No desprecian a un profeta más que en su tierra

El relato del evangelio de hoy tiene un objetivo claro: preparar a los discípulos para que no sientan la tentación de abandono cuando la gente los rechace y hasta los persiga.Por tanto, Marcos ha construido el relato teniendo presentes dos intenciones: señalar la postura negativa de los parientes ante Jesús y enseñar a los discípulos que no deben dejarse desanimar cuando sean rechazados por predicar el evangelio del reinado de Dios.

El ámbito más importante en el que Dios comunica su mensaje al profeta es el discurrir de la vida real:el mercado, por ejemplo, donde se vende al justo por dinero y al pobre por un par de sandalias, o donde la pobre gente debe comprar a un precio descomunal hasta el salvado del trigo. El profeta se centra en cómo los ricos explotan y atropellan a los pobres, despojándolos incluso de lo necesario, mientras acumulan tesoros y crímenes en sus palacios (Am 3,9-11). Dios, por medio de sus profetas, denuncia a los tribunales que hacen caso omiso del derecho y convierten la justicia en un castigo para los humildes. No se le escapa al «ojo de Dios» con el que ve el profeta que los que presentan sus ricas ofrendas ante el altar son los mismos que roban y despojan al pobre. También está en el centro de la mirada del profeta una clase alta que puede permitirse toda clase de lujos en la comida, en la bebida, en la vivienda y en el mobiliario, en los perfumes y en las diversiones, mientras esta clase no se preocupa de las desgracias del país. Estas son las visiones más frecuentes de los profetas, las más intensas, las que les harán jugarse la vida, gritar y clamar en nombre de Dios.

Los profetas no suelen llevarse bien con los sacerdotes, porque muchas de las diatribas de los profetas van contra aquel culto que ha sustituido a la justicia: «Si me ofrecéis holocaustos… no me complazco en vuestras oblaciones, ni miro a vuestros sacrificios de comunión de novillos cebados. ¡Que fluya, sí, el juicio como agua y la justicia como arroyo perenne! (Am 5, 21–24) «¿A mí qué, tanto sacrificio vuestro? – dice Yahveh –. Harto estoy de holocaustos de carneros y de sebo de cebones. Aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda». (Is 1, 10–17). Dios no puede permitir que se intente compaginar culto con iniquidad pública. La ciudad de Jerusalén se ha prostituido porque ha sustituido el derecho y la justicia por la corrupción. Como puede verse, estos textos de hace más de veinticinco siglos tienen hoy la más vigente actualidad.

Los sacerdotes han ido acaparando todos los carismas de las iglesias de Jesús, con lo cual no hay posibilidad de que el culto sea criticado por los propios funcionarios del culto. En la iglesia no se deja hablar a los profetas: se los despoja de sus cátedras, se los condena por «herejes». Hoy el clero se lamenta de que en el occidente rico hayan disminuido ostensiblemente las vocaciones para el sacerdocio. ¿No sería mejor que se apenaran de que no hay profetas? Una iglesia de Jesús puede vivir muy bien sin sacerdotes, pero no sin profetas. La familia y los vecinos rechazaron a Jesús por ser profeta, no por ser sacerdote del culto.

¿Puede haber profetas ateos? Por supuesto que sí. Son aquellos que se ocupan y se preocupan de ayudar y de defender a los más pobres, marginados e indefensos, sin relacionar su actividad con ninguna creencia religiosa. Y, en no pocos casos, actúan con una entrega digna de ejemplo para los que se declaran seguidores de Dios. Con estos profetas no creyentes no hay que competir, sino colaborar, puesto que el fin es el mismo que el de los profetas cristianos.

Hubo y hay profetas cuyo mensaje tuvo y tiene una amplia difusión(como Isaías, Jeremías o, en nuestros días, el papa Francisco). Otros, en cambio actúan en ámbitos y en grupos reducidos, como puede ser un pueblo, o en las periferias, cuya vida y situación no tienen ni la más mínima divulgación. La mayoría de los cristianos de hoy que ejercen la acción profética se encuentran en este grupo de los anónimos, de una acción profética reducida al entorno más cercano.

¿Qué sucede cuando el profeta tiene aberraciones en su mirada y no ve con los ojos de Dios sino con los suyos?El profeta Elías, el segundo personaje del AT más citado en el NT, símbolo del profetismo veterotestamentario, no estuvo viendo la realidad con los «ojos de Dios», porque predicó que la divinidad de Yahvé se demuestra por su poder: puede más que otros dioses; por eso es el dios verdadero. Yahvé es, además un dios terrible que castiga: Elías degolló en su nombre a 450 profetas de Baal y a 100 soldados inocentes. Pero ¿qué sucede cuando este Dios «todopoderoso» no interviene en el genocidio de los judíos a manos de los nazis o mira para otro lado cuando las pateras de emigrantes se hunden hoy en el Mediterráneo o cuando pueblos enteros mueren a manos de los señores de la guerra? Pues que todo ello puede provocar una crisis muy profunda en la fe en un Dios que no es este «poderoso». Los discípulos de Elías en el NT son Juan Bautista y los hijos del Zebedeo. La respuesta de Jesús a Juan es un serio correctivo a la teología de este. Jesús no viene con el hacha, con el fuego y con el rayo. Los evangelios nos presentan a un Dios manifestado en el Crucificado, que al morir nos ofrece su perdón. Sin embargo, las tradiciones de Elías y de profetas como él nos ayudan a descubrir que también nosotros utilizamos a veces visiones muy equivocadas de Dios, porque no vemos a Dios mismo con «sus ojos».

¿Qué pedimos y encomendamos a los profetas cristianos de hoy?

(Este apartado puede ser utilizado como material para la Oración de los fieles)

–  Que nos ayuden con sus críticas a quitar el velo que cubre nuestros ojos y nos impide ver que el pobre, el hambriento, el desnudo, el enfermo, el marginado son el rostro de Jesús (Mt 25, 35).

–  Que nos enseñen a ver con los «ojos de Dios» la realidad de la guerra encubierta de los ricos contra los pobres en una sociedad aparentemente estable y en paz; a descubrir la ofensa a Dios y al prójimo en lo que todos consideran como simple actividad comercial; a percibir a todos los hombres como hermanos y a ver la ofensa a cualquiera de ellos como algo que atañe personalmente a Dios (Is 58,7).

– Que enciendan y aviven el fuego de nuestras conciencias sobre las inhumanidades que produce nuestra sociedad de la producción y del consumo: riqueza desmesurada de unos a costa de la pobreza, del paro, de la emigración, de la marginación de otros. El profeta no debe dejar en paz a los poderosos y ricos.

– Que presten su voz a los pobres y marginados, a los que no tienen acceso a cátedras, a medios de comunicación, a consejos empresariales, a comités centrales de partidos o de sindicatos, a jerarquías religiosas, a mesas nacionales, a parlamentos o a órganos de gobierno.

–  Que cuenten con la ayuda y el apoyo de todos nosotros para hacer frente a los disgustos, al miedo, a la depresión, a las calumnias, a las agresiones e incluso a la muerte a que puede llevarles su misión.

–  Que nos anuncien que son posibles los horizontes de una nueva humanidad, en la que «habitarán el lobo con el cordero, y el leopardo se acostará con el cabrito, y comerán juntos el becerro y el león…No habrá ya más daño ni destrucción…porque estará llena la tierra del conocimiento de Yahvé, como llenan las aguas el mar» (Is 11, 69). De este modo darán esperanza a los corazones sin aliento, destrozados, sin fuerza para caminar por el desierto y el destino adverso.

Los hermanos y hermanas de Jesús y su relación con él

Un aspecto muy discutido del evangelio de hoy ha sido si Santiago, José, Judas y Simón y las hermanas de Jesús lo eran de sangre. La creencia en la virginidad de María ha impedido a las iglesias católicas aceptar el senti­do más inmediato del término «hermano/a» y ha impuesto para este vocablo el significado de primos o de otro tipo de familiares. De todos modos, lo que es indiscutible es que, para los primeros seguidores de Jesús, al contrario de lo que ocurre hoy para los católicos, hablar de los «hermanos» y «hermanas» carnales de Jesús no supuso ningún problema, no era una cuestión central en su idea de Cristo (cf. Mc 3,31 – 35 y par.; 6,3 y par.; Jn 2,12, 7, 3 ss 9 s, Hech 1,14, 1 Cor 9, 5, Gál 1), y por eso los autores sagrados no sustituyeron este término griego «hermano» por primo o por hermanastro o por familiar. Desde la perspectiva bíblica, el núcleo de la fe no está en juego con la cuestión de los hermanos y hermanas de Jesús. El problema surgió en el siglo II de nuestra era cuando algunos obispos empezaron a plantear el problema de la virginidad de María de Nazaret. Para muchos, de manera especial para los padres griegos y para la iglesia greco-ortodoxa, los hermanos del Señor serían hijos que tuvo José en un primer matrimonio. Tertu­liano (s. III), por el contrario, pensaba en hijos que habían nacido después en el matrimonio de José y María. En la exégesis protestante desde principios del siglo XIX, se ha impuesto esta opinión de Tertuliano y actualmente es algo obvio para ella que los hermanos y hermanas de Jesús lo eran de sangre. El problema sobre esta cuestión lo es únicamente para la dogmática católica, que rechaza por principio cualquier prueba de orden lingüístico o histórico en contra de la virginidad de María antes y después del parto de Jesús.

Respecto a la relación de Jesús con su familia, los investigadores coinciden en dar bastante credibilidad histórica al dato que aporta el evangelista Marcos (cf Mc 3,20-21.31-35): su fa­milia, al inicio, lo tuvo por loco y mantuvo con él una relación tensa y quizá distante. Es impensable que este dato fuese una creación postpascual cuando la tendencia fue, precisamente, suavizar la dureza de estas afirmaciones. Proba­blemente, tras la pascua de Jesús, la actitud de la familia de Jesús cambió y pasaron a formar parte del grupo de seguidores (cf Hch 1,14). De hecho, su hermano Santiago desplazó a Pedro y ejerció como jefe de la iglesia de Jerusalén (cf Gal 1,18-19; Hch 12,17).

Baldomero López Carrera