El nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

¿Cómo se comunicaba Jesús con Dios?, ¿qué sentimientos se despertaban en su corazón?, ¿cómo lo experimentaba día a día? Los relatos evangélicos nos llevan a una doble conclusión: Jesús sentía a Dios como Padre, y lo vivía todo impulsado por su Espíritu.

Jesús se sentía «hijo querido» de Dios. Siempre que se comunica con él lo llama «Padre». No le sale otra palabra. Para él, Dios no es solo el «Santo» del que hablan todos, sino el «Compasivo». No habita en el templo, acogiendo solo a los de corazón limpio y manos inocentes. Jesús lo capta como Padre que no excluye a nadie de su amor compasivo. Cada mañana disfruta porque Dios hace salir su sol sobre buenos y malos.

Ese Padre tiene un gran proyecto en su corazón: hacer de la tierra una casa habitable. Jesús no duda: Dios no descansará hasta ver a sus hijos e hijas disfrutando juntos de una fiesta final. Nadie lo podrá impedir, ni la crueldad de la muerte ni la injusticia de los hombres. Como nadie puede impedir que llegue la primavera y lo llene todo de vida.

Fiel a este Padre y movido por su Espíritu, Jesús solo se dedica a una cosa: hacer un mundo más humano. Todos han de conocer la Buena Noticia, sobre todo los que menos se lo esperan: los pecadores y los despreciados. Dios no da a nadie por perdido. A todos busca, a todos llama. No vive controlando a sus hijos e hijas, sino abriendo a cada uno caminos hacia una vida más humana. Quien escucha hasta el fondo su propio corazón le está escuchando a él.

Ese Espíritu empuja a Jesús hacia los que más sufren. Es normal, pues ve grabados en el corazón de Dios los nombres de los más solos y desgraciados. Los que para nosotros no son nadie, esos son precisamente los predilectos de Dios. Jesús sabe que a ese Dios no le entienden los grandes, sino los pequeños. Su amor lo descubren quienes le buscan, porque no tienen a nadie que enjugue sus lágrimas.

La mejor manera de creer en el Dios trinitario no es tratar de entender las explicaciones de los teólogos, sino seguir los pasos de Jesús, que vivió como Hijo querido de un Dios Padre y que, movido por su Espíritu, se dedicó a hacer un mundo más amable para todos.

José Antonio Pagola

Comentario al evangelio – Sábado VIII de Tiempo Ordinario

En el Evangelio de hoy le preguntan a Jesús “con qué autoridad” hacía las cosas y “quién le había dado tal autoridad”. Cuando la autoridad nace del cargo que uno ocupa, del poder que tiene, del dinero que posee y de la fama, normalmente esta autoridad se impone y busca el dominio del otro; intenta subyugarlo, controlarlo y tenerlo amarrado. El poder, el dinero y la fama buscan privilegios, e incluso intentan controlar a Dios.

Hay también otra autoridad que busca la dignificación y la promoción de las personas; su objetivo es el crecimiento y desarrollo de las personas; y se ejerce en servicio a los demás sin buscar su propio beneficio personal y social. Es la autoridad de quien ha comprendido que “mandar es servir” y la ejerce con amor sin usar la fuerza y buscando convencer más que imponer.

Existe además la autoridad moral: el propio testimonio de vida. Jesús decía “si no me creen a Mí, crean a mis obras, pues ellas hablan de Mi”. Es la autoridad de quien ha hecho de su vida un servicio desinteresado a los pobres y excluidos, e incluso ha dado su propia vida por su liberación total. Es la autoridad del testimonio verdadero y nítido de la persona de bien que se conoce por sus obras, porque “un árbol bueno no da frutos malos, y un árbol malo no da frutos buenos”.

En este mundo de las comunicaciones globales qué importantes son los gestos de bondad, misericordia y amor; producen espontáneamente reacciones y sentimientos positivos. Ya se dice que “un gesto vale por mil palabras”. Es la evangelización más convincente porque como decía el Beato Pablo VI “el mundo de hoy escucha con más gusto a los testigos”. San Pablo decía a los cristianos de Tesalónica: “ustedes, hermanos, no se cansen de hacer el bien”.

Amiga y amigo lector: nuestra fuerza –autoridad- está en el amor y en hacer el bien. Ojalá también hoy puedan decir de nosotros, cristianos del siglo XXI, lo mismo que decían de los cristianos del siglo primero “Mirad cómo se aman. Hermanos qué tenemos que hacer para ser como ustedes”. El libro del Eclesiástico decía de los hombres de bien: “Hagamos el elogio de los hombres de bien…Hay quienes no dejaron recuerdo y acabaron al acabar su vida, fueron como si no hubieran sido… No así los hombres de bien: su esperanza no se acaba, sus bienes perduran en su descendencia, su heredad pasa de hijos a nietos… Su recuerdo dura por siempre, su caridad no se olvidará” (44, 1.9-13).

Meditación – Sábado VIII de Tiempo Ordinario

Hoy es sábado VIII de Tiempo Ordinario.

La lectura de hoy es del evangelio de Marcos (Mc 11, 27-33):

En aquel tiempo, Jesús y sus discípulos volvieron a Jerusalén y, mientras paseaba por el Templo, se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían: «¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?». Jesús les dijo: «Os voy a preguntar una cosa. Respondedme y os diré con qué autoridad hago esto. El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres? Respondedme».

Ellos discurrían entre sí: «Si decimos: ‘Del cielo’, dirá: ‘Entonces, ¿por qué no le creísteis?’. Pero, ¿vamos a decir: ‘De los hombres’?». Tenían miedo a la gente; pues todos tenían a Juan por un verdadero profeta. Responden, pues, a Jesús: «No sabemos». Jesús entonces les dice: «Tampoco yo os digo con qué autoridad hago esto»

Hoy, el Evangelio nos pide que pensemos con qué intención vamos a ver a Jesús. Hay quien va sin fe, sin reconocer su autoridad: por eso, «se le acercan los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos, y le decían: ‘¿Con qué autoridad haces esto?, o ¿quién te ha dado tal autoridad para hacerlo?’» (Mc 11,27-28).

Si no tratamos a Dios en la oración, no tendremos fe. Pero, como dice san Gregorio Magno, «cuando insistimos en la oración con toda vehemencia, Dios se detiene en nuestro corazón y recobramos la vista perdida». Si tenemos buena disposición, aunque estemos en un error, viendo que la otra persona tiene razón, acogeremos sus palabras. Si tenemos buena intención, aunque arrastremos el peso del pecado, cuando hagamos oración Dios nos hará comprender nuestra miseria, para que nos reconciliemos con Él, pidiendo perdón de todo corazón y por medio del sacramento de la penitencia.

La fe y la oración van juntas. Nos dice san Agustín que, «si la fe falta, la oración es inútil. Luego, cuando oremos, creamos y oremos para que no falte la fe. La fe produce la oración, y la oración produce a su vez la firmeza de la fe». Si tenemos buena intención, y acudimos a Jesús, descubriremos quién es y entenderemos su palabra, cuando nos pregunte: «El bautismo de Juan, ¿era del cielo o de los hombres?» (Mc 11,30). Por la fe, sabemos que era del cielo, y que su autoridad le viene de su Padre, que es Dios, y de Él mismo porque es la segunda Persona de la Santísima Trinidad.

Porque sabemos que Jesús es el único salvador del mundo, acudimos a su Madre que también es Madre nuestra, para que deseando acoger la palabra y la vida de Jesús, con buena intención y buena voluntad, tengamos la paz y la alegría de los hijos de Dios.

Mn. Antoni BALLESTER i Díaz

Liturgia – Sábado VIII de Tiempo Ordinario

SÁBADO DE LA VIII SEMANA DEL TIEMPO ORDINARIO o SANTA MARÍA EN SÁBADO, memoria libre

Misa de sábado (verde) o de la memoria (blanco).

Misal: Para la feria cualquier formulario permitido / para la memoria de santa María del común de la bienaventurada Virgen María o de las «Misas de la Virgen María», o de un domingo del Tiempo Ordinario; Prefacio común.

Leccionario: Vol. III-impar

  • Eclo 51, 12-20. Daré gloria a quien me ha dado la sabiduría.
  • Sal 18. Los mandatos del Señor son rectos y alegran el corazón.
  • Mc 11, 27-33. ¿Con qué autoridad haces esto?

Antífona de entrada
Bienaventurada eres, Virgen María, que llevaste en tu seno al autor del universo, engendraste al que te creó y permaneces Virgen para siempre.

Monición de entrada y acto penitencial
Hermanos, al comenzar la celebración de la Eucaristía, en la que veneraremos la memoria de la bienaventurada Virgen María, Madre del buen consejo, dispongámonos con unos momentos de silencio, reconociendo lo que hay de pecado en cada uno de nosotros, y pidiendo que venga a nosotros el Espíritu renovador de Dios.

Yo confieso…

Oración colecta
SEÑOR,
Tú sabes que los pensamientos de los mortales
son inconstantes e inciertos;
por intercesión de la bienaventurada Virgen María,
en la que se encarnó tu Hijo,
danos el espíritu de tu consejo,
para que nos haga conocer lo que te es grato
y nos guíe en nuestras tareas.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Oremos, hermanos, con confianza filial a Dios nuestro Padre, fuente de toda sabiduría.

1.- Para que las Iglesias cristianas alcancemos la unidad bajo la guía del único Pastor que es Jesucristo. Roguemos al Señor.

2.- Para que la llamada de Cristo resuene en el corazón de los jóvenes a los que llama a su seguimiento. Roguemos al Señor.

3.- Para que en nuestra patria brote la justicia y entre todos los pueblos pueda renacer la alegría y la paz. Roguemos al Señor.

4.- Para que toda persona pueda tener un trabajo en buenas condiciones y un salario suficiente para vivir con dignidad. Roguemos al Señor.

5.- Para que los aquí presentes sepamos dar un buen testimonio cristiano. Roguemos al Señor.

Señor Dios nuestro, que nos has dado a tu Hijo Jesús para mostrarnos el camino hacia ti; escucha nuestras plegarias y danos sabiduría y humildad para aceptarle siempre y así logremos conocerle y amarle cada día más. Por Jesucristo nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
AL venerar la memoria de la Madre de tu Hijo,
te rogamos, Señor,
que la ofrenda de este sacrificio nos transforme,
por la abundancia de tu gracia,
en oblación permanente.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Antífona de comunión          Lc 1, 49
El poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo.

Oración después de la comunión
AL celebrar la memoria de santa María,
Madre del Buen Consejo,
hemos participado, Señor, de tus sacramentos;
concédenos conocer lo que te agrada
y merecer la salvación de tu Hijo,
que nos diste, por medio de la Virgen,
como Consejero admirable.
Que vive y reina por los siglos de los siglos.

Santoral 29 de mayo

SANTA MARÍA MAGDALENA DE PAZZI, Virgen (1607 d.C)

La familia de Pazzi, emparentada con la familia Médicis que gobernaba Florencia, era una de las más ilustres de la ciudad. Dio al Estado una brillante serie de políticos, gobernantes, militares, y a la Iglesia, una mujer cuya fama supera a la de toda su parentela. El padre de la santa, Camilo Geri, estaba casado con María Buondelmonte, que pertenecía a una familia tan distinguida como la de su esposo. María Magdalena nació en Florencia, en 1556. Su nombre de bautismo era Catalina, en honor de Santa Catalina de Siena. Fue extraordinariamente piadosa desde niña, e hizo la primera comunión a los diez años, con gran fervor. Como su padre había sido nombrado gobernador de Cortona, Magdalena se quedó como pensionaría en el convento de San Juan, en Florencia. Ahípudo entregarse, a su gusto, a las prácticas de devoción y empezó a familiarizarse con la atmósfera de la vida conventual.

Quince meses después, su padre la llamó a Cortona, con la intención de casarla. Entre los pretendientes había varios personajes destacados; pero la inclinación a la vida religiosa que mostraba la joven era tan fuerte, que sus padres acabaron por darle el permiso de ingresar en el convento. Catalina eligió el de las carmelitas, en Florencia, porque las religiosas comulgaban casi todos los días. La víspera de la fiesta de la Asunción de 1582 ingresó en el convento de Santa María de los Ángeles. La única condición que le impuso su padre fue que no hiciese profesión antes de haber experimentado a fondo las dificultades de la vida religiosa. Dos semanas más tarde, su padre la obligó a volver a casa, con la esperanza de hacerla cambiar de parecer. Catalina permaneció firme en su resolución y, tres meses después, volvió al convento con la bendición de sus padres.

El 30 de enero de 1583, tomó el hábito y el nombre de María Magdalena. El sacerdote que se lo impuso, depositó el crucifijo en sus manos con estas palabras: «Líbreme Dios de gloriarme en otra cosa que en la cruz de Jesucristo». El rostro de Magdalena se transfiguró, y su corazón se inflamó en el deseo de NiifrirtodasuvidaconCristo.Esedeseonoharíamásquecrecerconlosaños. Al cabo de un fervoroso noviciado, Magdalena hizo los votos antes que sus compañeras, pues una enfermedad la puso a las puertas de la muerte. Como la santa sufría terriblemente, una religiosa le preguntó cómo podía soportar sus dolores sin una palabra de impaciencia. Magdalena señaló el crucifijo y respondió: «Mirad con qué amor infinito sufrió Cristo para salvarme. Ese amor fortalece mi debilidad y me da valor. Quien piensa en la Pasión de Cristo y ofrece sus dolores a Dios, encuentra dulce el sufrimiento.» Cuando la transportaban de nuevo a la enfermería después de haber hecho los votos, Magdalena fue arrebatada en éxtasis durante más de una hora. En los siguientes cuarenta días, tuvo intensas consolaciones espirituales y fue objeto de gracias extraordinarias. Los especialistas en la vida espiritual hacen notar que Dios suele consolar a las almas escogidas después del primer momento en que se entregan completamente a El, a fin de prepararlas para las pruebas que los esperan y las somete a la cruz de las tribulaciones interiores para acabar con todo rastro de egoísmo, darles un perfecto conocimiento de sí mismas y convertirlas plenamente al amor. Esto se comprueba una vez más en el caso de Magdalena de Pazzi, a cuyos transportes de gozo espiritual siguió un período de amarga desolación.

Dios colmó así su deseo de sufrir por Jesucristo. Temiendo ofender a Dios con el deseo de compartir la vida de las profesas, Magdalena pidió a sus superioras que le permitiesen continuar en el noviciado otros dos años, después de haber hecho los votos. Al cabo de ese período, fue nombrada subdirectora del pensionado y, tres años más tarde, instructora de las religiosas jóvenes. Por aquella época sufría intensas pruebas interiores. Constantemente se veía asaltada por tentaciones de gula y de impureza, a pesar de que ayunaba a pan y agua toda la semana, excepto los domingos. Para vencer esas tentaciones, castigaba su cuerpo con crueles disciplinas e imploraba constantemente el auxilio del Salvador y de la Virgen Santísima. Vivía en un estado de oscuridad interior en el que sólo percibía sus propias debilidades y los defectos de las personas y objetos que la rodeaban. Al cabo de cinco años de desolación y sequedad espiritual, Dios le devolvió la paz y le hizo sentir intensamente su presencia. En 1590, durante el canto del Te Deum en maitines, Magdalena fue arrebatada en éxtasis; cuando se rehízo, dio un apretón de manos a la superiora y a la maestra de novicias, diciéndoles: «Alegraos conmigo, pues el invierno ha pasado. Ayudadme a dar gracias a Dios.» Desde entonces, Dios manifestó su gracia en la santa religiosa.

Magdalena poseía el don de leer el pensamiento y prever el futuro. Así, por ejemplo, predijo a Alejandro de Médicis que un día sería Papa. En otra ocasión, le advirtió que su pontificado sería muy breve; en efecto, sólo duró veintiséis días. La santa se apareció, en vida, a muchas personas ausentes y curó a numerosos enfermos. Con el tiempo, los éxtasis se hicieron más y más frecuentes; en algunos casos, Magdalena podía continuar su tarea, pero en otros entraba en un estado de rigidez próximo a la catalepsia. Por las palabras que pronunciaba, los circunstantes comprendían que participaba de un modo especial en la Pasión de Cristo, o que conversaba con Dios y los espíritus celestiales. Tan edificantes eran esos coloquios, que sus hermanas solían apuntarlos y los reunieron en un libro, después de la muerte de la santa. Magdalena parecía gozar de una unión con Dios sin interrupción; acostumbraba exhortar a todas las criaturas a glorificar al Creador y ansiaba que todos los hombres le amasen como ella. Con frecuencia exclamaba: «El Amor no es amado. Las criaturas no conocen a su Creador. ¡Oh, Jesús! Si tuviese yo una voz suficientemente poderosa para hacerme oír en todo el mundo, gritaría para dar a conocer tu amor, para lograr que todos los hombres amasen y honrasen ese bien inmenso.»

En 1604, Santa Magdalena tuvo que guardar cama: sufría de violentos dolores de cabeza, había perdido el uso de los miembros y el más leve contacto constituía una verdadera tortura. A esto se añadía una aguda desolación espiritual. Pero, cuanto mayores eran los sufrimientos, mayor el deseo de la santa de participar en la Pasión de Cristo. «¡Señor —repetía—; quiero sufrir sin morir! ¡Déjame que viva para que sufra más!» Cuando sus oraciones no eran escuchadas, se regocijaba de que se hiciese la voluntad de Dios y no la suya. Cuando sintió acercarse su última hora, se despidió de sus hermanas con estas palabras: «Reverenda madre y queridas hermanas: pronto voy a dejaros. Lo último que os pido, en el nombre de Jesucristo, es que le améis a El sólo, que confiéis plenamente en El y que os alentéis mutuamente a cada instante a sufrir por El y amarle.» La santa fue a recibir el premio celestial el 25 de mayo de 1607, a los cuarenta y un años de edad. Su cuerpo se conserva todavía incorrupto en el santuario contiguo al convento de Florencia en el que pasó su vida. Fue canonizada en 1669.

En Acta Sanctorum, mayo, vol. VI, hay una traducción latina de las dos primeras biografías de Santa María Magdalena de Pazzi. La primera fue publicada en 1611 por Vicente Puccini, que fue su confesor en sus últimos años. La parte narrativa es relativamente corta; pero hay unas 700 páginas de extractos de los escritos y cartas de Santa Magdalena. El P. Cepari, que había sido también confesor suyo, escribió una biografía; pero no la publicó para no ofender al P. Puccini. Dicha biografía vio la luz en 1669, con algunas adiciones, tomadas del proceso de canonización. Esas dos biografías, las cartas de la santa y los relatos, cinco volúmenes de notas tomadas por las religiosas durante los éxtasis de Magdalena, constituyen las principales fuentes. Maurice Vaussard editó, en 1945, una nueva selección de pensamientos de la santa, con el título de Extases et Lettres; al mismo autor se debe la biografía de la colección Les Saints. En 1849, apareció en la Oratorian Series una traducción inglesa de la obra del P. Cepari. La biografía francesa escrita por la vizcondesa de Beausire-Seyssel (1913) es muy completa. Véase el estudio del P. E. E. Larkin sobre Los éxtasis de los cuarenta días de Santa María M. de Pazzi, en Carmelus, vol. I (1954), pp. 29-71.

Alban Butler

Laudes – Sábado VIII de Tiempo Ordinario

LAUDES

SÁBADO VIII TIEMPO ORDINARIO

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Escuchemos la voz del Señor, para que entremos en su descanso.

SALMO 99: ALEGRÍA DE LOS QUE ENTRAN EN EL TEMPLO

Aclama al Señor, tierra entera,
servid al Señor con alegría,
entrad en su presencia con vítores.

Sabed que el Señor es Dios:
que él nos hizo y somos suyos,
su pueblo y ovejas de su rebaño.

Entrad por sus puertas con acción de gracias,
por sus atrios con himnos,
dándole gracias y bendiciendo su nombre:

«El Señor es bueno,
su misericordia es eterna,
su fidelidad por todas las edades.»

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Bello es el rostro de la luz, abierto
sobre el silencio de la tierra; bello
hasta cansar mi corazón, Dios mío.

Un pájaro remueve la espesura
y luego, lento, en el azul se eleva,
y el canto le sostiene y pacifica.

Así mi voluntad, así mis ojos
se levantan a ti; dame temprano
la potestad de comprender el día.

Despiértame, Señor, cada mañana,
hasta que aprenda a amanecer, Dios mío,
en la gran luz de la misericordia. Amén.

SALMO 91: ALABANZA DEL DIOS CREADOR

Ant. Es bueno tocar para tu nombre, oh Altísimo, y proclamar por la mañana tu misericordia.

Es bueno dar gracias al Señor
y tocar para tu nombre, oh Altísimo,
proclamar por la mañana tu misericordia
y de noche tu fidelidad,
con arpas de diez cuerdas y laúdes,
sobre arpegios de cítaras.

Tus acciones, Señor, son mi alegría,
y mi júbilo, las obras de tus manos.
¡Qué magníficas son tus obras, Señor,
qué profundos tus designios!
El ignorante no los entiende
ni el necio se da cuenta.

Aunque germinen como hierba los malvados
y florezcan los malhechores,
serán destruidos para siempre.
Tú, en cambio, Señor,
eres excelso por los siglos.

Porque tus enemigos, Señor, perecerán,
los malhechores serán dispersados;
pero a mí me das la fuerza de un búfalo
y me unges con aceite nuevo.
Mis ojos despreciarán a mis enemigos,
mis oídos escucharán su derrota.

El justo crecerá como una palmera,
se alzará como un cedro del Líbano:
plantado en la casa del Señor,
crecerá en los atrios de nuestro Dios;

en la vejez seguirá dando fruto
y estará lozano y frondoso,
para proclamar que el Señor es justo,
que en mi Roca no existe la maldad.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Es bueno tocar para tu nombre, oh Altísimo, y proclamar por la mañana tu misericordia.

CÁNTICO de EZEQUIEL: DIOS RENOVARÁ A SU PUEBLO

Ant. Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo.

Os recogeré de entre las naciones,
os reuniré de todos los países,
y os llevaré a vuestra tierra.

Derramaré sobre vosotros un agua pura
que os purificará:
de todas vuestras inmundicias e idolatrías
os he de purificar;
y os daré un corazón nuevo,
y os infundiré un espíritu nuevo;
arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra,
y os daré un corazón de carne.

Os infundiré mi espíritu,
y haré que caminéis según mis preceptos,
y que guardéis y cumpláis mis mandatos.

Y habitaréis en la tierra que di a vuestros padres.
Vosotros seréis mi pueblo,
y yo seré vuestro Dios.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Os daré un corazón nuevo, y os infundiré un espíritu nuevo.

SALMO 8: LAS MARAVILLAS DE LA CREACIÓN

Ant. De la boca de los niños de pecho, Señor, has sacado tu alabanza

Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Ensalzaste tu majestad sobre los cielos.
De la boca de los niños de pecho
has sacado una alabanza contra tus enemigos,
para reprimir al adversario y al rebelde.

Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos,
la luna y las estrellas que has creado,
¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él,
el ser humano, para darle poder?

Lo hiciste poco inferior a los ángeles,
lo coronaste de gloria y dignidad,
le diste el mando sobre las obras de tus manos,
todo lo sometiste bajo sus pies:

rebaños de ovejas y toros,
y hasta las bestias del campo,
las aves del cielo, los peces del mar,
que trazan sendas por el mar.

Señor, dueño nuestro,
¡qué admirable es tu nombre
en toda la tierra!

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. De la boca de los niños de pecho, Señor, has sacado una alabanza.

LECTURA: 2P 3, 13-15a

Nosotros, confiados en la promesa del Señor, esperamos un cielo nuevo y una tierra nueva en que habite la justicia. Por tanto, queridos hermanos, mientras esperáis estos acontecimientos, procurad que Dios os encuentre en paz con él, inmaculados e irreprochables. Considerar que la paciencia de Dios es nuestra salvación.

RESPONSORIO BREVE

R/ Te aclamarán mis labios, Señor.
V/ Te aclamarán mis labios, Señor.

R/ Mi lengua recitará tu auxilio.
V/ Mis labios, Señor

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Te aclamarán mis labios, Señor.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Guía nuestros pasos, Señor, por el camino de la paz

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Guía nuestros pasos, Señor, por el camino de la paz

PRECES

Adoremos a Dios, que por su Hijo ha dado vida y esperanza al mundo, y supliquémosle diciendo:

Escúchanos, Señor.

Señor, Padre de todos, que nos has hecho llegar al comienzo de este día,
— haz que toda nuestra vida, unida a la de Cristo, sea alabanza de tu gloria.

Que vivamos siempre arraigados en la fe, esperanza y caridad
— que tú mismo has infundido en nuestras almas.

Haz que nuestros ojos estén siempre levantados hacia ti,
— para que respondamos con presteza a tus llamadas.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Defiéndenos de los engaños y seducciones del mal,
— y preserva nuestros pasos de todo pecado.

Contentos por sabernos hijos de Dios, digamos a nuestro Padre:
Padre nuestro…

ORACION

Dios omnipotente y eterno, luz resplandeciente y día sin ocaso, al volver a comenzar un nuevo día, te pedimos que nos visites con el esplendor de tu luz y disipes así las tinieblas de nuestros pecados. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.