Comentario al evangelio – Visitación de la Virgen María

Deberíamos comenzar a leer el libro de Tobías. Un ejemplo de hombre que teme al Señor, y que por eso actúa como, en conciencia, cree que debe. Eso le acarrea un montón de problemas, pero, mucho antes que san Pedro, Tobías piensa que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres.

Pero termina el mes de mayo, mes dedicado a la Virgen María, y lo hacemos con la Visitación de la Madre de Dios a su prima, santa Isabel. Resuenan aún en nuestros oídos las reflexiones sobre la Santísima Trinidad, que celebrábamos ayer, domingo. Un Dios, Uno y Trino, un Dios amor, que quiere que nos relacionemos, que nos pongamos en camino.

Eso es precisamente lo que hizo María, al saber que Isabel la necesitaba. Sin dudarlo, sin pensar en los riesgos del camino, sin pensar en su propio estado, con prontitud se marcha a servir a aquella que estaba en necesidad.

El encuentro entre las dos futuras madres fue una explosión de gracia, de Espíritu Santo. San Juan Bautista saltó de gozo en el vientre de su madre, María fue proclamada bendita, Isabel se sintió especialmente agraciada por la visita, todos se sintieron tocados por la mano de Dios.

Para nosotros es difícil, a veces, salir de casa para ayudar a un familiar o a un vecino, levantar el teléfono o buscar en el móvil un contacto para hacer una llamada. María sale rápidamente a remediar una necesidad. Los santos son siempre un ejemplo a seguir. Santa María, sobre todo. Ejemplo de humildad, paciencia, fe, confianza, alegría… Todas las virtudes estaban en María. Y, si nos esforzamos en imitarla, pueden estar también en nosotros.

Porque todos los títulos de María, todo lo que la Iglesia nos propone para la contemplación, no son cosas que la alejen de nosotros. Son recordatorios de que María, una de los nuestros, nos muestra un camino a seguir, por el que se puede andar, si nos esforzamos, si lo pedimos día a día, si lo rezamos con fe.

Hoy, sobre todo, conviene ser agradecido. El “Magníficat” nos muestra a María, plena de gracia, agradeciendo a Dios por todo lo que ha hecho en su vida. Revisa todo lo que el Padre Bueno ha hecho por ti, vuelve a Él tu mirada, en un rato tranquilo de oración, y dile lo feliz que te sientes por saberte elegido para llevar a cabo una misión. La tuya.

Alejandro, C.M.F.

Meditación – Visitación de la Virgen María

Hoy celebramos la fiesta de la Visitación de la Virgen María.

La lectura de hoy es del evangelio de Lucas (Lc 1, 39-56):

En aquellos días, se levantó María y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá; entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. Y sucedió que, en cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno, e Isabel quedó llena del Espíritu Santo; y exclamando con gran voz, dijo: «Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí? Porque, apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!».

Y dijo María: «Engrandece mi alma al Señor y mi espíritu se alegra en Dios mi salvador porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava, por eso desde ahora todas las generaciones me llamarán bienaventurada, porque ha hecho en mi favor maravillas el Poderoso, Santo es su nombre y su misericordia alcanza de generación en generación a los que le temen. Desplegó la fuerza de su brazo, dispersó a los que son soberbios en su propio corazón. Derribó a los potentados de sus tronos y exaltó a los humildes. A los hambrientos colmó de bienes y despidió a los ricos sin nada. Acogió a Israel, su siervo, acordándose de la misericordia -como había anunciado a nuestros padres- en favor de Abraham y de su linaje por los siglos». María permaneció con ella unos tres meses, y se volvió a su casa.

Hoy contemplamos el hecho de la Visitación de la Virgen María a su prima Isabel. Tan pronto como le ha sido comunicado que ha sido escogida por Dios Padre para ser la Madre del Hijo de Dios y que su prima Isabel ha recibido también el don de la maternidad, marcha decididamente hacia la montaña para felicitar a su prima, para compartir con ella el gozo de haber sido agraciadas con el don de la maternidad y para servirla.

El saludo de la Madre de Dios provoca que el niño, que Isabel lleva en su seno, salte de entusiasmo dentro de las entrañas de su madre. La Madre de Dios, que lleva a Jesús en su seno, es causa de alegría. La maternidad es un don de Dios que genera alegría. Las familias se alegran cuando hay un anuncio de una nueva vida. El nacimiento de Cristo produce ciertamente «una gran alegría» (Lc 2,10).

A pesar de todo, hoy día, la maternidad no es valorada debidamente. Frecuentemente se le anteponen otros intereses superficiales, que son manifestación de comodidad y de egoísmo. Las posibles renuncias que comporta el amor paternal y maternal, asustan a muchos matrimonios que, quizá por los medios que han recibido de Dios, debieran ser más generosos y decir “sí” más responsablemente a nuevas vidas. Muchas familias dejan de ser “santuarios de la vida”. El Papa San Juan Pablo II constata que la anticoncepción y el aborto «tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de la libertad, que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia personalidad».

Isabel, durante cinco meses, no salía de casa, y pensaba: «Esto es lo que ha hecho por mí el Señor» (Lc 1,25). Y María decía: «Engrandece mi alma al Señor (…) porque ha puesto los ojos en la humildad de su esclava» (Lc 1,46.48). La Virgen María e Isabel valoran y agradecen la obra de Dios en ellas: ¡la maternidad! Es necesario que los católicos reencuentren el significado de la vida como un don sagrado de Dios a los seres humanos

+ Mons. F. Xavier CIURANETA i Aymí Obispo Emérito de Lleida

Liturgia – Visitación de la Virgen María

VISITACIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN MARÍA, fiesta

Misa de la fiesta(blanco)

Misal: Antífonas y oraciones propias. Gloria. Prefacio II de la Bienaventurada Virgen María. No se puede decir la Plegaria IV.

Leccionario: Vol. IV

  • Sof 3, 14-18. El rey de Israel, el Señor, está en medio de ti.

o bien: Rom 12, 9-16b. Compartid las necesidades de los santos; practicad la hospitalidad.

  • Salmo Is 12, 2-6. Es grande en medio de ti el Santo de Israel.
  • Lc 1, 39-56. ¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?

Antífona de entrada          Cf. Sal 65, 16
Los que teméis a Dios, venid a escuchar; os contaré lo que el Señor ha hecho conmigo

Monición de entrada y acto penitencial
Celebramos hoy, al terminar el mes de mayo, a santa María, la Madre de Dios, que visita a su prima Isabel llevando en su seno a Cristo, el Señor, y que con su alegría de madre atraviesa Palestina entera para compartir su alegría con su prima, que a pesar de su vejez, espera también un hijo.

Pongámonos, pues, en presencia de Dios al comenzar la Eucaristía y, por la intercesión de Santa María, la Virgen, refugio de pecadores, pidámosle perdón por nuestros pecados, especialmente por las veces que no nos hemos puesto por entero a disposición de nuestros hermanos.

Yo confieso…

Se dice Gloria.

Oración colecta
DIOS todopoderoso y eterno,
que inspiraste a la Virgen María,
cuando llevaba en su seno a tu Hijo, visitar a Isabel,
concédenos que, dóciles al soplo del Espíritu,
podamos siempre cantar con ella tus maravillas.
Por nuestro Señor Jesucristo.

Oración de los fieles
Invoquemos ahora, hermanos, a Dios Padre, que hizo obras grandes en María, la Madre de Jesús, y pidámosle que por su poderosa intercesión escuche las oraciones que en nombre de toda la humanidad queremos presentarle.

1.- Para que la Iglesia lleve con alegría a Cristo, el Salvador, a todo el mundo, y muchos se conviertan a Él. roguemos al Señor.

2.- Para que surjan vocaciones sacerdotales que con su vida den testimonio de que Jesús está en medio de su pueblo y que nos ama. Roguemos al Señor.

3.- Para que el espíritu de servicio, el amor desinteresado, la solidaridad y la fraternidad sean una realidad en nuestra sociedad. Roguemos al Señor.

4.- Para que las madres que esperan un hijo se preparen a recibirlo con amor y como una bendición de Dios. Roguemos al Señor.

5.- Para que todos nosotros seamos morada del Espíritu y Él guíe nuestros pasos por el camino del amor sincero, la pureza de costumbres y la fidelidad a Jesucristo. Roguemos al Señor.

Recibe, Padre, por manos de María, nuestras oraciones; modela nuestras vidas con la fuerza de tu amor y haz que seamos testigos tuyos ante el mundo. Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre las ofrendas
SEÑOR, que sea agradable a tu majestad
este sacrificio nuestro de salvación,
como aceptaste complacido el amor
de la Madre santísima de tu Unigénito.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Prefacio II-IV de la Bienaventurada Virgen María.

Antífona de comunión          Lc 1, 48-49
Me felicitarán todas las generaciones, porque el Poderoso ha hecho obras grandes en mí: su nombre es santo

Oración después de la comunión
OH Dios,
que tu Iglesia proclame las maravillas que hiciste a tus fieles,
y gozosamente descubra siempre vivo en este sacramento
a aquel que san Juan, exultante de alegría, presintió oculto.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Oración sobre el pueblo
TE pedimos, Señor,
que extiendas tu brazo poderoso
en defensa de tus hijos, y así,
obedientes a tu voluntad de Padre,
se sientan seguros bajo la protección
de tu amor eterno.
Por Jesucristo, nuestro Señor.

Santoral 31 de mayo

MARÍA REINA

María, como Madre del Hombre-Dios, Rey del universo por derecho de naturaleza y por mérito de conquista, es REINA MADRE. La dignidad real de María ha recibido el tributo de homenaje más insigne y la justificación teológica más amplia y convincente por boca de los Sumos Pontífices.

León XIII veneró a María, con todo el pueblo cristiano, “elevada sobre la gloria de todos los santos, coronada de estrellas por su divino Hijo, sentada junto a El, Reina y Señora del universo”. (Encíclica lucunda semper, 8 de septiembre 1894). Indagando, a continuación, en su vida los títulos y méritos de tan universal soberanía, que une a Madre e Hijo en el imperio espiritual del mundo, escribió el Papa: “Mientras que es elegida para Madre, sin dudar un momento se proclama y se confiesa esclava del Señor. Y , como ha prometido santamente, y santa y prontamente establece, desde este momento, una perpetua comunidad de vida con su Hijo Jesús, ya sea en la alegría o en el llanto. De esta manera, llega a tales alturas de gloria como ningún ángel podrá jamás alcanzar, porque ninguno podrá parangonarse con Ella, ni en virtud, ni en méritos. Por esto le pertenece a Ella la corona del cielo y , porque se convertirá en la Reina de los mártires, la corona de la tierra. A sí, en la celestial ciudad de Dios estará sentada en el trono, coronada por toda la eternidad, junto a su Hijo, porque constantemente, durante toda su vida, pero de manera especial en el Calvario, beberá con Él, el cáliz rebosante de amargura”. (Encíclica Magnae Dei Matris, 8 de septiembre 1892).

Pío XII no es menos generoso en las alabanzas a la celestial Señora cuando afirma: “Todos saben que, como Jesucristo es Rey universal, Señor de los señores y tiene en sus manos la suerte de los individuos y de los pueblos, de la misma manera, su santa Madre, honrada por todos los fieles como Reina del mundo, tiene junto a El mayor poder de intercesión”. (Litt. apost. Dura saeculum, 15 de abril 1942). Parangonando, en otro lugar, la realeza de la Madre y del Hijo, observa sabiamente: “Jesús es Rey de los siglos, por naturaleza y por conquista; por El, subordinadamente a El, María es Reina, por gracia, por parentesco divino, por conquista, por singular elección. Su reino es vasto como el reino de su Hijo Dios, porque nada se halla excluido de su dominio. Por lo cual, la Iglesia saluda a María como Señora y Reina de los ángeles y de los santos, de los patriarcas y de los profetas, de los apóstoles y de los mártires, de los confesores y de las vírgenes; por idéntico motivo, la aclama como Reina del cielo y de la tierra, gloriosa y dignísima Reina del universo y nos invita a invocarla, de día y de noche, entre los gemidos y lágrimas en que abunda tanto este destierro: Salve Regina, Mater misericordiae, vita, dulcedo, spes riostra, salve (Nuncio radiofónico de 13 de mayo 1946).

Bastan estas autorizadas afirmaciones de los Romanos Pontífices, depositarios fidelísimos e intérpretes infalibles de la divina revelación, para asegurarnos de que la realeza de María, aunque no se halla definida como dogma de fe, es, sin embargo, una verdad ciertísima, que sería, por lo menos, temerario y escandaloso poner en duda.

Esta certeza recibió un nuevo sello, cuando el Romano Pontífice Pío XII como digna coronación del Congreso Internacional Mariológico-Mariano y, para perpetuo y más vivo recuerdo del primer centenario de la definición de la Inmaculada Concepción, proclamó en la Encíclica Ad Coeli Reginam (11 octubre 1954), la festividad litúrgica de la realeza de María.

El sentido, el fundamento teológico y el fin de tal proclamación, además de haber sido expuestos en la susodicha Encíclica, fueron nuevamente ilustrados, en la Alocución de lo. de noviembre de 1954, con estas memorables palabras: ” No ha sido intención Nuestra introducir novedad alguna, sino más bien hacer que brille a los ojos del mundo, en las actuales circunstancias, una verdad capaz de traer remedio a sus males, de liberarlo de sus angustias y de enderezarlo hacia el camino de salvación que él mismo busca ansiosamente. Menos aún que la realeza de su Hijo, la realeza de María no ha de ser concebida en analogía con las realidades de la vida política moderna. Indudablemente, no podemos representar las maravillas del cielo sino mediante las palabras y las expresiones, tan imperfectas, del lenguaje humano: pero esto no significa precisamente que, para honrar a María, debamos de adherirnos a una concreta estructura política. La realeza de María es una realidad ultraterrena, que, al mismo tiempo, penetra hasta lo más íntimo de los corazones y los toca en su esencia profunda, es decir, en lo que ellos tienen de espiritual y de inmortal. El origen de las glorias de María, el momento solemne que ilumina toda su persona y toda su misión, es aquel en el cual, llena de gracia, dirigió al arcángel Gabriel el Fiat, que expresaba su consentimiento a la disposición divina; de esta manera se convertía, Ella, en Madre de Dios y en Reina y recibía el oficio real de velar por la unidad y por la paz del género humano. Por Ella tenemos la firme confianza de que la humanidad se irá, poco a poco, encaminando por este camino de salvación; Ella guiará a los jefes de las naciones y los corazones de los pueblos, hacia la concordia y la caridad”.

Alban Butler

Laudes – La Visitación de la Virgen María

LAUDES

LA VISITACIÓN DE LA VIRGEN MARÍA

Fiesta instituida por Urbano VI en 1389, que antes se celebraba el 2 de julio. Se ha trasladado a este día, entre la Anunciación del Señor y la Natividad de san Juan Bautista, porque se acomoda mejor a la narración evangélica.

INVOCACIÓN INICIAL

V/. Señor, ábreme los labios.
R/. Y mi boca proclamará tu alabanza

INVITATORIO

Se reza el invitatorio cuando laudes es la primera oración del día.

Ant. Aclamemos al Señor, al celebrar la visitación de santa María Virgen.

SALMO 66: QUE TODOS LOS PUEBLOS ALABEN AL SEÑOR

El Señor tenga piedad y nos bendiga,
ilumine su rostro sobre nosotros;
conozca la tierra tus caminos,
todos los pueblos tu salvación.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

Que canten de alegría las naciones,
porque riges el mundo con justicia,
riges los pueblos con rectitud
y gobiernas las naciones de la tierra.

Oh Dios, que te alaben los pueblos,
que todos los pueblos te alaben.

La tierra ha dado su fruto,
nos bendice el Señor, nuestro Dios.
Que Dios nos bendiga; que le teman
hasta los confines de la tierra.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

HIMNO

Y salta el pequeño Juan
en el seno de Isabel.
Duerme en el tuyo Jesús.
Todos se salvan por él.

Cuando el ángel se alejó,
María salió al camino.
Dios ya estaba entre los hombres.
¿Cómo tenerle escondido?

Ya la semilla de Dios
crecía en su blando seno.
Y un apóstol no es apóstol
si no es también mensajero.

Llevaba a Dios en su entraña
como una preeucaristía.
¡Ah, qué procesión del Corpus
la que se inició aquel día!

Y, al saludar a su prima,
Juan en el seno saltó.
Que Jesús tenía prisa
de empezar la salvación.

Desde entonces, quien te mira
siente el corazón saltar.
Sigue salvando, Señor,
a quien te logre encontrar.

SALMO 62: EL ALMA SEDIENTA DE DIOS

Ant. María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá.

Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo,
mi alma está sedienta de ti;
mi carne tiene ansia de ti,
como tierra reseca, agostada, sin agua.

¡Cómo te contemplaba en el santuario
viendo tu fuerza y tu gloria!
Tu gracia vale más que la vida,
te alabarán mis labios.

Toda mi vida te bendeciré
y alzaré las manos invocándote.
Me saciaré como de enjundia y de manteca,
y mis labios te alabarán jubilosos.

En el lecho me acuerdo de ti
y velando medito en ti,
porque fuiste mi auxilio,
y a la sombra de tus alas canto con júbilo;
mi alma está unida a ti,
y tu diestra me sostiene.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. María se puso en camino y fue aprisa a la montaña, a un pueblo de Judá.

CÁNTICO de DANIEL: TODA LA CREACIÓN ALABE AL SEÑOR

Ant. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre y se llenó Isabel del Espíritu Santo.

Criaturas todas del Señor, bendecid al Señor,
Ensalzadlo con himnos por los siglos.

Ángeles del Señor, bendecid al Señor;
cielos, bendecid al Señor.

Aguas del espacio, bendecid al Señor;
ejércitos del Señor, bendecid al Señor.

Sol y luna, bendecid al Señor;
Astros del cielo, bendecid al Señor.

Lluvia y rocío, bendecid al Señor;
Vientos todos, bendecid al Señor.

Fuego y calor, bendecid al Señor;
fríos y heladas, bendecid al Señor.

Rocíos y nevadas, bendecid al Señor;
témpanos y hielos, bendecid al Señor.

Escarchas y nieves, bendecid al Señor;
noche y día, bendecid al Señor.

Luz y tinieblas, bendecid al Señor;
rayos y nubes, bendecid al Señor.

Bendiga la tierra al Señor,
ensálcelo con himnos por los siglos.

Montes y cumbres, bendecid al Señor;
cuanto germina en la tierra, bendiga al Señor.

Manantiales, bendecid al Señor;
mares y ríos, bendecid al Señor.

Cetáceos y peces, bendecid al Señor;
aves del cielo, bendecid al Señor.

Fieras y ganados, bendecid al Señor;
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Hijos de los hombres, bendecid al Señor;
bendiga Israel al Señor.

Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor;
siervos del Señor, bendecid al Señor.

Almas y espíritus justos, bendecid al Señor;
santos y humildes de corazón, bendecid al Señor.

Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor
ensalzadlo con himnos por los siglos.

Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo,
ensalcémoslo con himnos por los siglos.

Bendito el Señor en la bóveda del cielo,
alabado y glorioso y ensalzado por los siglos.

Ant. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, saltó la criatura en su vientre y se llenó Isabel del Espíritu Santo.

SALMO 149: ALEGRÍA DE LOS SANTOS

Ant. Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

Cantad al Señor un cántico nuevo,
resuene su alabanza en la asamblea de los fieles,
que se alegre Israel por su Creador,
los hijos de Sión por su Rey.

Alabad su nombre con danzas,
cantadle con tambores y cítaras;
porque el Señor ama a su pueblo
y adorna con la victoria a los humildes.

Que los fieles festejen su gloria
y canten jubilosos en filas:
con vítores a Dios en la boca
y espadas de dos filos en las manos:

para tomar venganza de los pueblos
y aplicar el castigo a las naciones,
sujetando a los reyes con argollas,
a los nobles con esposas de hierro.

Ejecutar la sentencia dictada
es un honor para todos sus fieles.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
Ant. Dichosa tú, María, que has creído, porque lo que te ha dicho el Señor se cumplirá.

LECTURA: Jl 2, 27- 3, 1

Sabréis que yo estoy en medio de Israel, el Señor, vuestro Dios, el Único, y mi pueblo no será confundido jamás. Después de eso, derramaré mi Espíritu sobre toda carne: profetizarán vuestros hijos e hijas.

RESPONSORIO BREVE

R/ El Señor la eligió y la predestinó.
V/ El Señor la eligió y la predestinó.

R/ La hizo morar en su templo santo.
V/ Y la predestinó.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ El Señor la eligió y la predestinó.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. Cuando Isabel oyó el saludo de María, dijo a voz en grito: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?»

Benedictus. EL MESÍAS Y SU PRECURSOR. Lc 1, 68-79

Bendito sea el Señor, Dios de Israel,
porque ha visitado y redimido a su pueblo,
suscitándonos una fuerza de salvación
en la casa de David, su siervo,
según lo había predicho desde antiguo
por la boca de sus santos profetas.

Es la salvación que nos libra de nuestros enemigos
y de la mano de todos los que nos odian;
realizando la misericordia
que tuvo con nuestros padres,
recordando su santa alianza
y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán.

Para concedernos que, libres de temor,
arrancados de la mano de los enemigos,
le sirvamos con santidad y justicia,
en su presencia, todos nuestros días.

Y a ti, niño, te llamarán profeta del Altísimo,
porque irás delante del Señor
a preparar sus caminos,
anunciando a su pueblo la salvación,
el perdón de sus pecados.

Por la entrañable misericordia de nuestro Dios,
nos visitará el sol que nace de lo alto,
para iluminar a los que viven en tinieblas
y en sombra de muerte,
para guiar nuestros pasos
por el camino de la paz.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. Cuando Isabel oyó el saludo de María, dijo a voz en grito: «¿Quién soy yo para que me visite la madre de mi Señor?»

PRECES

Elevemos nuestras súplicas al Salvador, que quiso nacer de María Virgen, y digámosle:

Que tu Madre, Señor, interceda por nosotros.

Oh Sol de justicia, a quien la Virgen inmaculada precedía cual aurora luciente,
— haz que vivamos siempre iluminados por la claridad de tu presencia.

Concédenos, Señor, imitar a maría, tu madre, que escogió la mejor parte,
— buscando el alimento que perdura hasta la vida eterna.

Salvador del mundo, que, con la eficacia de tu redención, preservaste a tu Madre de toda mancha de pecado,
— líbranos a nosotros de toda culpa.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Redentor nuestro, que hiciste de la Virgen María tabernáculo purísimo de tu presencia y sagrario del Espíritu Santo,
— haz también de nosotros templos de tu Espíritu.

Porque deseamos que la luz de Cristo alumbre a todos los hombres, pidamos al Padre que su reino llegue a nosotros:
Padre nuestro…

ORACION

Dios todopoderoso, tú que inspiraste a la Virgen María, cuando llevaba en su seno a tu Hijo, el deseo de visitar a su prima Isabel, concédenos, te rogamos, que, dóciles al soplo del Espíritu, podamos, con María, cantar tus maravillas durante toda nuestra vida. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Más allá del tiempo y del espacio

Todas las formas son espacio-temporales: ocupan un lugar en el espacio y en el tiempo. De hecho, el espacio-tiempo -una dimensión más en el mundo de los objetos- es “creado” por estos en la medida en que se expanden y se mueven. Lo cual significa que nacen simultáneamente.

Lo realmente real, sin embargo, trasciende el tiempo y el espacio. Por eso, de ello no puede decirse con rigor que “existe”, sino que sencillamente “es”.

En nuestro nivel “superficial” -del yo o de la persona- existimos como una forma más. En nuestra identidad profunda, somos. Todo lo que existe aparece y desaparece, nace y muere. Lo que es, sin embargo, permanece idéntico a sí mismo de manera estable.

Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”, afirma Jesús, según este relato evangélico. En nuestra identidad profunda, más allá de la “forma” única de cada cual, somos lo mismo que Jesús. Por tanto, aquellas palabras podrían “traducirse” de este modo: lo que somos (“Yo soy”) está siempre con nosotros todos los días hasta el fin del mundo.

Nuestra tragedia es que tendemos a olvidarlo, viviéndonos desconectados de la verdad de lo que somos, o poniendo nuestra “salvación” fuera de nosotros. La sabiduría, por el contrario, significa vivir anclados en nuestra identidad -atemporal, ilimitada- mientras nos “desplegamos” en esta forma que se mueve en el tiempo y el espacio.

Para el cuarto evangelio, Jesús es el “Yo soy” -“el Padre y yo somos uno”-, viviéndose en la “forma” del carpintero de Nazaret y luego maestro itinerante. Del mismo modo, todos y todas somos el mismo “Yo soy”, viviéndose en cada una de nuestras personas.

¿Me reduzco al espacio-tiempo o me reconozco en la consciencia que lo trasciende?

Enrique Martínez Lozano

Estoy con vosotros todos los días

Estamos ante el final del evangelio de Mateo. El grupo de los once habían confiado en la palabra de las mujeres que les habían comunicado que Jesús había resucitado y que los esperaba en Galilea y allí se dirigieron.

Las mujeres del grupo habían comprendido al reunirse a hacer el duelo por el amigo, que aquel sepulcro vacío no tenía la última palabra, y allí, entre el miedo y el asombro, recordaron todo lo compartido con él por los caminos de Galilea, lo que habían descubierto cuando les hablaba o cuando actuaba. En esa memoria experimentaron de nuevo la fuerza del proyecto compartido y aquella primera ausencia se convirtió en presencia y fueron a contarlo al resto de sus compañeros.

Volver a Galilea significa volver a los orígenes, al lugar donde había empezado aquel ilusionante proyecto junto a Jesús pero que con la crucifixión del maestro todo parecía haber perdido sentido. El regreso a Galilea no fue fácil, el impacto de la cruz era muy fuerte y, aunque comenzaban a creer en la nueva presencia de Jesús y se fortalecía su fe en el Dios que él les había anunciado y que ahora los y las invitaba a encontrarse con él de nuevo en la vida, estaban vacilantes e inseguros.

Subieron al monte que, sin duda, señala a aquel en que el maestro recreó su propuesta en aquella proclama tan honda y a la vez desafiante que eran las Bienaventuranzas (Mt 5, 1-11). Un monte en el que cuestionó un modo de vivir la ley y las relaciones humanas (5, 17-42). Un monte en el que recordó a sus compañeros y compañeras de camino que han de ser sal y luz (Mt 5, 13-16) y que todo ello solo era posible si su corazón iba más allá de sus heridas, de sus conflictos, de sus pérdidas o de sus fracasos y podían amar sin condiciones, sin quedarse en los espacios seguros de quienes los amaban y eran capaces de ofrecer perdón y tender la mano al enemigo (Mt 5, 43-48).

Ahora, de nuevo en el monte galileo, Jesús los invita a ponerse de nuevo en camino y a recordar lo que compartieron con él y a continuarlo y, sobre todo, a compartirlo con otros y otras y seguir invitando a la mesa del banquete del reino que él había inaugurado, sin distinción, sin limites y sin preferencias, como le habían visto hacer a Jesús.

Id y haced discípulos y discípulas, les dijo. Sí, porque el mensaje no era algo solo para ellos, no era solo para su grupo por muy cerca que hubiesen estado del maestro. La palabra salvadora y liberadora que en Jesús habían experimentado tenían que ofrecerla a otros y otras, tenían que entusiasmarse de nuevo con el proyecto y salir a los caminos y entrar en los pueblos para hacer visible con sus vidas al Dios que quería seguir recordando a sus hijas e hijos que los amaba gratuitamente y que solo deseaban su felicidad y poder alegrarse junto a ellos y ellas.

La comunidad receptora del evangelio se sentiría posiblemente invitada al final de la lectura del evangelio a volver a leerlo desde el principio a pasearse de nuevo por los recuerdos que Mateo les regala en su relato, a volver a Galilea, ahora ya no físicamente, para fortalecer su discipulado, para discernir sus actuaciones, para dejarse penetrar de nuevo por el mensaje.

Como aquella comunidad nosotras y nosotros también hoy estamos invitadas e invitados a volver a Galilea releyendo y ahondando en el mensaje de fe y vida que hemos heredado y sostenernos una vez más en la certeza de que Jesús sigue estando con nosotras y nosotros cada día, que nos anima, que nos ofrece su palabra, su sueño y, sobre todo, el camino para vivir en plenitud y con profunda gratuidad y hondura cada día y cada momento.

Carme Soto Varela

II Vísperas – Santísima Trinidad

II VÍSPERAS

LA SANTÍSIMA TRINIDAD

INVOCACIÓN INICIAL

V./ Dios mío, ven en mi auxilio
R./ Señor, date prisa en socorrerme.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén. Aleluya.

HIMNO

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
la Iglesia nos sumerge en tu misterio;
te confesamos y te bendecimos,
Señor, Dios nuestro.

Como un río en el mar de tu grandeza,
el tiempo desemboca en hoy eterno,
lo pequeño se anega en lo infinito,
Señor, Dios nuestro.

Oh Palabra del Padre, te escuchamos;
oh Padre, mira el rostro de tu Verbo;
oh Espíritu de amor, ven a nosotros;
Señor, Dios nuestro.

¡Dios mío, Trinidad a quien adoro!,
haced de nuestras almas vuestro cielo,
llevadnos al hogar donde tú habitas,
Señor, Dios nuestro.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu:
Fuente de gozo pleno y verdadero,
al Creador del cielo y de la tierra,
Señor, Dios nuestro. Amén.

SALMO 109: EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

Ant. Oh verdadera y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies.»
Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora.»

El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec.»

El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

Señor, mis ojos están vueltos a ti,
en ti me refugio, no me dejes indefenso;
guárdame del lazo que me han tendido,
de la trampa de los malhechores.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Oh verdadera y eterna Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo.

SALMO 113A: ISRAEL LIBRADO DE EGIPTO: LAS MARAVILLAS DEL ÉXODO

Ant. Líbranos, sálvanos, vivifícanos, oh santa Trinidad.

Cuando Israel salió de Egipto,
los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente,
Judá fue su santuario,
Israel fue su dominio.

El mar, al verlos, huyó,
el Jordán se echó atrás;
los montes saltaron como carneros;
las colinas, como corderos.

¿Qué te pasa, mar, que huyes,
y a ti, Jordán, que te echas atrás?
¿Y a vosotros, montes, que saltáis como carneros;
colinas, que saltáis como corderos?

En presencia del Señor se estremece la tierra,
en presencia del Dios de Jacob;
que transforma las peñas en estanques,
el pedernal en manantiales de agua.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Líbranos, sálvanos, vivifícanos, oh santa Trinidad.

CÁNTICO del APOCALIPSIS: LAS BODAS DEL CORDERO

Ant. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y es y viene.

Aleluya.
La salvación y la gloria y el poder son de nuestro Dios,
porque sus juicios son verdaderos y justos.
Aleluya.

Aleluya.
Alabad al Señor, sus siervos todos,
los que le teméis, pequeños y grandes.
Aleluya.

Aleluya.
Porque reina el Señor, nuestro Dios, dueño de todo,
alegrémonos y gocemos y démosle gracias
Aleluya.

Aleluya.
Llegó la boda del Cordero,
Su esposa se ha embellecido.
Aleluya.

Gloria al Padre al Hijo y al Espíritu Santo
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos.

Ant. Santo, Santo, Santo es el Señor, soberano de todo, el que era y es y viene.

LECTURA: Ef 4, 3-6

Esforzaos en mantener la unidad del Espíritu con el vínculo de la paz. Un solo cuerpo y un solo Espíritu, como una sola es la esperanza de la vocación a la que habéis sido convocados. Un Señor una fe, un bautismo. Un Dios, Padre de todo, que lo trasciende todo, y lo penetra todo, y lo invade todo.

RESPONSORIO BREVE

R/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

R/ Al único Dios honor y gloria.
V/ Ensalcémoslo por los siglos.

R/ Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo.
V/ Bendigamos al Padre y al Hijo con el Espíritu Santo, ensalcémoslo por los siglos.

CÁNTICO EVANGÉLICO

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único, a ti, Espíritu santo Defensor, santa e indivisible Trinidad, te confesamos con el corazón y con la boca, te alabamos y te bendecimos; a ti la gloria por los siglos.

Cántico de María. ALEGRÍA DEL ALMA EN EL SEÑOR Lc 1, 46-55

Proclama mi alma la grandeza del Señor,
se alegra mi espíritu en Dios, mi salvador;
porque ha mirado la humillación de su esclava.

Desde ahora me felicitarán todas las generaciones,
porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí:
su nombre es santo,
y su misericordia llega a sus fieles
de generación en generación.

El hace proezas con su brazo:
dispersa a los soberbios de corazón,
derriba del trono a los poderosos
y enaltece a los humildes,
a los hambrientos los colma de bienes
y a los ricos los despide vacíos.

Auxilia a Israel, su siervo,
acordándose de su misericordia
-como lo había prometido a nuestros padres-
en favor de Abraham y su descendencia por siempre.

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
por los siglos de los siglos. Amén.

Ant. A ti, Dios Padre no engendrado, a ti, Hijo único, a ti, Espíritu santo Defensor, santa e indivisible Trinidad, te confesamos con el corazón y con la boca, te alabamos y te bendecimos; a ti la gloria por los siglos.

PRECES

El Padre, al dar vida por el Espíritu Santo a la carne de Cristo, su Hijo, la hizo fuente de vida para nosotros. elevemos, pues, al Dios uno y trino nuestro canto de alabanza:

Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo.

Padre, Dios todopoderoso y eterno, envía en nombre de tu Hijo el Espíritu Santo Defensor sobre la Iglesia,
—para que la mantenga en la unidad de la caridad y de la verdad plena.

Manda, Señor, trabajadores a tu mies, para que hagan discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo,
—y les den firmeza en la fe.

Ayuda, Señor, a todos los perseguidos por causa de tu Hijo,
—ya que él prometió que tú les darías el Espíritu de la verdad para que hablara por ellos.

Padre todopoderoso, que todos los hombres reconozcan que tú, con el Verbo y el Espíritu Santo, eres uno,
—para que crean, esperen y amen al Dios único.

Se pueden añadir algunas intenciones libres

Padre de todos los que viven, haz que los difuntos tengan parte en tu gloria,
—en la que tu Hijo y el Espíritu Santo reinan contigo en íntima y eterna unión.

Terminemos nuestras preces con la oración que nos enseñó el Señor:
Padre nuestro…

ORACION

Dios, Padre todopoderoso, que has enviado al mundo la Palabra de la verdad y el Espíritu de la santificación para revelar a los hombres tu admirable misterio, concédenos profesar la fe verdadera, conocer la gloria de la eterna Trinidad y adorar su Unidad todopoderosa. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo, que vive y reina contigo en la unidad del Espíritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos.

Amén.

CONCLUSIÓN

V/. El Señor nos bendiga, nos guarde de todo mal y nos lleve a la vida eterna.
R/. Amén.

Pensar a Dios no sirve de nada; vivirlo sí

Es verdad que la Biblia dice que Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, pero, en realidad, es el hombre el que está fabricando a cada instante un Dios a su medida. Es verdad que nunca podremos llegar a un concepto adecuado de lo que es Dios, pero no es menos cierto que muchas ideas de Dios pueden y deben ser superadas. Si ha cambiado nuestro conocimiento del mundo y del hombre, será lógico que cambie nuestra idea de Dios. El Dios antropomórfico tiene que dejar paso a un Dios-Espíritu, cada vez menos cosificado.

Decir que la Trinidad es un dogma, o un misterio, no hace más comprensible la formulación trinitaria. La verdad es que hoy no nos dice casi nada, y menos aún las explicaciones que se han dado a través de los siglos. Todas las teologías surgieron de una elaboración racional que siempre se hace desde una filosofía, determinada por un tiempo y una cultura. También la primitiva teología cristiana se desarrolló en el marco de una cultura y una filosofía, la griega. Pudo ser muy útil a través de la historia, pero no tenemos por qué atarnos a ella.

Cada día se nos hace más difícil la comprensión del misterio, entre otras cosas porque no sabemos qué querían decir los que elaboraron el dogma. Aplicar hoy a las tres personas de la Trinidad la clásica definición de Boecio “individua sustantia, racionalis naturae”, se antoja un poco ridículo. Aplicar a Dios la individualidad y la racionalidad propia del hombre es ridículo. Dios no es un individuo, ni es una sustancia ni es una naturaleza racional.

La dificultad, para hablar de Dios como tres personas, la encontra­mos en el mismo concepto de persona, que lejos de ser una constante a través de la historia, ha experimentado sucesivos cambios de sentido. Desde el “prosopon” griego, que era la máscara que se ponían en el teatro para que “resonara” la voz; pasando a significar el personaje que se representaba; al final terminó significando el individuo físico. El sentido moderno de persona, es el de yo individual, conciencia subjetiva, es decir, el núcleo íntimo del ser humano.

En la raíz del significado está la limitación. Existe la persona porque existe la diferencia y la separación. Esto es imposible aplicárselo a Dios. En los últimos años se está hablando del ámbito transpersonal. Creo que va a ser uno de los temas más apasionantes de los próximos decenios. Si el hombre está anhelando lo transpersonal, es ridículo seguir encasillando a Dios en un concepto personal, que siempre supone la limitación del propio ser.

Siempre que nos atrevemos a decir “Dios” estamos expresando una idea, es decir, un ídolo. Ídolo no es solamente una escultura de dios. También es un ídolo cualquier concepto que le aplicamos. El ateo sincero está más cerca del verdadero Dios, que los teólogos que creen haberlo atrapado en conceptos. Dios no es nada que podemos nombrar. El “soy el que soy” del AT tiene más miga de lo que parece. Dios es solo verbo, pero un verbo que no se conjuga, porque no tiene tiempos ni modos. Dios ES un inmenso presente que lo llena todo.

Dios no se identifica con la creación, pero tampoco es nada separado de ella. De la misma manera que no podemos imaginar la Vida como algo separado del ser que está vivo, no podemos imaginar lo divino separado de todo ser creado que, por el mero hecho de existir, está traspasado de Dios. Tampoco podemos decir que está donde actúa, porque tampoco puede actuar de una manera causal a semejanza de las causas segundas. La acción de Dios no podemos percibirla por los sentidos ni ser objeto de ciencia.

Jesús dio un vuelco a la idea de Dios. No es el Dios de los buenos, de los religiosos ni de los sabios. Es el Dios de los excluidos, de los enfermos, de los irreligiosos inmorales y ateos. El evangelio nos dice: “las prostitutas y los pecadores os llevan la delantera en el Reino de Dios”. El Dios de Jesús no interesa porque no aporta nada a los “buenos”. En cambio, llena de esperanza a los “malos”, que se sienten perdidos. “No tienen necesidad de médico los sanos sino los enfermos; no he venido a llamar a los justos sino a los pecadores”

Para nosotros, es sobre todo la experiencia que Jesús tuvo de su Abba, lo que nos debe orientar en nuestra búsqueda. Jesús no se propuso inventar una nueva religión ni un nuevo Dios. Lo que intentó, con todas sus fuerzas, fue purificar la idea de Dios que tenía el pueblo judío en su época. Ese esfuerzo le costó la vida. Jesús en todo momento quiere dejar claro que su Dios es el mismo del AT. Eso sí, tan purificado y limpio de adherencias idolátricas, que da la impresión de ser una realidad completamente distinta.

La forma en que Jesús habla de Dios se inspira en su experiencia personal. Naturalmen­te esa vivencia no hubiera sido posible sin hacer suyo el bagaje religioso heredado de la tradición bíblica. En ella se encuentran ya claros chispazos de lo que iba ser la revelación de Jesús. La experiencia básica de Jesús fue la presencia de Dios en su propio ser. Descubrió que Dios lo era todo para él y decidió corresponder siendo él mismo todo para los demás. Tomó concien­cia de la fidelidad de Dios y respondió siendo fiel a sí mismo. Al llamar a Dios “Abba”, Jesús abre un horizonte completamente nuevo en las relaciones con el absoluto.

La base de toda experiencia religiosa reside en la condición de criaturas. El modo finito de ser uno mismo demuestra que no se da a sí mismo la existencia, por lo tanto, es más de Dios que de sí mismo. Sin Dios no sería posible nuestra existencia. El reconoci­miento de nuestra limitación es el camino para llegar a la experiencia de Dios. Él es el único verdadero y sólido fundamento sin el cual, nada existe. Jesús descubre que el centro de su vida está en Dios. Pero eso no quiere decir que tenga que salir de sí para encontrar su centro. Descubrir a Dios como fundamento es fuente de una insospechada humanidad.

Esta idea de Dios supone un salto sobre la idea del AT. Allí Dios era el Todopoderoso que hace un pacto al modo humano, y observa desde su atalaya a los hombres para ver si cumplen o no su “Alianza”, y reacciona en consecuencia. Si la cumplen, los ama y los premia, si no la cumplen, los reprueba y castiga. En Jesús Dios actúa de modo muy diferente. Él es don absoluto e incondicional. Él es agape y se da totalmente. Es el hombre el que tiene que reaccionar al descubrir lo que Dios es para él. La fidelidad de Dios es lo primero y el verdadero fundamento de una actitud humana.

Dios no puede ser un “tú” en el mismo sentido que lo es otro ser humano. Dios sería más bien la Realidad que posibilita el encuentro con un “tú”; es decir, sería como ese “tú” ilimitado que se experimenta en todo encuentro humano con el otro. Pero a Dios nunca se le puede experimentar directa­mente como tal “tú”, sin el rodeo del encuentro con un “tú” humano. No se trata pues, de evitar a toda costa el vocabulario teísta sino exponer con suficiente claridad el carácter analógico de todo lenguaje sobre Dios.

Meditación

La mejor pista nos la da Jesús: “yo y el Padre somos uno”.
Bien entendido que esto lo dijo como ser humano.
Jesús sigue siendo Jesús y Dios sigue siendo Dios,
pero toda diferencia ha desaparecido.
Solo si llego a descubrir lo que soy,
podré llegar, no a conocer, sino a vivir lo que es Dios.

Fray Marcos

Fiesta de la Santísima Trinidad

El año litúrgico comienza con el Adviento y la Navidad, celebrando cómo Dios Padre envía a su Hijo al mundo. En los domingos siguientes recordamos la actividad y el mensaje de Jesús. Cuando sube al cielo nos envía su Espíritu, que es lo que celebramos el domingo pasado. Ya tenemos al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo. Estamos preparados para celebrar a los tres en una sola fiesta, la de la Trinidad. Esta fiesta surge bastante tarde, en 1334, y fue el Papa Juan XII quien la instituyó. Quizá se pretendía (como ocurrió con la del Corpus) contrarrestar a grupos heréticos que negaban la divinidad de Jesús o la del Espíritu Santo. Cambiando el orden de las lecturas subrayo la relación especial de cada una de ellas con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Dios Padre (Deuteronomio 4, 32-34. 39-40)

Como es lógico, un texto del Deuteronomio, escrito varios siglos antes de Jesús, no puede hablar de la Trinidad, se limita a hablar de Dios. Su autor pretende inculcar en los israelitas tres actitudes:

1) Admiración ante lo que el Señor ha hecho por ellos, revelándose en el Sinaí y liberándolos previamente de la esclavitud egipcia.

2) Reconocimiento de que Yahvé es el único Dios, no hay otro; cosa que parece normal en un mundo como el nuestro, con tres grandes religiones monoteístas, pero que suponía una gran novedad en aquel tiempo. Este mensaje sigue siendo de enorme actualidad, ya que todos corremos el peligro de crearnos falsos dioses (poder, dinero, etc.).

3) Fidelidad a sus preceptos, que no son una carga insoportable, sino el único modo de conseguir la felicidad.

Dios Hijo (Mateo 28, 16-20)

El texto del evangelio, el más claro de todo el Nuevo Testamento en la formulación de la Trinidad, pero al mismo tiempo pone de especial relieve la importancia de Jesús.

A lo largo de su evangelio, Mateo ha presentado a Jesús como el nuevo Moisés, muy superior a él. El contraste más fuerte se advierte comparando el final de Moisés y el de Jesús. Moisés muere solo, en lo alto del monte, y el autor del Deuteronomio entona su elogio fúnebre: no ha habido otro profeta como Moisés, «con quien el Señor trataba cara a cara, ni semejante a él en los signos y prodigios…» Pero ha muerto, y lo único que pueden hacer los israelitas es llorarlo durante treinta días.

Jesús, en cambio, precisamente después de su muerte es cuando adquiere pleno poder en cielo y tierra, y puede garantizar a los discípulos que estará con ellos hasta el fin del mundo. A diferencia de los israelitas, los discípulos no tienen que llorar a Jesús sino lanzarse a la misión para hacer nuevos discípulos de todo el mundo. ¿Cómo se lleva a cabo esta tarea? Bautizando y enseñando. Bautizar en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo equivale a consagrar a esa persona a la Trinidad. Igual que al poner nuestro nombre en un libro indicamos que es nuestro, al bautizar en el nombre de la Trinidad indicamos que esa persona le pertenece por completo.

En la primera lectura, Dios exigía a los israelitas: «guarda los preceptos y mandamientos que yo te prescribo»; en el evangelio, Jesús subraya la importancia de «guardar todo lo que os he mandado».

Dios Espíritu Santo (Romanos 8, 14-17)

La formulación no es tan clara como en el evangelio, pero Pablo menciona expresamente al Espíritu de Dios, al Padre, y a Cristo. No lo hace de forma abstracta, como la teología posterior, sino poniendo de relieve la relación de cada una de las tres personas con nosotros.

Lo que se subraya del Padre no es que sea Padre de Jesús, sino Padre de cada uno de nosotros, porque nos adopta como hijos.

Lo que se dice del Espíritu Santo no es que «procede del Padre y del Hijo por generación intelectual», sino que nos libra del miedo a Dios, de sentirnos ante él como esclavos, y nos hace gritarle con entusiasmo: «Abba» (papá).

Y del Hijo no se exalta su relación con el Padre y el Espíritu, sino su relación con nosotros: «coherederos con Cristo, ya que sufrimos con él para ser también con él glorificados».

Reflexión final

La fiesta de la Trinidad provoca en muchos cristianos la sensación de enfrentarse a un misterio insoluble, no es la que más atrae del calendario litúrgico. Sin embargo, cuando se escuchan estas tres lecturas la perspectiva cambia.

El Deuteronomio nos invita a recordar los beneficios de Dios, empezando por el más grande de todos: su revelación como único Dios. (Esto no debemos interpretarlo como una condena o infravaloración de otras religiones).

El evangelio nos recuerda el bautismo, por el que pasamos a pertenecer a Dios.

La carta a los Romanos nos ofrece una visión mucho más personal y humana de la Trinidad.

Finalmente, las tres lecturas insisten en el compromiso personal con estas verdades. La Trinidad no es solo un misterio que se estudia en el catecismo o la Facultad de Teología. Implica observar lo que Jesús nos ha enseñado, y unirnos a él en el sufrimiento y la gloria.

José Luis Sicre