Más allá del tiempo y del espacio

Todas las formas son espacio-temporales: ocupan un lugar en el espacio y en el tiempo. De hecho, el espacio-tiempo -una dimensión más en el mundo de los objetos- es “creado” por estos en la medida en que se expanden y se mueven. Lo cual significa que nacen simultáneamente.

Lo realmente real, sin embargo, trasciende el tiempo y el espacio. Por eso, de ello no puede decirse con rigor que “existe”, sino que sencillamente “es”.

En nuestro nivel “superficial” -del yo o de la persona- existimos como una forma más. En nuestra identidad profunda, somos. Todo lo que existe aparece y desaparece, nace y muere. Lo que es, sin embargo, permanece idéntico a sí mismo de manera estable.

Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, afirma Jesús, según este relato evangélico. En nuestra identidad profunda, más allá de la “forma” única de cada cual, somos lo mismo que Jesús. Por tanto, aquellas palabras podrían “traducirse” de este modo: lo que somos (“Yo soy”) está siempre con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Nuestra tragedia es que tendemos a olvidarlo, viviéndonos desconectados de la verdad de lo que somos, o poniendo nuestra “salvación” fuera de nosotros. La sabiduría, por el contrario, significa vivir anclados en nuestra identidad -atemporal, ilimitada- mientras nos “desplegamos” en esta forma que se mueve en el tiempo y el espacio.

Para el cuarto evangelio, Jesús es el “Yo soy” -“el Padre y yo somos uno”-, viviéndose en la “forma” del carpintero de Nazaret y luego maestro itinerante. Del mismo modo, todos y todas somos el mismo “Yo soy”, viviéndose en cada una de nuestras personas.

¿Me reduzco al espacio-tiempo o me reconozco en la consciencia que lo trasciende?

Enrique Martínez Lozano

Estoy con vosotros todos los días

Estamos ante el final del evangelio de Mateo. El grupo de los once habían confiado en la palabra de las mujeres que les habían comunicado que Jesús había resucitado y que los esperaba en Galilea y allí se dirigieron.

Las mujeres del grupo habían comprendido al reunirse a hacer el duelo por el amigo, que aquel sepulcro vacío no tenía la última palabra, y allí, entre el miedo y el asombro, recordaron todo lo compartido con él por los caminos de Galilea, lo que habían descubierto cuando les hablaba o cuando actuaba. En esa memoria experimentaron de nuevo la fuerza del proyecto compartido y aquella primera ausencia se convirtió en presencia y fueron a contarlo al resto de sus compañeros.

Volver a Galilea significa volver a los orígenes, al lugar donde había empezado aquel ilusionante proyecto junto a Jesús pero que con la crucifixión del maestro todo parecía haber perdido sentido. El regreso a Galilea no fue fácil, el impacto de la cruz era muy fuerte y, aunque comenzaban a creer en la nueva presencia de Jesús y se fortalecía su fe en el Dios que él les había anunciado y que ahora los y las invitaba a encontrarse con él de nuevo en la vida, estaban vacilantes e inseguros.

Subieron al monte que, sin duda, señala a aquel en que el maestro recreó su propuesta en aquella proclama tan honda y a la vez desafiante que eran las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-11). Un monte en el que cuestionó un modo de vivir la ley y las relaciones humanas (5, 17-42). Un monte en el que recordó a sus compañeros y compañeras de camino que han de ser sal y luz (Mt 5, 13-16) y que todo ello solo era posible si su corazón iba más allá de sus heridas, de sus conflictos, de sus pérdidas o de sus fracasos y podían amar sin condiciones, sin quedarse en los espacios seguros de quienes los amaban y eran capaces de ofrecer perdón y tender la mano al enemigo (Mt 5, 43-48).

Ahora, de nuevo en el monte galileo, Jesús los invita a ponerse de nuevo en camino y a recordar lo que compartieron con él y a continuarlo y, sobre todo, a compartirlo con otros y otras y seguir invitando a la mesa del banquete del reino que él había inaugurado, sin distinción, sin limites y sin preferencias, como le habían visto hacer a Jesús.

Id y haced discípulos y discípulas, les dijo. Sí, porque el mensaje no era algo solo para ellos, no era solo para su grupo por muy cerca que hubiesen estado del maestro. La palabra salvadora y liberadora que en Jesús habían experimentado tenían que ofrecerla a otros y otras, tenían que entusiasmarse de nuevo con el proyecto y salir a los caminos y entrar en los pueblos para hacer visible con sus vidas al Dios que quería seguir recordando a sus hijas e hijos que los amaba gratuitamente y que solo deseaban su felicidad y poder alegrarse junto a ellos y ellas.

La comunidad receptora del evangelio se sentiría posiblemente invitada al final de la lectura del evangelio a volver a leerlo desde el principio a pasearse de nuevo por los recuerdos que Mateo les regala en su relato, a volver a Galilea, ahora ya no físicamente, para fortalecer su discipulado, para discernir sus actuaciones, para dejarse penetrar de nuevo por el mensaje.

Como aquella comunidad nosotras y nosotros también hoy estamos invitadas e invitados a volver a Galilea releyendo y ahondando en el mensaje de fe y vida que hemos heredado y sostenernos una vez más en la certeza de que Jesús sigue estando con nosotras y nosotros cada día, que nos anima, que nos ofrece su palabra, su sueño y, sobre todo, el camino para vivir en plenitud y con profunda gratuidad y hondura cada día y cada momento.

Carme Soto Varela

II Vísperas – Santísima Trinidad

II VÍSPERAS

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor, Dios nuestro.

Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.

Oh Palabra del Padre, te escuchamos;
oh Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oh verdadera y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oh verdadera y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Líbranos, sálvanos, vivifícanos, oh santa Trinidad.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Líbranos, sálvanos, vivifícanos, oh santa Trinidad.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y es y viene.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y es y viene.

LECTURA: Ef 4, 3-6

Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

R/ Al único Dios honor y gloria.
V/ Ensalcémoslo por los siglos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único, a ti, Espíritu santo Defensor, santa e indivisible Trinidad, te confesamos con el corazón y con la boca, te alabamos y te bendecimos; a ti la gloria por los siglos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único, a ti, Espíritu santo Defensor, santa e indivisible Trinidad, te confesamos con el corazón y con la boca, te alabamos y te bendecimos; a ti la gloria por los siglos.

PRECES

El Padre, al dar vida por el Espíritu Santo a la carne de Cristo, su Hijo, la hizo fuente de vida para nosotros. elevemos, pues, al Dios uno y trino nuestro canto de alabanza:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Padre, Dios todopoderoso y eterno, envía en nombre de tu Hijo el Espíritu Santo Defensor sobre la Iglesia,
—para que la mantenga en la unidad de la caridad y de la verdad plena.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies, para que hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,
—y les den firmeza en la fe.

Ayuda, Señor, a todos los perseguidos por causa de tu Hijo,
—ya que él prometió que tú les darías el Espíritu de la verdad para que hablara por ellos.

Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Verbo y el Espíritu Santo, eres uno,
—para que crean, esperen y amen al Dios único.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Padre de todos los que viven, haz que los difuntos tengan parte en tu gloria,
—en la que tu Hijo y el Espíritu Santo reinan contigo en íntima y eterna unión.

Terminemos nuestras preces con la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Pensar a Dios no sirve de nada; vivirlo sí

Es verdad que la Biblia dice que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero, en realidad, es el hombre el que está fabricando a cada instante un Dios a su medida. Es verdad que nunca podremos llegar a un concepto adecuado de lo que es Dios, pero no es menos cierto que muchas ideas de Dios pueden y deben ser superadas. Si ha cambiado nuestro conocimiento del mundo y del hombre, será lógico que cambie nuestra idea de Dios. El Dios antropomórfico tiene que dejar paso a un Dios-Espíritu, cada vez menos cosificado.

Decir que la Trinidad es un dogma, o un misterio, no hace más comprensible la formulación trinitaria. La verdad es que hoy no nos dice casi nada, y menos aún las explicaciones que se han dado a través de los siglos. Todas las teologías surgieron de una elaboración racional que siempre se hace desde una filosofía, determinada por un tiempo y una cultura. También la primitiva teología cristiana se desarrolló en el marco de una cultura y una filosofía, la griega. Pudo ser muy útil a través de la historia, pero no tenemos por qué atarnos a ella.

Cada día se nos hace más difícil la comprensión del misterio, entre otras cosas porque no sabemos qué querían decir los que elaboraron el dogma. Aplicar hoy a las tres personas de la Trinidad la clásica definición de Boecio “individua sustantia, racionalis naturae”, se antoja un poco ridículo. Aplicar a Dios la individualidad y la racionalidad propia del hombre es ridículo. Dios no es un individuo, ni es una sustancia ni es una naturaleza racional.

La dificultad, para hablar de Dios como tres personas, la encontra­mos en el mismo concepto de persona, que lejos de ser una constante a través de la historia, ha experimentado sucesivos cambios de sentido. Desde el “prosopon” griego, que era la máscara que se ponían en el teatro para que “resonara” la voz; pasando a significar el personaje que se representaba; al final terminó significando el individuo físico. El sentido moderno de persona, es el de yo individual, conciencia subjetiva, es decir, el núcleo íntimo del ser humano.

En la raíz del significado está la limitación. Existe la persona porque existe la diferencia y la separación. Esto es imposible aplicárselo a Dios. En los últimos años se está hablando del ámbito transpersonal. Creo que va a ser uno de los temas más apasionantes de los próximos decenios. Si el hombre está anhelando lo transpersonal, es ridículo seguir encasillando a Dios en un concepto personal, que siempre supone la limitación del propio ser.

Siempre que nos atrevemos a decir “Dios” estamos expresando una idea, es decir, un ídolo. Ídolo no es solamente una escultura de dios. También es un ídolo cualquier concepto que le aplicamos. El ateo sincero está más cerca del verdadero Dios, que los teólogos que creen haberlo atrapado en conceptos. Dios no es nada que podemos nombrar. El “soy el que soy” del AT tiene más miga de lo que parece. Dios es solo verbo, pero un verbo que no se conjuga, porque no tiene tiempos ni modos. Dios ES un inmenso presente que lo llena todo.

Dios no se identifica con la creación, pero tampoco es nada separado de ella. De la misma manera que no podemos imaginar la Vida como algo separado del ser que está vivo, no podemos imaginar lo divino separado de todo ser creado que, por el mero hecho de existir, está traspasado de Dios. Tampoco podemos decir que está donde actúa, porque tampoco puede actuar de una manera causal a semejanza de las causas segundas. La acción de Dios no podemos percibirla por los sentidos ni ser objeto de ciencia.

Jesús dio un vuelco a la idea de Dios. No es el Dios de los buenos, de los religiosos ni de los sabios. Es el Dios de los excluidos, de los enfermos, de los irreligiosos inmorales y ateos. El evangelio nos dice: “las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios”. El Dios de Jesús no interesa porque no aporta nada a los “buenos”. En cambio, llena de esperanza a los “malos”, que se sienten perdidos. “No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”

Para nosotros, es sobre todo la experiencia que Jesús tuvo de su Abba, lo que nos debe orientar en nuestra búsqueda. Jesús no se propuso inventar una nueva religión ni un nuevo Dios. Lo que intentó, con todas sus fuerzas, fue purificar la idea de Dios que tenía el pueblo judío en su época. Ese esfuerzo le costó la vida. Jesús en todo momento quiere dejar claro que su Dios es el mismo del AT. Eso sí, tan purificado y limpio de adherencias idolátricas, que da la impresión de ser una realidad completamente distinta.

La forma en que Jesús habla de Dios se inspira en su experiencia personal. Naturalmen­te esa vivencia no hubiera sido posible sin hacer suyo el bagaje religioso heredado de la tradición bíblica. En ella se encuentran ya claros chispazos de lo que iba ser la revelación de Jesús. La experiencia básica de Jesús fue la presencia de Dios en su propio ser. Descubrió que Dios lo era todo para él y decidió corresponder siendo él mismo todo para los demás. Tomó concien­cia de la fidelidad de Dios y respondió siendo fiel a sí mismo. Al llamar a Dios “Abba”, Jesús abre un horizonte completamente nuevo en las relaciones con el absoluto.

La base de toda experiencia religiosa reside en la condición de criaturas. El modo finito de ser uno mismo demuestra que no se da a sí mismo la existencia, por lo tanto, es más de Dios que de sí mismo. Sin Dios no sería posible nuestra existencia. El reconoci­miento de nuestra limitación es el camino para llegar a la experiencia de Dios. Él es el único verdadero y sólido fundamento sin el cual, nada existe. Jesús descubre que el centro de su vida está en Dios. Pero eso no quiere decir que tenga que salir de sí para encontrar su centro. Descubrir a Dios como fundamento es fuente de una insospechada humanidad.

Esta idea de Dios supone un salto sobre la idea del AT. Allí Dios era el Todopoderoso que hace un pacto al modo humano, y observa desde su atalaya a los hombres para ver si cumplen o no su “Alianza”, y reacciona en consecuencia. Si la cumplen, los ama y los premia, si no la cumplen, los reprueba y castiga. En Jesús Dios actúa de modo muy diferente. Él es don absoluto e incondicional. Él es agape y se da totalmente. Es el hombre el que tiene que reaccionar al descubrir lo que Dios es para él. La fidelidad de Dios es lo primero y el verdadero fundamento de una actitud humana.

Dios no puede ser un “tú” en el mismo sentido que lo es otro ser humano. Dios sería más bien la Realidad que posibilita el encuentro con un “tú”; es decir, sería como ese “tú” ilimitado que se experimenta en todo encuentro humano con el otro. Pero a Dios nunca se le puede experimentar directa­mente como tal “tú”, sin el rodeo del encuentro con un “tú” humano. No se trata pues, de evitar a toda costa el vocabulario teísta sino exponer con suficiente claridad el carácter analógico de todo lenguaje sobre Dios.

Meditación

La mejor pista nos la da Jesús: “yo y el Padre somos uno”.
Bien entendido que esto lo dijo como ser humano.
Jesús sigue siendo Jesús y Dios sigue siendo Dios,
pero toda diferencia ha desaparecido.
Solo si llego a descubrir lo que soy,
podré llegar, no a conocer, sino a vivir lo que es Dios.

Fray Marcos

Fiesta de la Santísima Trinidad

El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, que es lo que celebramos el domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad. Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Cambiando el orden de las lecturas subrayo la relación especial de cada una de ellas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Dios Padre (Deuteronomio 4, 32-34. 39-40)

Como es lógico, un texto del Deuteronomio, escrito varios siglos antes de Jesús, no puede hablar de la Trinidad, se limita a hablar de Dios. Su autor pretende inculcar en los israelitas tres actitudes:

1) Admiración ante lo que el Señor ha hecho por ellos, revelándose en el Sinaí y liberándolos previamente de la esclavitud egipcia.

2) Reconocimiento de que Yahvé es el único Dios, no hay otro; cosa que parece normal en un mundo como el nuestro, con tres grandes religiones monoteístas, pero que suponía una gran novedad en aquel tiempo. Este mensaje sigue siendo de enorme actualidad, ya que todos corremos el peligro de crearnos falsos dioses (poder, dinero, etc.).

3) Fidelidad a sus preceptos, que no son una carga insoportable, sino el único modo de conseguir la felicidad.

Dios Hijo (Mateo 28, 16-20)

El texto del evangelio, el más claro de todo el Nuevo Testamento en la formulación de la Trinidad, pero al mismo tiempo pone de especial relieve la importancia de Jesús.

A lo largo de su evangelio, Mateo ha presentado a Jesús como el nuevo Moisés, muy superior a él. El contraste más fuerte se advierte comparando el final de Moisés y el de Jesús. Moisés muere solo, en lo alto del monte, y el autor del Deuteronomio entona su elogio fúnebre: no ha habido otro profeta como Moisés, «con quien el Señor trataba cara a cara, ni semejante a él en los signos y prodigios…» Pero ha muerto, y lo único que pueden hacer los israelitas es llorarlo durante treinta días.

Jesús, en cambio, precisamente después de su muerte es cuando adquiere pleno poder en cielo y tierra, y puede garantizar a los discípulos que estará con ellos hasta el fin del mundo. A diferencia de los israelitas, los discípulos no tienen que llorar a Jesús sino lanzarse a la misión para hacer nuevos discípulos de todo el mundo. ¿Cómo se lleva a cabo esta tarea? Bautizando y enseñando. Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo equivale a consagrar a esa persona a la Trinidad. Igual que al poner nuestro nombre en un libro indicamos que es nuestro, al bautizar en el nombre de la Trinidad indicamos que esa persona le pertenece por completo.

En la primera lectura, Dios exigía a los israelitas: «guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo»; en el evangelio, Jesús subraya la importancia de «guardar todo lo que os he mandado».

Dios Espíritu Santo (Romanos 8, 14-17)

La formulación no es tan clara como en el evangelio, pero Pablo menciona expresamente al Espíritu de Dios, al Padre, y a Cristo. No lo hace de forma abstracta, como la teología posterior, sino poniendo de relieve la relación de cada una de las tres personas con nosotros.

Lo que se subraya del Padre no es que sea Padre de Jesús, sino Padre de cada uno de nosotros, porque nos adopta como hijos.

Lo que se dice del Espíritu Santo no es que «procede del Padre y del Hijo por generación intelectual», sino que nos libra del miedo a Dios, de sentirnos ante él como esclavos, y nos hace gritarle con entusiasmo: «Abba» (papá).

Y del Hijo no se exalta su relación con el Padre y el Espíritu, sino su relación con nosotros: «coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados».

Reflexión final

La fiesta de la Trinidad provoca en muchos cristianos la sensación de enfrentarse a un misterio insoluble, no es la que más atrae del calendario litúrgico. Sin embargo, cuando se escuchan estas tres lecturas la perspectiva cambia.

El Deuteronomio nos invita a recordar los beneficios de Dios, empezando por el más grande de todos: su revelación como único Dios. (Esto no debemos interpretarlo como una condena o infravaloración de otras religiones).

El evangelio nos recuerda el bautismo, por el que pasamos a pertenecer a Dios.

La carta a los Romanos nos ofrece una visión mucho más personal y humana de la Trinidad.

Finalmente, las tres lecturas insisten en el compromiso personal con estas verdades. La Trinidad no es solo un misterio que se estudia en el catecismo o la Facultad de Teología. Implica observar lo que Jesús nos ha enseñado, y unirnos a él en el sufrimiento y la gloria.

José Luis Sicre

Comentario – Santísima Trinidad

(Mc 2, 23-38)

“El sábado se hizo para el hombre, no el hombre para el sábado”. Jesús recuerda en esta frase que cuando Dios pide algo al hombre es en realidad para bien del hombre, no porque él necesite imponer leyes. Pero cuando esas leyes se absolutizan y las utilizamos para dominar a los demás y hacerlos sufrir, ya no cumplen la voluntad de Dios.

Dios ama al hombre y desea su felicidad, su gozo, su plenitud. Por eso deberíamos buscar que nuestras costumbres y prácticas religiosas no sean una obligación que debemos cumplir, sino un medio para encontrarnos con Dios, para recibir su gracia, para encontrar la paz y su presencia. Las costumbres que no nos dejan vivir con alegría la fe y nos impiden servir a los demás con generosidad no son más que esclavitudes que en realidad nos alejan del camino de la libertad cristiana. Por eso decía San Pablo que Jesús nos ha liberado de la ley (Rom 7, 4). Cuando él toma nuestra vida, su gracia nos impulsa a realizar libremente lo que a él le agrada, nos impulsa a la alabanza gozosa y al servicio generoso. De esa manera, la voluntad de Dios no es un peso que nos agobia, no es una maraña de leyes que nos asfixian, sino una ayuda para saber por dónde tenemos que caminar para no desgastarnos inútilmente.

En el fondo se trata de tener un deseo sincero de hacer su voluntad, y cuando lo vivimos en la entrega cotidiana ya no son las leyes lo que nos moviliza, sino su amor. Por eso decía San Agustín “ama y haz lo que quieras”. Si alguien hace algo con el deseo sincero de amar a Dios y a los demás, sabe en su conciencia que está cumpliendo la voluntad de Dios para su vida. Por eso enseñaba Santo Tomás de Aquino que tanto el juez que sentencia a un criminal como la madre que busca salvarlo, ambos están en paz con la voluntad de Dios, porque están siendo fieles a la misión que Dios les ha dado.

Oración:

“Señor, te doy gracias porque has puesto en el centro de toda la vida, la felicidad del hombre, y no la ley. Gracias porque has simplificado nuestro camino resumiendo toda ley en el amor”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día

Gaudium et Spes – Documentos Vaticano II

Naturaleza de la paz

78. La paz no es la mera ausencia de la guerra, ni se reduce al solo equilibrio de las fuerzas adversarias, ni surge de una hegemonía despótica, sino que con toda exactitud y propiedad se llama obra de la justicia (Is 32, 7). Es el fruto del orden plantado en la sociedad humana por su divino Fundador, y que los hombres, sedientos siempre de una más perfecta justicia, han de llevar a cabo. El bien común del género humano se rige primariamente por la ley eterna, pero en sus exigencias concretas, durante el transcurso del tiempo, está cometido a continuos cambios; por eso la paz jamás es una cosa del todo hecha, sino un perpetuo quehacer. Dada la fragilidad de la voluntad humana, herida por el pecado, el cuidado por la paz reclama de cada uno constante dominio de sí mismo y vigilancia por parte de la autoridad legítima.

Esto, sin embargo, no basta. Esta paz en la tierra no se puede lograr si no se asegura el bien de las personas y la comunicación espontánea entre los hombres de sus riquezas de orden intelectual y espiritual. Es absolutamente necesario el firme propósito de respetar a los demás hombres y pueblos, así como su dignidad, y el apasionado ejercicio de la fraternidad en orden a construir la paz. Así, la paz es también fruto del amor, el cual sobrepasa todo lo que la justicia puede realizar.

La paz sobre la tierra, nacida del amor al prójimo, es imagen y efecto de la paz de Cristo, que procede de Dios Padre. En efecto, el propio Hijo encarnado, Príncipe de la paz, ha reconciliado con Dios a todos los hombres por medio de su cruz, y, reconstituyendo en un solo pueblo y en un solo cuerpo la unidad del género humano, ha dado muerte al odio en su propia carne y, después del triunfo de su resurrección, ha infundido el Espíritu de amor en el corazón de los hombres.

Por lo cual, se llama insistentemente la atención de todos los cristianos para que, viviendo con sinceridad en la caridad (Eph 4,15), se unan con los hombres realmente pacíficos para implorar y establecer la paz.

Movidos por el mismo Espíritu, no podemos dejar de alabar a aquellos que, renunciando a la violencia en la exigencia de sus derechos, recurren a los medios de defensa, que, por otra parte, están al alcance incluso de los más débiles, con tal que esto sea posible sin lesión de los derechos y obligaciones de otros o de la sociedad.

En la medida en que el hombre es pecador, amenaza y amenazará el peligro de guerra hasta el retorno de Cristo; pero en la medida en que los hombres, unidos por la caridad, triunfen del pecado, pueden también reportar la victoria sobre la violencia hasta la realización de aquella palabra: De sus espadas forjarán arados, y de sus lanzas hoces. Las naciones no levantarán ya más la espada una contra otra y jamás se llevará a cabo la guerra (Is 2,4).

Lectio Divina – Santísima Trinidad

Bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo

INTRODUCCIÓN

Cuando éramos niños nos explicaban este misterio con aquella anécdota que se cuenta de San Agustín. Mientras paseaba por la playa pensando en este misterio, se le apareció un ángel, en forma de niño. Le pregunta Agustín: ¿qué haces ahí? Le contestó: estoy tratando de trasvasar toda el agua del mar a  este pocito que yo he hecho en la arena. ¡Eso es imposible! Pues más imposible es que tú puedas entender el misterio de la Trinidad.  Me sirve ese ejemplo con tal de que ese Misterio no sea para la cabeza sino para el corazón. Es imposible comprender lo que Dios nos ama. Es un misterio, pero un misterio de amor.  Un mar inmenso de amor que nos rebasa, nos trasciende y nos inunda.

TEXTOS BÍBLICOS

1ª Lectura: Dt. 4,32-34.39-40      2ª Lectura: Rm. 8,14-17.

EVANGELIO

Mt. 28,16-20

Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos dudaron. Acercándose a ellos, Jesús les dijo: «Se me ha dado todo poder en el cielo y en la tierra.Id, pues, y haced discípulos a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el final de los tiempos».

REFLEXIÓN

Gran misterio. El misterio es lo que nos rebasa, nos supera, nos trasciende, está por encima de nosotros.  Pero  es  misterio de amor. Un Dios que arde en tres llamaradas de amor. Es propio de nuestra religión. Dios no es un ser solitario sino solidario. Dios es apertura, donación, diálogo, hogar, familia. Dios es éxtasis de amor. Y es el modelo de todo diálogo y de todas las relaciones humanas. Estamos hechos a imagen de Dios-Trinidad. Y nos realizamos en la vida en la medida en que sabemos imitar al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.

1.- Imitamos al Padre. Lo propio del Padre es dar y darse. El Padre Dios vive  como Padre dando todo y dándose del todo. Nos da todo: el cielo, el sol, la luna, las estrellas…La tierra, con sus  bellezas naturales, sus mares, sus bosques, sus montañas, el agua, el aire, la brisa. Toda la variedad de animales en el cielo, la tierra y los mares, es para nuestro provecho. Toda la creación, con toda su belleza, es un don del Padre para que la cuidemos, la conservemos y así la podamos disfrutar no sólo nosotros sino los que vengan detrás. Más aún, tanto nos amó que nos dio a su propio Hijo (Jn. 3,16). Nosotros mismos somos un precioso regalo del Padre para Jesús y después para todos. “Tuyos eran y Tú me los diste” (Jn. 17,6). Nosotros  imitamos al Padre en la medida que damos y nos damos. En el egoísmo nadie se puede realizar, ni puede ser feliz. Esas personas que nunca han hecho nada por los demás se entierran  en sí mismas y ahí se acaba la historia, una triste historia. Sin amor no hay historia humana. Las personas que han entregado sus vidas por los demás son un tesoro para la humanidad. Como madre Teresa de Calcuta.

2.- Imitamos al Hijo. Lo propio del hijo es recibir.  El Hijo de Dios ha recibido todo del Padre. No ha puesto obstáculos a lo que el Padre le ha querido dar. Debemos  saber recibir de Dios. No ponerle  pegas ni condiciones. Hay que dejarse querer por Dios. Y dar gracias por todo lo que nos da. Todo nos lo da para que lo disfrutemos… Nos bañamos en el mar…es una caricia de Dios. Paseamos a la brisa de la tarde…es regalo de Dios. Etc. Nos ha regalado nuestro cuerpo. El ojo ¿cuánto vale? Pregúntaselo a un ciego. ¿Y el oído? Pregúntaselo a un sordo. ¿Y el poder caminar? Pregúntaselo a un paralítico etc.  Y, sobre todo, Dios   se ha dado en la persona de Jesús. Como niños nos debemos dejar querer por Dios y no poner obstáculos a lo que Dios Padre nos quiere dar. Hay que saber agradecer. Otro punto importante es que también nosotros necesitamos de los demás. Nadie puede ser tan autosuficiente que diga: Yo me basto a mí mismo y no necesito de los demás.  Nos necesitamos.  Unos podemos dar unas cosas y  otros, otras. Aceptar lo que nos da Dios y lo que recibimos de los demás es imitar al Hijo.

3.- Imitamos al Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el anillo que une el amor del Padre con el Hijo y el Hijo con el Padre. Pentecostés es lo contrario de Babel. Allí había confusión y nadie se entendía. En Pentecostés todos hablaban el mismo lenguaje: el lenguaje del amor. Imitamos al Espíritu Santo en la medida que somos capaces de  amarnos y unirnos. Dios ha querido que nos entendamos a través de las palabras, del diálogo, del mutuo entendimiento. Cuando queremos solucionar las cosas con guerras o violencia, cuando renunciamos a lo que es más propio nuestro, de seres racionales, nos convertimos en animales salvajes. En esta vida podemos tomar dos actitudes: la de ser puentes o la de  ser pantallas. Somos personas-puente cuando evitamos  lo que nos puede desunir, separar o romper. Si una palabra es hiriente y puede hacer daño a mi hermano, no la digo. Por otra parte,  hacemos lo posible por conectar con aquello que nos une.  Siempre podemos tener alguna afinidad, alguna afición con cualquier persona Buscamos ese punto de apoyo y, desde ahí, vamos construyendo en positivo.   Somos personas-pantalla cuando nos gritamos, nos insultamos, nos despreciamos,  y no buscamos puntos de  encuentro. Lo peor de todo no es que nos sentimos mal, que perdemos la paz etc, sino que con esa actitud estamos demostrando que el Espíritu Santo no está en nosotros. Y ¿quién soy yo sin el aliento del Espíritu?   No dudemos de una cosa muy importante: en la medida que imitamos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, somos imagen de Dios y nos realizamos como personas. El tema de la Trinidad no es un tema teórico, es el que más nos interesa como personas libres, hechas para el entendimiento y el amor.

PREGUNTAS

1.– ¿Estoy imitando a Dios Padre dando y dándome a los demás? ¿Estoy convencido de que en el egoísmo no cabe la auténtica felicidad?

2.- ¿Estoy convencido de que  en esta vida necesito de los demás? ¿Estoy dispuesto a recibir con humildad lo que a mí me falta? ¿Siento necesidad de Dios?

3.- ¿Soy persona-puente o persona `pantalla?  Di, en concreto, cuando eres una cosa u otra.

Este evangelio, en verso, suena así

En esta fiesta solemne

adoramos en silencio,

al Padre, al Hijo, al Espíritu,

Dios Trinidad, Dios “misterio”.

Creemos que Dios es PADRE.

Creador de tierra y cielo,

origen primero, centro

y meta del Universo.

Confesamos que Dios Padre

envió a su Hijo Unigénito.

encarnado en Jesucristo,

nuestro Pastor y Maestro.

Con la fuerza del ESPIRITU

nos anunció el Evangelio:

Dios es Padre. Todos somos

sus hijos, sus herederos.

Bautizados en su nombre,

sale Dios a nuestro encuentro,

como Padre, Hermano, Amigo,

abrazo, caricia y beso.

Dios estará con nosotros

hasta el final de los tiempos.

Con su presencia vivimos

con gran paz, sin ningún miedo

Dios Padre, te bendecimos.

Hijo de Dios, te queremos.

Espíritu Santo, gracias

Por brindarnos tu consuelo

(Compuso estos versos José Javier Pérez Benedí)

ORACIÓN EN TIEMPO DE LA PANDEMIA

Señor Resucitado: Mora en cada uno de nuestros corazones, en cada enfermo del hospital, en todo el personal médico, en los sacerdotes, religiosos y religiosas dedicados a la pastoral de la salud,  en los gobernantes de las naciones y líderes cívicos, en la familia que está en casa, en nuestros abuelos, en la gente encarcelada, afligida, oprimida y maltratada, en personas que hoy no tienen un pan para comer, en aquellos que han perdido un ser querido a causa del coronavirus u otra enfermedad. Que Cristo Resucitado nos traiga esperanza, nos fortalezca la fe, nos llene de amor y unidad, y nos conceda su paz. Amén

La Trinidad vive una fiesta continua de amor

1.- Jesús de Nazaret quiso dar a la religión judía su camino inicial de amor. El Dios, creador del mundo, “perseguía” a su pueblo para que volviese a Él. Pero este pueblo, obstinado, siempre huía. O buscaba otros caminos. En tiempos de Jesús, el culto oficial a Dios tenía más de ejercicio administrativo que de acción de amar. Se ha dicho que los judíos de entonces habían metido a Dios en una jaula de oro, para disponer de Él a su antojo. Yo diría que, realmente, le habían dado despacho en un ministerio, con su subsecretario, sus directores generales, con sus ordenanzas y mensajeros. Realmente, aunque la imagen sea muy negativa para las actividades de cualquier administración del Estado, parece que eso era la religión oficial judía en tiempos de Jesús: un enorme aparato ministerial y administrativo donde todo estaba previsto, salvo el amor de Dios y la libertad de sus hijos para buscar el autentico rostro de Dios.

A veces he pensado que la persecución de la religión oficial judía a Jesús de Nazaret no se producía, tanto porque se proclamara hijo de Dios. La especial espiritualidad de los judíos no tenía lejos este concepto, ni era considerado blasfemo. El Antiguo Testamento en muchos lugares habla de los hombres como hijos de un Padre que los ha creado. Creo que el gran choque fue en torno al mensaje de revelación de cómo era en realidad Dios. Para una religión en la que se ingrediente piramidal era la autoridad se necesitaba un Dios autoritario, lejano, juez, castigador y eso es lo que habían creado como concepto de Dios. Desconocían los múltiples pasajes de la Escritura en la que ese Dios tan poderoso mendiga un poco de cariño y de su fidelidad de sus hijos. Y así, un Dios al que cada persona pudiera llamar papaíto (abba) era un algo totalmente contrario a las tesis autoritarias, administrativistas y totalmente jerarquizadas de la religión judía de entonces. Pensarían, entonces, que un Dios cariñoso, amante y perdonador continuo de sus hijos tendería a provocar anarquía, ya que –según ellos—es el miedo lo único que entiende el pueblo.

2.- Y este largo exordio no tiene otro significado que la realidad más notable de la Trinidad Beatísima no es otra cosa que el Amor como substancia fundamental de Dios. La idea de que Dios Padre engendrara a Dios Hijo por un acto de supremo amor, pleno de belleza, y que el hilo conductor de ese sublime amor sea el Espíritu Santo es, intelectualmente, muy atractiva. A partir del amor se entiende o se acepta. Si la establecemos, solo, como dentro de que el enorme poder divino puede hacer cualquier cosa por ingente, grande o incompresible que sea, pues no tendría sentido y sería mucho más difícil de entender. Es el amor lo que hace “posible” para nosotros la Trinidad. Y así vamos reforzando, más y más, el concepto de “Dios es amor”, columna vertebral de nuestras creencias y que no debe estar ausente, ni un segundo, de todas nuestras meditaciones o indagaciones sobre Dios.

3.- El concepto de Trinidad estuvo siempre presente en la realidad cristiana. El Evangelio de San Mateo nos enseña hoy que Jesús envía a sus discípulos a bautizar a los hombres y mujeres de todos los pueblos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Los signos externos del cristiano, sus bendiciones, sus saludos se hacían en el nombre de las Tres Personas. Pero es a partir del siglo X cuando el pueblo inicia una devoción a esas Tres Personas Unidas. En 1331 se convirtió en fiesta litúrgica y se incluyó en el calendario romano. Pero como es obvio la presencia de las Tres Personas en el concepto de Dios Único tropezó con no pocos escollos. Es posible que la dificultad estuviera agravada por esa falta de conocimiento –o de aceptación—de que Dios es amor. En fin pero desde antiguo se habían ido dando los pasos para construir una teología de la realidad trinitaria. A mi me gusta recordar la conclusión del Concilio VI de Toledo que, en 638, definía a Dios “como uno pero no solitario”. La idea de la soledad, de la lejanía, de la “frialdad” de Dios es muy negativa, terrible.

4.- La fiesta de la Santísima Trinidad, que guarda una clara relación con la de Pentecostés, celebrada el domingo pasado, es el principio del Tiempo Ordinario. Alguna vez he definido a ese tiempo como la “velocidad de crucero” o la “normalidad” del tiempo litúrgico. En realidad también podríamos llamarlo “Tiempo del Espíritu Santo”, porque, con su ayuda, recorremos esa veintena de domingos que al recibir la descripción de la biografía de Jesús, configuramos la realidad básica de nuestra religión cristiana y de la Iglesia. Serán un tiempo de formación y crecimiento que nos acompañará hasta el 3 de diciembre, fecha del Primer Domingo de Adviento.

Ángel Gómez Escorial

Conocer el amor de Dios

1.- Como culminación de los misterios de nuestra fe celebramos la fiesta de la Santísima Trinidad. Sirve de muy poco que intentemos explicar en términos filosóficos o matemáticos lo que es un misterio que nunca vamos a comprender del todo. Reconociendo que vemos estas cosas en espejo y en enigma, como dice San Agustín, “se nos presenta en el Padre el origen, en el Hijo la natividad, en el Espíritu Santo del Padre y el Hijo la comunidad, y en los tres la igualdad”. Nuestra experiencia de fe nos dice que Dios es Padre amoroso, que cuida de sus hijos y les protege, porque es “auxilio y escudo” (Salmo); que está a nuestro lado, que dialoga con nosotros y nos ayuda, que respeta nuestras diferencias, pero que nos quiere a todos por igual. Dios es Hijo, que nos ama hasta el extremo de dar su vida por nosotros, que quiere darnos a conocer que sólo es feliz aquél que es capaz de darse al otro y de perdonar. Dios es Espíritu, que nos fortalece y nos da su aliento para que sigamos caminando hacia su encuentro. Pero lo que más nos importa es saber que Dios es Amor, pero amor entre personas, Dios es comunidad.

2.- ¿De qué sirve conocer algún bien si no lo amásemos? Busquemos con todas nuestras fuerzas a Dios con la seguridad de que El sale antes a nuestro encuentro. Quien busca, encuentra, quien desea un bien acaba teniéndolo. Nuestra súplica debe ser ésta: “Dame fuerzas para la búsqueda, tú que hiciste que te encontrara y me has dado la esperanza de un conocimiento más perfecto. Ante Ti está mi ciencia y mi ignorancia; si me abres, recibe al que entra; si me cierras, abre al que llama. Haz que me acuerde de Ti, te comprenda y te ame” (San Agustín). He aquí la clave: buscar, comprender y amar.

3.- No es cuestión de doctrina, sino de vivencia. El amor de Dios se ha difundido en nosotros por el Espíritu Santo que se nos ha dado. Dios se da a conocer al hombre mediante el amor. Sólo será capaz de conocer a Dios aquél que experimente el amor de Dios en su vida, que se sienta amado por El. Ya lo decía San Juan: “sólo el que ama conoce a Dios”. Es significativa esta parábola:

“Un hombre le decía a su amigo que había conocido a Dios. Este le preguntó: ¿quién es Dios, dónde vive, qué hace? Pero nuestro hombre no supo contestarle, sólo le dijo que antes era un alcohólico, que pegaba a su mujer, que había arruinado a su familia y se había quedado sin trabajo. Ahora, sin embargo, desde que sintió que Dios estaba a su lado su vida cambió totalmente: dejó la bebida, encontró trabajo y se sentía muy feliz junto a su mujer y a sus hijos. Había descubierto la única verdad importante: Dios es Amor. Este descubrimiento transformó su vida. Esto es lo que sabía de Dios…..”.

4.- No es casualidad que hoy la Iglesia nos recuerde en la “Jornada Pro Orantibus” que los monasterios “son escuelas de fe en el corazón de la Iglesia y el mundo”. Es cierto, quien en su interior experimenta la grandeza del amor de Dios conoce todos los secretos de la fe, porque lo ha vivido personalmente.

José María Martín OSA