La Santísima Trinidad

1.- Enseñar materias asequibles es un esfuerzo que hay que retribuir. Uno puede escoger el profesor que más le interese y dejarlo el día que se le antoje. Puede recibir enseñanzas gratuitamente y, en este caso, quedar agradecido. Ser maestro es una profesión noble, como otras lo son también.

El comportamiento del enamorado es otro y su obrar harto dispar. El que ama, si algo enseña, es aquello que nace del interior más profundo de su intimidad. Y decimos que es una confidencia, algo que hasta entonces nadie conocía, algo que el confidente no llega nunca a entender del todo. Ahí reside su fascinación. Entenderán mejor los enamorados. Dígase por lo mismo que intuyen enamoramiento, las personas que reciben confidencias. Es lo común. Los que no están enamorados, si tienen auténticos amigos, no simples compañeros, sienten la certeza del aprecio, cuando son depositarios de confidencias (los llamados confidentes de la policía, en realidad son simples colaboradores suyos). La amistad y el enamoramiento, son situaciones propias de una cierta madurez. Pese a que en el lenguaje coloquial a veces se diga, no hay auténticos amigos ni noviazgo, entre niños de corta edad.

2.- El preámbulo sirve para hablar de la Trinidad. Las matemáticas son útiles, la biología sirve, el arte interesa. Los misterios, el misterio de la Santísima Trinidad, no sirve para nada. (Uno puede ir al mercado y comprar bien, acudir a un teatro sin que para nada importe este misterio, visitar al médico sin hablar para nada de ello). Me corrijo, estos misterios, cuando los recibimos como misterios, nos hacen felices. Hablaré de mi experiencia. Cuando yo era estudiante, el profesor de religión me hablaba de este misterio como un problema para el entendimiento que nosotros, por obediencia, debíamos aceptar. Y venían entonces palabras que estudiábamos en la clase de filosofía: esencia, persona, naturaleza…aquel profesor no nos hablaba de amor, que precisamente nosotros adolescentes, empezábamos a descubrir y nos sentíamos fascinados por él.

A nadie se le había ocurrido, nadie era capaz de vislumbrarlo. Pero Dios, cuando la humanidad empezó a ser madura, la plenitud de los tiempos se llama a este periodo, se le ocurrió hacernos esta confidencia, esto que nadie sabía: Él era tres personas. Lo manifestó porque Él, en la Persona-Hijo, nos podía hablar en nuestro lenguaje y así ser, lo que nos explicaba, algo capaz de entender un poco. Vuelvo a recordar la adolescencia. En aquella época maravillosa, escuchábamos al oído cosas que nadie sabía, que a nadie había contado. No entendíamos del todo lo que nos decían pero eso de saber que nos explicaban algo de su interior, que nadie conocía, nos llenaba de emoción y era la gran prueba de que había amor. Con frecuencia oíamos: esto sólo tú lo sabes, no se lo digas a nadie. El amor humano es así, necesita una cierta exclusividad para que perdure. El amor divino, al contrario, ya que es caridad, necesita comunicarse, desparramarse, de aquí que Jesús hablo y nos encomendó que en su nombre nosotros habláramos, del Padre, se dio a conocer y se hizo amigo, nos anunció que vendría el Espíritu, cosa que nos convenía mucho ¡lo hizo con tanta ilusión! Los primeros confidentes, que eran su Madre, los apóstoles y las compañeras, se tomaron muy en serio el encargo y marcharon presurosos a comunicar la gran noticia: Dios como se había enamorado de la humanidad, se les había declarado, y ellos no se quedaban para ellos solos la gran prueba de amor. ¿no se curarían muchas tristezas, no se elevarían muchas depresiones, si la gente supiera que Dios la ama?

3.- Si un día me encontrara con un ser de otro planeta, capaz de comunicarse conmigo, lo primero que le preguntaría sería precisamente esto. ¿os ha explicado Dios algo de como es Él? ¿Ha ido a habitar visiblemente en vuestro planeta? ¿Tenéis un idioma que os permita hablar con Él? Me parece que haber podido vislumbrar algo de Dios es más importante que comunicar a posibles seres, que atrapen una plancha estéril de acero, enviada a espacios Intersiderales, cuales son nuestros logros matemáticos o la silueta de nuestro cuerpo. Nosotros sabemos algo de Dios, aunque no lo entendamos, porque tenemos la suerte de que Él nos lo ha confiado.

Pedrojosé Ynaraja