La Santísima Trinidad

1.- Enseñar materias asequibles es un esfuerzo que hay que retribuir. Uno puede escoger el profesor que más le interese y dejarlo el día que se le antoje. Puede recibir enseñanzas gratuitamente y, en este caso, quedar agradecido. Ser maestro es una profesión noble, como otras lo son también.

El comportamiento del enamorado es otro y su obrar harto dispar. El que ama, si algo enseña, es aquello que nace del interior más profundo de su intimidad. Y decimos que es una confidencia, algo que hasta entonces nadie conocía, algo que el confidente no llega nunca a entender del todo. Ahí reside su fascinación. Entenderán mejor los enamorados. Dígase por lo mismo que intuyen enamoramiento, las personas que reciben confidencias. Es lo común. Los que no están enamorados, si tienen auténticos amigos, no simples compañeros, sienten la certeza del aprecio, cuando son depositarios de confidencias (los llamados confidentes de la policía, en realidad son simples colaboradores suyos). La amistad y el enamoramiento, son situaciones propias de una cierta madurez. Pese a que en el lenguaje coloquial a veces se diga, no hay auténticos amigos ni noviazgo, entre niños de corta edad.

2.- El preámbulo sirve para hablar de la Trinidad. Las matemáticas son útiles, la biología sirve, el arte interesa. Los misterios, el misterio de la Santísima Trinidad, no sirve para nada. (Uno puede ir al mercado y comprar bien, acudir a un teatro sin que para nada importe este misterio, visitar al médico sin hablar para nada de ello). Me corrijo, estos misterios, cuando los recibimos como misterios, nos hacen felices. Hablaré de mi experiencia. Cuando yo era estudiante, el profesor de religión me hablaba de este misterio como un problema para el entendimiento que nosotros, por obediencia, debíamos aceptar. Y venían entonces palabras que estudiábamos en la clase de filosofía: esencia, persona, naturaleza…aquel profesor no nos hablaba de amor, que precisamente nosotros adolescentes, empezábamos a descubrir y nos sentíamos fascinados por él.

A nadie se le había ocurrido, nadie era capaz de vislumbrarlo. Pero Dios, cuando la humanidad empezó a ser madura, la plenitud de los tiempos se llama a este periodo, se le ocurrió hacernos esta confidencia, esto que nadie sabía: Él era tres personas. Lo manifestó porque Él, en la Persona-Hijo, nos podía hablar en nuestro lenguaje y así ser, lo que nos explicaba, algo capaz de entender un poco. Vuelvo a recordar la adolescencia. En aquella época maravillosa, escuchábamos al oído cosas que nadie sabía, que a nadie había contado. No entendíamos del todo lo que nos decían pero eso de saber que nos explicaban algo de su interior, que nadie conocía, nos llenaba de emoción y era la gran prueba de que había amor. Con frecuencia oíamos: esto sólo tú lo sabes, no se lo digas a nadie. El amor humano es así, necesita una cierta exclusividad para que perdure. El amor divino, al contrario, ya que es caridad, necesita comunicarse, desparramarse, de aquí que Jesús hablo y nos encomendó que en su nombre nosotros habláramos, del Padre, se dio a conocer y se hizo amigo, nos anunció que vendría el Espíritu, cosa que nos convenía mucho ¡lo hizo con tanta ilusión! Los primeros confidentes, que eran su Madre, los apóstoles y las compañeras, se tomaron muy en serio el encargo y marcharon presurosos a comunicar la gran noticia: Dios como se había enamorado de la humanidad, se les había declarado, y ellos no se quedaban para ellos solos la gran prueba de amor. ¿no se curarían muchas tristezas, no se elevarían muchas depresiones, si la gente supiera que Dios la ama?

3.- Si un día me encontrara con un ser de otro planeta, capaz de comunicarse conmigo, lo primero que le preguntaría sería precisamente esto. ¿os ha explicado Dios algo de como es Él? ¿Ha ido a habitar visiblemente en vuestro planeta? ¿Tenéis un idioma que os permita hablar con Él? Me parece que haber podido vislumbrar algo de Dios es más importante que comunicar a posibles seres, que atrapen una plancha estéril de acero, enviada a espacios Intersiderales, cuales son nuestros logros matemáticos o la silueta de nuestro cuerpo. Nosotros sabemos algo de Dios, aunque no lo entendamos, porque tenemos la suerte de que Él nos lo ha confiado.

Pedrojosé Ynaraja

Comentario – Santísima Trinidad

Cada vez que celebramos la eucaristía lo hacemos en el nombre de Dios, pero de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. También fuimos bautizados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Pero nosotros no reconocemos otro Dios que el Dios vivo, único y verdadero que reconocía el pueblo de Israel como el Dios que había salido en su busca. Somos, pues, monoteístas, como los que decían que no hay más Dios que el Señor de cielos y tierra. Pero además de monoteístas, somos trinitarios. Confesamos como Dios al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, o también, reconocemos en Jesús al Hijo de Dios venido en carne por nuestra salvación; por tanto, al Hijo de ese Dios que es su Padre y comparte naturaleza con Él.

Pues no se trata de nombrar a la misma persona de tres modos distintos, sino de tres personas distintas, cada una con su propia individualidad o propiedad personal. Porque el Padre, en cuanto persona, no es el Hijo, del mismo modo que el Hijo no es el Padre: uno es el engendrado y el otro, el que engendra. Pero el que engendra (por eso es Padre) no es anterior ni superior al engendrado (el Hijo), por el hecho de engendrarlo, pero sí es su origen o principio, si bien un origen intemporal o eterno.

El Hijo tiene, pues, principio (en el Padre), pero no comienzo (temporal). Y sin embargo, ambos se necesitan para ser lo que son (Padre e Hijo), dado que son correlativos: no hay Padre sin Hijo, como no hay Hijo sin Padre. De tal manera están implicados el uno en el otro que son relación al otro –como dijo ya Basilio de Cesarea-. El Padre es relación al Hijo, de modo que lo que le constituye como tal es esta relación de paternidad; lo mismo que al Hijo le constituye una relación de filiación. Esta percepción es lo que le llevó a santo Tomás de Aquino a decir que las personas divinas son relaciones subsistentes. La subsistencia es lo que hace de tales relaciones personas.

Nuestro Dios es, pues, uno (no hay nada más uno único que Él), pero también trino: una unidad en la trinidad personal. En la unidad más primigenia hay, por tanto, comunión de amor, relaciones interpersonales, reciprocidad, intercambio. Y no es tanto que en Dios haya eso, sino que Dios es eso: Dios es amor, y amor fecundo, que engendra personas en comunión, dinamismo de relaciones. Antes que nuestra, ésta es la fe de san Pablo, que distingue entre ese Dios del que somos hijos y herederos, ese Cristo con el que somos coherederos por compartir con él la filiación, y ese Espíritu que nos hace hijos adoptivos y que grita dentro de nosotros: Abba, Padre. Ni el Padre al que llamamos Abba es el Hijo, ni el Espíritu que grita en nosotros es el Padre al que gritamos Abba. Por tanto, san Pablo distingue. Pero también lo había hecho Jesús cuando se dirige al Padre como su Abba y cuando nos habla del Padre o cuando nos enseña a rezar el Padre nuestro.

Dios, nuestro Dios, es, pues, una comunión de personas que no rompen su unidad, sino que la conforman. Pero lo que en realidad nos incorpora a la fe trinitaria no es otra cosa que nuestra fe en Jesucristo como Hijo de Dios hecho hombre y como Ungido del Espíritu. Ésta es la fe que celebramos hoy, no para entender el misterio, sino para contemplarlo y tomar conciencia de lo que este Dios, que es comunión de amor, quiere para nosotros: no otra cosa que incorporarnos a su vida de comunión.

Para eso nos ha hecho hijos, para gozar como hijos con el Hijo y con el Padre bajo el empuje del Espíritu Santo. Lo importante, por tanto, no es entender, sino dejarnos llevar por este dinamismo de amor interpersonal: insertarnos en Él mediante la oración y el seguimiento. Toda relación –mucho más la relación de amor- requiere contacto. Y el mantenimiento y afianzamiento de esta relación, contacto continuado o frecuente. La relación con este Dios relacional reclama oración; pues no hay otro modo de contactar con este Dios personal (tripersonal), con este Dios que es Padre, Hijo y Espíritu Santo, que la oración.

No es ilógico, por tanto, que la Iglesia haya escogido este día como Jornada pro orantibus. Hoy es la jornada de las personas consagradas a la vida contemplativa, esto es, a las personas dedicadas a mirar con detenimiento el espectáculo inenarrable de este amor personal que está en el fondo de toda realidad y que es nuestro Dios: a contemplar y a sostener un coloquio de amor siempre abierto a nuevos descubrimientos y experiencias. Es la experiencia espiritual en la que se han abismado místicos como nuestra santa Teresa de Ávila, que llegaba a decir: “Vivo sin vivir en mí, y tan alta vida espera que muero porque no muero”. Tener una mínima experiencia de este misterio es tener ya una experiencia del cielo en la tierra. Que el Señor nos lo conceda.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística

I Vísperas – Santísima Trinidad

I VÍSPERAS

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor, Dios nuestro.

Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.

Oh Palabra del Padre, te escuchamos;
oh Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

SALMO 112: ALABADO SEA EL NOMBRE DEL SEÑOR

Ant. Gloria a ti, Trinidad igual, Divinidad única, antes de todos los siglos, ahora y siempre.

Alabad, siervos del Señor,
alabad el nombre del Señor.
Bendito sea el nombre del Señor,
ahora y por siempre:
de la salida del sol hasta su ocaso,
alabado sea el nombre del Señor.

El Señor se eleva sobre todos los pueblos,
su gloria sobre los cielos.
¿Quién como el Señor, Dios nuestro,
que se eleva en su trono
y se abaja para mirar
al cielo y a la tierra?

Levanta del polvo al desvalido,
alza de la basura al pobre,
para sentarlo con los príncipes,
los príncipes de su pueblo;
a la estéril le da un puesto en la casa,
como madre feliz de hijos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Gloria a ti, Trinidad igual, Divinidad única, antes de todos los siglos, ahora y siempre.

SALMO 147: ACCIÓN DE GRACIAS POR LA RESTAURACIÓN DE JERUSALÉN

Ant. Bendita sea la santa Trinidad e indivisible Unidad; proclamamos que ha tenido misericordia de nosotros.

Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Bendita sea la santa Trinidad e indivisible Unidad; proclamamos que ha tenido misericordia de nosotros.

CÁNTICO de EFESIOS: EL DIOS SALVADOR

Ant. Gloria y honor a Dios en la unidad de la Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos.

Bendito sea Dios,
Padre de nuestro Señor Jesucristo,
que nos ha bendecido en la persona de Cristo
con toda clase de bienes espirituales y celestiales.

Él nos eligió en la persona de Cristo,
antes de crear el mundo,
para que fuésemos santos
e irreprochables ante Él por el amor.

Él nos ha destinado en la persona de Cristo
por pura iniciativa suya,
a ser sus hijos,
para que la gloria de su gracia,
que tan generosamente nos ha concedido
en su querido Hijo,
redunde en alabanza suya.

Por este Hijo, por su sangre,
hemos recibido la redención,
el perdón de los pecados.
El tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia
ha sido un derroche para con nosotros,
dándonos a conocer el misterio de su voluntad.

Este es el plan
que había proyectado realizar por Cristo
cuando llegase el momento culminante:
recapitular en Cristo todas las cosas
del cielo y de la tierra.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Gloria y honor a Dios en la unidad de la Trinidad: al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, por todos los siglos.

LECTURA: Rm 11, 33-36

¡Qué abismo de generosidad, de sabiduría y de conocimiento, el de Dios! Qué insondables sus decisiones y qué irrastreables sus caminos! ¿Quién conoció la mente del Señor? ¿Quién fue su consejero? ¿Quién le ha dado primero, para que él le devuelva? Él es el origen, guía y meta del universo. A él la gloria por los siglos. Amén.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

R/ Al único Dios honor y gloria.
V/ Ensalcémoslo por los siglos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Gracias a ti, oh Dios, gracias a ti, verdadera y una Trinidad, una y suprema Divinidad, una y santa Unidad.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Gracias a ti, oh Dios, gracias a ti, verdadera y una Trinidad, una y suprema Divinidad, una y santa Unidad.

PRECES

El Padre, al dar vida por el Espíritu Santo a la carne de Cristo, su Hijo, la hizo fuente de vida para nosotros. elevemos, pues, al Dios uno y trino nuestro canto de alabanza:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Padre, Dios todopoderoso y eterno, envía en nombre de tu Hijo el Espíritu Santo Defensor sobre la Iglesia,
—para que la mantenga en la unidad de la caridad y de la verdad plena.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies, para que hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,
—y les den firmeza en la fe.

Ayuda, Señor, a todos los perseguidos por causa de tu Hijo,
—ya que él prometió que tú les darías el Espíritu de la verdad para que hablara por ellos.

Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Verbo y el Espíritu Santo, eres uno,
—para que crean, esperen y amen al Dios único.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Padre de todos los que viven, haz que los difuntos tengan parte en tu gloria,
—en la que tu Hijo y el Espíritu Santo reinan contigo en íntima y eterna unión.

Movidos por el Espíritu Santo, dirijamos al padre la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Lectio Divina – Sábado VIII de Tiempo Ordinario

1.-Oración introductoria

Señor, hoy me quieres dar una lección de autoridad, pero no como la entiende el mundo sino como la entiendes Tú. Para Ti la autoridad es servicio gozoso y desinteresado. Jamás has usado tu autoridad como Hijo de Dios, para beneficio tuyo personal. Tú no entiendes la autoridad como un camino de ascenso sino de descenso: bajas en el bautismo a las aguas del Jordán para meterte en el rio de nuestra historia, y así purificarnos de nuestros egoísmos y vanidades y elevarnos a la categoría de hijos de Dios. 

2.- Lectura reposada del evangelio: Marcos 11, 27-33

Vuelven a Jerusalén y, mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?» Jesús les dijo: «Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme». Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: «Del cielo», dirá: «Entonces, ¿por qué no le creísteis?» Pero ¿vamos a decir: «De los hombres?»» Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. Responden, pues, a Jesús: «No sabemos». Jesús entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto».

3.- Qué dice el texto bíblico.

Meditación-reflexión.

¿Con qué autoridad haces esto? “Autoridad”, en boca de los sacerdotes y de los escribas, indica “poder”, “fuerza”, “dominio”, “capacidad de imponer leyes y de juzgar”. Ésta es la autoridad que ellos tenían en el Templo y que, de ninguna manera, querían perder. Toda autoridad humana tiende a controlar todo, a dominar todo, para así mantenerse en el poder. Los escribas y sacerdotes, que viven muy bien incluso económicamente en su cargo, ven en Jesús un enemigo peligroso. Por eso intentan matarlo. Una vez más el poder corrompe y el poder religioso todavía más porque intentan apoyarlo en Dios. Y Jesús, ¿cómo entiende la autoridad? En el lavatorio de los pies, Jesús se desprende del manto, símbolo de poder, se ciñe una toalla, y se pone a lavar los pies, acción propia de los esclavos. Así entiende Jesús la autoridad: como un servicio a los que están abajo para elevarlos a categoría de hijos de Dios. Jesús nos quiere a todos “iguales ante el Padre”. Y así se crea la gran familia de los hijos de Dios.

A la pregunta capciosa y malintencionada de los sacerdotes y escribas, Jesús no responde. Tampoco responde Jesús a preguntas tontas o superficiales: qué marca de coche me voy a comprar, o dónde me voy a divertir más en las próximas vacaciones, o dónde se venden las entradas para ver el partidazo del próximo fin de semana. Pero sí responde a las preguntas de profundidad: qué sentido tiene mi vida, por qué la gente tiene que sufrir tanto, por qué los bienes de la tierra están tan mal repartidos, qué será de mí después de la muerte…A estas preguntas de profundidad, siempre responde el Señor. Y responde con sus palabras y sus acciones; con su vida y con su muerte.

Palabra del Papa.

“Jesús nos hace misericordiosos hacia la gente, mientras quien tiene el corazón débil porque no está fundado en Jesucristo corre el riesgo de ser rígido en la disciplina exterior, pero hipócrita y oportunista dentro. El Evangelio del día, en el que los jefes de los sacerdotes preguntan a Jesús con qué autoridad hace sus obras, la pregunta demuestra el corazón hipócrita de esta gente. A ellos no les interesaba la verdad, buscaban solo sus intereses e iban según el viento: conviene ir por aquí, conviene ir por allí… eran veletas. Tenían un corazón sin consistencia. Y así negociaban todo: negociaban la libertad interior, negociaban la fe, negociaban la patria, todo, menos las apariencias. A ellos les importaba salir bien en las situaciones. […] Este es el drama de la hipocresía de esta gente. Y Jesús no negociaba, pero su corazón de Hijo del Padre, estaba muy abierto a la gente, buscando caminos para ayudar. (Cf Homilía de S.S. Francisco, 15 de diciembre de 2014, en Santa Marta).

4.- Qué me dice hoy a mí esta palabra bíblica ya meditada. (Silencio)

5.- Propósito: Intentaré ser humilde y no creerme nunca superior a los demás.

6.- Dios me ha hablado a mí hoy a través de su Palabra. Y ahora yo le respondo con mi oración.

Señor, qué lección tan bonita nos has dado hoy en tu evangelio. Has cambiado el manto por la toalla; la autoridad por el servicio. No quieres personas que estén ni por arriba ni por abajo, sino todos al mismo nivel. Así podemos ser todos hermanos. Esto es lo que a Ti te gusta. Y esto es lo que le agrada al Padre. 

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud, en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

Santísima Trinidad, ¡Dímelo a mí!

1.- Solemnidad de la Santísima Trinidad. Núcleo esencial de la fe cristiana: confesamos a un Dios Trino y Uno a la vez. Y, toda nuestra vida espiritual (cuando entramos a la Iglesia; al salir de casa; al concluir o iniciar la Liturgia; cuando el futbolista sale al campo de fútbol; los sacramentos, etc.) gira en torno a la Trinidad.

En ella gozamos con el secreto más guardado por Dios Padre, Hijo y Espíritu: el amor.

Hay una sugerente leyenda que nos narra, cómo un peregrino, camino de un santuario llamó a una casa y preguntó por el dueño del hogar. Uno de los hijos, le respondió, tranquilo; dígame lo que vd. desee que, aquí, los tres decidimos. Aquí, los tres, pensamos de igual manera.

La Santísima Trinidad es el hogar donde habitan tres personas que, aún siendo distintas, tienen un mismo fondo; los mismos pensamientos; los mismos ideales.

–Una de ellas, Jesús, nos manifestó de una forma radical y nítida a la vez, el auténtico rostro de Dios: el amor, con pasión y sin medida, por el hombre.

–Otra de ellas, el Espíritu, es la permanencia viva, real y operativa de los deseos de un Dios Padre que se nos sigue revelando, día a día, con toda la cercanía de la que es capaz. Y que disfruta cuando ve a sus hijos continuar la misión que Jesús nos encomendó.

–Dios siempre será un misterio. Se revela y, a la vez, siempre guarda una carta “indescifrable” bajo su manga. Pero, cuando le invocamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, sabemos que estamos llamando a la misma puerta de una misma casa: el cielo.

Dios siempre será un misterio de amor. Y es que, la Trinidad, nos invita a mirar hacia lo alto. Los templos dedicados a la Santísima Trinidad suelen estar en las cumbres. Y es que, el amor de Dios, es tan infinitamente gigantesco, tan unitario, tan contemplativo que nos invita a alzar nuestros ojos y descubrir la grandeza de un Dios que se desparrama en tres personas que –aun siendo distintas- tienen un común denominador: el amor; el interés por la humanidad; la comunión entre ellas.

2.- ¿Misterio? Por supuesto que sí. Y, a nosotros, no nos toca romperlo como si fuese un puzzle. ¡Al revés! Es un enigma para disfrutarlo, para quedarnos embelesados cantando la gloria de la Trinidad.

Demos gracias a Dios porque nos permite entrar en lo más hondo de sus entrañas y darnos cuenta de que, una comunidad formada por tres personas, habita en su interior de Padre.

Demos gracias a Dios porque, nos ha permitido conocerle más y mejor a través de Jesús. Lo vimos niño en Belén, profético en su defensa del hombre, humilde en la cruz y triunfante en la resurrección. Con Jesús hemos ido abriendo el libro de los grandes secretos de Dios, uno de ellos que es el más grande, el amor.

Demos gracias a Dios porque, el Espíritu Santo es quien nos hace proclamar que Dios –siendo uno- es familia de tres. Familia unida. Familia bien avenida. Familia que se entienden y se comprenden, entre otras cosas, porque el amor es el ceñidor que los une.

La Trinidad es la gran familia que vive en el corazón de Dios. Ojala que nosotros, llamándola tantas veces como lo hacemos: ¡En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!, nos sintiésemos también tocados para vivir como “UNO” en el amor, en la caridad, en la esperanza, en la fe, en el compromiso y en la fidelidad a la Iglesia.

Nuestro mejor final, para estas palabras, tienen que ser en este día: ¡Gloria a la Trinidad!

**Así profesamos nuestra fe: Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Así celebramos la liturgia: Por Cristo, a ti Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo.

** Así vivimos: empezamos a vivir en el bautismo. Hemos sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

**Así oramos: en el nombre del Padre…

3.- TRES QUE ERAN UNO: DIOS

Tres canales, distintos, pero con el mismo agua
Tres árboles, distintos, pero de la misma madera
Tres estrellas, distintas, pero con idéntico destello
Tres flores, distintas, pero con igual fragancia
Tres corazones, diferentes, pero con igual ritmo
Tres labios, distintos, pero con iguales palabras
¡Santísima Trinidad!
Tres mentes distintas, con un mismo pensamiento
Tres personas distintas, con igual naturaleza
Tres notas distintas, con un mismo sonido
Tres noches diferentes, con idéntica luna
Tres días distintos, con igual sol
Tres seres distintos, con una sola alma
¡Santísima Trinidad!
Sólo el amor, sólo el amor,
es capaz de ensamblar y de hacer posible
el misterio Trinitario.
Sólo, el amor, puede ser el bien
más pleno y más rico de la vivencia de la Trinidad.
¿Por qué –siendo tres personas distintas- un solo Dios?
¿Por qué –siendo nosotros tan distintos- nos sentimos como si fuésemos miles de dioses en el mundo?
Entre otras cosas, porque nos falta lo que a Dios le sobra: el amor trinitario

Javier Leoz

Comentario – Sábado VIII de Tiempo Ordinario

(Mc 11, 27-33)

Las autoridades manifiestan su indignación y su preocupación por las cosas que Jesús ha hecho, y le indican que él no tiene ninguna autoridad para hacerlo.

Por eso la pregunta de ellos en realidad no busca una respuesta, no es más que un reproche. De ahí que Jesús tampoco les responda. También nosotros a veces preguntamos cosas a Dios, planteamos nuestras quejas y dudas, pero en realidad no queremos recibir una respuesta que no esté de acuerdo con nuestros planes y esquemas.

Pero Jesús acude a la figura de Juan el Bautista, una figura muy popular para el pueblo, que tampoco había recibido su misión de las autoridades oficiales. Ellos no podían desechar la autoridad de Juan porque el pueblo lo consideraba un profeta, pero tampoco podían decir que había recibido su autoridad directamente de Dios, porque si así fuera ellos deberían aceptar su testimonio sobre Jesús.

De este modo se quedan sin palabras, y queda claro que los planes de Dios trascienden lo que ellos puedan pensar y controlar.

Muy a menudo aparecen en los evangelios esos personajes que desearían tener a Jesús bajo su control. Será porque la tentación de pretender controlarlo todo es muy frecuente en los seres humanos. Se trata, en el fondo, de la tentación de “ser como dioses”.

Oración:

“Señor, muchas veces te hago preguntas, pero en realidad no quiero escuchar tus respuestas; yo tengo las mías y no acepto que me las modifiques. Libera mi corazón Señor, para que acepte tus desafíos”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

CAPÍTULO V

EL FOMENTO DE LA PAZ Y LA PROMOCIÓN
DE LA COMUNIDAD DE LOS PUEBLOS

Introducción

77. En estos últimos años, en los que aún perduran entre los hombres la aflicción y las angustias nacidas de la realidad o de la amenaza de una guerra, la universal familia humana ha llegado en su proceso de madurez a un momento de suprema crisis. Unificada paulatinamente y ya más consciente en todo lugar de su unidad, no puede llevar a cabo la tarea que tiene ante sí, es decir, construir un mundo más humano para todos los hombres en toda la extensión de la tierra, sin que todos se conviertan con espíritu renovado a la verdad de la paz. De aquí proviene que el mensaje evangélico, coincidente con los más profundos anhelos y deseos del género humano, luzca en nuestros días con nuevo resplandor al proclamar bienaventurados a los constructores de la paz, porque serán llamados hijos de Dios (Mt 5,9).

Por esto el Concilio, al tratar de la nobilísima y auténtica noción de la paz, después de condenar la crueldad de la guerra, pretende hacer un ardiente llamamiento a los cristianos para que con el auxilio de Cristo, autor de la paz, cooperen con todos los hombres a cimentar la paz en la justicia y el amor y a aportar los medios de la paz.

Dios infinito

1.- “Pregunta a los tiempos pasados que te han precedido…” (Dt 4, 33) El Señor invita a los suyos a que pregunten por doquier si se ha visto en algún lugar tanta grandeza y maravilla como ellos han contemplado, tan grande amor como ellos han experimentado. Por eso la ira de Dios se enciende contra su pueblo, porque a pesar de lo que han visto le han abandonado. No han comprendido aún que “Yahvé es fuego abrasador, un Dios celoso”.

Misterio profundo de Dios que se nos escapa por mucho que nos esforcemos en comprehenderlo. Misterio que hay que aceptar al margen de la razón, de esa lógica que los hombres usamos en nuestro pensar y en nuestro obrar. Dios que ama hasta los celos, siempre, también cuando el pueblo le traiciona o le olvida, le desprecia o le vuelve la espalda. Ese pueblo de dura cerviz que con sus claudicaciones insistentes no logra apagar la capacidad infinita de perdón que el Señor tiene.

Incluso su castigo terrible, todo el daño que sobreviene al pueblo, no es otra cosa que una tentativa más para beneficiar a su pueblo. Ese pueblo del que también nosotros formamos ahora parte, repitiendo con nuestros pecados e infidelidades la historia triste del pueblo elegido.

“Sábelo, pues, hoy y medítalo en tu corazón: Yahvé es Dios allá arriba en los cielos y acá abajo en la tierra, es Él y no hay otro” (Dt 4, 39) Haz que lo sepamos, Señor, y lo meditemos en lo más profundo de nuestro corazón. Es tu misterio tan grande que supera nuestra corta capacidad de entendimiento. Saber lo que tú eres, saberlo de verdad, con todas sus consecuencias, con todas sus implicaciones prácticas. Es algo que está por encima de las fuerza humanas. Por eso te rogamos, Señor, que nos concedas saber de veras que tú eres Dios y que fuera de ti no hay nada ni nadie que pueda colmar las ansias del hombre.

Dios Uno y Trino, inmensamente bueno, y justo, y poderoso. Pobre mente y pobre corazón, cuánta estrechez para dar cabida a tanta amplitud. Y, sin embargo, sólo él colmará esa sed ardiente de plenitud que nos devora. Sólo Dios. En definitiva lo que nos queda es escuchar la voz del Señor y esforzarnos en cumplirla: “Guarda las leyes y mandamientos que yo te prescribo hoy para que seas feliz tú y tus hijos después de ti y vivas largos años en la tierra que Yahvé, tu Dios, te da”.

Hay que fiarse de Dios, hay que atender a lo que nos dice y luchar por ponerlo en práctica. Hemos de tener fe en él, aunque a veces no comprendamos ni veamos con claridad el camino que se nos abre. Hemos de pensar, incluso, que esa grandeza y ese misterio de Dios es una razón más para creer en él y amarle con toda el alma. Siendo como somos tan limitados, es lógico que el Señor sobrepase nuestra capacidad de entendimiento.

2.- “La palabra del Señor es sincera ” (Sal 32, 4) Todas sus acciones son leales, continúa diciendo el salmista. Dios es la verdad misma, inmutable, con una fidelidad permanente que nada hace desfallecer. Él dice y hace, su palabra es sustantiva, es decir, eficaz siempre. El hombre, en cambio y a pesar de su buena voluntad, tiene las palabras más largas que las obras, es susceptible a menudo de fallos imprevisibles.

“Él ama la justicia y el derecho -sigue el texto del salmo- y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo y existió, él lo mandó y surgió…”. Son realidades que nos han de conmover profundamente. No podemos quedar impasibles ante la contemplación de Dios que se nos abre, se nos revela y nos comunica la intimidad de su grandeza. Ante todo esto hemos de temer, confiar y amar. Sí, temer porque es justo y, por tanto, hará justicia sin miramiento. Y al mismo tiempo confiar, porque junto a su imparcialidad de juicio está su infinita misericordia, que tendrá también en cuenta nuestra miseria y nuestra pequeñez. Y, finalmente, y por todo eso, amar. Dios nos ha perdonado tanto, y tantas veces, que motivos sobrados tenemos para amarle, ya que, como dijo Jesús, el que más ama es aquel a quien más se le ha perdonado.

“Los ojos del Señor están puestos en sus fieles.” (Sal 32, 18) Temer, confiar y amar. Y en consecuencia ser fieles al querer de Dios, esforzarnos con empeño en cumplir su voluntad divina, sus mandamientos. Sólo así podremos decir con verdad que somos fieles, que el Señor nos mira complacido. De todos modos confiemos en obtener de su infinita misericordia el perdón de nuestros pecados. Él librará nuestra vida de la muerte, nos reanimará cuando desfallezcamos.

Repitamos, pues, con el salmista: “Nosotros aguardamos al Señor; él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti…”. Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, es un día adecuado para fomentar en nuestros corazones, en primer lugar, el santo temor de Dios que es el principio de la sabiduría. Y junto al temor, la esperanza que hace posible que ese temor no sea miedo servil sino respeto filial. Y, por fin, el amor que nos impulse a vivir prendidos del Padre, redimidos por el Hijo, fortalecidos y animados por el Espíritu Santo.

3.- “Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios” (Rm 8, 14) La filiación divina es, sin duda, el don más excelso que Cristo nos ha conseguido con su muerte redentora en la Cruz. El hombre que había sido arrojado del Paraíso después del pecado original, vuelve de nuevo a la casa paterna. Con razón establece el Apóstol el paralelismo entre Adán y Jesucristo, entre la desobediencia de nuestro primer padre y la obediencia de nuestro Redentor. Por Adán nos vino la vida terrena, pero por Cristo nos viene la vida celestial. Por el primer hombre entró la muerte en el mundo, por el nuevo Adán entró la resurrección.

No obstante, nos aclara San Pablo que sólo quienes se dejan llevar del Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Poco antes ha dicho que estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente, pues si vivimos según la carne caminamos hacia la muerte. Ahora, por el contrario, estamos en deuda con el Espíritu y por eso hemos de dar muerte a las obras del cuerpo, para que de ese modo vivamos la nueva vida que Cristo nos ha conseguido con su muerte.

Hay que dejarse llevar por el Espíritu, hay que estar atento a sus mociones y seguirlas con prontitud y docilidad. De lo contrario retrasaremos nuestro paso hacia Dios, frenaremos nuestra marcha hacia la santidad. Pidamos luces y fortaleza, para ver lo que el Espíritu nos indica y para llevarlo a cabo, cueste lo que cueste.

“Habéis recibido no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos…” (Rm 8, 15) Un impulso interior nos hace gritar ¡Abba!, Padre. Así se expresa San Pablo, manifestando seguramente su experiencia personal. Sin duda que para él era tal la fuerza íntima del Espíritu que en ocasiones siente deseos de gritar, un ardor incontenible de expresar de alguna forma sus más hondos sentimientos. Es la fuerza del Espíritu, y al mismo tiempo la misma convicción personal, que le muestran de modo incontrovertible, su condición de hijo de Dios.

Si somos hijos de Dios, continúa diciendo el autor inspirado, somos también herederos, herederos de Dios -recalca- y coherederos con Cristo. Un día recibiremos la misma herencia del Primogénito, participaremos de su gloria divina. Pero nos advierte que para ello es preciso sufrir con Cristo. Sólo participará en el botín quien haya saboreado el duro regusto de la batalla. Emprendamos, por tanto, una vez más la lucha contra el enemigo, reemprendamos de nuevo el propósito de ser fieles al Señor en cada encrucijada, fácil o difícil, que se nos presente. Suframos cuanto sea preciso con Cristo, para que podamos ser también glorificados con él.

4.- “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.” (Mt 28, 19) Un monte es de nuevo el escenario propicio para el encuentro del hombre con Dios… En el silencio de las alturas es más fácil escuchar la palabra inefable del Señor, en la luz de las cumbres es más asequible contemplar la grandeza divina, sentir su grandiosa majestad. En esta ocasión que nos relata el evangelio, Jesús se despide de los suyos y antes de marchar les recuerda que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Esto supuesto los envía a todo el mundo para que hagan discípulos de entre todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Podríamos afirmar que en ese momento la revelación de los divinos misterios llega a su plenitud: se desvanecen los celajes que durante milenios habían cubierto los secretos de Dios. Su Corazón movido por su infinito amor se abre a todos los hombres su más íntima confidencia, su misterioso y sorprendente modo de ser, su inefable esencia una y trina: Una sola Naturaleza y tres divinas Personas, distintas entre sí e iguales al mismo tiempo en grandeza y soberanía.

Ante este rasgo de confianza suprema por parte de Dios, nos corresponde a los hombres un acatamiento rendido, un acto de fe profunda y comprometida para con este Dios y Señor nuestro, único y verdadero, muy por encima de nuestra corta capacidad de conocimiento y de amor. Creer firmemente en él, esperar también contra toda esperanza su ayuda y su perdón. Tratar sobre todo de amarle y servirle con todas las fuerzas de nuestro ser.

Hoy es un buen día para remozar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Fomentar además nuestro trato en intimidad y confianza con las tres divinas Personas. Con el Padre que hizo el cielo y la tierra. Con el Hijo que dio su vida por nosotros y se nos ha quedado cercano y asequible en la Eucaristía. Con el Espíritu Santo que en todo momento nos impulsa hacia Dios, la Luz que alegra nuestra vida entera.

Antonio García Moreno

El misterio de Dios

1.- Estamos rodeados de misterios. Y el misterio nos desazona y al tiempo nos atrae. ¿Y nos atrae el misterio precisamente porque procedemos, como imagen y semejanza del gran misterio de Dios, y regresamos a ese gran misterio? Pues sí. Y nos atraen todos esos otros misterios grandes o pequeños, que voy a tratar de enumerar:

–Los abismos del mar, sus grutas, sus corrientes, han espoleado al hombre hasta hacerle posible sumergirse y descubrir una mínima parte de sus misterios.

–Cualquier cavidad que nos abre la posibilidad de conocer las entrañas de la tierra nos hace soñar y hasta exponer la vida para descolgarse a la profundidad.

–La atmósfera, los astros de nuestro sistema, las galaxias han avivado el ingenio que ha dado alas al hombre haciéndole llegar a Luna y ponerse en contacto con otros astros, pero quedándose –como quien dice—en el país vecino, dejando en la oscuridad la inmensidad del misterio.

–El hombre investiga los elementos constitutivos de la materia y ha llegado a conocer los efectos de su disgregación, sin llegar a conocer la misma esencia de esa materia.

–Nos zambullimos dentro de nosotros mismos y dentro de nuestra psicología, de nuestro subconsciente, nos tropezamos con mil misterios

Y si en este caminar por la orilla de lo pequeño, limitado y material nos vamos dejando jirones de misterio a nuestro paso, ¿qué misterios no nos dejaremos en la otra orilla de lo infinito, de lo intemporal, de lo impalpable, de lo divino?

No era necesario que Dios fuera un solo Dios y Tres Personas para ser un misterio. ¿Qué sabemos nosotros de Dios? “Dios no le ha visto nunca nadie, nos dice San Juan.

2.- Pero lo importante no es lo que nosotros sabemos o sentimos de Dios, sino lo que Él es en si mismo y lo que siente por nosotros.

–El misterio de Dios Trino nos dice que Dios no pudo ser un Ser solitario, sino que siendo AMOR tuvo que ser como un hogar. No fue un solterón satisfecho de Sí mismo, fríamente sentado en el trono de su Gloria

–Que por ser amor se le escapó ese amor hacia fuera y creó el universo para poner en él al hombre, hecho a su imagen y semejanza, necesariamente amor y formador de hogar, social por esencia, para quien el egocentrismo es la negación de su propio ser.

–Y ese Dios misterioso (y tanto más misterioso cuanto más se preocupa del hombre) por volver a encaminar al hombre al buen camino, envía a su propio Hijo, y permite que la maldad humana lo mate, como los viñadores al hijo del dueño de la Viña.

–Y ese Hijo de Dios, libremente, asume que “yo doy mi vida y la tomo de nuevo”. Hecho amigo nuestro da su vida por nosotros. Nadie tiene más amor que el que da la vida por el amigo

–Y ese mismo Dios Espíritu Santo, Espíritu de amor se derrama sobre nosotros para que esa imagen y semejanza nuestra a Dios sea perfecta uniéndonos unos a otros en un mismo amor de hijos de un mismo Padre Dios y por tanto hermanos entre sí.

Esto es lo que Dios siente por nosotros, independientemente de lo que nosotros pensamos o sintamos por Él.

3.- Los vislumbres del misterio de Dios en la noche de la Fe, y sus reflejos en la Eucaristía, lo plasma así San Juan de la Cruz:

Aquella eterna fonte está escondida,
que bien sé yo do tiene su manida.
Su origen no lo sé, pues no lo tiene
mas sé que todo origen de ella vine
Aunque es de noche
La corriente que nace de esta fuente
bien sé que es tan capaz y omnipotente.
La corriente que de estas dos procede
sé que ninguna de ellas le precede.
Bien sé que tres en sola una agua viva
residen y una de otra deriva
Aunque es de noche
Aquesta eterna fonte es escondida
en este vivo pan por darnos vida
Aquesta viva fonte que deseo
en este pan de vida yo la veo
Aunque es de noche

José María Maruri, S. J.

Trinidad de Dios, ¿un impresionante galimatías?

1.- ¿Será mucho decir que, para los más de los cristianos, la afirmación de la Trinidad de Dios es un impresionante galimatías? ¿Será excesivo el temor de ver que para la inmensa mayoría de creyentes esta afirmación trinitaria resulta inútil, sin incidencia alguna en la praxis cristiana, sin la menor garra para la hora del compromiso temporal y aun ––si se apura un poco–– para la llamada vida espiritual” de los bautizados?

El dogma de la Trinidad de Dios, por desgracia, no pasa de ser una verdad aprendida en la infancia, reiterada en los actos de culto de manera rutinaria. Y, sin embargo, resulta de todo punto imposible una correcta comprensión del cristianismo sin una referencia muy radical a este dato de la revelación de Dios. La Trinidad de Dios es un componente básico de la biografía humana. El misterio de la Santísima Trinidad resume la fe cristiana en su núcleo central. Todos sabemos que la revelación bíblica es la historia del amor que existe entre Dios y el hombre, todo hombre.

El Antiguo Testamento nos enseña sobre todo la grandeza del único Dios y Creador del Universo, de la nada crea algo distinto a sí mismo, de una diversidad y complejidad asombrosas, y pone en su centro al hombre, para que domine este mundo como su representante.

En el Antiguo Testamento también, Dios nos revela que como Padre siempre perdona a sus hijos e hijas, y no nos olvida a pesar de nuestras frecuentes infidelidades. Esta fe compartimos los cristianos con los judíos, y los musulmanes. Creemos que hay un solo Dios, y que todos los pueblos le pertenecen.

San Agustín decía “No es difícil comprender que Dios existe”, siguiendo el argumento de San Pablo, “Dios mismo lo dio a conocer ya que sus atributos invisibles, su poder divino y su divinidad se hacen visibles a los ojos y la inteligencia desde la creación del mundo por medio sus obras”

En cambio el Nuevo Testamento a la vez que va afirmando la existencia de Dios Padre descubre a Dios en su vida interior, como Él ha sido siempre, desde todo la eternidad. Nos revela que el Padre nunca ha estado solo, sino que “Dios es familia”. Y lo sabemos justamente por el hijo que fue anunciado por los antiguos profetas y que nos envió al Espíritu Santo, quien vivifica todo. Es Jesucristo quien nos reveló la perfecta unidad de vida entre las divinas personas. No fue invención de generación de cristianos posteriores.

2. -El motivo de la exteriorización de la Santísima Trinidad no es otra que su vida interna misma. Dios es amor, entrega mutua y total entre el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo. Cada persona en Dios se identifica justamente, por no reservarse nada y brindarse absolutamente al otro de tal modo que son uno solo en la diversidad.

Esta dinámica lo llevó a Dios a salir de sí mismo, no solo a crear el mundo sino para encarnarse en él. Es el Dios que va al encuentro del hombre. Recién a partir del misterio de Dios UNO Y TRINO que Jesucristo nos ha dado a conocer, comprendemos en profundidad lo que significa la afirmación de la Biblia sobre el hombre cuando dice en las primeras páginas, “Dios creó al hombre a su imagen, lo creó a imagen de Dios, los creó varón y mujer, y los bendijo diciendo sean fecundos y multiplíquense”.

El hombre lleva en su naturaleza la impronta del Dios trinitario es decir, la persona humana, igual que Dios mismo es por su origen y también su finalidad un ser Social, creado por amor y para el amor.

Solamente la entrega a los demás da la plenitud y la felicidad al hombre. Esa entrega mis hermanos comienza por la familia, nuestras familias están llamadas a ser fieles espejos de la Santísima Trinidad. Por eso la familia debe crecer cada día más en el conocimiento del DIOS AMOR.

El amor que es amistad, amor conyugal, amor paternal, amor maternal, amor filial, caridad. Esta vivencia de lo que llamamos amor de familia, lo comprendemos en sus mutuas relaciones mejor desde el misterio de la Santísima Trinidad. Y esto trae consecuencias para la valoración de las personas en sus diferentes roles que hay que entender como complementarios y no opuestos.

Estamos acostumbrados a pensar que como lo segundo viene después de lo primero es inferior, y no digamos ya que lo tercero, pensamos que el que manda es superior al que obedece, o que el primogénito tiene mayores derechos que el hermano menor.

A la luz de la Trinidad nos damos cuenta del inmenso error que contiene esta mentalidad prácticamente universal. Aplicado al matrimonio, varón y mujer, creados a imagen de Dios, en realidad desde la Fe es insostenible considerar a la mujer de segunda. Como no podemos pensar que el hijo eterno de Dios, la segunda persona en Dios, sea inferior al Padre. Los dos son diferentes pero esencialmente iguales en su naturaleza divina. Unidad en la perfecta diversidad, pluralidad en la perfecta unidad.

Esto lo entendemos hoy, en el mundo de la tradición cristiana mejor que en tiempo de nuestros antepasados. La igualdad radical de todo ser humano, varón y mujer, es un reclamo generalizado. Entre paréntesis mis hermanos nos damos cuenta: que importante es este mensaje de la Santísima Trinidad para la civilización, por que hay otras culturas que no conocen a este Dios Trinitario, y no nos asombra, entonces que la mujer no tenga el mismo rol que debería ejercer en la tradición cristiana.

3. En un momento de fuerte desintegración, la fe en este misterio es un potencial que fortalece sana y renueva los vínculos entre las personas. Jesús invitándonos a participar en la vida de la Trinidad hace posible que alcancemos nuestra mayor dignidad y una autentica relación con los demás en la Justicia y el Amor. La Iglesia que es signo e instrumento de la íntima unión con Dios, y de la unidad de todo el género humano se reconoce como servidora de la dignidad humana, y de comunión fraterna en la hora actual.

Antonio Díaz Tortajada