Comentario – Cuerpo y Sangre de Cristo

Lo sabemos muy bien. La eucaristía es «centro y culmen de la vida cristiana». Nuestras celebraciones y nuestras oraciones giran en torno a Cristo, y a Cristo-eucaristía, que no es otro que el Encarnado y el glorificado. Y en cuanto encarnado, alguien que tiene un cuerpo para ser escuchado, para ser visto y tocado, para ser entregado, incluso a la muerte, pues se trata de un cuerpo humano y mortal, un cuerpo dotado de sangre; sin ella ese cuerpo no podría mantener vivos los órganos que lo integran. La sangre, con todos sus elementos, es absolutamente vital para ese cuerpo que vive. Sin ella, el cuerpo no podría cumplir sus funciones. Por eso, la pérdida de la sangre acarrea irremediablemente la muerte del cuerpo, su desvitalización.

Hoy, la espiritualidad católica, que se patentiza sobre todo en esos movimientos o asociaciones surgidos de la conciencia y la piedad eucarística, fija sus ojos en este Corpus Christi, cuerpo de hombre, asumido por el Hijo de Dios para llevar a cumplimiento su tarea redentora, que consiste ante todo en restablecer y afianzar la alianza rota o resquebrajada entre Dios y los hombres. Cristo recibió este cuerpo no sólo para expresarse o hacerse visible, sino también para inmolarse, es decir, como cuerpo (=víctima) de un sacrificio o cuerpo de una vida ofrendada a Dios en beneficio de los hombres, sus hermanos. Sacrificios ya había desde muy antiguo, y no sólo entre judíos.

El creyente sentía la necesidad de devolverle a Dios algo de lo mucho que había recibido de Él (las mejores cabezas de sus rebaños, los primeros frutos de su cosecha). Eran sacrificios de acción de gracias o de comunión: o para recuperar la comunión perdida, o para afianzar la comunión existente. Por eso, Moisés manda a algunos jóvenes israelitas ofrecer holocaustos de vacas como sacrificio de comunión. Se trataba de un acto de culto, que miraba a Dios, pero no estaba desconectado de la vida o del modo de conducirse en la vida. Después de tomar la sangre de la víctima, leyó en voz alta el documento de la Alianza con la intención de obtener del pueblo un compromiso de observancia (una promesa): Haremos todo lo que manda el Señor y le obedeceremos.

El acto de culto llevaba asociada una promesa de obediencia. Sólo cuando Moisés obtuvo esta promesa o compromiso, roció al pueblo con la sangre de la víctima sacrificada (y por lo mismo, desangrada). La sangre quería ser el sello de este pacto de fidelidad: sello o rúbrica por parte de Dios y por parte de sus aliados, los que se comprometían a cumplir sus mandamientos. Según esto, no hay sacrificio sin compromiso moral. La voluntad de ofrecer (y ofrecerse) debe ser voluntad de obedecer al Señor que recibe nuestra ofrenda.

Pero no hay sacrificio cruento que no lleve consigo derramamiento de sangre. Por eso a Cristo le fue dado un cuerpo, para consumar este sacrificio. Y no hay sacrificio más perfecto que el de quien ofrenda la propia vida con amor y por amor. A Cristo, el Sumo Sacerdote de los bienes definitivos, le fue dado un cuerpo para ofrecerse a sí mismo como víctima de este sacrificio, el de la nueva y definitiva Alianza. A partir de ahora, Dios no quiere más sacrificio que éste o el de todos aquellos que estén asociados o incorporados a éste. En cuanto sacerdote, Cristo no usa, por tanto, sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino la suya propia. Y no es que Cristo se dé muerte a sí mismo; pero se entrega a sí mismo a esta muerte que lleva consigo derramamiento de sangre. Hay, pues, voluntariedad.

El que ha hecho de su vida una ofrenda al Padre, no puede sino consumar esta ofrenda en la muerte. Esto es lo que se pone de manifiesto en la última cena (Cena Pascual), cuando dice mientras toma la copa: Ésta es mi sangre, sangre de la alianza derramada por todos. Estaba anticipando su muerte en la cruz: anticipando e interpretando esta muerte como un sacrificio: una ofrenda de la propia vida, hecha por todos: por el bien de todos; para la salvación de todos; por amor de todos y cada uno.

Sólo esta sangre (y no la de los machos cabríos) tiene virtud para purificar nuestras conciencias de las obras muertas, es decir, virtud para lograrnos una purificación interna, profunda, que afecta a la persona en su totalidad. Y puede hacerlo porque puede remover nuestro desamor o falta de correspondencia al amor de Dios, porque puede sanar nuestros egoísmos, porque puede liberarnos de nuestras servidumbres, porque puede vencer nuestras últimas resistencias, aunque esa operación requiera tiempo: el tiempo de la acción transformante del Espíritu en nosotros. Pero para que se produzca esta purificación es necesario que tomemos conciencia de las obras muertas que hay en nosotros: actitudes y acciones que no persiguen la salvación o que no sirven para obtenerla.

Ha habido, por tanto, una muerte que ha sido al mismo tiempo un sacrificio en obediencia al Padre y por amor que ha redimido de los pecados, pecados de infidelidad a la Alianza. Pero la redención se hace efectiva y actual sólo en la medida en que acogemos su sacrificio y con él su amor y su Espíritu.

Éste es el admirable misterio que hoy celebramos, dando gracias por ello: el misterio de la encarnación del Hijo de Dios para el sacrificio existencial: misterio y sacrificio que actualizamos en la eucaristía, donde nos encontramos el cuerpo del sacrificio, y con el cuerpo sacrificado y glorioso (la glorificación no le hace perder su condición de ofrenda) la presencia viva de su portador: presencia espiritual, corporal y sacramental, puesto que el cuerpo actual de Cristo se nos da en la forma sacramental (=signo) del pan y del vino. Y se nos da así para la comunión, que es unión que nutre y vivifica. A través de ella recibimos la misma vida de Cristo, que es vida eterna. En ella se refrenda la alianza nueva y eterna, una alianza que será ya irrompible. Vivamos de esta presencia amada y gocemos con ella.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística