Homilía – Cuerpo y Sangre de Cristo

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Una fiesta muy popular

La fiesta del Corpus –que ahora se llama mejor “del Cuerpo y Sangre de Cristo”- ha arraigado hondamente en el pueblo cristiano, desde que nació en el siglo XIII.

Últimamente en España y en otros países se ha trasladado desde el clásico jueves al domingo siguiente a la Trinidad.

Es una celebración muy propia de un domingo, que nos hace centrar nuestra atención agradecida en la Eucaristía, como sacramento en el que Cristo Jesús ha querido dársenos como alimento para el camino, haciéndonos comulgar con su propia Persona, con su Cuerpo y Sangre, bajo la forma del pan y del vino.

En la fiesta de hoy no nos fijamos tanto en la celebración de la Eucaristía, aunque la organicemos y celebremos con particular festividad, sino en su prolongación, la presencia permanente en medio de nosotros del Señor Eucarístico, como alimento disponible para los enfermos y como signo sacramental continuado de su presencia en nuestras vidas, que nos mueve a rendirle nuestro culto de veneración y adoración.

Se puede decir que estos últimos decenios hemos mejorado notablemente la “celebración” eucarística. Pero ha disminuido la “atención adorante” hacia el Señor que sigue estando presente en la Eucaristía también fuera de la misa. Esto empobrece nuestra fe y es lo que hoy intentamos corregir, con un cierto paralelismo con la adoración de la noche del Jueves Santo.

 

Éxodo 24, 3-8. Esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros

En el libro del Éxodo, después de los largos capítulos en que se desarrolla lo que resumidamente llamamos “los diez mandamientos” (ce. 19-23), como contenido de la Alianza que Moisés y su pueblo pactan con Yahvé al pie del monte Sinaí a la salida de Egipto, en el c. 24 se nos cuenta la solemne ratificación, cuasi-litúrgica, de esta Alianza. El desarrollo del rito es significativo:

se escriben los términos de la Alianza,

se prepara un altar (una gran piedra) y doce estelas o piedras más pequeñas (en representación de las doce tribus),

se encarga a unos jóvenes que maten reses para el holocausto y el sacrificio, y se guarda en unas vasijas la mitad de esa sangre,

con la otra mitad rocía Moisés el altar (representante de Yahvé),

Moisés proclama el texto de la Alianza y el pueblo hace su solemne promesa: “haremos todo lo que manda el Señor”,

y entonces con la otra mitad de la sangre Moisés rocía al pueblo (seguramente las doce piedras) y pronuncia las palabras que a nosotros nos suenan mucho, porque son las que Jesús pronunció sobre la copa de vino: “esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros”.

El salmo hace eco a este rito de alianza: “Señor, yo soy tu siervo, rompiste mis cadenas”, “te ofreceré un sacrificio de alabanza: cumpliré al Señor mis votos”, y lo que es también la antífona que repite la comunidad: “alzaré la copa de la salvación, invocando el nombre del Señor”.

 

Hebreos 9,11-15. La sangre de Cristo podrá purificar nuestra conciencia

La carta a los Hebreos quiere convencer a sus lectores -cristianos procedentes del judaísmo que tal vez añoran el sacerdocio y los sacrificios del Templo de Jerusalén- que Jesús les supera decididamente.

Él es “el Mediador de una Alianza nueva”, el Sumo Sacerdote que se ha entregado una vez por todas. Nos ha reconciliado con Dios, no con sangre de animales, sino con la suya propia, en la cruz, y nos ha conseguido así la salvación a todos.

 

Marcos 14,12-16.22-26. Esto es mi cuerpo. Esta es mi sangre

La última cena la manda preparar Jesús con mucho cuidado y solemnidad, en una “sala grande en el piso de arriba, arreglada con divanes”.

En ella pronuncia sobre el pan y el vino unas palabras que para nosotros los cristianos han sido determinantes a lo largo de dos mil años: “esto es mi Cuerpo”, “esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”.

 

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La alianza se sella con la sangre del sacrificio

Sellar con sangre un pacto es un ritual bastante repetido en los libros del AT. El sentido de este rito parece ser este: que lo que les pasa a estos animales (han sido sacrificados y aquí está su sangre) les pase a los contrayentes de la alianza si faltan a sus cláusulas.

Las palabras que Moisés pronuncia al pie del Sinaí, al rociar las piedras o estelas que simbolizan las doce tribus estas palabras, son estas: “esta es la sangre de la alianza que hace el Señor con vosotros”. Las palabras de Jesús en la última cena, sobre la copa de vino son: “esta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”. Jesús ha añadido una palabra: “mi”.

Ahora ya no es la sangre de animales sino su sangre la que ratifica la Nueva Alianza que se ha establecido entre Dios y la Humanidad.

Es la comparación que hace el autor de la carta a los Hebreos. Los sacerdotes del Templo ofrecían una y otra vez sacrificios de animales, por sus pecados y por los del pueblo, porque la sangre de los animales no era eficaz para conseguir la salvación. Mientras que Cristo se ha ofrecido a sí mismo, no “la sangre de machos cabríos ni de becerros”. El suyo sí que es “un sacrificio sin mancha”, que “purifica nuestra conciencia y nos lleva al culto del Dios vivo”. El es el Mediador de una Alianza Nueva.

Todos los esfuerzos humanos fracasan a la hora de conseguir la salvación. No nos salvamos a nosotros mismos, por muchos “sacrificios de animales” que hagamos. Es Cristo Jesús quien nos ha salvado y quien también ahora sigue en el cielo intercediendo por nosotros. Él es el verdadero Sacerdote que ha asumido nuestra debilidad y nos reconcilia continuamente con su Padre.

 

La Eucaristía, cena memorial de la cruz

Este es el sacrificio que nosotros presentamos, una y otra vez, al Padre y con el que entramos en comunión, en la Eucaristía: el sacrificio de Cristo en la cruz, que no ha terminado, porque está presente en él mismo y que nos ha encargado que celebremos en el memorial de este sacramento.

El sacrificio de Jesús no se repite. Su comunidad lo celebra y participa en él en la Eucaristía. Cada vez que celebramos este sacramento, se actualiza -lo actualiza Cristo mismo- el acontecimiento salvador de su Pascua, su muerte y resurrección. El pan de la Eucaristía, nos dice él, es su Cuerpo entregado por nosotros. El vino de la Eucaristía, nos dice él, será para siempre la Sangre salvadora con la que él selló la Nueva Alianza.

Marcos no añade la expresión de que la Eucaristía es el “memorial” de Jesús, pero sí lo hacen Lucas y Pablo en sus respectivos relatos. Como los judíos siguen celebrando su cena pascual como memorial de su salida de Egipto, haciéndose cada vez “contemporáneos” de sus antepasados, así nosotros, en la Eucaristía, celebramos el memorial de la muerte y resurrección de Cristo, participando en su fuerza salvadora.

“Y todos bebieron”, dice Marcos en su relato. Por eso, la comunidad cristiana vuelve ahora, después de varios siglos de olvido, a participar preferentemente de este sacramento bajo las dos especies, la del pan y la del vino. La introducción al Misal dice que comulgar también con el vino expresa mejor la relación de la Eucaristía con el sacrificio de Cristo en la cruz: “la comunión tiene una expresión más plena por razón del signo cuando se hace bajo las dos especies. En esta forma… se expresa más claramente la voluntad divina con la que se ratifica en la Sangre del Señor la Alianza nueva y eterna” (IGMR 281). El cambio de nombre de esta fiesta de hoy -en vez de sólo “Corpus”, ahora “fiesta del Cuerpo y Sangre de Cristo”- es significativo de esta recuperación de la comunión bajo las dos especies.

 

Cristo, nuestro alimento de vida eterna

En este admirable sacramento, Jesús ha querido ser para su comunidad, hasta el final de los siglos, el Maestro que transmite la Palabra viva de Dios. Pero además ha querido ser el alimento que nos da fuerzas y nos transmite vida: “quien come mi Carne y bebe mi Sangre, permanece en mí y yo en él… vivirá de mí como yo vivo del Padre”.

El simbolismo de la comida y la bebida es muy expresivo. Como al pueblo de Israel, en el camino del desierto, Dios lo alimentó con el maná y sació su sed con agua viva de la roca, también a nosotros, en el camino siempre difícil de la vida, Cristo nos da a comer su Cuerpo y su Sangre: él mismo es el verdadero “viático”, alimento para el camino, alimento que es fortaleza y alegría.

La Eucaristía la ha pensado Cristo como sacramento de unión con él. Es la dimensión “vertical” del sacramento, que nunca acabaremos de apreciar y agradecer. En el “discurso del pan de vida”, que Jesús hizo en la sinagoga, al día siguiente de la multiplicación de los panes, dice explícitamente que “el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna”. Pero sigue describiendo los “efectos” que va a producir en sus creyentes este “comer y beber” eucarísticos. Dice, ante todo, que “el que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él”: hay una “interpermanencia” entre

Cristo y el que le come con fe, como la unión íntima que más adelante, en el capítulo 15, describirá entre la cepa de la vid y los sarmientos. Pero, además, con una comparación que nosotros no nos hubiéramos atrevido a pensar, dice que “el que me come vivirá por mí, al igual que yo vivo por el Padre”.

En el prefacio I de la Eucaristía afirmamos con seguridad: “su carne, inmolada por nosotros, es alimento que nos fortalece; su sangre, derramada por nosotros, es bebida que nos purifica”.

 

La celebración y la prolongación de la Eucaristía

La Eucaristía tiene dos dimensiones: su celebración, la misa, en torno al altar, y su prolongación, con la reserva del Pan eucarístico en el sagrario y la consiguiente veneración que le dedica la comunidad cristiana.

La finalidad principal de la Eucaristía es su celebración y que los fieles comulguen con el Cuerpo y Sangre de Cristo. Pero desde que, ya en los primeros siglos, la comunidad cristiana empezó a guardar el Pan eucarístico para los enfermos y para los moribundos, fue haciéndose cada vez más “connatural” que se rodeara el lugar de la reserva (el sagrario) de signos de fe y adoración hacia el Señor.

El Concilio Vaticano II impulsó una reforma de la “celebración” de la Eucaristía. En los años siguientes, con la introducción de las lenguas vivas, la mayor riqueza de lecturas bíblicas en los varios Leccionarios, la distribución más expresiva de los varios ministerios, la recuperación de la concelebración, de la Oración Universal, de la comunión bajo las dos especies, etc., ciertamente se ha conseguido esta finalidad: ahora se “celebra” mejor que antes la Eucaristía.

Pero tal vez, y esto no lo había querido el Concilio, se perdió o disminuyó en algunos lugares la sensibilidad que teníamos por el culto a la presencia eucarística de Cristo también fuera de la celebración.

Documentos posteriores como la instrucción Eucharisticum Mysterium, de 1967, y, sobre todo, el Ritual del Culto a la Eucaristía, de 1973, nos han dado motivaciones y orientaciones prácticas muy buenas para recuperar.

allí donde hiciera falta, también este aspecto más contemplativo y adorante de la Eucaristía, que prolonga la celebración y a la vez la prepara y la hace posible con mayor profundidad. También Juan Pablo II, en su encíclica La Iglesia vive de la Eucaristía, del año 2003, además de invitarnos a admirar y agradecer sinceramente el don de este sacramento, nos recordó el valor que debe tener en nuestras comunidades el culto al Señor Eucarístico también fuera de la celebración de la Misa.

 

Mejorar la celebración. Mejorar el culto

La fiesta de hoy nos invita a hacer un esfuerzo por mejorar nuestra Eucaristía en sus dos vertientes, que son dos aspectos del mismo misterio.

Ante todo, mejorar la misma celebración de la Misa, como signo de nuestro aprecio del sacramento que nos dejó el Señor. Este compromiso de ir mejorando nuestras celebraciones lo debemos recordar a lo largo de todo el año. Pero hoy, de un modo particular, cuidando, por ejemplo, la procesión de dones en el ofertorio, con la presentación del pan y del vino para la comunión; realizando mejor el gesto de la paz y la fracción del pan, para significar la fraternidad. Es también un día muy apropiado para llevar de un modo más significativo la comunión a los enfermos que la hayan pedido.

Sobre todo, con la comunión bajo las dos especies. Hoy tiene más sentido que nunca participar de Cristo también con la comunión en su Sangre, utilizando para ello el modo más conveniente. El vino, apuntando más directamente a la Sangre, nos recuerda de un modo especial que estamos participando del Sacrificio pascual de Cristo.

También es conveniente que reflexionemos si prestamos suficiente atención al culto eucarístico fuera de la celebración. Hoy, seguramente, haremos algún acto especial de adoración, prolongando la Eucaristía con una procesión más o menos solemne, o bien con unos momentos de meditación y alabanza antes de la despedida.

Este culto -respeto y adoración expresiva- deberíamos cuidarlo siempre: la dignidad del sagrario, la lámpara encendida, la genuflexión cuando

al principio y al final de la celebración pasamos ante él, los momentos personales de oración o “visita” ante el Señor en la Eucaristía, la organización de la “bendición con el Santísimo” con una “exposición” más o menos prolongada y solemne para la adoración comunitaria.

A todos nos convienen esos momentos, personales o comunitarios, de oración más pausada, meditativa y serena ante el sagrario, en que, por una parte, prolongamos la celebración de la Eucaristía y, por otra, preparamos la siguiente, intentando aprender las lecciones que nos da ese Cristo que ha querido hacerse Eucaristía para nosotros. Podemos organizar algunas veces -por ejemplo en torno a esta fiesta del Corpus- una “exposición” con la bendición del Santísimo, o unas jornadas más prolongadas de exposición y adoración.

En el Ritual del Culto a la Eucaristía, que es el documento eclesial que motiva y regula la adoración al Señor Eucarístico, hay toda una serie de consignas muy educativas para nuestra relación con el Señor Eucarístico fuera de la Misa, y también sobre la oportunidad o no de las procesiones por las calles de una población. Es bueno que, si la sociedad es medianamente receptiva, el Señor Eucarístico salga a la calle y se le manifieste públicamente nuestro aprecio y adoración. La Iglesia es un pueblo que camina, en medio del mundo, con la mirada puesta en Cristo Jesús. Camina, no como dominadora del mundo, sino como servidora, a imitación de su Señor, que se nos da como “cuerpo entregado” y “Sangre derramada”.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B