Dios infinito

1.- «Pregunta a los tiempos pasados que te han precedido…» (Dt 4, 33) El Señor invita a los suyos a que pregunten por doquier si se ha visto en algún lugar tanta grandeza y maravilla como ellos han contemplado, tan grande amor como ellos han experimentado. Por eso la ira de Dios se enciende contra su pueblo, porque a pesar de lo que han visto le han abandonado. No han comprendido aún que «Yahvé es fuego abrasador, un Dios celoso».

Misterio profundo de Dios que se nos escapa por mucho que nos esforcemos en comprehenderlo. Misterio que hay que aceptar al margen de la razón, de esa lógica que los hombres usamos en nuestro pensar y en nuestro obrar. Dios que ama hasta los celos, siempre, también cuando el pueblo le traiciona o le olvida, le desprecia o le vuelve la espalda. Ese pueblo de dura cerviz que con sus claudicaciones insistentes no logra apagar la capacidad infinita de perdón que el Señor tiene.

Incluso su castigo terrible, todo el daño que sobreviene al pueblo, no es otra cosa que una tentativa más para beneficiar a su pueblo. Ese pueblo del que también nosotros formamos ahora parte, repitiendo con nuestros pecados e infidelidades la historia triste del pueblo elegido.

«Sábelo, pues, hoy y medítalo en tu corazón: Yahvé es Dios allá arriba en los cielos y acá abajo en la tierra, es Él y no hay otro» (Dt 4, 39) Haz que lo sepamos, Señor, y lo meditemos en lo más profundo de nuestro corazón. Es tu misterio tan grande que supera nuestra corta capacidad de entendimiento. Saber lo que tú eres, saberlo de verdad, con todas sus consecuencias, con todas sus implicaciones prácticas. Es algo que está por encima de las fuerza humanas. Por eso te rogamos, Señor, que nos concedas saber de veras que tú eres Dios y que fuera de ti no hay nada ni nadie que pueda colmar las ansias del hombre.

Dios Uno y Trino, inmensamente bueno, y justo, y poderoso. Pobre mente y pobre corazón, cuánta estrechez para dar cabida a tanta amplitud. Y, sin embargo, sólo él colmará esa sed ardiente de plenitud que nos devora. Sólo Dios. En definitiva lo que nos queda es escuchar la voz del Señor y esforzarnos en cumplirla: «Guarda las leyes y mandamientos que yo te prescribo hoy para que seas feliz tú y tus hijos después de ti y vivas largos años en la tierra que Yahvé, tu Dios, te da».

Hay que fiarse de Dios, hay que atender a lo que nos dice y luchar por ponerlo en práctica. Hemos de tener fe en él, aunque a veces no comprendamos ni veamos con claridad el camino que se nos abre. Hemos de pensar, incluso, que esa grandeza y ese misterio de Dios es una razón más para creer en él y amarle con toda el alma. Siendo como somos tan limitados, es lógico que el Señor sobrepase nuestra capacidad de entendimiento.

2.- «La palabra del Señor es sincera » (Sal 32, 4) Todas sus acciones son leales, continúa diciendo el salmista. Dios es la verdad misma, inmutable, con una fidelidad permanente que nada hace desfallecer. Él dice y hace, su palabra es sustantiva, es decir, eficaz siempre. El hombre, en cambio y a pesar de su buena voluntad, tiene las palabras más largas que las obras, es susceptible a menudo de fallos imprevisibles.

«Él ama la justicia y el derecho -sigue el texto del salmo- y su misericordia llena la tierra. La palabra del Señor hizo el cielo, el aliento de su boca, sus ejércitos, porque él lo dijo y existió, él lo mandó y surgió…». Son realidades que nos han de conmover profundamente. No podemos quedar impasibles ante la contemplación de Dios que se nos abre, se nos revela y nos comunica la intimidad de su grandeza. Ante todo esto hemos de temer, confiar y amar. Sí, temer porque es justo y, por tanto, hará justicia sin miramiento. Y al mismo tiempo confiar, porque junto a su imparcialidad de juicio está su infinita misericordia, que tendrá también en cuenta nuestra miseria y nuestra pequeñez. Y, finalmente, y por todo eso, amar. Dios nos ha perdonado tanto, y tantas veces, que motivos sobrados tenemos para amarle, ya que, como dijo Jesús, el que más ama es aquel a quien más se le ha perdonado.

«Los ojos del Señor están puestos en sus fieles.» (Sal 32, 18) Temer, confiar y amar. Y en consecuencia ser fieles al querer de Dios, esforzarnos con empeño en cumplir su voluntad divina, sus mandamientos. Sólo así podremos decir con verdad que somos fieles, que el Señor nos mira complacido. De todos modos confiemos en obtener de su infinita misericordia el perdón de nuestros pecados. Él librará nuestra vida de la muerte, nos reanimará cuando desfallezcamos.

Repitamos, pues, con el salmista: «Nosotros aguardamos al Señor; él es nuestro auxilio y escudo; que tu misericordia, Señor, venga sobre nosotros, como lo esperamos de ti…». Hoy, fiesta de la Santísima Trinidad, es un día adecuado para fomentar en nuestros corazones, en primer lugar, el santo temor de Dios que es el principio de la sabiduría. Y junto al temor, la esperanza que hace posible que ese temor no sea miedo servil sino respeto filial. Y, por fin, el amor que nos impulse a vivir prendidos del Padre, redimidos por el Hijo, fortalecidos y animados por el Espíritu Santo.

3.- «Los que se dejan llevar por el Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios» (Rm 8, 14) La filiación divina es, sin duda, el don más excelso que Cristo nos ha conseguido con su muerte redentora en la Cruz. El hombre que había sido arrojado del Paraíso después del pecado original, vuelve de nuevo a la casa paterna. Con razón establece el Apóstol el paralelismo entre Adán y Jesucristo, entre la desobediencia de nuestro primer padre y la obediencia de nuestro Redentor. Por Adán nos vino la vida terrena, pero por Cristo nos viene la vida celestial. Por el primer hombre entró la muerte en el mundo, por el nuevo Adán entró la resurrección.

No obstante, nos aclara San Pablo que sólo quienes se dejan llevar del Espíritu de Dios, esos son hijos de Dios. Poco antes ha dicho que estamos en deuda, pero no con la carne para vivir carnalmente, pues si vivimos según la carne caminamos hacia la muerte. Ahora, por el contrario, estamos en deuda con el Espíritu y por eso hemos de dar muerte a las obras del cuerpo, para que de ese modo vivamos la nueva vida que Cristo nos ha conseguido con su muerte.

Hay que dejarse llevar por el Espíritu, hay que estar atento a sus mociones y seguirlas con prontitud y docilidad. De lo contrario retrasaremos nuestro paso hacia Dios, frenaremos nuestra marcha hacia la santidad. Pidamos luces y fortaleza, para ver lo que el Espíritu nos indica y para llevarlo a cabo, cueste lo que cueste.

«Habéis recibido no un espíritu de esclavitud, para recaer en el temor, sino un espíritu de hijos adoptivos…» (Rm 8, 15) Un impulso interior nos hace gritar ¡Abba!, Padre. Así se expresa San Pablo, manifestando seguramente su experiencia personal. Sin duda que para él era tal la fuerza íntima del Espíritu que en ocasiones siente deseos de gritar, un ardor incontenible de expresar de alguna forma sus más hondos sentimientos. Es la fuerza del Espíritu, y al mismo tiempo la misma convicción personal, que le muestran de modo incontrovertible, su condición de hijo de Dios.

Si somos hijos de Dios, continúa diciendo el autor inspirado, somos también herederos, herederos de Dios -recalca- y coherederos con Cristo. Un día recibiremos la misma herencia del Primogénito, participaremos de su gloria divina. Pero nos advierte que para ello es preciso sufrir con Cristo. Sólo participará en el botín quien haya saboreado el duro regusto de la batalla. Emprendamos, por tanto, una vez más la lucha contra el enemigo, reemprendamos de nuevo el propósito de ser fieles al Señor en cada encrucijada, fácil o difícil, que se nos presente. Suframos cuanto sea preciso con Cristo, para que podamos ser también glorificados con él.

4.- «Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.» (Mt 28, 19) Un monte es de nuevo el escenario propicio para el encuentro del hombre con Dios… En el silencio de las alturas es más fácil escuchar la palabra inefable del Señor, en la luz de las cumbres es más asequible contemplar la grandeza divina, sentir su grandiosa majestad. En esta ocasión que nos relata el evangelio, Jesús se despide de los suyos y antes de marchar les recuerda que le ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Esto supuesto los envía a todo el mundo para que hagan discípulos de entre todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.

Podríamos afirmar que en ese momento la revelación de los divinos misterios llega a su plenitud: se desvanecen los celajes que durante milenios habían cubierto los secretos de Dios. Su Corazón movido por su infinito amor se abre a todos los hombres su más íntima confidencia, su misterioso y sorprendente modo de ser, su inefable esencia una y trina: Una sola Naturaleza y tres divinas Personas, distintas entre sí e iguales al mismo tiempo en grandeza y soberanía.

Ante este rasgo de confianza suprema por parte de Dios, nos corresponde a los hombres un acatamiento rendido, un acto de fe profunda y comprometida para con este Dios y Señor nuestro, único y verdadero, muy por encima de nuestra corta capacidad de conocimiento y de amor. Creer firmemente en él, esperar también contra toda esperanza su ayuda y su perdón. Tratar sobre todo de amarle y servirle con todas las fuerzas de nuestro ser.

Hoy es un buen día para remozar las virtudes teologales de la fe, la esperanza y la caridad. Fomentar además nuestro trato en intimidad y confianza con las tres divinas Personas. Con el Padre que hizo el cielo y la tierra. Con el Hijo que dio su vida por nosotros y se nos ha quedado cercano y asequible en la Eucaristía. Con el Espíritu Santo que en todo momento nos impulsa hacia Dios, la Luz que alegra nuestra vida entera.

Antonio García Moreno