Comentario al evangelio – Miércoles XII de Tiempo Ordinario

La lectura  bíblica de hoy nos quiere ayudar a conocer  los comienzos del pueblo de Israel. La fe en Dios del patriarca Abrán es el punto clave de todo este pasaje. Yo admiro la confianza con que Abrán habla con Dios como si fuera  el mejor de los amigos, el que nunca le va a defraudar. Sí, tendrá que pasar por momentos de prueba, de sufrimiento. Sí, es cierto, se sentía bendecido por la abundancia de bienes materiales que poseía, pero no tenía heredero. El Señor le dijo: «Mira al cielo; cuenta las estrellas, si puedes.» Y añadió: «Así será tu descendencia.» Abrán creyó al Señor, y se le contó en su haber”. El Señor hizo alianza con Abrán y le dijo: “A tus descendientes les daré esta tierra”.

En el evangelio Jesús nos habla sobre quiénes son los verdaderos amigos y qué hace falta para estar seguro de ellos. Dice: “Por sus frutos los conoceréis”.  Las palabras pueden ser muy finas y bonitas, pero lo que convence son las obras, el comportamiento. Y para aclarar mejor su enseñanza, añade: “Los árboles sanos dan frutos buenos; los árboles dañados dan frutos malos”.

Vamos a aplicar estas enseñanzas  a la vida de cada día. Decía un sabio sobre su vida: “De joven yo era un revolucionario y mi plegaria consistía en decirle a Dios: Señor, dame fuerzas para cambiar este mundo tan perdido”. Cuando me hice mayor, me di cuenta de que había pasado media vida sin haber conseguido cambiar ni a  una sola persona.

Entonces cambié mi oración y empecé a pedir: “Señor, concédeme la gracia de transformar a todos aquellos que se pongan en contacto conmigo, aunque sean sólo mi familia y mis amigos, con esto me conformo. Ahora que soy viejo y tengo los días contados, he empezado a comprender lo estúpido que he sido. Mi única plegaria es la siguiente: “Señor, dame la gracia de cambiarme a mí mismo, aunque sólo sea un poquito”. Si hubiese rogado de esta manera desde el principio, no habría perdido tanto tiempo en mi vida.

Por su parte, Ester Mari, añadió: “Escuché el testimonio de una señora casada y con dos hijos,  que decía: Yo antes siempre me enfadaba con mi marido y también con Dios, porque yo era tan fiel  y buena, no salía de mi casa, sólo le pedía a Dios que mi marido cambiara…Ahora el Señor sí que me escuchó, porque he comprendido que para que cambie mi marido, tengo que empezar a cambiar yo y dejar de reprocharle.

Y entonces su amiga Mirta contó: “Yo me enfadaba con mi marido porque todos los fines de semana se iba a cazar con sus amigos, lloviera o hiciera calor. El me invitaba a acompañarle, pero yo por despecho, no quería ni oír hablar del asunto. Siempre estábamos en peleas…Hasta que un día, aconsejada por una buena amiga, decidí no sólo no reprocharle más nada, sino tener ya el jueves toda la ropa preparada para que él pudiera  ir a pasar tranquilo el fin de semana con sus amigos. Lloré mucho mientras le preparaba todo y recé para que él comprendiera que yo también lo necesitaba. Y sucedió el milagro: ¡Desde ese día mi marido no ha ido más a cazar los fines de semana!”.

Carlos Latorre