Sembradores preocupados y desanimados

Recientemente, en la parroquia hacíamos un repaso de la cantidad de niños, jóvenes y adultos que durante un tiempo han participado en los Equipos de Vida y otros grupos, en las reuniones de formación, catequesis, Eucaristías, oraciones, retiros… pero que no se han integrado en la comunidad parroquial sino que, en un momento dado, dejaron de venir, sin más. Y comentábamos que esta situación nos produce preocupación y, sobre todo, desánimo, porque no sabemos qué más podemos hacer y, encima, lo que hacemos no parece ser lo adecuado, a la vista de la realidad. Como dijo el Papa Francisco: “los frutos son reducidos y los cambios son lentos, y uno tiene la tentación de cansarse” (EG 277). Y “la misma dificultad para abordar el problema hace que todo siga igual y que se siga gestionando simplemente con dignidad aquello que existe”. (Instrumentum laboris Sínodo Valenciano “Una Iglesia evangelizada y evangelizadora”).

Las dos parábolas que hoy hemos escuchado, la de la semilla que crece por sí sola y la del grano de mostaza, nos hacen diferentes llamadas a todos los que hemos sido llamados a ser “sembradores” del Reino de Dios, como ese hombre que echa simiente en la tierra, ya sea en la parroquia, en nuestros hogares, en nuestros trabajos… y que compartimos esa preocupación, desánimo y cansancio.

En primer lugar, estas parábolas son una llamada a no depositar nuestra esperanza en nuestros esfuerzos y trabajos, por bienintencionados que sean, porque la verdadera fuerza está en la semilla: “Creámosle al Evangelio que dice que el Reino de Dios ya está presente en el mundo, y está desarrollándose aquí y allá, de diversas maneras: como la semilla pequeña que puede llegar a convertirse en un gran árbol”. (EG 278)

También estas parábolas nos recuerdan que hay unos límites que debemos aceptar y respetar: la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola. El crecimiento, la maduración y los frutos de lo sembrado no están en nuestras manos porque, como hemos dicho, “la Palabra tiene en sí una potencialidad que no podemos predecir. El Evangelio habla de una semilla que, una vez sembrada, crece por sí sola también cuando el agricultor duerme. La Iglesia (o sea, cada uno de nosotros) debe aceptar esa libertad inaferrable de la Palabra, que es eficaz a su manera, y de formas muy diversas que suelen superar nuestras previsiones y romper nuestros esquemas”. (EG 22)

En consecuencia, otra llamada es a aprender a descubrir los signos del Reino de Dios, porque “donde parece que todo ha muerto, por todas partes vuelven a aparecer los brotes de la resurrección. Es una fuerza imparable. En medio de la oscuridad siempre comienza a brotar algo nuevo, que tarde o temprano produce un fruto. Habrá muchas cosas negras, pero el bien siempre tiende a volver a brotar y a difundirse”. (EG 276).

¿Me siento “sembrador” del Reino de Dios? ¿Dónde efectúo esa siembra? ¿He podido observar algún fruto? Si no ha sido así, ¿caigo en la preocupación, el desánimo y el cansancio? ¿Estoy convencido de que el crecimiento, la maduración y los frutos de lo sembrado no están en mis manos? ¿Creo en la fuerza propia de la semilla? ¿Sé descubrir los signos del Reino?

El Señor nos llama a ser sembradores de su Reino, de palabra y de obra, en los ámbitos en los que se desenvuelve nuestra vida. Y como en esa misión experimentaremos la falta de frutos, el Señor nos ha ofrecido estas parábolas para que no seamos sembradores preocupados y desanimados. Meditémoslas y tengamos también presentes estas palabras del Papa Francisco:

“Como no siempre vemos esos brotes, nos hace falta una certeza interior y es la convicción de que Dios puede actuar en cualquier circunstancia, también en medio de aparentes fracasos. Esta certeza es lo que se llama «sentido de misterio». Es saber con certeza que quien se ofrece y se entrega a Dios por amor seguramente será fecundo. Tal fecundidad es muchas veces invisible, inaferrable, no puede ser contabilizada. Uno sabe bien que su vida dará frutos, pero sin pretender saber cómo, ni dónde, ni cuándo. Tiene la seguridad de que no se pierde ninguno de sus trabajos realizados con amor, no se pierde ninguna de sus preocupaciones sinceras por los demás, no se pierde ningún acto de amor a Dios, no se pierde ningún cansancio generoso, no se pierde ninguna dolorosa paciencia. A veces nos parece que nuestra tarea no ha logrado ningún resultado, pero la misión no es un negocio ni un proyecto empresarial, no es tampoco una organización humanitaria, no es un espectáculo para contar cuánta gente asistió gracias a nuestra propaganda; es algo mucho más profundo, que escapa a toda medida. El Espíritu Santo obra como quiere, cuando quiere y donde quiere; nosotros nos entregamos pero sin pretender ver resultados llamativos. Sólo sabemos que nuestra entrega es necesaria. Aprendamos a descansar en la ternura de los brazos del Padre en medio de la entrega creativa y generosa. Sigamos adelante, démoslo todo, pero dejemos que sea Él quien haga fecundos nuestros esfuerzos como a Él le parezca”. (EG 279)