Comentario – Viernes XII de Tiempo Ordinario

(Mt 8, 1-13)

La misión de Jesús, que parecía reservada a los judíos, se abre a los paganos. De hecho, el centurión es sólo un símbolo del mundo pagano en general, porque en el v. 11 dice que “muchos vendrán de oriente y occidente” a sentarse al banquete del Reino.

Pero en este texto se destaca la actitud del centurión romano, que no es sólo de humildad, sino también de confianza: “Señor, no soy digno de que entres en mi casa. Basta que digas una palabra”.

Jesús se admiró de la fe del centurión. Un pagano, que no tenía ninguna formación religiosa, que no conocía las Santas Escrituras, es capaz de suplicarle a Cristo con una inmensa confianza, con una profunda y sincera humildad. Y Jesús, con su exquisita sensibilidad, se admira por la docilidad de ese corazón, como también se admiraba de la generosidad de la viuda pobre (Mc 12, 41-44) o de la atención que le prestaba su amiga María, cuando se sentaba a sus pies a escucharlo (Lc 10, 38-42).

¡Qué bueno es tener un Señor que ama a la gente, que mira con ternura esos pequeños gestos llenos de confianza de su pueblo simple, que valora hasta un vaso de agua que demos a otro!

¡Qué bueno saber que él ve en lo secreto y que no se le escapa ni el más pequeño gesto de bondad y de fe que pueda haber en nuestro corazón! Él, que es el Santo, se admira de nosotros.

Oración:

“Quiero darte gracias Señor mío, por tu mirada buena; nadie sabe mirarme así. Porque ante tu mirada sólo puedo encontrar un estímulo para ser mejor. Gracias porque todo lo que se escapa a la mirada del mundo está claro ante tus ojos compasivos, ante ésos ojos que pueden descubrir una flor en medio de mis miserias. Mírame Señor con esos ojos”.

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día