Mujer y mujercita

1.- La lectura del evangelio de este domingo, mis queridos jóvenes lectores, la entenderán mucho mejor las chicas, por ser mujeres las dos principales protagonistas. Pero que nadie se sienta excluido del mensaje, que es útil para todos. Me referiré posteriormente a personajes secundarios y aquí si que hay varones.

El sufrimiento de una mujer que padecía continua hemorragia, en aquellos tiempos, suponía doble pena. En primer lugar, idénticamente a como acontece ahora, padecer anemia, con todas las consecuencias que se derivan de ello. Pero hay que añadir que, en aquel entonces, una mujer que sufriera continuo flujo de sangre, debía alejarse de los demás. (Nada sabían aquellas culturas de bacterias e infecciones microbianas, pero sabiamente establecían que quien sufriera pérdidas, no debía acercarse a los demás, para no contaminarlos). Pero esta buena mujer, esta astuta y atrevida mujer, cree que el encuentro con Jesús está por encima de normas sociales y, apretujada entre la multitud, se acerca a rozar siquiera, un fleco de su manto. Se trataría del que llamamos Talit, que es un rectángulo de tela, de lino o lana, que el varón israelita no olvida llevar sobre sus hombros. En sus bordes, está adornado con unas borlas significativas, una de ellas es la que quiso tocar la dolorida buena mujer, con esperanza. El evangelio de Mateo nos da pie a suponer que se trata de esta pieza del vestido. El atrevimiento es aceptado por Jesús con simpatía. Cariñosamente se dirige a ella llamándola hija y añadiendo, de manera que los demás lo puedan oír, que se cura gracias a su Fe.

2.- El Maestro iba de camino a la casa de un hombre importante llamado Jairo, que tenía una hija muy enferma. Él se había humillado a rogar postrándose a sus pies, que acudiese a su casa y curara a la chica. Es de admirar la paciencia que tuvo, sin quejarse de que se entretuviera con la enferma. Lo natural es que hubiese alejado a la mujer histérica, para que acudiera con presteza a su domicilio. Pero este buen hombre no quiere el favor de Jesús para él solo, admite que atienda primero a otra persona. En su interior, seguramente, sentiría antipatía hacia aquella mujer que estorbaba sus planes, pero respeta el comportamiento del Señor, acepta su proceder. Lamentaría más su comportamiento, cuando le dijeron que ya había muerto su hija. Pero no pierde el tino, cree más en Jesús, que en lo que dicen los sirvientes.

El Señor entra en la casa, el momento es importante, es digno de vivirlo en la solemne intimidad de la familia y la amistad, sin espectadores frívolos. Se acerca y le dice estas palabras que han conservados textualmente los evangelistas: Talitha kum. Las pronuncia en arameo, la lengua del país, e impresionan tanto a los que allí están, que, aunque el evangelio se escriba en griego, las trascriben tal como se escucharon en aquel momento. Se trata de lo que los entendidos llaman “ipsisima verba”. Palabras exactas del Señor. Como la resucitada no es una niña, se trata de una mujercita de doce años, en edad casadera, según costumbres de la época, le da la mano ayudándola a levantarse. Ante el asombroso prodigio, hasta los padres se olvidan de lo más inmediato que la chica necesita. Jesús incluso de estas menudencias se preocupa. Está en la edad de sentir hambre impulsiva y por eso les dice que le den alimento inmediatamente. El Señor siempre es así, hasta a estos pequeños detalles llega su amor, cuando se trata de hacer felices a los hombres.

3.- ¿Os habéis dado cuenta de que Jesús no vive encerrado en sí mismo? Va a una vivienda familiar y no va sólo. Él, que ha renunciado al matrimonio, cultiva la amistad y quiere por tanto compartir el gozo. Mis queridos jóvenes lectores ¿obráis vosotros así, o queréis reservaros vuestros pequeños triunfos para vosotros mismos?

Una antigua leyenda dice que la buena mujer curada le agradeció tanto el milagro hecho en ella, que fue quien, cuando Jesús iba camino del Calvario, salió a mitigar su sufrimiento, secando su rostro doloroso. Se trata del personaje que conocemos con el nombre de Verónica. Seguramente es pura leyenda, pero encierra antiguos recuerdos de agradecimiento de esta mujer admirable, de la que ni siquiera sabemos como se llamaba. Ahora bien, en la puerta del Cielo, nadie le pediría su carné de identidad, a ella, como a cualquiera, se le preguntaría si había amado, si había sido agradecida.

Pedrojosé Ynaraja