Misa del domingo

En la sinagoga de Cafarnaúm el Señor Jesús hace una afirmación tremenda: «Yo soy La primera lectura recuerda la Antigua Alianza, que Dios estableció con Israel mediante «sangre de machos cabríos y de toros» (Heb 9, 13). Con la sangre de los novillos Moisés «roció al pueblo, diciendo: “Ésta es la sangre de la alianza que hace el Señor con ustedes”» (Ex 24, 8).

Durante la última Cena, el Señor «tomó un pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo dio, diciendo: “Tomen, esto es mi cuerpo”. Y, tomando en sus manos una copa, pronunció la acción de gracias, se la dio, y todos bebieron. Y les dijo: “Ésta es mi sangre, sangre de la alianza, derramada por todos”» (Mc 14, 2224).

De este modo el Señor Jesús concluyó la tradición de aquellos sacrificios «de machos cabríos y de novillos» (Heb 9, 12), ofreciéndose Él mismo como víctima sacrificial y su sangre purificadora como signo de una nueva y definitiva Alianza, que llevaría a su plenitud la antigua Alianza. En efecto, durante la primera Alianza la sangre de los machos cabríos y de los toros significaba la reconciliación entre Dios y su pueblo, pero no podía realizarla verdaderamente. Es por ello que el Hijo del Padre se encarnó de María Virgen, por obra del Espíritu Santo: «es imposible que sangre de toros y machos cabríos borre pecados. Por eso, al entrar en este mundo, dice (el Hijo): Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo —pues de mí está escrito en el rollo del libro— a hacer, oh Dios, tu voluntad!» (Heb 10, 4-7; ver 10, 11).

El Señor Jesús llevó a su cumplimiento aquello que el antiguo sacerdocio y continuos sacrificios no hacían sino prefigurar y preparar (ver Heb 9, 9): la Alianza eterna con Dios realizada mediante el sacrificio redentor supremo (ver Heb 9, 12), ofrecido por el único Mediador entre Dios y los hombres (Ver Heb 9, 15; Rom 5, 15-19; 1 Tim 2, 5). El Señor Jesús, Sumo y Eterno Sacerdote de la Nueva Alianza, se ofreció a sí mismo como víctima de reconciliación «de una vez para siempre» (Heb 10, 10). Él ha «ofrecido por los pecados un solo sacrificio» (Heb 10, 12), cuyo valor es infinito, que permanece inmutable y perenne en el centro de la economía de la salvación (ver Heb 7, 24-28).

Es durante la última Cena cuando el Señor Jesús preparó a los Apóstoles y discípulos para el momento de este sacrificio redentor. Por eso habló de su cuerpo que sería entregado, de su sangre que sellaría una Nueva Alianza, sangre derramada para el perdón de los pecados, para la reconciliación de todos los hombres con Dios. En aquella Cena estaba ya contenida la realidad del sacrificio que estaba próximo a ofrecer en el Altar de la Cruz.

Aquella Cena y cada Eucaristía celebrada desde entonces como memorial de la Pascua del Señor es sacramento de aquél sacrificio cruento realizado en el Altar de la Cruz el Viernes de Pasión. En cada Eucaristía se actualiza, de modo incruento, el mismo sacrificio que el Señor Jesús inauguró la noche de la Última Cena y realizó en el Altar de la Cruz. En cada Misa asistimos a un inaudito milagro del Amor divino: cuando el sacerdote “en persona de Cristo” pronuncia las mismas palabras que Él pronunció la noche de la Última Cena, el pan en sus manos se transforma por virtud del Espíritu Santo en su Cuerpo, y el vino, en su Sangre. Entonces, aunque de modo invisible o imperceptible a los sentidos, el Señor Jesús se hace verdadera y realmente presente bajo el velo de las especies eucarísticas. Es decir, la apariencia sigue siendo la de pan y vino, mas por la fe sabemos que ahora son «verdadera, real y sustancialmente el Cuerpo y la Sangre, junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo» (Concilio de Trento, 13-1).

Gracias a este magno Sacramento es como desde entonces el Señor Jesús, en su Cuerpo y Sangre, bajo las especies del pan y del vino, se entrega a todo hombre, como alimento y bebida de salvación. De este modo llegó a cumplir aquello que, aun a riesgo de ser causa de escándalo para muchos, había anunciado en la sinagoga de Cafarnaúm: «Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo. El que come de este pan vivirá para siempre» (Jn 6, 51).

Y aunque este milagro de Amor se realiza en cada Eucaristía, existe un día al año en el que la Iglesia invita a celebrar la presencia real del Señor en la Eucaristía con expresa y pública adoración y veneración. Esto sucede precisamente en la fiesta del Corpus Christi.

LUCES PARA LA VIDA CRISTIANA

¿Creo que el Señor Jesús está verdadera y realmente presente en el pan y vino consagrados por su sacerdote en la Santa Misa? Ensayemos un cuestionamiento que bien podrían lanzarnos los que no creen en la presencia de Cristo en la Eucaristía a los que creemos en este Magno Milagro: «si ustedes afirman y sostienen que ese pan consagrado que adoran es Cristo, Dios que hace dos mil años se encarnó de una Virgen, nació de parto virginal, anunció la salvación a todos los hombres y por amor se dejó clavar como un malhechor en una Cruz; si sostienen y afirman que Él resucitó al tercer día y subió a los Cielos para sentarse a la derecha del Padre, y que lo que ahora adoran es ese mismo Dios-hecho-hombre que murió y resucitó, en su Cuerpo y en su Sangre, entonces ¿porqué su vida refleja tan pobremente eso que dicen creer? ¿Cuántos de ustedes viven como nosotros, como los que no creemos? Aunque van a Misa los Domingos y comulgan —incluso cuando están en pecado grave, sin antes confesarse—, en la vida cotidiana olvidan a su Dios y se hincan ante nuestros ídolos del dinero y las riquezas, de los placeres y las vanidades, del poder y del dominio, se impacientan con facilidad y maltratan a sus semejantes, se dejan llevar por odios y se niegan a perdonar a quienes los ofenden, se oponen a las enseñanzas de la Iglesia que no les acomodan, incluso le hacen la vida imposible a sus hijos cuando —cuestionando vuestra mediocridad con su generosidad— quieren seguir al Señor con “demasiado fanatismo”… ¿Viven así y afirman que Dios está en la Hostia? ¿Por qué creer lo que afirman, si con su conducta niegan lo que con sus labios enseñan? Bien se podría decir lo que Dios reprochaba a Israel, por medio de su profeta Isaías: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinden culto” (Mt 15, 8-9)».

Este duro cuestionamiento es también una invitación a preguntarme yo mismo: ¿Dejo que el encuentro con el Señor, verdaderamente presente en la Eucaristía, toque y transforme mi existencia? Nutrido del Señor, de su amor y de su gracia, ¿procuro que mi vida entera, pensamientos, sentimientos y actitudes, sea un fiel reflejo de la Presencia de Cristo en mí? ¿Encuentro en cada Comunión o visita al Señor en el Santísimo Sacramento un impulso para reflejar al Señor Jesús con una conducta virtuosa, para vivir más la caridad, para rechazar con más firmeza y radicalidad el mal y la tentación que se presentan en mi camino, para anunciar al Señor y su Evangelio?

Si de verdad creo que el Señor está presente en la Eucaristía y que como alimento se entrega a mí en su Cuerpo y Sangre, ¿puedo después de comulgar seguir siendo el mismo o la misma? ¿No tengo que cambiar, y fortalecido por su presencia en mí, procurar reflejarlo en mi conducta? El auténtico encuentro con el Señor necesariamente produce un cambio, una transformación interior, un crecimiento en el amor, lleva a asemejarnos cada vez más a Él en todos nuestros pensamientos, sentimientos y actitudes. Si eso no sucede, la Comunión más que un verdadero Encuentro con Cristo, es un desprecio a quien nuevamente se entrega a mí en el sacramento de la Comunión.

Así pues, que se vea en mi conducta que estoy en comunión con el Señor, que me lleno de Él, de su amor y de su gracia, cada vez que lo recibo en la Santa Eucaristía. De ese modo muchos más creerán en el Señor y en su presencia real en la Eucaristía. De ese modo muchos más le abrirán las puertas de su corazón y se dejarán tocar y transformar por su amor.