Santísima Trinidad, ¡Dímelo a mí!

1.- Solemnidad de la Santísima Trinidad. Núcleo esencial de la fe cristiana: confesamos a un Dios Trino y Uno a la vez. Y, toda nuestra vida espiritual (cuando entramos a la Iglesia; al salir de casa; al concluir o iniciar la Liturgia; cuando el futbolista sale al campo de fútbol; los sacramentos, etc.) gira en torno a la Trinidad.

En ella gozamos con el secreto más guardado por Dios Padre, Hijo y Espíritu: el amor.

Hay una sugerente leyenda que nos narra, cómo un peregrino, camino de un santuario llamó a una casa y preguntó por el dueño del hogar. Uno de los hijos, le respondió, tranquilo; dígame lo que vd. desee que, aquí, los tres decidimos. Aquí, los tres, pensamos de igual manera.

La Santísima Trinidad es el hogar donde habitan tres personas que, aún siendo distintas, tienen un mismo fondo; los mismos pensamientos; los mismos ideales.

–Una de ellas, Jesús, nos manifestó de una forma radical y nítida a la vez, el auténtico rostro de Dios: el amor, con pasión y sin medida, por el hombre.

–Otra de ellas, el Espíritu, es la permanencia viva, real y operativa de los deseos de un Dios Padre que se nos sigue revelando, día a día, con toda la cercanía de la que es capaz. Y que disfruta cuando ve a sus hijos continuar la misión que Jesús nos encomendó.

–Dios siempre será un misterio. Se revela y, a la vez, siempre guarda una carta “indescifrable” bajo su manga. Pero, cuando le invocamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu, sabemos que estamos llamando a la misma puerta de una misma casa: el cielo.

Dios siempre será un misterio de amor. Y es que, la Trinidad, nos invita a mirar hacia lo alto. Los templos dedicados a la Santísima Trinidad suelen estar en las cumbres. Y es que, el amor de Dios, es tan infinitamente gigantesco, tan unitario, tan contemplativo que nos invita a alzar nuestros ojos y descubrir la grandeza de un Dios que se desparrama en tres personas que –aun siendo distintas- tienen un común denominador: el amor; el interés por la humanidad; la comunión entre ellas.

2.- ¿Misterio? Por supuesto que sí. Y, a nosotros, no nos toca romperlo como si fuese un puzzle. ¡Al revés! Es un enigma para disfrutarlo, para quedarnos embelesados cantando la gloria de la Trinidad.

Demos gracias a Dios porque nos permite entrar en lo más hondo de sus entrañas y darnos cuenta de que, una comunidad formada por tres personas, habita en su interior de Padre.

Demos gracias a Dios porque, nos ha permitido conocerle más y mejor a través de Jesús. Lo vimos niño en Belén, profético en su defensa del hombre, humilde en la cruz y triunfante en la resurrección. Con Jesús hemos ido abriendo el libro de los grandes secretos de Dios, uno de ellos que es el más grande, el amor.

Demos gracias a Dios porque, el Espíritu Santo es quien nos hace proclamar que Dios –siendo uno- es familia de tres. Familia unida. Familia bien avenida. Familia que se entienden y se comprenden, entre otras cosas, porque el amor es el ceñidor que los une.

La Trinidad es la gran familia que vive en el corazón de Dios. Ojala que nosotros, llamándola tantas veces como lo hacemos: ¡En el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo!, nos sintiésemos también tocados para vivir como “UNO” en el amor, en la caridad, en la esperanza, en la fe, en el compromiso y en la fidelidad a la Iglesia.

Nuestro mejor final, para estas palabras, tienen que ser en este día: ¡Gloria a la Trinidad!

**Así profesamos nuestra fe: Creo en Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Así celebramos la liturgia: Por Cristo, a ti Dios Padre en la unidad del Espíritu Santo.

** Así vivimos: empezamos a vivir en el bautismo. Hemos sido bautizados en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

**Así oramos: en el nombre del Padre…

3.- TRES QUE ERAN UNO: DIOS

Tres canales, distintos, pero con el mismo agua
Tres árboles, distintos, pero de la misma madera
Tres estrellas, distintas, pero con idéntico destello
Tres flores, distintas, pero con igual fragancia
Tres corazones, diferentes, pero con igual ritmo
Tres labios, distintos, pero con iguales palabras
¡Santísima Trinidad!
Tres mentes distintas, con un mismo pensamiento
Tres personas distintas, con igual naturaleza
Tres notas distintas, con un mismo sonido
Tres noches diferentes, con idéntica luna
Tres días distintos, con igual sol
Tres seres distintos, con una sola alma
¡Santísima Trinidad!
Sólo el amor, sólo el amor,
es capaz de ensamblar y de hacer posible
el misterio Trinitario.
Sólo, el amor, puede ser el bien
más pleno y más rico de la vivencia de la Trinidad.
¿Por qué –siendo tres personas distintas- un solo Dios?
¿Por qué –siendo nosotros tan distintos- nos sentimos como si fuésemos miles de dioses en el mundo?
Entre otras cosas, porque nos falta lo que a Dios le sobra: el amor trinitario

Javier Leoz