Comentario – Miércoles XIII de Tiempo Ordinario

(Mt 8, 28-34)

Dos hombres dominados por el mal, deteriorados y enfermos de violencia.

Habitaban entre los sepulcros, lo cual los muestra como muertos en vida, y aislados del mundo. Todos escapaban de ellos porque tenían temor a la violencia que los dominaba. Representan así la muerte y la soledad de los que caen bajo el dominio del mal.

La narración de los cerdos en realidad tiene un valor simbólico, porque los cerdos eran animales impuros para los judíos, considerados como peligrosos e inmundos. Los judíos no los comían porque estaba prohibido por la Ley, pero además sentían una espontánea aversión porque se temía que el contacto con los cerdos arruinara la propia vida.

Pero en esta escena se quiere expresar que el poder del mal que aqueja al hombre es superior a la temida impureza de esos animales, de tal manera que los cerdos, siendo impuros, no pueden contener ese horrible mal y por eso se precipitan desesperadamente al lago. Ni siquiera su impureza puede tolerar el horrendo mal que se apodera del corazón humano.

Jesús lo había expresado de otra manera al decir que no son las cosas externas las peligrosas, sino que lo que mancha al hombre es lo que él mismo lleva en su interior más profundo (Mt 15, 17-19).

Pero los habitantes del lugar se concentraron en el episodio de los cerdos, incapaces de valorar la preciosa obra restauradora y pacificadora que Jesús había hecho en los hombres violentos. Esa misma obra de arte puede hacer en nuestros corazones, que a veces se dejan esclavizar y atormentar por tantas cosas.

Oración:

«Señor, mira el mal y la violencia que llevo dentro de mí, mira todo lo que me separa de los hermanos y me hace desagradable para ellos. Y destruye ese mal de mi interior con tu poder sanador. Restáurame Señor, y a través de mí derrama tu paz en el mundo».

 

VÍCTOR M. FERNÁNDEZ
El Evangelio de cada día