Homilía – Domingo XI de Tiempo Ordinario

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Todo se lo exponía con parábolas

Aunque el evangelista Marcos es más propenso a narrar los hechos de la vida de Cristo que sus discursos, también tiene algunos capítulos en que nos ofrece la enseñanza de Jesús: por ejemplo todo el capítulo 4 , en que condensa unas parábolas.

Estas parábolas presentan una pedagogía admirable para que la gente entienda lo que es el Reino de Dios: «el Reino de Dios se parece a…».

En este capítulo, Marcos narra la parábola del sembrador y, más brevemente, la de la lámpara y la de la medida. Y termina diciendo: «con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender».

Son comparaciones tomadas de la vida del campo o de la sociedad de su tiempo. Ciertamente no nos cuesta mucho a nosotros aplicarlas a nuestra vida cristiana de ahora.

 

Ezequiel 17, 22-24. Ensalzo los árboles humildes

Ezequiel es un profeta que compartió con el pueblo el destierro de Babilonia, en el siglo VI antes de Cristo. Comunica al pueblo cuáles son los planes salvadores de Dios, para animarles en su fidelidad y en su esperanza de la vuelta a la patria.

Con una comparación que ha sido escogida para preparar la que luego ofrecerá Jesús, el profeta asegura que Dios puede sacar, de una rama o un esqueje de un cedro bien frondoso, otro árbol igualmente noble y bello, en el que vendrán a anidar los pájaros: del «resto» de Israel, ahora en el destierro, reconstruirá el pueblo elegido, «y sabrán que yo soy el Señor, que humilla los árboles altos y ensalza los árboles humildes… y hace florecer los árboles secos».

Al salmista le gusta también la comparación y dice que «el justo crecerá como una palmera, se alzará como un cedro del Líbano». No sólo dará gusto verlo cuando es joven y fuerte, sino que «en la vejez seguirá dando fruto y estará lozano y frondoso».

 

2 Corintios 5, 6-10. En destierro o en patria, nos esforzamos en agradar al Señor

Sigue Pablo con los mismos pensamientos que leíamos el domingo pasado, sobre la vida de una comunidad cristiana y, en concreto, sobre el ministerio de un apóstol dentro de esa comunidad.

En esa historia personal y comunitaria hay momentos malos en que nos sentimos «como desterrados lejos del Señor». Pero «guiados por la fe», seguimos confiados, y aunque «caminamos sin verlo», lo hacemos sin perder los ánimos.

Queremos dar de nosotros mismos lo más que podamos: «en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle». Con la mirada puesta en el último momento de nuestra vida, cuando comparezcamos ante ese Cristo Jesús que será también nuestro Juez, tenemos confianza, los que hemos creído en él, que recibiremos premio o castigo según lo que hayamos hecho durante nuestra vida.

 

Marcos 4, 26-34. Era la semilla más pequeña, pero se hace más alta que las demás hortalizas

De las cinco comparaciones o parábolas que Marcos reúne en este capítulo, leemos hoy sólo dos: la de la semilla que crece por sí sola y la de la semilla de mostaza, que es pequeña, pero se convierte en un arbusto considerable.

En la primera -que, por cierto, es Marcos el único evangelista que nos la presenta-, lo que hace el agricultor es sembrar esa semilla, pero luego ella crece sola, por la fuerza intrínseca que Dios les ha dado tanto a la semilla como a la tierra en la que germinará: esa semilla «germina y va creciendo sin que él sepa cómo, hasta convertirse en una espiga que da grano».

En la segunda compara la pequeñez del grano de mostaza, que se ve que era proverbial entre los judíos, con el final del proceso de su crecimiento, un arbusto de tres o cuatro metros, en el que pueden venir a anidar los pájaros.

 

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La semilla crece por sí sola

Jesús subraya la fuerza intrínseca que tiene la semilla, porque se la dado Dios, así como la fecundidad que tiene la tierra para que esa semilla realice bien su proceso de germinación y crecimiento. Subraya el protagonismo, no del agricultor, sino de la semilla y, en el fondo, de Dios.

Eso pasa en el campo, pero también en nuestra tarea eclesial. Cuando en la actividad humana hay una fuerza interior, como el amor, o la ilusión, o el interés, la eficacia de nuestro trabajo crece notablemente. Pero cuando esa fuerza interior es el amor que Dios nos tiene, o su Espíritu, o la gracia de Cristo Resucitado, entonces el Reino germina y crece poderosamente.

La parábola nos ayuda a entender cómo conduce Dios nuestra historia. Si olvidamos su protagonismo y la fuerza intrínseca que tienen su palabra, sus sacramentos y su gracia, nos pueden pasar dos cosas: si nos va todo bien, pensamos que es mérito nuestro, y si mal, nos hundimos.

Por una parte, no tendríamos que enorgullecemos nunca, como si el mundo se salvara por nuestras técnicas y esfuerzos. Es bueno recordar lo que dijo Pablo: «yo planté, Apolo regó, pero era Dios quien hacía crecer» (1Co 3,6). La semilla no germina porque lo digan los sabios botánicos, ni la primavera espera a que los calendarios señalen su inicio. Así, la fuerza de la Palabra de Dios viene del mismo Dios, no de nuestra pedagogía, aunque esta tenga que cuidarse. El verdadero agricultor es Dios. Eso nos hace ser humildes, aunque sigamos trabajando con generosidad.

Por otra parte, tampoco tendríamos que desanimarnos cuando no conseguimos a corto plazo los efectos que deseábamos. Tampoco al mismo Jesús le respondía la gente, ni siquiera sus apóstoles, con toda la claridad que él hubiera deseado. Tampoco Pablo y los demás misioneros de las primeras generaciones tuvieron muchos éxitos.

El protagonismo lo tiene Dios. Por malas que nos parezca la situación de la Iglesia o de la sociedad o de una comunidad concreta, la semilla se abrirá paso y producirá su fruto, aunque no sepamos ni cuándo ni cómo. La semilla tiene su ritmo. Hay que tener paciencia, como la tiene el labrador. Nosotros lo que tenemos que hacer es colaborar con nuestro esfuerzo, pero el Reino crece desde dentro, por la energía del Espíritu de Dios. «Sin mí no podéis hacer nada», nos dijo Jesús. Nuestro trabajo debe existir, pero no es lo principal.

El que anima un grupo de fe o dirige unos Ejercicios o predica cada domingo a la comunidad, no ha de pretender que se vean inmediatamente los frutos. Lo que sí ha de hacer es no estorbar al Espíritu de Dios, porque es él quien hará fructificar todos esos esfuerzos.

 

Los árboles humildes se pueden hacer grandes

Hay una evidente desproporción entre la ramita de la que habla el profeta Ezequiel y el «cedro noble» en que se convierte, y entre el grano de mostaza del que habla Jesús y el arbusto capaz de admitir nidos de pájaros.

A Dios parece gustarle esta desproporción. A veces, como dice Ezequiel, «humilla los árboles altos y ensalza los humildes, seca los árboles lozanos y hace florecer los secos». A lo largo de la historia, Dios parece elegir a las personas que humanamente serían las menos indicadas para conseguir una meta, que, sin embargo, con la ayuda de Dios, consiguen. El árbol frondoso que parecía el antiguo Israel se secó, y Dios tuvo que empezar de nuevo con un rebrote del mismo.

Un grupo de humildes pescadores que siguen a un profeta joven, insignificante según las claves de este mundo, pero animado por el Espíritu de Dios, y en una provincia como la de Israel, perdida en medio del imperio romano, llenarán el mundo con la Buena Noticia de Jesús. El crecimiento y maduración de la comunidad eclesial durante dos mil años es obra de Dios, no mérito de sus virtudes o técnicas.

Esto nos llena a la vez de confianza y de humildad. El Vaticano II quiso que quedara bien clara esta lección de humildad: la Iglesia no debe apoyarse en su poder o en su sabiduría. Además de evangelizadora y maestra, debe saber escuchar y dialogar y aprender los valores que también fuera de ella ha sembrado Dios.

El que ahora sean más de mil cien millones los católicos, y muchos más todavía si contamos los creyentes de otras confesiones que también creen en Cristo, no nos lleva al triunfalismo, sino a la confianza y al estímulo para seguir haciendo crecer ese árbol, que según los planes de Dios debe albergar los nidos de todos los pájaros que quieran.

El Reino ya está en marcha, ya está «sucediendo». Es Dios quien lo hace germinar y madurar. Eso sí, con nuestro esfuerzo de sembradores y misioneros. No lograremos entender por qué a veces es fecundo nuestro apostolado y otras, no. Los métodos de Dios no caben en nuestros ordenadores.

 

Sin perder nunca el ánimo

Cuando Marcos escribió su evangelio, probablemente era consciente de que algunos cristianos estaban desanimados, ante los fracasos que cosechaban en diversas ciudades, o por las persecuciones que sufrían, que a veces terminaban en el martirio. Por eso reproduce estas parábolas para animarles en su empeño evangelizador y misionero, subrayando que en el fondo es obra de Dios. Son parábolas que también a nosotros, en el siglo XXI, nos pueden dar ánimos.

En tiempos de Ezequiel parecía totalmente oscuro el horizonte y los judíos desterrados no veían futuro. Pero el profeta les dice de parte de Dios que sí hay futuro y que de una rama pequeña puede rebrotar un árbol tan hermoso como el anterior. ¿Quiénes somos nosotros para desconfiar del futuro, si depende más de Dios que de nosotros?

Nuestra vida, como la de Pablo, se apoya en la fe que tenemos en Cristo y en la esperanza que él nos infunde. Como él, deberíamos trabajar sin desanimarnos nunca, aunque a veces «caminamos sin verlo, guiados por la fe». No vemos al Señor, ni cosechamos frutos, pero sabemos que nuestra tarea es sembrar, evangelizar, aunque nos parezca que el mundo está distraído y no quiere recibir esa semilla. Pablo también sintió tentaciones de abandonarlo todo: aparece a veces cansado, ante el fracaso de sus trabajos. Pero triunfó siempre su obediencia a la misión encomendada y siguió sembrando en los ambientes más hostiles, convencido de que incluso las mismas tribulaciones y fracasos serían fecundos para bien de todos: «en destierro o en patria, nos esforzamos en agradarle».

No tenemos que perder los ánimos. La semilla a veces tarda en germinar: tiene su ritmo, y Dios le ha dado fuerza interior, que la hará brotar a su tiempo. No tienen que perder la esperanza unos padres que intentan inculcar en sus hijos los valores humanos y cristianos que ellos aprecian. Ni los maestros cristianos en su labor educativa. Ni los misioneros en su difícil campo. Ni los pastores de una parroquia en su multiforme trabajo de siembra.

La Palabra de Dios tiene siempre eficacia, de una manera u otra. Nos pasará lo que al agricultor: que la semilla «va creciendo sin que él sepa cómo». ¿Fueron conscientes Pedro y Pablo y los demás apóstoles de los frutos que iba a producir, a largo plazo, su testimonio en el mundo, hasta transformarlo en gran medida?

Ahora bien, confiar en Dios no significa no trabajar. El campesino ya sabe que, aunque la semilla tiene fuerza interior y la tierra es capaz de transmitirle su humedad y su vida, el proceso necesita también su intervención: además de elegir bien la semilla y sembrarla, tiene que cuidarla, regarla, limpiarla de malas hierbas. Pero tiene que agradecer sobre todo a Dios que ha pensado en esta admirable dinámica de la semilla que se convertirá en espiga.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B