Homilía – Domingo XIII de Tiempo Ordinario

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La fuerza salvadora de Dios está actuando

Siguen los milagros con los que Jesús revela progresivamente su condición divina. Si antes era la tempestad del lago la que calmaba, hoy aparece como señor de la enfermedad y de la muerte.

El Reino de Dios está ya presente y va actuando en nuestro mundo. El proyecto de Dios es proyecto de vida, no de enfermedad ni de muerte. Eso se ve en el poder liberador que muestra Jesús, su Hijo. Si en domingos anteriores aparecía como “el más fuerte” que lucha contra las fuerzas del mal, y como dominador de las fuerzas de la naturaleza, hoy quiere comunicarnos, también a los cristianos del siglo XXI, su poder liberador sobre la enfermedad y la muerte.

 

Sabiduría 1, 13-15; 2, 23-24. La muerte entró en el mundo por la envidia del diablo

El libro de la Sabiduría, que es un canto a la sabiduría verdadera según la mentalidad de Dios, nos ofrece hoy una página sobre la razón de ser de la muerte, uno de los interrogantes -junto con la existencia del mal en el mundo- que siempre ha preocupado a la humanidad. El tema ha sido escogido hoy como primera lectura, para preparar el gran milagro de Jesús que resucita a la hija de Jairo.

Para el autor, que refleja la tesis del libro del Génesis, “Dios creó al hombre para la inmortalidad y lo hizo a imagen de su propio ser”. Cuando Dios vio lo que había hecho, “vio que todo era muy bueno”. Pero luego “la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo” y ahí se trastornó toda la armonía proyectada por Dios:

El salmista expresa su confianza en esa voluntad salvadora de Dios, a pesar de la muerte: “sacaste mi vida del abismo… cambiaste mi luto en danzas”. Por eso alaba a Dios: “te ensalzaré, Señor, porque me has librado”.

 

2 Corintios 8, 7.9.13-15. Vuestra abundancia remedia la falta que tienen los hermanos pobres

Pablo promueve entre las comunidades más pudientes, como la de Corinto, en Grecia, una colecta solidaria para ayudar a la de Jerusalén, que pasaba apuros.

Los argumentos que aduce él para invitarles a su aportación son varios: a) ya que los corintios “sobresalen en todo, sobre todo en palabra y conocimiento” (son de Grecia, emporio de la filosofía y de la ciencia), b) y asimismo sobresalen “por el cariño que le tienen a él”, a Pablo, c) ahora deberían distinguirse también por su generosidad; d) además, Cristo Jesús nos dio ejemplo de esta entrega por los demás, haciéndose pobre para ayudarnos a todos.

 

Marcos 5, 21-43. Contigo hablo, niña, levántate

Marcos nos narra dos milagros de Jesús, intercalados el uno en el otro, y los dos realizados a beneficio de dos mujeres.

El jefe de la sinagoga, Jairo, le pide humildemente que cure a su hija (se ve que el amor de padre superaba a la decisión que habían tomado los judíos de eliminar a Jesús). Cuando va camino de la casa de Jairo, se le acerca una mujer que sufre hemorragias incurables, y queda curada “inmediatamente” con sólo tocarle el borde de su vestido. Jesús le alaba la fe que ha mostrado.

Al llegar a casa de Jairo -mientras tanto la niña ha muerto- realiza el milagro aun más portentoso de resucitarla con una palabra llena de autoridad: “Talitha qumi” (en el arameo, la lengua materna de Jesús, “contigo hablo, niña, levántate”). Son testigos del hecho los tres apóstoles más cercanos a él, que estarán también luego presentes en el monte Tabor y en Getsemaní. Marcos añade una observación muy realista: “y les dijo que dieran de comer a la niña”.

Aparece de nuevo el “secreto mesiánico”: “les insistió en que nadie se enterase”, porque veía que todavía no estaba madura la multitud para pasar del mero milagro a la comprensión del misterio divino de Jesús.

 

2

Sigue emanando fuerza de él

Es interesante el diálogo que se establece tras la curación de la buena mujer que se le acerca y le toca el manto: ¿quién me ha tocado? La respuesta de uno de los discípulos es de sentido común: todos le están empujando. Marcos añade una afirmación significativa: Jesús “había notado que había salido fuerza de él”.

Esta fuerza salvífica sigue emanando de Cristo Jesús, ahora el Señor Resucitado. Lo hace sobre todo a través de la Iglesia, de su Palabra, de sus Sacramentos. El Catecismo de la Iglesia Católica, inspirándose en esta escena, presenta los sacramentos “como fuerzas que brotan del Cuerpo de Cristo siempre vivo y vivificante”. El Bautismo o la Reconciliación o la Unción de enfermos son fuerzas que emanan para nosotros, hoy y aquí, del Señor Resucitado, que está presente en ellos a través del ministerio de la Iglesia. Son también acciones del Espíritu Santo que actúa en su Cuerpo que es la Iglesia, y por tanto “las obras maestras de Dios en la nueva y eterna Alianza” (CCE 1116). Buena definición de los sacramentos, por encima de una perspectiva meramente rubrical o jurídica.

 

Tu fe te ha curado

Todo dependerá de si tenemos fe. La acción curativa de Cristo está siempre en acto. Pero no actúa mágica o automáticamente.

En el caso de Jairo, existe esa fe: le pide la curación de su hija postrándose humildemente ante Jesús, convencido de que puede curarla. Tal vez no tiene la misma seguridad cuando se entera que su hija ha muerto. Pero Jesús le ayuda: “no temas, basta que tengas fe”.

La mujer enferma ni se atreve a dirigirle la palabra: tal vez porque su enfermedad la hacía legalmente “impura” y no podía entrar en contacto con la gente. Por eso, al ser descubierta, cuenta lo que ha hecho con humildad y miedo. También a ella Jesús le dice: “hija, tu fe te ha curado, vete en paz y con salud”.

Cuando Marcos escribe su evangelio, es su intención que sus lectores crezcan en la fe en Cristo y se acerquen a él con la confianza de que tiene la fuerza de curar y resucitar.

Deberíamos tener más fe en esa fuerza salvadora de Jesús, también en relación con esas dos realidades que tanto nos preocupan, la enfermedad y la muerte. Sobre el gran interrogante de la muerte, no tenemos los cristianos una “solución” al enigma, pero sí tenemos luz para afrontarla con sentido y confianza: “el que cree en mí, aunque muera, vivirá”.

Cristo nos quiere seguir curando a nosotros, que llegamos no sólo a tocar el borde su manto, sino que nos alimentamos de su misma Persona en la comunión. Deberíamos tomar como dichas a nosotros las palabras de Jesús: “a ti te lo digo, levántate”. Seguro que tenemos de qué levantarnos: de la pereza, del pecado, del desánimo… Debemos creer en Jesús, no sólo cuando todavía hay esperanza, sino también cuando ya todo parece irremediable, creyendo “contra toda esperanza”.

Además, la actuación de Jesús nos da una buena clave para nuestra pastoral sacramental. Es una actitud de “buenos pastores”, llena de amable acogida y pedagogía evangelizadora, ayudando a todos a encontrarse desde la fe con la salvación de Dios, estén o no al principio bien dispuestos.

Tanto los ministros ordenados como los fieles que atienden a los que vienen a pedir los sacramentos para sí mismos (unos novios que preparan su boda) o para sus hijos o allegados (el bautismo, la primera comunión, las exequias cristianas), deberíamos respetar el grado de fe, o de no fe, de esas personas. Y conducirlas, como hacía Jesús, a una fe más profunda.

Jairo tenía fe hasta cierto punto (cuando se trataba de curar a una enferma, pero no para resucitar a una difunta), y Jesús le ayudó a profundizar en esa fe. A la buena mujer también le ayuda a comprender que no la ha curado el haber tocado su manto, sino la fe. Hay que saber descubrir y reavivar el rescoldo de fe que puede haber en algunos novios o en algunas familias que vienen a pedir los sacramentos de la Iglesia. Eso es lo típico de un buen pastor que imita a Jesús: aceptar la situación en que se encuentran las personas y acompañarles hacia delante.

 

Dios quiere la vida, no la muerte

Las dos escenas del evangelio de hoy son muy expresivas del poder salvador de Jesús sobre la enfermedad y la muerte, dos realidades muy presentes en nuestra historia y que nos preocupan notablemente.

La enfermedad es la experiencia de nuestros límites, y muchas veces, además del dolor, nos hace experimentar la soledad, la impotencia, el tener que depender de los demás, perder, junto con la salud física, también las fuerzas espirituales y la ilusión.

Pero sobre todo nos preocupa el enigma de la muerte, ante el que caben reacciones de desesperación o fatalismo, de rebelión o de aceptación progresiva. Ante el gran interrogante de todos los tiempos, ¿por qué la muerte?, las lecturas de hoy no nos proporcionan la “solución”, por mucha fe que tengamos en Cristo Jesús, pero sí nos iluminan para que sepamos aceptarla desde la fe en Dios.

El libro de la Sabiduría nos contesta, con la perspectiva del libro del Génesis, afirmando que Dios no ha querido la muerte, sino la vida. No dijo “hágase la enfermedad” o “hágase la muerte”, sino “hágase la vida”. Dios es el Dios de la vida. Según su plan, el destino del hombre es vivir para siempre: “lo hizo a imagen de su propio ser”, que es todo vida y vida eterna. Ahora bien, el autor de este libro, fiel a la mentalidad de los israelitas, atribuye la existencia de la muerte al pecado, que trastornó los planes de Dios e introdujo el mal en el mundo. Más aún, lo atribuye al Maligno: “la muerte entró en el mundo por la envidia del diablo”, y será muerte definitiva para “los de su partido”.

Pero es el evangelio el que nos da la perspectiva más esperanzadora. Cristo ha venido a dar vida: “para que tengan vida, y la tengan en abundancia”. Muestra su poder sobre la enfermedad humana, curando a la mujer, y su poder sobre la muerte resucitando a la hija de Jairo. Desde la perspectiva de Cristo, la muerte no es definitiva: “la niña está dormida”. Es una muerte transitoria. En el plan de Dios la muerte no es la última palabra, sino el paso a la existencia definitiva. El mismo, Jesús, resucitará del sepulcro a una nueva vida.

El Cristo que curó a la mujer con sólo su contacto, el Cristo que tendió la mano a la niña y la devolvió a la vida, es el mismo Cristo que en su Pascua triunfó de la muerte, experimentándola en su propia carne. Es el mismo que ahora sigue, desde su existencia gloriosa, estando a nuestro lado para que tanto en los momentos de debilidad y dolor como en el trance de la muerte sepamos dar a ambas experiencias un sentido pascual, incorporándonos a él en su dolor y en su destino de victoria y vida.

También la Iglesia debe ser “dadora de vida” y transmisora de esperanza, cuidando a los enfermos, como ha hecho a lo largo de dos mil años, poniendo remedio a la incultura y defendiendo la vida contra todos los posibles ataques del hambre, de las guerras, de las escandalosas injusticias de este mundo, del terrorismo, así como de las perspectivas radicales del aborto o de la eutanasia o de la pena de muerte.

 

Comunicación de bienes

La colecta que organiza Pablo, entre las comunidades más pudientes, es un buen ejemplo de solidaridad también para nuestro tiempo.

Se ve que la comunidad de Jerusalén pasaba momentos de penuria y escasez. No duró mucho, pues, aquella situación de “comunismo cristiano” que describe Lucas en el libro de los Hechos, en que ninguno pasaba necesidad porque todos ponían en común lo suyo.

No se trata, según Pablo, de que ahora se invierta la situación y yo tenga que ser pobre. Se trata más bien de igualar, de nivelar, de modo que no haya diferencias tan notables entre una comunidad y otra.

Esto puede aplicarse tanto a una solidaridad intraeclesial, entre comunidades cristianas -por ejemplo con una caja de compensación o de solidaridad entre diócesis o entre parroquias o con los misioneros- sino también en el terreno social y mundial, ayudando a los países pobres, en que millones de personas mueren de hambre cada año.

No podemos contentarnos con rezar en la Oración Universal por la paz y la justicia del mundo, sino que nuestra solidaridad se tiene que traducir en una ayuda más concreta, también económica. No podemos quedar tranquilos ante el escándalo de la desigualdad entre países ricos y pobres, entre comunidades que abundan y comunidades que pasan necesidad.

La motivación que aduce Pablo sigue siendo válida para nosotros. Cristo fue generoso con todos: no podemos nosotros no serlo unos con otros. Además, hoy nos toca ayudar desde nuestros medios a otros, y mañana tal vez serán ellos los que nos ayudarán a nosotros: hoy por mí y mañana por ti.

Es más cómodo encerrarnos en nuestro mundo, aducir que también a nosotros nos cuesta sobrevivir, o que no sabemos si la ayuda que damos llegará o no a destino, o que son los países más ricos los que tienen que poner remedio condonando deudas y cambiando políticas. Pero hay muchos niveles en que también cada comunidad cristiana, e incluso cada cristiano, puede ejercitar en su ambiente esta solidaridad, como Cristo, que no dio limosna, sino que se dio a sí mismo totalmente.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B