Homilía – Domingo XV de Tiempo Ordinario

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Comienzan nuevas etapas

A partir de hoy, y durante siete domingos, seguiremos, como segunda lectura, la carta de Pablo a los Efesios, una entusiasta visión global de la Historia de la Salvación, como una gran bendición de Dios, a la que corresponde que nosotros también le dediquemos nuestra más agradecida bendición.

Éfeso era la capital de la provincia romana de Asia, famosa por su comercio, por sus templos, por su cultura. Pablo evangelizó a los habitantes de esta ciudad en sus viajes segundo y tercero, permaneciendo allí unos dos años. La carta la escribe desde la cárcel de Roma, hacia el año 62: es una de las llamadas “cartas de la cautividad”.

En el evangelio también damos inicio a una nueva etapa en la misión de Jesús. Los domingos 15 y 16 leemos el envío de los doce a predicar y curar por los diversos pueblos y también su vuelta, al parecer con bastante éxito. Hasta ahora Jesús había predicado él solo, aunque con la presencia de los apóstoles. Ahora son ellos los que son enviados a colaborar con él. Como hará luego la Iglesia durante dos mil años.

Amos 7, 12-15. Ve y profetiza a mi pueblo

Amos es un profeta que actuó en el siglo VIII antes de Cristo. Era de Técoa, cerca de Belén, y por tanto del reino del Sur (Judea). Dios le envía a hablar en el del Norte (Israel, o sea, Samaría). Su palabra es valiente, denunciando las injusticias sociales de su tiempo, y la falsedad del culto que realizan en el templo nacional de Samaría, Betel (opuesto, por tanto, al Templo de Jerusalén, porque están en período de cisma).

Al sacerdote responsable de ese templo, Amasias, así como al rey de la época, Jeroboam, le resulta incómodo este profeta, y le quiere intimidar para que se marche a su tierra, Judea. Amos, con humildad pero con firmeza, se defiende: no está profetizando por gusto propio, y menos por interés económico, como si fuera un profesional: “no soy profeta… sino pastor y cultivador de higos”; ha sido Dios quien le ha enviado: “me dijo: ve y profetiza a mi pueblo de Israel”.

Es un episodio que nos prepara para escuchar después el envío por parte de Jesús a los doce apóstoles, avisándoles de que en algunos lugares no les recibirán bien.

Lo que aquellos samaritanos quieren oír, sí lo oye el salmista: “voy a escuchar lo que dice el Señor Dios… anuncia la paz a su pueblo”. Y humildemente suplica: “muéstranos, Señor, tu misericordia, y danos tu salvación”.

 

Efesios 1, 3-14. Nos eligió en la persona de Cristo, antes de crear el mundo

El comienzo de la carta, que es la página que hoy leemos, es un himno entusiasta y una visión cristiana de la historia. Nosotros elevamos nuestra bendición a Dios Padre (bendición “ascendente”) porque él nos ha llenado antes de la suya (bendición “descendente”). Ambas bendiciones tienen como centro a Cristo Jesús, y ambas vienen marcadas “con el Espíritu Santo prometido, el cual es prenda de nuestra herencia”. Por tanto, es una visión trinitaria de la Historia de Salvación.

Pablo enumera estas bendiciones de Dios: “nos ha destinado en la persona de Cristo a ser sus hijos”, “por la sangre de Cristo hemos recibido la redención, el perdón de los pecados”, “el tesoro de su gracia, sabiduría y prudencia es un derroche para con nosotros”… El plan de Dios es “recapitular en Cristo todas las cosas del cielo y de la tierra”.

 

Marcos 6, 7-13. Los fue enviando

Jesús, a pesar del sinsabor que le ha producido la incredulidad que ha encontrado en Nazaret, sigue su misión, ahora con el envío de los doce, cuya colaboración busca. Es una buena lección para la comunidad eclesial que, en los tiempos en que escribe Marcos, ya está predicando por el mundo en nombre de Jesús.

Jesús llama a los doce y les envía “de dos en dos”, como era costumbre entre los judíos. Les da “autoridad sobre los espíritus inmundos” y, en efecto, los apóstoles “salieron a predicar”, y además “echaban muchos demonios” y “ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban”.

Jesús les da consignas sobre el estilo con que deben actuar, sobre todo con una pobreza que con razón se llama “evangélica”: un bastón, unas sandalias y poco más.

 

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Enviados a predicar

Dios se hace ayudar, se sirve siempre de hombres y mujeres para que colaboren con él para el anuncio de la Buena Noticia de su amor salvador.

Entre otros muchos profetas que Dios envía a su pueblo, recordamos hoy cómo, en un período desastroso como está viviendo Samaría, envía a Amos, un laico, un campesino que tienen buen sentido común y demuestra gran valentía en el cumplimiento de su misión, a pesar de la oposición oficial que encuentra.

Jesús envía en un primer momento a sus doce apóstoles (más tarde enviará a 72 discípulos) para que colaboren con él en los diversos pueblos y aldeas. Los había elegido para eso: para que estuvieran con él y luego les pudiera enviar a misionar. Ha llegado el momento: han convivido con él, le han escuchado, han aprendido de él. Ahora los envía a predicar la salvación que ofrece Dios, a curar enfermos y a sanar a los poseídos por el maligno. Exactamente como estaba haciendo él. También el contenido de esta predicación coincide con las primeras palabras que dijo Jesús, según el evangelio de Marcos, “convertíos”: “salieron a predicar la conversión”.

Los envía de dos en dos, costumbre entre los judíos, y que nos recuerda las ventajas de trabajar en equipo, porque aparte del estímulo mutuo, también asegura una ayuda del hermano, sobre todo en momentos difíciles.

Después de la Pascua, Jesús los enviará ya a una misión definitiva, para que prediquen el evangelio por todo el mundo. Hace dos mil años que su comunidad está obedeciendo este mandato misionero. No sólo el Papa o los Obispos y los otros ministros y misioneros, sino tantos fieles comprometidos están evangelizando y dando testimonio del amor salvador de Dios. Cada uno según la misión que recibe en la comunidad. No todos escriben encíclicas para la Iglesia, ni reciben el encargo de animar una diócesis o una parroquia. Pero sí todos los cristianos somos misioneros y testigos del evangelio en el mundo que nos toca vivir: padres, catequistas, maestros, médicos, personal sanitario, estudiantes, obreros, voluntarios…

Como los doce, que estaban con Jesús y luego dieron testimonio de él, así nosotros, que celebramos con fe la Eucaristía, somos invitados a dar testimonio de él en la vida. Enviados, no autoinvitados. A ser posible en equipo, en comunión con la Iglesia.

Si un lugar no os recibe ni os escucha…

Colaborar con Cristo en el anuncio del plan salvador de Dios no suele ser fácil. Comporta a veces el riesgo del rechazo y hasta de la persecución. La persecución puede ser física, o también moral, desprestigiando al mensajero, porque no se quiere admitir su mensaje.

A Amos lo persiguieron, presentándolo como un “conspirador” que viene del Sur y habla en contra del pueblo del Norte (contra el que hablaba era sobre todo contra las autoridades responsables de tanto desorden, tanto religiosas como civiles) Le intentan intimidar para que se vuelva a su patria y deje en paz a los sacerdotes del Templo de Betel y a las autoridades civiles.

Jesús avisó a los suyos que en algunos lugares no les recibirían bien ni les escucharían A veces la oposición viene de los propios, como a Jesús en Nazaret Otras, con la excusa de que es un forastero, como a Amos, que no era de aquella tierra Nunca faltan motivos para librarse de una voz que nos resulta incomoda Cuando un profeta estorba -que es casi siempre, si es auténtico- se le pretende hacer callar o eliminar Eso sí, si es un profeta falso, que dice lo que halaga el oído de los poderosos, ese hará carrera.

Cuando escribía Marcos, seguro que la comunidad cristiana ya tenia experiencia de este rechazo en diversas regiones También a nosotros, en algunos ambientes nos admitirán y en otros, no Estamos avisados Pero no seguimos a Cristo porque nos haya prometido éxitos y aplausos fáciles, sino porque estamos convencidos de que también para el mundo de hoy la vida que nos ofrece él es la verdadera salvación y la puerta de la felicidad auténtica No sólo queremos “salvarnos” nosotros, sino colaborar para que todos acepten el Reino de Dios en sus vidas.

Este rechazo no debería desanimarnos en nuestro testimonio A Amos no le acobardaron las amenazas de sus oponentes A Jesús no le hicieron callar los suyos También a Pedro y a los demás apóstoles les querían hacer callar los jefes de la sinagoga pero ellos contestaron valientemente que era preciso obedecer a Dios antes que a los hombres Ahora dinamos que hemos de obedecer a Dios antes que a las corrientes de moda o incluso que a las leyes civiles, cuando vemos que son claramente contrarias a la voluntad de Dios y la dignidad humana.

Lo que nos toca a nosotros es sembrar, anunciar Tal vez no tendremos éxito a corto plazo, y serán otros los que recogerán lo dijo Jesús recordando el refrán de que “uno es el sembrador y otro el segador” (Jn 4, 37) o la convicción de Pablo de que ni el ni Apolo son los protagonistas, sino Dios, que hace crecer la semilla que ellos han sembrado (cf ICo 3, 6ss).

También es justo pensar que a nosotros mismos nos puede acechar la misma tentación no hacer caso de las voces proféticas que oímos personalmente, por el testimonio de tantas personas y acontecimientos, si estas voces van contra nuestra comodidad o nuestro gusto Podemos captar esta tendencia en la sociedad, pero también, si somos sinceros, en nosotros mismos.

 

Con pobreza evangélica

Un aspecto importante del envío que Jesús hace de los doce es la consigna que les da de un estilo realmente austero y pobre

Ya Amos se defendió de las insinuaciones de Amasias asegurando que él no pretendía, con su palabra profética, ganarse la vida, sino que era un ministerio que le había encargado Dios y que realizaba sin interés propio.

También a los apóstoles les dice Jesús que actúen desinteresadamente Tal vez no hay que tomar al pie de la letra la lista de cosas que pueden llevar o no, que, por otra parte, difiere en los diversos evangelistas Lo de llevar sandalias y bastón, que es equivalente a decir que sólo lo imprescindible, tiene una resonancia muy antigua, porque ya desde el libro del Éxodo se les decía a los israelitas que comieran la cena pascual “calzados vuestros pies y el bastón en vuestra mano” (Ex 12,11).

Lo que quiere subrayar Jesús es, sobre todo, el espíritu de pobreza y sencillez que debe caracterizar a sus seguidores, desprendidos de lo superfluo, sin apego a las riquezas, como el mismo, que llego a decir que no tenía ni donde reclinar la cabeza La primera de sus bienaventuranzas fue precisamente esta “bienaventurados los pobres “.

También para nosotros vale la invitación a la pobreza evangélica, para que actuemos más ligeros de equipaje, sin gran preocupación por llevar repuestos, no apoyándonos fundamentalmente en los medios humanos -que no habrá que descuidar por otra parte- sino en la fe en Dios Es Dios quien hace crecer, quien da vida a todo lo que hagamos nosotros Pablo se gloría, no de sus dotes humanas, sino de la fuerza que le da Cristo en su debilidad está precisamente su fuerza Los doce tendrán como mejor riqueza, no los medios materiales, sino el poder que Jesús les ha comunicado de vencer el mal. Los religiosos hacen “voto de pobreza” precisamente para poder realizar su misión en el mundo con más agilidad y libertad.

Si damos ejemplo de la austeridad y pobreza que quería Jesús, todos podrán ver que no nos dedicamos a acumular “bastones, dinero, sandalias y túnicas” y que no hacemos ostentación de medios espectaculares. Que nos sentimos más peregrinos que instalados, más desinteresados que apegados al poder o al dinero. Que, contando naturalmente con los medios que hacen falta para la evangelización del mundo -la Madre Teresa de Calcuta necesitaba millones para su obra de atención a los pobres, y la comunidad cristiana para mantener sus seminarios, sus iglesias y sus obras misioneras- nos apoyamos sobre todo en la fuerza de Dios, con austeridad, sin buscar seguridades y prestigios humanos. Es el lenguaje que más fácilmente nos entenderá el mundo de hoy: la austeridad y el desinterés a la hora de hacer el bien.

 

La bendición de Dios y la bendición a Dios

Pablo, iniciando su carta a los Efesios, ve la historia de la salvación en clave de una gran “bendición”, tanto de parte de Dios para con nosotros, como de nosotros para con Dios. Esta bendición, en ambas direcciones, está centrada en Cristo Jesús, y además sellada por el Espíritu Santo, que es la prenda y garantía de nuestra herencia final.

Es impresionante la lista de bendiciones que, según Pablo, nos vienen de Dios Padre, origen y meta de nuestra salvación. Su perspectiva es claramente trinitaria. Todo nos viene de Dios Padre, por medio de su Hijo, y en el Espíritu. Todo vuelve a Dios Padre, de nuevo por medio de Cristo Jesús y en el Espíritu.

Es la perspectiva que emplea el Catecismo de la Iglesia Católica al comienzo de su segunda parte, la que dedica a la celebración del misterio: citando precisamente este comienzo de la carta a los Efesios, dice que todo es una bendición que nos viene de Dios y que dirigimos a Dios (cf. CCE 1077; en los números siguientes, 1078-1083, explica lo que supone esta bendición en ambas direcciones).

Es también lo que decimos en nuestra Eucaristía, sobre todo al final de la Plegaria Eucarística: “Por Cristo, con él y en él, a ti Dios Padre omnipotente, en la unida del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria”.

Es la clave en que tendríamos que vivir nuestra fe cristiana también fuera de la celebración: bendecidos por Dios y bendiciendo a Dios, en clave de alegría y gratitud.

José Aldazábal
Domingos Ciclo B