Comentario – Miércoles XII de Tiempo Ordinario

En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos. El momento de este «decir» importa poco, porque la locución de Jesús tiene valor perenne, intemporal; por eso sigue vigente: Cuidado con los profetas falsos; se acercan con piel de oveja, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis. Jesús previene a sus discípulos de la falsedad, que puede hacerse –y de hecho se hace- presente incluso entre los profetas. También hay falsos profetas como hay falsos sacerdotes, y falsos educadores, y falsos médicos…

La falsedad puede darse en cualquier oficio y circunstancia; más aún, puede darse en cualquier vida humana. Y ello a pesar de los muchos controles que se apliquen o acreditaciones que se exijan. La falsedad es capaz de burlar las leyes y las inspecciones o revisiones.

Pues bien, ante la falsedad se requiere atención, vigilancia: Cuidado con los falsos profetas. Estos siempre se presentan disfrazados de bondad o de verdad (se acercan con piel de oveja), pero por dentro o en realidad son otra cosa, son lobos rapaces que no persiguen otra cosa que lo que buscan las aves de rapiña: robar, arrasar, embaucar, aprovecharse de sus víctimas. Su arma secreta es el engaño. No son (por dentro) lo que parecen (por fuera); no buscan lo que parece: el bien ajeno, sino lo que ocultan: el provecho propio.

Pero insisto: la falsedad puede darse, y de hecho se da, en todos los órdenes de la vida. Por sus frutos los conoceréis. Por sus frutos se conoce el árbol del que proceden; porque ¿acaso se cosechan uvas de las zarzas o higos de los cardos? Evidentemente no. De una zarza nunca podrán recogerse uvas. Los árboles sanos dan frutos buenos, los árboles dañados dan frutos malos. Un árbol sano no puede dar frutos malos, ni un árbol dañado dar frutos buenos.

Entre el árbol y su fruto hay tal conexión que el uno, el fruto, muestra la naturaleza del otro, el árbol; y decir naturaleza es decir bondad o maldad. Los frutos sanos revelan la sanidad que hay en el árbol del que penden, y los frutos dañados o enfermos ponen de manifiesto la enfermedad o malignidad que hay en el árbol. Y toda vida es fructífera por el hecho de serlo.

Es verdad que hay árboles que no son frutales; aun así, siempre se les puede atribuir, porque lo tienen, algún beneficio, aunque sólo sea la sombra que le ofrecen al caminante o a los seres vivos que se refugian bajo sus ramas o el oxígeno que vierten a la atmósfera que respiramos. A veces hablamos de vidas estériles y, por tanto, carentes de fruto; pero esto puede que no sea del todo cierto.

La expresión «vida estéril» es casi una contradicción in términis. Toda vida, por el hecho de serlo, tiende a fructificar, porque tiende, por su propio dinamismo, a dar de sí, porque es dinámica como la realidad misma. Sus frutos (escasos, abundantes, malos, buenos, brillantes, notorios, ocultos, pingües, maduros, etc.) serán los que nos la den a conocer. Al hombre racional, sensato, equilibrado, se le conoce por sus frutos. También se reconoce por sus frutos al austero, al sencillo, al generoso, al humilde, al servicial, al auténtico, al honesto. Y fruto es todo lo que sale de él, palabras y acciones. ¿Acaso no reconocemos a las personas también por su manera de hablar o de expresarse?

Hay modos de hablar que manifiestan altanería, soberbia, engreimiento, o lo contrario, humildad, sencillez, realismo. Pero son los modos de actuar, que incluyen el hablar y el hacer, los que mejor revelan la naturaleza del agente. A estos hay que prestarles atención si queremos conocer la verdadera naturaleza del sujeto que actúa. Tales son los frutos por cuyo medio podremos conocer al «árbol» (resp. vida) del que proceden.

Este es el criterio de verificación que Jesús ofrece para evaluar la verdad de una vida humana, cristiana, profética, sacerdotal, formadora, profesional. Se trata de un criterio basado en la coherencia entre el árbol (= la vida) y su fruto (= el dar de sí de esa vida). Por eso es tan importante el testimonio en toda propuesta de vida.

Una vida cristiana, si es realmente tal, es decir, si está insertada en el espíritu de Cristo, tendría que dar necesariamente frutos de vida cristiana, es decir, frutos enriquecidos con la savia del Espíritu Santo: caridad, gozo, paz, paciencia, longanimidad, bondad, benignidad, mansedumbre, fidelidad, modestia, continencia, castidad (cf. Ga 5, 22-23). Cuando en una vida veamos florecer frutos que llevan esta marca, esta textura y coloración, podremos tener la seguridad de hallarnos ante una vida cristiana. Por sus frutos los conoceréis.

Que Dios nos dé su Espíritu para fructificar conforme a su voluntad, esto es, conforme a la naturaleza que nos proporcionó y a la gracia con que nos compensó.

JOSÉ RAMÓN DÍAZ SÁNCHEZ-CID
Dr. en Teología Patrística