Comentario – Domingo XI de Tiempo Ordinario

Jesús recurre al lenguaje parabólico para hablar del Reino de Dios. Lo compara con una semilla caída en tierra (no por azar, sino por la acción voluntaria de un sembrador) que va creciendo, porque tiene su propia potencia y dinamismo, sin que el sembrador sepa cómo, del mismo modo que una madre puede no saber cómo va creciendo el embrión que palpita en su vientre.

Lo compara también con un grano de mostaza, que, siendo una semilla tan pequeña, crece hasta convertirse en un arbusto donde pueden anidar los pájaros. Por tanto, algo muy pequeño en sus orígenes, pero con una capacidad de desarrollo tal que puede llegar a convertirse en algo grande y complejo. Sucedería como con la misma vida (animal y humana) en sus estadios más complejos, que comienza siendo una simple célula con un núcleo que contiene toda la información (el ADN) necesaria para su multiplicación y desarrollo posterior.

Eran parábolas que tenían su anticipo y precedente en la literatura profética, como nos recuerda el profeta Ezequiel: Arrancaré –decía él poniendo esta comparación en boca del mismo Dios- una rama del alto cedro y la plantaré en la montaña más alta de Israel, para que eche brotes y dé frutos y se haga un cedro nobleAnidarán en él aves de toda pluma… Y todos los árboles silvestres sabrán que yo soy el Señor.

El sueño de Israel, como el de la mayoría de los pueblos que empiezan a ser conscientes de su poderío, era convertirse en una nación poderosa y dominadora (como el cedro frondoso). Pero sus aspiraciones político-militares se vieron truncadas por el destierro y la esclavitud. En este momento histórico se había convertido en un árbol destrozado y carente de frutos: un cedro noble, pero caído. Dios le había hecho pasar por la aflicción del destierro y la sumisión a un pueblo extranjero. Era el destierro de Babilonia, que se prolongó durante setenta años. Pero tras la herida vendrá la cura; tras la purificación, la restauración.

           Dios había decidido tomar una rama, el brote más frágil y tierno del árbol, para plantarla de nuevo en Sión, la montaña más alta de Israel. Ese brote era el resto: lo que quedaba de aquella nación orgullosa y prepotente después del exilio, un pueblo purificado y humilde, los pobres de Yahvé. Ellos serán los que restauren el templo de Jerusalén e inicien un período de recomposición conforme a la Ley y a sus tradiciones, y en su tierra.

De este resto saldrá el Mesías-Salvador, brote de la raíz de Jesé. Y del Mesías, el Reino y la Iglesia: al principio, una semilla muy pequeña: una palabra que llama, que enseña, que guía, que esclarece, que anuncia… y un grupo de seguidores congregados en torno a esa Palabra que pervive tras su muerte y se revela más fuerte que la muerte, que sigue congregando y haciendo discípulos, que crece hasta cambiar la faz del Imperio, hasta transformar, como la levadura, esa sociedad pagana, hasta entonces hostil al cristianismo, en sociedad cristiana; hasta hacer de perseguidores como Saulo de Tarso apóstoles dispuestos al martirio.

Vivimos tiempos de descristianización o de retorno a un paganismo de carácter ateo, aunque no por ello carente de formas idolátricas que persiguen casi miméticamente llenar el vacío dejado por la ausencia de Dios. En semejante terreno (o erial) difícilmente puede prender la buena semilla del evangelio, aun siendo ésta muy resistente a las inclemencias del tiempo y a la aridez de terrenos desérticos, pedregosos o salvajes.

A veces, la semilla que parecía muerta comienza a germinar de nuevo, revive, al impacto de un acontecimiento que acaba provocando una profunda conmoción, al modo de una descarga eléctrica. El sembrador que esparce la semilla o el pastor que sale tras la oveja perdida no se dan fácilmente por vencidos. A la vista de este panorama, los últimos papas han hablado de la necesidad de una nueva evangelización en la que se supone una nueva siembra, pero no con una semilla distinta de la empleada en la primera, y ya antigua, evangelización.

Tal vez, como el antiguo pueblo de Israel, necesitamos una cura de humildad, un tomar conciencia de nuestra fragilidad y pequeñez, y de la necesidad que tenemos de Dios para crecer personal y eclesialmente; pues Él y sólo Él es el que da el crecimiento. Nosotros podremos sembrar, abonar, labrar y regar la tierra, pero el crecimiento lo da Él. Confiemos, por tanto, en Él.

Su palabra podrá encontrar en un determinado momento histórico más dificultades para germinar y crecer, porque las condiciones de la siembra y de la tierra no sean las mejores. Puede que el viento de la incredulidad haya resecado y endurecido demasiado el terreno; puede que la dejadez y la indolencia de los labradores haya favorecido el crecimiento indiscriminado y nocivo de malas hiervas, de cardos y espinas; puede que la tierra en la que se deposita la semilla haya perdido profundidad por falta de reflexión o exceso de distracciones. Son los obstáculos que encuentra la semilla en su germinación y desarrollo.

Pero la palabra de Dios no ha perdido su eficacia ni su potencia, porque es de Dios y Dios sigue vivo, aunque muchos lo imaginen o lo deseen muerto. Y para Dios no hay obstáculos. Dios lo puede todo. Dios puede vencer las resistencias de las libres voluntades, de las voluntades más rebeldes. Esta es la confianza que debe animar a los evangelizadores, pero estos no deben olvidar nunca que para evangelizar a los demás antes tienen que haberse dejado evangelizar ellos mismos; pues el primer modo de evangelizar –como recordaba Pablo VI- es el testimonio de una vida cristianamente vivida.

Por ahí tiene que comenzar toda evangelización: por una vida vivida en justicia, en honestidad, en caridad, en paciencia, en mansedumbre, en humildad. La palabra se incorporará para dar razón de este modo de vida. Sólo así será creíble y eficaz.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística