la oración y de los sacramentos— averiguar si entre los discípulos que Él busca estamos nosotros, y veremos también cuál ha de ser nuestra respuesta a esta llamada. Al lado de respuestas radicales (como la de los Apóstoles) hay otras. Para muchos, dejar “casa, hermanos, hermanas, madre, padre…” significará dejar todo aquello que nos impida vivir en profundidad la amistad con Jesucristo y, como consecuencia, serle sus testigos ante el mundo. Y esto es urgente, ¿no te parece?

Rev. D. Jordi SOTORRA i Garriga

Liturgia – Martes VIII de Tiempo Ordinario

MARTES DE LA VII SEMANA DE TIEMPO ORDINARIO, feria

Misa de la feria (verde).

Misal: Cualquier formulario permitido, Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-par.

  • Eclo 25, 1-12. Quien guarda los mandamientos ofrece sacrificios de comunión.
  • Sal 49. Al que sigue buen camino le haré ver la salvación de Dios.
  • Mc 10, 28-31. Recibiréis en este tiempo cien veces más, con persecuciones, y en la edad futura, vida eterna.

Antífona de entrada          Sal 17, 19-20
El Señor fue mi apoyo: me sacó a un lugar espacioso, me libró porque me amaba.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, comencemos la celebración de la Eucaristía, en la que vamos a venerar la memoria de la Virgen María, auxilio de los cristianos, poniéndonos ante Jesús, el Señor, muerto para liberarnos del pecado y resucitado para darnos nueva vida, y pidámosle en silencio perdón por todos nuestros pecados y debilidades.

Yo confieso…

Oración colecta
CONCÉDENOS, Señor,
que el mundo progrese
según tu designio de paz para nosotros,
y que tu Iglesia se alegre en su confiada entrega.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos a Dios Padre con la esperanza puesta en el cumplimiento de las promesas de Cristo para con los que lo han dejado todo por seguirle.

1.- Por el Papa Francisco, por nuestro Obispo y por los demás obispos, presbíteros, diáconos, religiosos y fieles laicos. Roguemos al Señor.

2.- Por las vocaciones a dejar todo en esta vida por seguir a Jesucristo. Roguemos al Señor.

3.- Por todos los que ejercen alguna responsabilidad en la sociedad. Roguemos al Señor.

4.- Por los enfermos y por todos los que sufren, por todos sus familiares. Roguemos al Señor.

5.- Por todos los que hoy nos hemos reunido para celebrar la Eucaristía. Roguemos al Señor.

Señor y Dios nuestro, que prometes el ciento por uno a los que te son fieles, mira bondadoso nuestras plegarias y haznos ricos en tu gracia y en tu amor viviendo siempre en comunión contigo. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
OH, Dios,
que nos das lo que hemos de ofrecerte
y vinculas esta ofrenda a nuestro devoto servicio,
imploramos tu misericordia,
para que cuanto nos concedes
redunde en mérito nuestro
y nos alcance los premios eternos.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Cf. Sal 12, 6
Cantaré al Señor por el bien que me ha hecho, cantaré al nombre del Dios Altísimo.

Oración después de la comunión
SACIADOS con los dones de la salvación,
invocamos, Señor, tu misericordia,
para que, mediante este sacramento
que nos alimenta en nuestra vida temporal,
nos hagas participar, en tu bondad, de la vida eterna.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 25 de mayo

SAN GREGORIO VII, Papa (1085 d.C)

 

Como introducción a la vida de Gregorio VII, los bolandistas hacen notar, en Acta. Sanctorum, que el santo fue muy perseguido en vida y muy calumniado después de su muerte. Sin embargo, hemos de decir con gran satisfacción que, si en una época estuvo a la orden del día denigrar al gran Pontífice como si hubiese sido un tirano, los historiadores modernos admiten por unanimidad que el motivo que inspiró a Gregorio VII no fue la ambición sino un celo incontenible por hacer reinar la justicia en la tierra.

San Gregorio nació en la aldea de Rovaco, en la Toscana, cerca de Saona. Su nombre de bautismo era Hildebrando. No sabemos nada sobre sus padres. Cuando joven, fue a vivir en Roma, al cuidado de un tío suyo, que era superior del monasterio de Santa María, en el Aventino. Hizo sus estudios en la escuela de Letrán. Uno de sus maestros, Juan Gracián, estimaba tanto a su discípulo que, al ser elevado al trono pontificio con el nombre de Gregorio VI, le escogió como secretario. Después de la muerte de aquel pontífice acontecida en Alemania, Hildebrando se retiró, según cuenta la tradición, a la abadía de Cluny, donde San Odilón era abad y San Hugo prior. Hildebrando hubiese querido terminar ahí sus días; pero el obispo de Toul, Bruno, que fue elegido Papa, le pidió que volviese con él a Roma. Hildebrando desempeñó entonces el cargo de «economus» de San León IX y restableció el orden en la ciudad y en la tesorería pontificia; además apoyó al Papa en todas las reformas que éste emprendió. Como fue también el consejero principal de los cuatro sucesores de San León IX, muchos le consideraban como «el hombre del poder». Así pues, a nadie sorprendió el hecho de que el cardenal archidiácono Hildebrando fuese elegido Papa, por aclamación, a la muerte de Alejandro II, en 1073. Hildebrando adoptó el nombre de Gregorio VIL

El nuevo Pontífice tenía razones para sentirse abrumado ante la tarea que le esperaba. Una cosa era denunciar los abusos que pululaban en la Iglesia, como lo hacía su amigo San Pedro Damián y aun blandir la espada de la justicia al servicio de otros Papas, como él mismo lo había hecho antes y otra, muy distinta, sentirse como vicario de Cristo en la tierra, responsable ante Dios por la supresión de dichos abusos. No había en la Iglesia nadie mejor preparado que Gregorio VII para desempeñar esa tarea. Guillermo de Metz le escribió: «En vos, que habéis alcanzado la cumbre del poder, están fijos todos los ojos. El pueblo cristiano sabe los gloriosos combates que habéis sostenido en puestos menos importantes y espera, unánimemente, oír de vos grandes cosas.» Esa esperanza no se vio frustrada.

Gregorio no podía soñar con el apoyo de las autoridades para llevar a cabo las reformas que proyectaba. De los monarcas de la época, el mejor era Guillermo el Conquistador, por más que en ciertos momentos había dado muestras de gran crueldad. En Alemania reinaba el emperador Enrique IV, joven de treinta y tres años, disoluto, sediento de oro y tiránico. En cuanto a Felipe I de Francia, se ha dicho que «su reinado fue el más largo y desastroso de que conservan memoria los anales de su patria». Las autoridades eclesiásticas no estaban menos corrompidas que los príncipes seculares, a los que se habían esclavizado; los reyes y los nobles vendían los obispados y las abadías al mejor postor, cuando no las concedían a sus favoritos. La simonía era práctica general, y el celibato clerical estaba tan de capa caída, que en muchas regiones los sacerdotes llevaban abiertamente vida conyugal, utilizaban los diezmos y limosnas de los fieles para el sostenimiento de sus familias y, en algunos casos, llegaban incluso a legar sus beneficios a sus hijos. Gregorio VII iba a pasar el resto de su vida entregado a la lucha heroica por libertar y purificar a la Iglesia suprimiendo la simonía y la incontinencia de los clérigos y aboliendo el sistema vigente de las investiduras. Según ese método, los laicos podían conceder beneficios eclesiásticos y ser investidos para obtenerlos, mediante la presentación del báculo y el anillo pastorales.

Poco después de su acceso al trono pontificio, Gregorio depuso al arzobispo de Milán, Godofredo, que había comprado su beneficio. En el primer sínodo romano que se llevó a cabo bajo su pontificado, el nuevo Papa publicó decretos muy severos contra la simonía y el matrimonio de los sacerdotes. Esos decretos no sólo privaban de jurisdicción y de todo beneficio eclesiástico a los sacerdotes casados, sino que ordenaban a los fieles que se abstuviesen de recibir los sacramentos de sus manos. Naturalmente esto provocó gran hostilidad contra Gregorio VII, sobre todo en Francia y en Alemania. Una asamblea, reunida en París, declaró que los decretos pontificios eran intolerables e irracionales, ya que hacían depender la validez de los sacramentos de la virtud personal de quien los administraba. Pero San Gregorio no se amilanó ante la oposición, ni se desvió de la línea de conducta que se había fijado. En el siguiente sínodo romano fue todavía más lejos, puesto que suprimió de golpe las investiduras de los laicos y lanzó la excomunión contra «toda persona, aunque se tratase del emperador o del rey, que osare conferir investiduras relacionadas con cualquier beneficio eclesiástico». Para promulgar y poner en práctica dichos decretos, Gregorio envió legados a toda la cristiandad, pues no podía confiar en los obispos. Los legados, que generalmente eran monjes a quienes el Papa conocía y había probado suficientemente, le sirvieron con gran valor y eficacia en aquella época excepcionalmente difícil. En Inglaterra, Guillermo el Conquistador se negó a renunciar al derecho de conferir investiduras y a rendir vasallaje al Pontífice. Como se sabe, en aquellos tiempos varios príncipes cristianos habían puesto sus reinos bajo la protección de la Santa Sede. Pero en cambio, aceptó los otros decretos pontificios y Gregorio VII, que según parece, tenía confianza en él, no insistió en que renunciase al derecho de investidura. En Francia, gracias a la energía del legado, Hugo de Die, las reformas fueron aceptadas y puestas en práctica poco a poco; pero la lucha fue larga y el Papa tuvo que deponer a casi todos los obispos. Sin embargo, quien opuso mayor resistencia fue el emperador Enrique IV, el cual levantó contra el Papa al clero de Alemania y del norte de Italia, así como a los nobles romanos de tendencias antipapistas. Gregorio VII fue hecho prisionero mientras celebraban la misa de Navidad, en Santa María la Mayor y estuvo en manos de sus enemigos varias horas, hasta que el pueblo le rescató. Poco después, un conciliábulo de obispos, reunido en Worms, hizo varias acusaciones al Papa; los obispos de Lombardía le rehusaron obediencia, y el emperador envió a Roma un legado para que informase a los cardenales de que Gregorio era un usurpador y que él estaba decidido a arrojarle del trono pontificio. Al día siguiente, Gregorio excomulgó solemnemente al emperador y desligó a sus súbditos de la obligación de obedecer a Enrique IV. Fue ése un acto que debía tener una repercusión inmensa en la historia del Papado.

También fue una oportunidad para los nobles germánicos, que deseaban deshacerse del emperador. En octubre de 1076, celebraron una reunión y decidieron que el emperador perdería la corona si antes de un año no recibía la absolución pontificia y no comparecía ante un concilio que Gregorio VII iba a presidir en Augsburgo, en febrero del año siguiente. Enrique IV resolvió salvarse, fingiendo someterse. Acompañado de su esposa, su hijo y un servidor, cruzó los Alpes en lo más crudo del invierno y se presentó en el castillo de Canossa, entre Módena y Parma, donde se hallaba el Papa. Este se negó a recibirle, y el emperador pasó tres días a la puerta del castillo, vestido con hábito de penitente. Algunos historiadores han tachado de cruel y arrogante la conducta del Pontífice; pero, probablemente Gregorio VII había reflexionado ya sobre lo que debía hacer. En realidad, Gregorio VII no tenía más alternativa que suponer la buena fe del emperador, pues éste había ido como penitente; así pues, acabó por recibir a Enrique IV, a quien dio la absolución después de haber oído su confesión.

La expresión «ir a Canossa» se ha convertido en el símbolo del triunfo de la Iglesia sobre el Estado. Pero en realidad, aquel fue un triunfo de la astucia política de Enrique IV, ya que, por una parte, el emperador no renunció nunca a su pretensión de conferir las investiduras eclesiásticas y por otra, los acontecimientos posteriores llevaron a Gregorio VII casi a la ruina.

A pesar de la resistencia que opuso Enrique IV, en 1077, algunos de los nobles eligieron a su cuñado, Rodolfo de Suabia, para que le sustituyese en el cargo. San Gregorio trató de permanecer neutral durante algún tiempo; pero, finalmente, tuvo que excomulgar de nuevo a Enrique IV y apoyar la candidatura de Rodolfo, quien murió en una batalla. Por su parte, Enrique IV promovió la elección de Guiberto, arzobispo de Ravena, como antipapa y, después de la muerte de Rodolfo de Suabia, se dirigió a Italia a la cabeza de un ejército. Roma cayó al cabo de tres años de sitio. San Gregorio se retiró al castillo de Sant’ Angelo y permaneció ahí hasta que fue a rescatarle el duque de Calabria, Roberto Guiscardo. Sin embargo, los excesos de las tropas de Roberto provocaron la furia del pueblo romano y San Gregorio, que había llamado en su auxilio a los normandos, fue víctima de la antipatía del ejército de Roberto. A consecuencia de ello, tuvo que retirarse a Monte Cassino primero y después a Salerno, humillado, enfermo y abandonado por treinta de sus cardenales.

San Gregorio lanzó un último llamamiento a todos los que creían «que el bienaventurado Pedro es el padre de todos los cristianos y su jefe y pastor en nombre de Cristo y que la Santa Iglesia Romana es la madre y maestra de todas las Iglesias». Al año siguiente murió, el 25 de mayo de 1085. En su lecho de muerte, Gregorio perdonó a todos sus enemigos y levantó las excomuniones que había fulminado, excepto la de Enrique IV y la de Guiberto de Ravena. Sus últimas palabras fueron las siguientes: «He amado la justicia y odiado la iniquidad; por ello muero en el destierro».

San Gregorio VII fue ciertamente uno de los Papas más grandes, aunque no dejó de cometer algunos errores. Sus fallas, que lo fueron más bien del mundo en que vivió, le han ganado la antipatía de numerosos historiadores. Lo que sí se puede afirmar a ciencia cierta, es que no fue ambicioso y que consagró todos sus esfuerzos a purificar y fortalecer a la Iglesia, porque veía en ella a la Iglesia de Dios y quería convertirla en un refugio de paz y caridad sobre la tierra. El cardenal Baronio introdujo el nombre de Gregorio VII en el Martirologio Romano, dándole el título de beato y no de santo. El Papa Benedicto XIII, en 1728, elevó la conmemoración de San Gregorio a la categoría de fiesta de la Iglesia universal, con gran indignación de los galicanos franceses.

 

En Acta Sanctorum (mayo, vol. iv), además de otros materiales, hay tres documentos que pueden ayudarnos a apreciar a Hildebrando como Papa y como santo. El primero es la biografía escrita por Pablo Bernried, en 1128, que se basa en un estudio de las actas de su pontificado y de las memorias de quienes conocieron personalmente a Gregorio VIL El segundo es un informe que se debe probablemente a la pluma de Pandulfo. El tercero es una adaptación del Líber ad Amicum, que Bonzio escribió en vida del santo Pontífice, hecha por el cardenal Boso. Pero Gregorio VII pertenece a la historia universal. El estudio de los documentos oficiales y, en particular, de la parte del Regesta que se conserva, puede ayudarnos a conocer mejor su carácter. En Lives of the Popes de Mons. Mann, vol. VII (1910), pp. 1-217, se encontrará un magnífico estudio del pontificado de Gregorio VII, sobretodo por lo que se refiere al aspecto externo de su gobierno. Ahí mismo hay una bibliografía; en ella Mons. Mann recomienda, con razón, la obra de J. W. Bowden, Life and Pontificóte of Gregory VII, a pesar de que fue publicada en 1840. La literatura sobre el tema es muy considerable y ha aumentado mucho desde que Mons. Mann publicó su obra en 1910. Hay que mencionar los trabajos de Mons. Batiffol (1928) y H. X. Arquiliére (1934). En la colección Les Saints hay un admirable esbozo biográfico de A. Fliche, quien se basó en una multitud de obras. El mismo autor publicó una obra completa sobre el tema, titulada La Reforme grégorienne (1925); cf. acerca de ella Analecta Bollandiana,vol. XLIV (1926), pp. 425-433. Véase también W. Wühr, Studien zu Gregors VII Kirchenreform (1930); Fliche y Martin, Histoire de UEglise, vol. VIII. Acerca del problema de las Regesta de Gregorio VII, consúltense los estudios de W. M. Peitz y E. Caspar. En 1932 se publicó una traducción inglesa de la correspondencia de San Gregorio, hecha por E. Emerton. En Roma empezaron a publicarse, en 1947, los Studi Gregoriani (ed. G. B. Borino).

 

Alban Butler

Laudes – Martes VIII de Tiempo Ordinario

LAUDES

MARTES VIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Venid, adoremos al Señor, Dios grande.

SALMO 66: QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Señor de nuestras horas, Origen, Padre, Dueño,
que, con el sueño, alivias y, en la tregua de un sueño,
tu escala tiendes a Jacob:

al filo de los gallos, en guardia labradora,
despiertan en los montes los fuegos de la aurora,
y de tus manos sube el sol.

Incendia el cielo en sombras el astro matutino,
y el que pecó en tinieblas recobra su camino
en la inocencia de la luz.

Convoca brazo y remo la voz de la marea,
y llora Pedro, el duro patrón de Galilea,
cimiento y roca de Jesús.

El gallo nos increpa; su canto al sol dispara,
desvela al soñoliento, y al que pecó lo encara
con el fulgor de la verdad;

a su gozosa alerta, la vida se hace fuerte,
renace la esperanza, da un paso atrás la muerte,
y el mundo sabe a pan y a hogar.

Del seno de la tierra, convocas a tu Ungido,
y el universo entero, recién amanecido,
encuentra en Cristo su esplendor.

Él es la piedra viva donde se asienta el mundo,
la imagen que lo ordena, su impulso más profundo
hacia la nueva creación.

Por él, en cuya sangre se lavan los pecados,
estamos a tus ojos recién resucitados
y plenos en su plenitud.

Y, con el gozo nuevo de la criatura nueva,
al par que el sol naciente, nuestra oración se eleva
en nombre del Señor Jesús. Amén.

SALMO 100: PROPÓSITO DE UN PRÍNCIPE JUSTO

Ant. Para ti es mi música, Señor; voy a explicar el camino perfecto.

Voy a cantar la bondad y la justicia,
para ti es mi música, Señor;
voy a explicar el camino perfecto:
¿cuándo vendrás a mí?

Andaré con rectitud de corazón
dentro de mi casa;
no pondré mis ojos
en intenciones viles.

Aborrezco al que obra mal,
no se juntará conmigo;
lejos de mí el corazón torcido,
no aprobaré al malvado.

Al que en secreto difama a su prójimo
lo haré callar;
ojos engreídos, corazones arrogantes
no los soportaré.

Pongo mis ojos en los que son leales,
ellos vivirán conmigo;
el que sigue un camino perfecto,
ése me servirá.

No habitará en mi casa
quien comete fraudes;
el que dice mentiras
no durará en mi presencia.

Cada mañana haré callar
a los hombres malvados,
para excluir de la ciudad del Señor
a todos los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Para ti es mi música, Señor; voy a explicar el camino perfecto.

CÁNTICO de DANIEL: ORACIÓN DE AZARÍAS EN EL HORNO

Ant. No apartes de nosotros tu misericordia, Señor.

Bendito eres, Señor, Dios de nuestros padres,
digno de alabanza glorioso es tu nombre.

Porque eres justo en cuanto has hecho con nosotros
y todas tus obras son verdad,
y rectos tus caminos,
y justos todos tus juicios.

Porque hemos pecado y cometido iniquidad
apartándonos de ti, en todo hemos delinquido.
Por el honor de tu nombre,
no nos desampares para siempre,
no rompas tu alianza,
no apartes de nosotros tu misericordia.

Por Abrahán, tu amigo;
por Isaac, tu siervo;
por Israel, tu consagrado;
a quienes prometiste
multiplicar su descendencia
como las estrellas del cielo,
como la arena de las playas marinas.

Pero ahora, Señor, somos el más pequeño
de todos los pueblos;
hoy estamos humillados por toda la tierra
a causa de nuestros pecados.

En este momento no tenemos príncipes,
ni profetas, ni jefes;
ni holocaustos, ni sacrificios,
ni ofrendas, ni incienso;
ni un sitio donde ofrecerte primicias,
para alcanzar misericordia.

Por eso, acepta nuestro corazón contrito
y nuestro espíritu humilde,
como un holocausto de carneros y toros
o una multitud de corderos cebados.

Que éste sea hoy nuestro sacrificio,
y que sea agradable en tu presencia:
porque los que en ti confían
no quedan defraudados.

Ahora te seguimos de todo corazón,
te respetamos y buscamos tu rostro.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. No apartes de nosotros tu misericordia, Señor.

SALMO 143: ORACIÓN POR LA VICTORIA Y LA PAZ

Ant. Te cantaré, Dios mío, un cántico nuevo.

Bendito el Señor, mi Roca,
que adiestra mis manos para el combate,
mis dedos para la pelea;

mi bienhechor, mi alcázar,
baluarte donde me pongo a salvo,
mi escudo y mi refugio,
que me somete los pueblos.

Señor, ¿qué es el hombre para que te fijes en él?;
¿qué los hijos de Adán para que piensen en ellos?
El hombre es igual que un soplo;
sus días, una sombra que pasa.

Señor, inclina tu cielo y desciende;
toca los montes y echarán humo;
fulmina el rayo y dispérsalos;
dispara tus saetas y desbarátalos.

Extiende la mano desde arriba:
defiéndeme, líbrame de las aguas caudalosas,
de la mano de los extranjeros,
cuya boca dice falsedades,
cuya diestra jura en falso.

Dios mío, te cantaré un cántico nuevo,
tocaré para ti el arpa de diez cuerdas:
para ti que das la victoria a los reyes,
y salvas a David, tu siervo.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Te cantaré, Dios mío, un cántico nuevo.

LECTURA: Is 55, 1

Oíd, sedientos todos, acudid por agua, también los que no tenéis dinero: venid, comprad trigo, comed sin pagar vino y leche de balde.

RESPONSORIO BREVE

R/ Señor, escucha mi voz, he esperado en tus palabras.
V/ Señor, escucha mi voz, he esperado en tus palabras.

R/ Me adelanto a la aurora pidiendo auxilio.
V/ He esperado en tus palabras.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Señor, escucha mi voz, he esperado en tus palabras.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. De la mano de todos los que nos odian, sálvanos, Señor.

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. De la mano de todos los que nos odian, sálvanos, Señor.

PRECES

Dios nos otorga el gozo de poder alabarlo en este comienzo del día, reavivando con ello nuestra esperanza. Invoquémosle, pues, diciendo:

Escúchanos, Señor, por la gloria de tu nombre.

Dios y Padre de nuestro Salvador Jesucristo, te damos gracias porque, por mediación de tu Hijo,
— nos has dado la sabiduría y la inmortalidad.

Concédenos un corazón humilde,
— para que seamos sumisos unos a otros con respeto cristiano.

Derrama tu Espíritu en nosotros, tus siervos,
— para que nuestra caridad fraterna no sea una farsa.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Tú que has dispuesto que el hombre dominara el mundo con su esfuerzo,
— haz que nuestro trabajo te glorifique y santifique a nuestros hermanos.

Ya que Dios nos muestra siempre su amor de Padre, velando amorosamente por nosotros, nos atrevemos a decir:
Padre nuestro…

ORACION

Aumenta, Señor, nuestra fe, para que la alabanza que sale de nuestros labios vaya siempre acompañada de frutos de vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.