Comentario – Jueves XII de Tiempo Ordinario

(Mt 7, 21-28)

Como ya dijimos, el evangelio de Mateo nos insiste en el estilo de vida que el Señor quiere para nosotros. La entrega al Señor debe plasmarse en un determinado comportamiento, en una manera de actuar, porque no son en primer lugar las palabras las que dan gloria a Dios, sino una manera de vivir imitando a Jesús.

Este texto nos muestra también que no son los carismas ni las obras extraordinarias lo que manifiesta nuestra entrega y nuestra adoración a Dios: ni las profecías, ni la expulsión de demonios, ni los milagros expresan nuestra adoración sincera a Dios, sino el poner en práctica las enseñanzas del Maestro.

El que cumple esas enseñanzas es como el que construye su casa sobre la roca, y así está firme y seguro ante las dificultades de la vida y las tentaciones. Y eso nos indica que nuestra vida cristiana debe ser afirmada, fortalecida, asentada, arraigada, para lo cual son necesarias nuestras buenas acciones.

Entonces no basta la oración para que nuestra vida se afirme en Dios, para sentirnos fuertes; es necesario que el encuentro con Dios nos movilice a un cambio de vida. Así, cuando nuestro encuentro con Dios termina produciendo buenas obras, entonces sí comenzamos a sentirnos verdaderamente fortalecidos por la gracia de Dios.

La Iglesia siempre enseñó que nosotros debemos cooperar con la gracia de Dios para poder profundizar la vida en gracia. Dios tiene la iniciativa, pero para que el don de su amor se arraigue en nuestra vida y nos haga firmes, es necesario que le respondamos con obras de amor.

Oración:

“Quisiera responder mejor a tu amor, Señor, con una vida que te agrade; quisiera ofrecerte un comportamiento menos indigno de tu amor y de tu amistad. Impúlsame con tu gracia, para que mi vida interior se fortalezca en las buenas obras”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día