Comentario – Miércoles XII de Tiempo Ordinario

(Mt 7, 15-20)

Los falsos profetas no son una novedad. Ya habían hablado de ellos Jeremías 23 y Ezequiel 13. Eran los que decían a los demás solamente lo que ellos deseaban escuchar y así adquirían fama y aplausos. No les preocupaba escuchar a Dios para descubrir lo que él quería decir a su pueblo.

Por ejemplo, en la época de Jeremías, los falsos profetas entretenían a la gente anunciándole que pronto iban a regresas a su tierra. Jeremías en cambio, anunciaba que el exilio iba a ser largo, y por lo tanto había que adaptarse a la nueva situación. Este mensaje no agradaba, pero era la realidad.

Con su anuncio, Jeremías renunciaba a convertirse en un personaje aplaudido, pero cumplía con su misión y ayudaba a su pueblo a que no viviera de ilusiones. Por otra parte, el exilio era también un instrumento que Dios usaba para purificar a su pueblo y llevarlo a una religiosidad más profunda; mientras los falsos profetas, entreteniendo al pueblo con anuncios mentirosos, lo distraían y lo sacaban de ese camino.

Por eso Jesús pedía a los discípulos que se cuidaran de los falsos profetas. Parecen ovejas, pero en realidad son lobos que sólo buscan su propio interés. Por eso su predicación no produce frutos de conversión, de entrega a Dios, de amor, de generosidad.

Quizás nosotros también preferimos escuchar a los falsos profetas, a los que nos permiten aferramos a nuestros intereses y a nuestros planes y escapar del proyecto de Dios para nuestra vida; pero buscando falsos profetas, que sólo nos dicen lo que queremos escuchar, no habrá buenos frutos en nuestra vida.

Oración:

«Concédeme Señor, un corazón abierto a tu Palabra, aun cuando tu Palabra me lleve por caminos que yo no ha planeado, aun cuando me diga lo que no quiero escuchar. Hazme dócil Señor, para que mi vida produzca buenos frutos».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día