La “pequeña semilla” en nuestro interior

1.- La idea del crecimiento de la semilla que nos ha explicado el Señor Jesús en su parábola es, al mismo tiempo, muy bello e inquietante. Es verdad, claro, que los conocimientos científicos de la época de Jesús no eran como los de ahora y que la desaparición bajo tierra, y el futuro crecimiento de la planta sin que el agricultor supiera muy bien como, no es un misterio para nosotros. Pero también es verdad que muchas cuestiones de nuestra vida cotidiana y, sobre todo, las relacionadas con la naturaleza, producen esa idea de que las cosas crecen solas, casi milagrosamente, y que por supuesto Dios está detrás de ellas.

2.- Y así, muchas veces, una palabra nuestra, o un acto aparentemente sin importancia puede tener una dimensión importante que nosotros no aparecíamos en el momento en que acometemos dicho acto. Es verdad que ello puede tener semejanza con la forma secreta que crece la semilla en el interior de la tierra. Y también es verdad que podemos sembrar para bien o para mal. A favor de la construcción de un mundo mejor, cercano y coherente, con la Palabra de Dios, o, desgraciadamente, en una dirección muy contraria. Ello nos podría servir para meditar en todos aquellos actos nuestros que pueden influir a los demás.

3.- Jesús quiere decirnos que no hemos de temer que algo comience con aparente poco tamaño o valor reducido. Con el tiempo puede llegar a ser algo muy grande. Es una parábola para ilustrar el predecible crecimiento del Reino de Dios y, por supuesto, es metáfora válida para profetizar sobre el crecimiento de la futura Iglesia, del cristianismo. No se puede negar que da un poco de vértigo pensar lo que fue el grupo primigenio de los seguidores de Jesús y lo que hoy es el contexto global de los cristianos. Además de la importancia, tamaño y capacidades de nuestra Iglesia Católica, no podemos olvidar los millones de hermanos que se agrupan y viven el pensamiento de Jesús de Nazaret en otras Iglesias cristianas.

4.- Es más que llamamiento el primer crecimiento de la Iglesia, tanto en Jerusalén como en Asia o en Europa en poco más de cien años, tras la muerte de Jesús. Pero se ha seguido con ese crecimiento, y aunque ahora tengamos la idea de que todo se está reduciendo en Europa y, en general, en lo que llamaríamos el ambiente occidental, tal vez habría que matizar que ese crecimiento continúa en África y Asia. La pequeña semilla –el grano de mostaza—debe ser una idea permanente en el futuro de nuestros trabajos relacionados con el amor de Dios y el cariño por nuestros hermanos: cualquier gesto positivo, por insignificante que puede parecer al principio, podría transformar nuestras vidas. Por eso, tiene mucho de torpeza aplicarnos solamente a las “grandes cosas” o a los “proyectos rutilantes”. La tendencia a lo faraónico es una tentación que tenemos todos siempre. Y es que ya sabemos que la humildad no es una de las virtudes más extendidas.

5.- Y viene al caso, entonces, decir con palabras de Pablo de Tarso, en su carta a los Corintios porque “todos tendremos que comparecer ante el tribunal de Cristo, para recibir el premio o el castigo por lo que hayamos hecho en esta vida”. No se trata de apostillar cualquier comportamiento inadecuado con la amenaza del castigo, pero Pablo sabía perfectamente lo que de decía. La misericordia del Señor es infinita y su justicia también. Y, asimismo, muchos de nuestros actos no comportan la aceptación del crecimiento de la “pequeña semilla” en nuestro interior y eso es complejo y grave. Dejemos que Dios actúe que sus semillas crezcan de acuerdo con su ley y que nosotros, un día, descubramos con júbilo que la semilla de Dios echa brotes en nuestro corazón y nuestra conciencia.

Ángel Gómez Escorial