El mal trae muchos deterioros

1.- Digamos, antes de nada, que uno de los aspectos más espinosos de la vida humana es contemplar el dolor de los inocentes, la muerte de los niños, la crueldad sobre los indefensos. Alguna madre ha mantenido su inconformismo –hasta su rencor– por la larga enfermedad de su pequeño o por la malformación del mismo. Es obvio que no puede meterse en el mismo saco el tema de la muerte de los seres queridos y otros infortunios parecidos. Si consideramos a Dios como el más poderoso tendemos a suponer que los grandes males ocurren por que Él los tolera. Pero no puede construirse el razonamiento así. El mal está cerca de nosotros y el mal trae muchos deterioros.

El fragmento del Libro de la Sabiduría que se ha proclamado hoy lo dice. “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes”. La pervivencia del mal es otro de los grandes asuntos muy polémicos. Sin embargo, el mal existe y sus transmisores y ejecutores son los hombres y las mujeres. Igual ocurre con el bien. Los humanos hacen el bien y lo acometen hasta el heroísmo. Infringen al mal y llegan hasta lo “absoluto”, hasta lo puramente diabólico. Sin embargo, Dios puede cambiar la marcha de los hechos malos. El Evangelio de este decimotercer domingo del tiempo ordinario nos habla de la resurrección de la hija de Jairo y de la curación de la Hemorroisa. Es la “transgresión” del bien contra el mal.

De todas formas, no podemos frivolizar los sentimientos difíciles y encontrados de aquellos que sufren el dolor de los pequeños y los inocentes. Se dice que “Dios escribe derecho con renglones torcidos”. Es difícil ahondar en el significado final de algo mientras que no ha se ha llegado al epilogo. Puestos en la presencia de Dios hemos de intentar entender lo paradójico de nuestra existencia.

2.- Para la celebración de la Misa, el misal adaptado de la Conferencia Episcopal Española sitúa entre paréntesis, con la opción de que no se lea, el episodio de la hemorroisa. Quedaría pues solo la lectura de la resurrección de la hija del jefe de la sinagoga, Jairo. Pero la costumbre hace que en muy pocos templos se abrevie el texto, aun teniendo en cuenta que el prodigio de la resurrección de la niña de Jairo, puede considerarse como “más fuerte” que la curación “involuntaria” operada por Jesús.

Y, sin embargo, la determinación de esa mujer, desahuciada y arruinada por la medicina al uso, de que podía ser curada por Jesús le lleva, simplemente, a rozar su manto. El relato habla de que sintió en su cuerpo la curación y Jesús notó que una fuerza curativa había salido de él. La capacidad de Jesús de hacer milagros, de transformar la enfermedad en salud, la inquietud en paz, siempre atrae. Y muchas veces, los fieles y la Iglesia reza para obtener la curación. La mayoría de los milagros relatados en las causas de la beatificación y canonización de los santos tiene ese contenido: la curación de enfermos. Y en esa frontera del poder real que Dios puede ejercer sobre nosotros es donde debe situarse nuestra esperanza, con la misma determinación que la mujer que tocó el manto entre el apretujón del gentío.

3.- Pero, claro, como decíamos, tiene más “importancia” la resurrección de la hija de Jairo. La vuelta a la vida de un muerto es un asunto difícil y misterioso. Nos resulta más fácil creer en la curación, aunque sea portentosa e inmediata. No obstante lo que importa es la aplicación del poder de Dios y nuestra fe en su omnipotente capacidad para hacer cuanto quiera. No es posible entrar en un camino de explicación de lo simbólico, ni dar “gracia” literaria a ambos pasajes. Hay que creer en lo que se nos narra. La adaptación a los planteamientos más humanos o científicos ha quitado peso y brillantez al relato evangélico.

No podemos leer la Sagrada Escritura como lo haríamos con una narración antigua o con el prospecto de un medicamento. Hemos de entrar en el significado exacto de lo que se nos narra, porque de no haber sido se nos contaría otra cosa. También, podemos evitar ciertas literalidades que vendrían de los modos y modas de la época, pero, en cualquiera de los casos, Jesús pasó haciendo el bien y librando a los oprimidos por el mal y el dolor. Y esto es lo que nos cuenta San Marcos en su evangelio de este domingo. Tal vez, algún día nosotros podamos estar cerca de un hecho sencillo y maravilloso que nos servirá, sobre todo, para mejorar nuestro amor y reverencia por el Señor Jesús.

4.- En la primera lectura –nos hemos referido a ella al principio—sacada del Libro de la Sabiduría se dice. “Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes”. Se confirma que el Señor nos hizo inmortales y que el pecado, inspirado por el diablo, rompió esa situación. Y ello está en consonancia con lo sobrecogedor que es el hecho de que se puede producir la resurrección de un ser que ha muerto, como en el caso de la Hija de Jairo, la de Lázaro o la que aconteció con el hijo de la viuda. El Libro de la Sabiduría nos está dando una pauta y que Dios, por mano de su Hijo Unigénito, vuelve a la vida que se perdió.

San Pablo en su segunda carta a los Corintios nos habla de la colecta que se realizó en las Iglesias de Europa y Asia –y por iniciativa suya—para la Iglesia Madre de Jerusalén. Es la consecuencia de la visita que el Apóstol de los gentiles hizo a Pedro y a Santiago. Pablo cumpliría con todo empeño dicha promesa. El largo párrafo que dedica a ello –y que comenzamos a leer en la liturgia de este domingo—da importancia de ello. Para nosotros es un símbolo de la unidad de la Iglesia de Dios en, incluso, esos tiempos en los que los contactos y las comunicaciones eran muy difíciles. Pablo va a viajar a Jerusalén a explicar, con aceptación jerárquica, cual está siendo su labor entre los gentiles y para recibir, de manera fraternal, aprobación para su trabajo apostólico.

5.- Ya con el verano completamente “abierto” y con las vacaciones estivales en uso, solo queremos sugerir a todos que conserven el impulso de este tiempo ordinario, tiempo normal y fuerte, que debe reforzar aún más si cabe nuestra disponibilidad ante la Palabra de Dios. Y que, por el contrario, no sea el verano tiempo de olvido. Hay mas tiempo para reflexionar en el eje de nuestras meditaciones, solo puede estar el Señor Jesús. Salgamos hoy del templo con la idea de que ni la distancia, ni el alejamiento, ni las nuevas tierras ni otras gentes, pueden separarnos de la fe que profesamos en común.

Ángel Gómez Escorial